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Así Vive Mario Aburto en la Cárcel: De Asesinar a Colosio a Suplicar Justicia

 

Hay un hombre encerrado en este momento en un penal federal de Guanajuato que lleva 32 años tras las rejas. No es un narco, no es un capo, no es un político corrupto, es un obrero, un hombre que llegó a Tijuana a trabajar en una fábrica y sin embargo, con dos disparos cambió para siempre la historia de México.

 Se llama Mario Aburto Martínez y es el hombre que mató o que dicen que mató a Luis Donaldo Coloso. Y mientras escuchas esto, su destino se está decidiendo, porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación tiene en sus manos un expediente que puede abrirle la puerta de la celda en cualquier momento. Después de tres décadas, el asesino más famoso de la historia reciente de México podría quedar libre.

 Pero esa, por increíble que parezca, no es la parte más perturbadora de su historia. La parte más perturbadora es otra, que el mismo estado que lo encerró, que lo condenó, que lo presentó al país entero como el asesino solitario, hoy investiga si ese hombre realmente actuó solo o si hubo alguien más. Un segundo tirador, una mano que nunca pagó.

 Pasé días revisando la sentencia que lo condenó en 1994. las resoluciones de la Suprema Corte de los últimos años y los hallazgos de la investigación que la propia Fiscalía General de la República reabrió sobre el caso. Y lo que sale de ahí desarma una certeza que cargamos por más de tres décadas.

 A todos nos enseñaron una versión. Un loco solitario, un resentido, disparó contra el candidato. Caso cerrado. Esa fue la historia que aprendimos en la escuela, que escuchamos en casa, que repitieron los noticieros durante años como una verdad incuestionable. Pero 32 años después esa versión hace agua por todos lados. Y el hombre que está en esa celda de Guanajuato es al mismo tiempo el culpable confeso y la pieza de un rompecabezas que México nunca terminó de armar.

 Hay un patrón en todo esto que conviene nombrar porque no es exclusivo de México, pero en México se repite con una insistencia inquietante. Cuando un crimen sacude al poder, cuando la víctima es alguien grande y los posibles culpables son aún más grandes, casi siempre aparece la misma figura. El asesino solitario, el hombre sin conexiones, sin protección, sin poder, sobre el que descansa toda la culpa, conveniente porque no puede defenderse y porque al ser uno solo cierra el caso sin abrir ningún otro.

 Es la explicación que más tranquiliza al poder y la que menos satisface a la razón. Mario Aburto encaja peligrosamente bien en ese molde. Un obrero, un migrante, un don nadie sin recursos para pelear contra la maquinaria del estado, el candidato perfecto para cargar con todo. Eso no prueba que sea inocente. Puede que disparara, puede que sí, pero sí explica por qué su figura genera tanta desconfianza.

Porque la historia nos ha enseñado a sospechar justo cuando todo se resuelve demasiado rápido, demasiado limpio, con un solo culpable que casualmente no tiene cómo defenderse ni a quién señalar hacia arriba. Y mientras esa duda permanezca, Aburto seguirá siendo dos cosas a la vez, irreconciliables y verdaderas. para la ley.

 El asesino confeso de Colosio, para la historia, el símbolo de todo lo que México no quiso o no pudo investigar, un hombre y una pregunta, una celda y un misterio, 32 años de cárcel y ni un solo día de verdad completa. Y mientras esa verdad no llegue, dará igual si la corte lo deja salir o lo mantiene encerrado. El verdadero preso de este caso no es solo aburto, es la justicia mexicana entera atrapada desde hace tres décadas en un expediente que no se atreve a abrir del todo.

 Empecemos por el día que partió la historia en dos. Era el 23 de marzo de 1994. Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato del PRI a la presidencia de México, el hombre que muchos daban por seguro futuro presidente, llegó a un miting en Lomas Taurinas, una colonia popular y polvorienta de Tijuana, Baja California, un terreno bajo, rodeado de cerros, con calles de tierra y casas amontonadas.

 Un lugar difícil, casi una trampa geográfica, al que el candidato bajó a buscar el voto de la gente más humilde. Colosio venía de dar discursos que incomodaban. Apenas semanas antes había pronunciado uno que pasó a la historia, en el que habló de un México con hambre y sed de justicia, marcando distancia con el gobierno del que él mismo había surgido.

 Para algunos, ese discurso fue el principio de su sentencia de muerte, para otros solo una casualidad trágica. Esa duda, la de si lo mataron por lo que dijo, va a acompañarnos hasta el final. Y para entender por qué este crimen pesa tanto, 32 años después, hay que entender qué representaba Coloso. No era un candidato más.

 En aquel México de partido casi único, donde el PRI llevaba más de 60 años en el poder y el dedo del presidente decidía al sucesor, Colosio había empezado a sonar distinto. Hablaba de reformar al sistema desde adentro, de abrir el país, de escuchar a los que nunca habían sido escuchados. Su discurso del 6 de marzo, apenas 17 días antes de morir, fue un parte aguas.

 Ante miles de personas, habló de un México con hambre y sed de justicia, de un poder que se había alejado del pueblo. Para muchos, Colosio estaba mandando un mensaje al propio sistema que lo había encumbrado. Las cosas iban a cambiar y 17 días después estaba muerto. Esa cercanía entre el discurso y el disparo es la que ha alimentado durante tres décadas la sospecha más persistente, que a Colosio no lo mató un loco, sino que lo mandó matar el poder al que incomodó.

Que su crimen no fue un acto de demencia individual, sino una decisión política. Nunca se ha probado, pero la coincidencia es tan brutal que cuesta no verla. Lo que México perdió esa tarde es algo que nunca sabremos del todo. Perdió quizás al presidente que habría cambiado el rumbo.

 Perdió la oportunidad de una transición distinta. El país que vino después con sus crisis, su violencia, su desencanto, es el país sin colosio y por eso este crimen no envejece. Porque cada mexicano que mira atrás se pregunta qué habría pasado si aquellos dos disparos no hubieran sonado en lomas taurinas. La bala que entró en la cabeza del candidato no mató solo a un hombre, mató a un futuro entero que nunca llegó a existir.

 Aquella tarde, Colosio terminó su mensaje y, como acostumbraba, se metió entre la multitud. Quería tocar a la gente, saludarla, sentirla. Y en medio de ese mar de personas sonaron los disparos, dos, uno en la cabeza, otro en el abdomen. El candidato cayó y con él cayó el rumbo entero del país. En un solo instante, en una colonia polvorienta de Tijuana, la historia de México se torció para siempre.

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