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Hugo Sánchez: Aquí no hay locos

El ruido era ensordecedor. 60,000 gargantas gritaban al unísono, 60,000 voces que coreaban una sola palabra: indio,  indio. Hugo Sánchez caminaba por el túnel del estadio. Sus botas golpeaban el cemento con un ritmo irregular. Podía sentir cómo le temblaban las manos, no de miedo, de rabia contenida. Era febrero de 1983.

El Atlético de Madrid visitaba el norte, una ciudad hostil,  un estadio que hervía de odio. Hugo llevaba año y medio en España, año y medio escuchando insultos, año y medio sintiendo cómo lo miraban como si no perteneciera a ese mundo. Landaboru se acercó por detrás, le puso una mano en el hombro.

 No les hagas caso, Hugo. Son unos salvajes. Hugo no respondió. Siguió caminando. Podía escuchar los cánticos cada vez más cerca. Indio cabrón, te mandaremos al paredón. Las palabras se clavaban como agujas en su piel, pero había aprendido a no reaccionar. O este al menos a fingir que no reaccionaba. En la concentración de esa mañana, Luis Aragonés había reunido al equipo.

 Su voz era siempre áspera, directa, sin filtros. Hoy nos van a insultar, van a escupir, van a gritar y ustedes van a jugar. Hugo lo había mirado fijamente. Aragonés. sostuvo la mirada. ¿Algún problema, Hugo? Ninguno,  Mister. Bien, porque aquí no hay locos, aquí hay futbolistas.  Si necesitas que alguien te dé la mano, llama a tu mamá. Yo no soy tu psicólogo.

La palabra quedó flotando en el aire. Psicólogo. Hugo sintió como la sangre le subía a la cara. Algunos compañeros bajaron la mirada, otros sonrieron incómodos. Aragonés sabía. Alguien le había contado y ahora lo usaba como arma. Dos semanas antes,  Hugo había tocado la puerta de una consulta en el centro de Madrid, un edificio discreto, tercer piso, sin nombre en el timbre.

 Nadie podía saber que Hugo Sánchez, el delantero mexicano del Atlético, necesitaba ayuda. El psicólogo era un hombre mayor, pelo gris, mirada tranquila. ¿Qué te trae aquí, Hugo? No lo sé. Creo que creo que me estoy volviendo loco. ¿Por qué piensas eso?  Porque cada vez que salgo a la calle siento que todos me odian. Cada vez que juego escucho insultos y lo peor es que a veces pienso que tienen razón.

El psicólogo tomó nota, dejó pasar un silencio. No estás loco, Hugo. Estás exhausto. Hay una diferencia. Pero ahora, en ese túnel oscuro camino al campo, Hugo no se sentía exhausto,  se sentía vacío, como si cada insulto hubiera arrancado un pedazo de él. Y lo que quedaba ya no sabía quién era. El árbitro dio la señal.

 Era hora de salir. Hugo respiró hondo una vez, dos veces, cerró los ojos, escuchó la voz de su psicólogo en su mente.  Cuando sientas que el mundo te aplasta, recuerda por qué empezaste. abrió los ojos y caminó hacia la luz. El estadio estalló en abucheos.  Miles de personas de pie gritando, silvando. Hugo levantó la vista.

 Las gradas parecían una bestia furiosa. Pancartas con insultos, banderas agitándose con violencia, un mar de odio. Kque Ramos se acercó corriendo. Hugo, escúchame. Hoy vamos a callarlos con goles. ¿Me oyes? Con goles, Hugo asintió, pero sabía que no sería fácil. El equipo rival ya los esperaba en el centro del campo.

 Jugadores grandes, duros, con miradas que decían todo. Aquí no eres bienvenido. El balón rodó. El partido comenzó y en los primeros 5 minutos Hugo ya había recibido tres faltas. La última fue brutal. Un defensa le barrió desde atrás. Hugo cayó de cara contra el césped, sintió el sabor a tierra, a sangre. El árbitro no pitó nada.

 Hugo se levantó despacio, se limpió la boca con la manga y miró al defensa a los ojos. Eso es todo lo que tienes. El defensa sonríó. Apenas empiezó indio. 25 minutos después, Hugo recibió un balón en el borde del área, controló con el pecho, giró, vio el arco, pero antes de disparar sintió un golpe en la espalda. Cayó de nuevo. Esta vez el árbitro sí pitó.

 Falta, pero no tarjeta. Hugo se quedó en el suelo un momento, mirando el cielo gris, pensando en algo que su psicólogo le había dicho. Te están probando, Hugo. Quieren ver si te quiebras. No les des ese gusto. Se levantó, sacudió la cabeza y siguió jugando. Pero algo dentro de él había cambiado. Ya no era solo furia, era determinación fría, calculada, letal.

 En el minuto 38, Landaburu lanzó un centro desde la izquierda. El balón flotó en el aire. Hugo corrió hacia el área, saltó entre dos defensas. Su frente impactó el balón con fuerza. El portero se estiró, pero no llegó. Gol. El estadio enmudeció por un segundo, solo un segundo. Luego estalló en insultos aún más fuertes.

Hugo no celebró. Caminó de regreso a media cancha, sin mirar a nadie, sin sonreír, sin gritar. Aragonés, desde el banquillo, lo observaba y por primera vez en meses, algo parecido al respeto cruzó su rostro. El descanso llegó como un alivio efímero. Hugo caminó hacia el túnel escoltado por insultos.

 Cada paso era una declaración, cada respiración un acto de resistencia.  En el vestuario el silencio era denso, los jugadores bebían agua, se secaban el sudor, nadie hablaba. Aragonés entró como una tormenta, cerró la puerta de un golpe. 1 a cer, vamos ganando, pero ustedes juegan como si estuvieran muertos.

 Su mirada recorrió el vestuario. Se detuvo en Hugo. Hugo, te están matando ahí afuera. ¿Y tú qué haces? Nada.  Un gol y te escondes. Hugo levantó la vista. Sus ojos ardían. No me estoy escondiendo. Entonces  demuéstralo. En el segundo tiempo. Quiero verte pelear. Quiero verte sangrar si hace falta, porque si no, mejor te quedas aquí sentado como un turista.

 Las palabras golpearon a Hugo en el pecho. Sintió como la rabia trepaba por su garganta, pero se tragó la respuesta. Apretó los puños y esperó. Cuando salieron para el segundo tiempo, el estadio rugió aún más fuerte. Como si el descanso hubiera alimentado su odio. Hugo corrió hacia su posición. El césped estaba destruido.

Charcos de lodo, marcas de tacos por todas partes. En el minuto 52 todo cambió. Hugo recibió un pase largo de Kque Ramos. El balón rebotó frente a él, controló, levantó la cabeza, vio espacio, comenzó a correr. Un, dos, tres toques. El defensa central se le acercó. Hugo amago hacia la izquierda. El defensa mordió el engaño.

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