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El silencio en el pasillo de aquel piso en Chamberí no era un silencio ordinario.

PARTE 1

El silencio en el pasillo de aquel piso en Chamberí no era un silencio ordinario.

Era un silencio cargado de electricidad estática, de esa que te pone los pelos de la nuca de punta.

Vanessa estaba allí, de pie, frente al espejo del baño principal.

Sostenía un bote de spray limpiador como si fuera un arma de precisión.

Pero el verdadero espectáculo no era el detergente, ni el azulejo color crema.

Eran sus manos.

Eran diez obras de ingeniería moderna, diez extensiones de polímero que desafiaban las leyes de la física y de la ergonomía.

Llevaba unas uñas de gel de una longitud que solo podría describirse como “arquitectónica”.

Eran de un tono rosa chicle con destellos de purpurina plateada, terminadas en una punta tan afilada que podrían haber servido para abrir ostras o para realizar una traqueotomía de urgencia.

Cada vez que Vanessa intentaba agarrar la bayeta, el sonido era inconfundible.

Clac.

Clac.

Clac.

Era el sonido del plástico chocando contra la cerámica.

A pocos centímetros de ella, apoyada en el marco de la puerta con la autoridad de un centurión romano, estaba Concha.

Concha, su suegra.

Una mujer que consideraba que si no te huelen las manos a lejía pura al terminar el día, no eres una mujer, eres un holograma.

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