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Elena Ceaușescu: Se Creyó Reina… y la Fusilaron en Navidad

Elena Ceaușescu: Se Creyó Reina… y la Fusilaron en Navidad

Una mujer obligó a un país entero a llamarla la madre de la patria. Esa misma mujer apenas había terminado la escuela primaria, pero fue presentada al mundo como una de las científicas más brillantes del siglo XX. Y en la mañana del día de Navidad de 1989 fue arrastrada hasta una pared con las manos atadas a la espalda gritándole insultos a unos soldados que estaban a punto de matarla.

 Esta es la historia de Elena Seausescu y es una de las caídas más brutales que ha vivido Europa en los últimos 100 años. 25 de diciembre de 1989, día de Navidad. Pero en esta base militar al norte de Bucarest no hay árboles, ni regalos ni villancicos. Hace un frío que corta la cara. La nieve cubre el patio. El cielo está gris.

 Una puerta se abre. Salen dos figuras escoltadas por soldados armados, un hombre y una mujer, los dos mayores. Él tiene 71 años, ella tiene 73. Llevan abrigos oscuros sobre la ropa con la que durmieron tres noches seguidas. La mujer se llama Elena. Hasta hace 3 días. Era la segunda persona más poderosa de Rumania.

 Tenía villas en cada ciudad importante del país. Comía caviar mientras millones de rumanos hacían colas 6 horas para comprar un pan. Ahora camina con las manos atadas a la espalda con un cordel improvisado. A unos metros, tres soldados jóvenes preparan sus fusiles. Han recibido la orden hace apenas unos minutos. Ninguno de ellos imaginó que alguna vez haría esto.

Ninguno sabe muy bien por qué los eligieron a ellos. Elena los mira y entonces les grita, les grita en rumano con una voz que aún cree que tiene autoridad. Yo era como una madre para ustedes. Una madre. Los soldados no responden, levantan los fusiles. Ella sigue gritando, insulta, maldice. Su esposo a su lado intenta decir algo, una última frase, una despedida, pero su voz se pierde en el viento helado.

 Ella sigue gritando y entonces se dispara la primera ráfaga. No esperan la orden. Tres soldados, demasiado rápidos, demasiado nerviosos, demasiado llenos de un odio que se había acumulado durante años en el silencio. Las balas no paran cuando deberían parar. Cuando finalmente se calla todo, la mujer que durante 15 años había firmado decretos, recibido honores y aterrorizado a una nación entera, está en el suelo contra una pared sucia, en una base militar perdida.

 Lo que acaban de filmar en esa pared se va a transmitir unas horas después por televisión, en bucle, a un país en estado de shock. Los rumanos no van a poder creerlo. Algunos llorarán, algunos gritarán de alegría, muchos vomitarán de impresión. Hay testimonios de familias enteras paralizadas frente a sus televisores aquella noche.

 Padres que no saben cómo explicarles a sus hijos lo que están viendo. Abuelas que se persignan en silencio. Vecinos que tocan a la puerta para preguntar si lo que están emitiendo es real o una manipulación o un sueño extraño que solo ellos están teniendo. Porque durante décadas esa mujer había sido presentada como una santa, como una madre.

 como un genio de la ciencia mundial. Y ahora estaban viendo su cuerpo desplomado en el patio de una base militar. ¿Cómo llega una hija de campesinos casi analfabetos a controlar un país entero? ¿Cómo se convierte una niña que abandonó la escuela primaria en doctora, ingeniera reconocida por el mundo entero? Y cómo termina 30 años después, ejecutada el día de Navidad, escupiendo insultos a unos soldados que apenas la conocían.

 Lo que viene ahora es la historia de cómo se construye un monstruo y de cómo una mañana de invierno ese monstruo se derrumba. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Hay que volver al año 1916, a un pueblo que casi nadie en el mundo conocía, a una niña que se llamaba simplemente Lenutza, Petresi, provincia de Damboviza, Rumania.

 7 de enero de 1916. Es invierno. Europa está devorada por la Primera Guerra Mundial, pero en este pueblo perdido entre colinas, lejos de las grandes ciudades, la guerra apenas se siente. Lo que se siente, en cambio, es el frío que se cuela por las paredes, el hambre, la rutina dura del campo. En una casa de barro y paja, una mujer llamada Alexandra Petrescu da a luz a su tercera hija.

 Le ponen el nombre Lenutza, un diminutivo cariñoso del nombre Elena es el nombre con el que la conocerán durante años. Lenuza. La pequeña Lenutza, su padre Nicolae Petrescu, es lector de la Iglesia Ortodoxa Local. Cuando no está leyendo los Salmos en la misa del domingo, trabaja la tierra como cualquier otro campesino del pueblo.

 Tienen poco, comen lo que cultivan, toman agua del pozo, se calientan con la leña que ellos mismos cortan. La pequeña lenuzza crece, descalza la mayor parte del año, se acuesta cuando cae el sol, se levanta antes del amanecer. Los vecinos del pueblo la van a recordar años después, como una niña callada. Pero callada de una forma extraña, no tímida, observadora, calculadora.

 A los 7 años comienza a ir a la escuela del pueblo. Una sola aula, un solo maestro. Niños de todas las edades mezclados en el mismo cuarto. El piso es de tierra, los pupitres son de madera vieja. En invierno los niños se sientan con los abrigos puestos porque la estufa de leña apenas calienta. En verano las moscas zumban alrededor de los pizarrones y aquí ocurre algo importante, algo que va a marcar toda su vida y que ella va a intentar borrar después con todas sus fuerzas.

 Lenza no es una buena alumna, no es solo que no le guste estudiar, es que le cuesta. Le cuesta aprender a leer, le cuesta hacer cuentas, le cuesta concentrarse. Los maestros, años más tarde, cuando puedan hablar con libertad, van a contar que era una niña distraída, que hacía las cosas a medias, que se enojaba mucho cuando no entendía algo.

 Hay un detalle que aparece varias veces en los testimonios de antiguos compañeros. Cuando Lenutza se equivocaba delante de los demás, no se ponía a llorar como las otras niñas, se ponía roja, apretaba los puños y miraba al maestro con una rabia silenciosa que daba miedo, como si ya supiera, a los 9 años que un día iba a vengarse del mundo entero por hacerla sentir tonta.

 A los 14 años abandona la escuela. Algunos documentos dicen que repitió varias veces, otros que simplemente la dejó porque la familia necesitaba que trabajara en el campo. La verdad probablemente está en el medio. Lo que sí sabemos con certeza es esto. Cuando Lenusa deja la escuela, sus conocimientos formales son los de una niña de primaria.

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