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La Escandalosa Mansión de Sasha Montenegro y López Portillo | Documental

La Escandalosa Mansión de Sasha Montenegro y López Portillo | Documental

Una mansión que ya no existe. Se llamaba La Colina del Perro. Estaba en Paseo de los Laureles 268 en Bosques de las Lomas, una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, 5,200 m² de terreno. Fue construida durante los últimos meses del sexenio más polémico de la historia moderna de México. La mandó edificar un presidente que antes de salir de Los Pinos lloró en televisión nacional diciendo que defendería el peso como un perro.

 un presidente que devaluó la moneda, nacionalizó la banca, hundió la economía y después se construyó un palacio mientras el pueblo que lo eligió se quedaba sin ahorros. Y esa mansión, ese monumento a la corrupción disfrazado de residencia familiar, se la regaló a una mujer, a una actriz de películas eróticas que se convirtió en su amante cuando todavía estaba casado con la primera dama de México.

 La mansión fue demolida en 2018. Los muros de cantera que alguna vez albergaron fiestas privadas donde se mezclaban políticos, empresarios y estrellas del espectáculo fueron derribados por retroescavadoras. Los jardines donde un expresidente paseaba del brazo de una vedet mientras el país se caía a pedazos fueron convertidos en escombros.

 Y sobre esos escombros, un desarrollador inmobiliario intentó construir una torre de departamentos de lujo que terminó envuelta en un litigio legal con el gobierno de la Ciudad de México. La colina del perro ya no existe. Pero la historia de la mujer que vivió ahí, la mujer que durmió en las mismas sábanas que un presidente, la mujer que fue amante durante una década antes de ser esposa.

 La mujer que cobró casi 29 millones de pesos del herario público como viuda presidencial antes de que se los quitaran. La mujer que dijo odio desnudarme después de haberse desnudado en más de 80 películas, esa historia sigue viva y es una de las más escandalosas, más tristes y más reveladoras que el espectáculo y la política mexicana han producido jamás.

Esa mujer se llamaba Alexandra Asimovic  Popovic, pero el mundo la conoció como Sasa Montenegro y su historia no empieza en México, no empieza en una película de ficheras, no empieza en una mansión de bosques de las lomas. Su historia empieza en un campo de concentración donde asesinaron a su familia, en una ciudad italiana donde nació siendo hija de refugiados yugoslavos, en un barco que cruzó el Atlántico llevándola a Argentina cuando tenía 6 meses en una provincia de Mendoza donde creció sin padre porque el

suyo murió cuando ella era una niña. Y en un vuelo de Buenos Aires a la Ciudad de México, donde una joven de 23 años llegó con una oferta de trabajo en el cine y nunca regresó. Porque la historia de Sasa Montenegro es la historia de una mujer que perdió todo antes de nacer, que nació en un país que no era el suyo, que creció en otro país que tampoco era el suyo, que triunfó en un tercero que la adoptó y la convirtió en símbolos de toda una generación, que se enamoró del hombre más poderoso de México, que fue

su amante durante una década mientras la esposa legítima miraba para otro lado, que le dio dos hijos que nacieron fuera del matrimonio, que esperó a que la primera esposa esposa muriera para casarse con él, que vivió en una mansión que el pueblo de México pagó con sus impuestos, que cobró una pensión millonaria durante 18 años como viuda de un expresidente y que cuando se la quitaron dijo que vivía de negocitos sin revelar cuáles.

 Pero para entender como una refugiada yugoslava terminó siendo la amante de un presidente mexicano, hay que empezar donde todo empieza, en el dolor, en la pérdida, en el momento en que la historia de una familia se rompe para siempre y lo único que queda es huir. Bari, Italia, 20 de enero de 1946. La Segunda Guerra Mundial ha terminado hace menos de un año.

  Europa es un cementerio que intenta reconstruirse y en un hospital de esa ciudad portuaria del sur de Italia nace una niña que no debería existir porque su familia, la familia Popovic, pertenecía a la aristocracia de Montenegro, la pequeña nación balcánica que formaba parte de Yugoslavia. Y esa familia fue asesinada en un campo de concentración durante la guerra.

 Guarda ese dato porque define todo lo que viene después. La madre de Sasa, Silvia Popovic, sobrevivió al exterminio que destruyó a su familia. ¿Cómo lo hizo, nadie lo sabe con exactitud, pero sobrevivió y después de la guerra junto a su esposo Iboginasimovic huyó de Yugoslavia. Llegaron a Italia, se instalaron en Bari y ahí nació Alexandra, la hija de dos refugiados que habían perdido todo.

 La hija de una familia aristocrática que pasó de tener nombre, tierra y posición a no tener nada más que la ropa que llevaban puesta y la certeza de que estaban vivos por un milagro que no tenía explicación. Pero Italia tampoco era el destino final. 6 meses después del nacimiento de Alexandra, el 18 de julio de 1946, la familia cruzó el Atlántico en un barco rumbo a Argentina.

 como miles de europeos que después de la guerra buscaban en América la paz que Europa no podía darles. Llegaron a Buenos Aires, se instalaron en la provincia de Mendoza y ahí empezó una nueva vida que duraría poco  porque el padre de Sasa, Ibohin, murió en Argentina cuando ella era pequeña.

 Las circunstancias de su muerte no están claras en las fuentes públicas. Lo que sí se sabe es que la madre de Sasa, Silvia, se quedó sola con una hija pequeña en un país que no era el suyo, sin familia, sin red de apoyo, sin el hombre que la había acompañado desde Yugoslavia hasta Italia y desde Italia hasta Argentina.

 Y Silvia hizo lo que las mujeres solas con hijos hacen cuando no tienen opciones. Se adaptó, se casó de nuevo, esta vez con un empresario argentino adinerado. Y de golpe la vida de la pequeña Alexandra cambió. Pasó de ser la hija de unos refugiados a ser la hijastra de un hombre rico. Pasó de la precariedad a la comodidad.

 Tuvo una hermana menor, Andrea Silvia, fruto del segundo matrimonio de su madre. Estudió en Mendoza. Creció entre la cultura argentina y la memoria yugoslava que su madre mantenía viva con historias de una patría que ya no existía como la conocían. Alexandra era hermosa, incluso de niña. Su belleza llamaba la atención. Y cuando creció, esa belleza se convirtió en su pasaporte.

 Participó en concursos de belleza, fue modelo. Empezó a aparecer en revistas. La joven yugoslava nacida en Italia y criada en Argentina era una combinación exótica que el mundo del espectáculo sudamericano no podía ignorar. Pero Argentina se le quedó chica, o más exactamente, Argentina no le ofrecía lo que ella quería.

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