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Layda Sansores filtra un audio falso contra Harfuch… ¡pero él la deja completamente expuesta!

Lo que Laida Sansores no sabía aquella noche mientras su equipo terminaba de editar el audio que cambiaría el rumbo de su carrera, era que al otro lado de la ciudad, en una oficina blindada del Centro Nacional de Inteligencia, Omar García Harfuch ya conocía cada segundo de esa grabación y llevaba semanas preparando su respuesta.

La Ciudad de México despertó ese martes con un cielo plomizo que parecía presagiar tormenta. Eran las 5:40 de la mañana cuando Omar García Harfuch abrió los ojos en la casa de seguridad donde había pasado la noche. Una de las tantas ubicaciones rotativas que utilizaba desde que el cártel Jalisco Nueva Generación intentó asesinarlo en Paseo de la Reforma aquella madrugada de junio de 2020, que le dejó tres impactos de bala en el cuerpo y las cicatrices que todavía le recordaban.

cada mañana al vestirse, que la muerte lo había rozado con la punta de los dedos, se incorporó en la cama con la disciplina de un hombre que no conocía los despertadores. A sus 44 años, Omar conservaba la complexión atlética que lo había convertido, para su incomodidad, en una suerte de fenómeno mediático. cobijas con su rostro, muñecos de plástico que vendían en los tianguis del centro y memes que su propia madre, la actriz María Sorté, le reenviaba entre carcajadas desde su teléfono.

Pero bajo aquella imagen que el público consumía con fascinación, habitaba un hombre profundamente serio, un estratega que había aprendido desde la cuna que en la política mexicana los golpes más letales no venían de los carteles, sino de quienes compartían tu misma trinchera. Antes de continuar con la historia, por favor, haz clic en el botón de me gusta, suscríbete al canal y comenta desde dónde estás viendo.

Tu ayuda es muy importante. Mientras se enjuagaba la cara con agua fría, su teléfono encriptado vibró tres veces consecutivas. Era Capitán Reyes, el nombre en clave de su jefe de inteligencia, un exagente de la Policía Federal con quien había trabajado desde sus tiempos en la división de investigación. Señor, está confirmado.

Lo van a soltar hoy en el programa. El audio ya está editado. Nuestras fuentes en Campeche lo verificaron hace 40 minutos. Omar se miró al espejo. El agua le escurría por la mandíbula cuadrada, por el cuello donde una cicatriz fina trazaba el recorrido de una esquirla que casi le secciona la carótida.

6 años atrás. respiró profundo. Tenemos la línea de tiempo completa. Completa. Los fragmentos originales, las fechas de grabación, los programas de donde los sacaron y el software que utilizaron para la edición. Todo documentado. Bien, dijo Omar secándose la cara con una toalla. Que nadie se mueva, que nadie filtre nada.

Hoy dejamos que ella hable primero. Colgó y se quedó un momento en silencio, mirando su reflejo como si buscara en sus propios ojos la confirmación de que estaba haciendo lo correcto. La historia de su familia le había enseñado que el poder era un arma de doble filo. Su abuelo, el general Marcelino García Barragán, había sido secretario de la defensa nacional en 1968 y su nombre quedaría para siempre ligado a la tragedia de Tlatelolco.

Su padre, Javier García Paniagua, había dirigido la temida Dirección Federal de Seguridad durante la guerra sucia. Omar cargaba ese linaje como una mochila de piedras y quizás por eso se había impuesto una regla inquebrantable. Nunca golpear primero, pero cuando alguien lo atacara, responder con la precisión de un cirujano.

Y Laida Sansores estaba a punto de atacarlo. A 1000 km de distancia, en la capital del estado de Campeche, la gobernadora Laida Elena Sansores San Román revisaba por décima vez el guion de su programa semanal El martes del Jaguar, la emisión que la había convertido en la política más polémica de México. A sus 80 años, Laida conservaba una energía que desconcertaba a propios y extraños.

Menuda, de cabello corto teñido en tonos cobrizos, con una mirada afilada que sus detractores describían como rapaz y sus seguidores como valiente. La gobernadora había construido su carrera política sobre una filosofía simple, atacar antes de ser atacada. hija de Carlos Sansores Pérez, el negro, quien había gobernado Campeche de la mano del PRI entre 1967 y 1973, Laida había mamado la política con el biberón.

Psicóloga por la UNAM, maestra normalista con un posgrado en Buenos Aires, había recorrido todos los partidos del espectro mexicano, PR, PRD, Convergencia y finalmente Morena, con la convicción de que las ideologías eran disfraces intercambiables. Pero el poder, el poder era la única sustancia que realmente importaba. Su programa, transmitido cada martes desde las plataformas oficiales del gobierno de Campeche, se había convertido en un fenómeno nacional.

Ahí, con la teatralidad de una conductora de talk show y la ferocidad de una fiscal, Laida exhibía audios, vídeos y conversaciones privadas de sus adversarios políticos. Su víctima más célebre había sido Alejandro Alito Moreno, el dirigente del PRI, a quien había destripado públicamente con grabaciones que revelaban presuntos pagos ilegales, amenazas a periodistas y operaciones financieras sospechosas.

Aquellas filtraciones le habían ganado el aplauso de la base morenista y la condena del poder judicial, que ordenó la eliminación de los contenidos y le prohibió seguir difundiéndolos. Pero Laida no era una mujer que obedeciera prohibiciones. Esa mañana, mientras bebía un café de olla en su despacho del palacio de gobierno, un edificio colonial de cantera blanca que miraba al malecón campechano, la gobernadora releyó las notas que su equipo de comunicación le había preparado para el programa de esa noche. El objetivo ya no

era Alito Moreno. El objetivo era mucho más grande, mucho más peligroso y mucho más arriesgado. El objetivo era Omar García Arfuch. Gobernadora dijo Ernesto Cuevas, su director de comunicación social, un hombre delgado, de lentes redondos y barba de tres días que siempre olía a cigarro. El audio está listo.

Los técnicos terminaron la última versión anoche. Suena natural. Cualquiera lo creería. Laida dejó la taza sobre el escritorio y miró a Cuevas con una expresión que mezclaba satisfacción y cautela. Lo revisó el abogado. Lo revisó. Dice que mientras nosotros no afirmemos que es auténtico, sino que lo presentemos como un material que llegó a nuestras manos y que ponemos a consideración del pueblo, estamos protegidos legalmente.

Eso dijeron con lo de Alito. Y terminamos con tres amparos encima, replicó Laida cruzando los brazos. Esto es diferente, gobernadora. Harfuch no es alito. Harfuch tiene poder real. tiene el Centro Nacional de Inteligencia, tiene la Guardia Nacional, tiene agentes propios. Si esto sale mal, no va a salir mal, lo cortó Laida, poniéndose de pie con una agilidad que desmentía sus ocho décadas.

Ese audio va a hacer lo que tiene que hacer, sembrar la duda, nada más. No necesito que la gente crea que es verdadero. Necesito que la gente se pregunte si podría ser verdadero. Esa es la diferencia, Ernesto. En política la duda es más poderosa que la certeza. Cuevas asintió sin convicción. Conocía a Laida desde hacía 15 años, desde los tiempos en que ella era alcaldesa de Álvaro Obregón en la Ciudad de México, y sabía que cuando la gobernadora tomaba una decisión no había fuerza humana que la hiciera retroceder, pero también sabía que esta vez estaban jugando con

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