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La TRISTE VERDAD sobre Enrique Segoviano: Traición, Mentiras y Exilio

 

Dirección Enrique Segoviano. Esa frase sonaba al principio de cada capítulo del Chavo del Ocho, justo antes de que empezaran los cachetazos, los insultos con ternura y las carcajadas de media Latinoamérica. Un nombre que quedó grabado como un eco en nuestras cabezas. Pero, ¿quién era? ¿Por qué nunca lo vimos frente a cámara? ¿Por qué un día desapareció y nadie explicó nada? La historia de Enrique Segoviano es una de las más extrañas, silenciosas y profundas de la televisión latinoamericana. fue el arquitecto

invisible de uno de los productos culturales más grandes del continente. El tipo que dirigía, editaba, iluminaba y de paso armaba efectos especiales con cinta adhesiva, cartón y pura inventiva. Pero un día se evaporó del mapa y no fue por falta de talento ni por decisión propia, fueron una mezcla rara de poder, celos y vínculos personales que terminaron reescribiendo el destino del programa y del propio Segoviano.

 Durante décadas nadie quiso meterse en ese barro, ni Roberto Gómez Bolaños, ni Florinda Mesa, ni el mismo Segoviano, hasta que una serie biográfica estrenada en 2025 empezó a levantar alfombras y dejar al descubierto viejos silencios. Vamos a ver cuánto del Chavo que recordamos lleva la huella de Segoviano y cuánto se perdió cuando se fue.

 Lo olvidamos porque sí o lo hicieron olvidar. Enrique Eugenio Segoviano Santos nació el 6 de diciembre de 1944 en La Romana, una ciudad costera de República Dominicana. lo trajo al mundo. Una familia de maestros españoles exiliados que habían huído del franquismo buscando un futuro mejor y terminaron cayendo en otra tormenta.

Porque cuando Enrique apenas gateaba, el país ya estaba gobernado por el régimen más brutal del Caribe, la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, un poder tan autoritario que perseguía a intelectuales, desaparecía opositores y controlaba todo, incluso lo que se podía enseñar en una escuela. Los segovianos, como tantos otros, no aguantaron.

 No querían criar un hijo entre censura y miedo. Y cuando Enrique tenía menos de un año, hicieron las valijas y escaparon a México. Así arrancó la vida de un pibe que creció con el desarraigo como sombra, pero con la cultura como refugio. Lejos de los reflectores y los escenarios, la infancia de Enrique fue un mundo de libros, cuadernos y disciplina.

 No era el nene que jugaba a ser actor, era el que prestaba atención a cómo funcionaba la lámpara del proyector, el que no se perdía detalle de lo que había detrás del telón. Sus padres eran docentes estrictos, de esos que no regalaban elogios ni permitían distracciones. Le inculcaron un orden casi obsesivo, pero también el amor por el conocimiento.

 Y ese combo, raro pero poderoso, lo marcaría para siempre. Pasión por lo creativo, respeto por lo técnico. A medida que crecía, México también cambiaba. Los años 60 traían revueltas estudiantiles, nuevos medios, un hambre de expresión que se sentía en el aire y ahí estaba él, adolescente ya caminando entre radios, pantallas, cámaras y cables, sin saber que en unos años sería el tipo que haría reír al continente desde las sombras.

 En una época donde todos querían ser vistos, Segoviano eligió ser el que ve, el que dirige, el que organiza el caos para que parezca magia. Y esa decisión callada, silenciosa, fue la que cambiaría todo. En 1973, Televisión Independiente de México, el canal 8, era un laboratorio donde se cocinaban ideas a todo ritmo, productores, guionistas, escenógrafos, todos estaban buscando el formato que rompiera con lo de siempre.

 Y uno de los nombres que empezaba a sonar con fuerza entre los pasillos era Enrique Segoviano, un técnico minucioso, obsesivo, que sabía cómo ahorrar presupuestos sin bajar la calidad. Uno de esos que resolvía problemas antes de que aparecieran. El tipo que llegaba temprano se quedaba hasta tarde y que aunque nadie lo aplaudiera, hacía que todo funcionara.

 Fue ahí cuando Roberto Gómez Bolaños, ya famoso por su pluma y sus personajes, decidió armar un equipo fijo para sus nuevas ideas. estaba por lanzar un programa llamado El Chavo del Ocho, otro llamado El Chapulín Colorado, y soñaba con crear un universo de humor blanco visual, inocente, pero con estética de verdad.

 Y ahí, justo ahí, apareció Segoviano, 28 años, lentes gruesos, tono reservado y una mente matemática. Bolaños le ofreció ser director técnico y artístico y él no lo dudó. se convirtió en el ojo detrás de la cámara el que decidía dónde se paraban los personajes, cómo debía caer una luz, en qué momento entrar la risa grabada y hasta qué tanto debía durar una pausa.

 No era un operador, era un coreógrafo del encuadre. El chavo no era solo un nene pobre que vivía en un barril, era una creación colectiva. Y en esa creación la mirada de Segoviano estaba en todos lados. Las escenas de persecuciones, los gs físicos, los golpes medidos al milímetro, los silencios cargados de tensión, todo estaba calibrado como un reloj suizo.

Pero además había algo que en esa época era rarísimo, los efectos visuales. Con recursos casi nulos, Segoviano inventaba formas de hacer aparecer a actores dos veces en la misma escena o encoger al chapulín con la pastilla de Chiquitolina o mover objetos como si tuvieran vida propia.

 y lo hacía sin computadoras, sin postproducción, solo con ingenio y cámara en mano. Hoy se lo ve como algo simple, pero en los años 70 eso era televisión avanzada, una mezcla de teatro, circo y ciencia, y Enrique era el titiritero en las sombras. Durante esa primera etapa, cada capítulo pasaba por sus manos. Cada sketch se grababa con su supervisión.

 Era el que le decía a Roberto, “Ese chiste funciona, ese no.” sin miedo y con respeto. Y Bolaños lo escuchaba. Por eso cuando alguien dice que el Chavo del Ocho fue la visión de un genio, no está mintiendo, pero se está quedando con la mitad de la historia porque el otro genio estaba escondido entre los cables con auriculares puestos y un guion lleno de anotaciones en la mano y se llamaba Enrique Segoviano.

 Desde afuera, el fenómeno parecía tener una fórmula clarísima. Chespirito escribía y actuaba. segoviano dirigía y organizaba como Lennon y McCartney, pero en vez de guitarras había cámaras, escenografías y niños disfrazados de adultos. Funcionaban como un reloj. Roberto traía la idea, el gag, el concepto. Enrique lo bajaba a tierra, cuánto iba a durar, dónde se grababa? ¿Con qué luz? ¿Qué efecto necesitaba? ¿Cómo lograrlo sin gastar una fortuna? Bolaños pensaba el chiste segoviano, pensaba cómo hacerlo posible y durante un buen tiempo eso fue

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