Posted in

El CJNG Golpeó A Un Campesino Sin Saber Que Era El Chapo Disfrazado — Y Nadie Sobrevivió

 

La camioneta Silverado levanta una nube de polvo ocre mientras avanza por el camino de terracería que serpentea entre los cerros de Badirahuato. Son las 6:47 de la mañana del martes 23 de octubre de 2018 y el sol apenas comienza a pintar de naranja las cimas de la Sierra Madre Occidental. Dentro del vehículo viajan cuatro hombres del cártel Jalisco, Nueva Generación.

Vienen armados hasta los dientes con chalecos tácticos, radios de comunicación y la arrogancia que da saberse parte de la organización criminal más violenta de México. Lo que no saben es que el campesino que acaban de ver caminando por el sendero polvoriento, vestido con ropa raída y sombrero de palma, es el hombre más peligroso que jamás encontrarán en su vida. Joaquín Guzmán lo era.

 Lleva tres días recorriendo los ranchos de la sierra. Oficialmente está en prisión cumpliendo cadena perpetua en Estados Unidos. Pero esta historia sucede en un tiempo diferente. Cuando el Chapo todavía movía los hilos del narcotráfico mexicano desde las montañas que lo vieron nacer, camina despacio, como cualquier campesino de 60 años que ha trabajado la tierra toda su vida.

 Sus botas gastadas levantan pequeñas nubes de polvo con cada paso. El sombrero de palma le cubre medio rostro. Nada en su apariencia sugiere que controla rutas de tráfico de drogas que generan miles de millones de dólares anuales. La Silverado reduce la velocidad cuando se acerca al hombre solitario. El conductor, un sicario de 28 años apodado el Tucán, observa al campesino con la indiferencia de quien ha visto demasiada pobreza como para que le importe.

A su lado, el comandante de la célula, conocido como el fantasma, revisa su teléfono celular buscando señal que no existen estas montañas olvidadas por la tecnología y por Dios. El Chapo no voltea cuando escucha el motor acercarse. Sigue caminando con la parsimonia de quien no tiene prisa ni destino urgente.

Pero bajo esa calma aparente, su mente funciona como una computadora procesando variables. Reconoce el modelo de la camioneta, el año, las placas que no corresponden a la región. Nota las antenas de radio que sobresalen del techo, el vidrio polarizado que esconde rostros, la forma como el vehículo reduce velocidad de manera calculada.

 No necesita ver las armas para saber que viene cargado de muerte. La Silverado se detiene completamente a 5 metros de distancia. El polvo que levantaron las llantas envuelve al campesino en una nube que se disipa lentamente con la brisa matutina. El tucán baja la ventanilla y escupe al camino antes de gritar con voz que intenta sonar amenazante, pero solo revela juventud inexperta.

Oiga, viejo, ¿de dónde viene? El Chapo se detiene, pero no voltea inmediatamente. Deja pasar dos segundos completos antes de girar su rostro hacia la camioneta. Sus ojos entrecerrados por el sol estudian la escena con la precisión de un cirujano analizando un cuerpo antes de hacer la primera incisión. Cuando finalmente habla, su voz sale ronca, cansada, perfectamente calibrada para sonar como la de cualquier campesino de la sierra.

Vengo del rancho de Don Chui, joven. Voy bajando al pueblo a comprar medicina para mi señora. Es una mentira perfecta. Don Chuya existe. Su rancho está a 3 km montaña arriba y cualquiera que conozca la zona sabe que el camino que está recorriendo es efectivamente la ruta más corta hacia el pueblo más cercano.

El fantasma levanta la vista de su teléfono y observa al viejo con más atención. Algo en la postura del campesino le genera una incomodidad que no puede explicar. No es miedo lo que percibe, sino una quietud antinatural como la de las serpientes de Cascabel un segundo antes de atacar medicina.

 ¿Y qué tiene su vieja? El Chapo se rasca la barbilla donde lleva tres días de barba crecida. Pues la diabetes, joven, ya sabe cómo es esto. Uno pobre no puede ni enfermarse en paz. La respuesta satisface al Tucán, quien ya está perdiendo interés en el interrogatorio. Pero el fantasma no puede sacudirse la sensación de que algo no cuadra.

 Ha sobrevivido 5 años en el negocio del narco, precisamente porque su instinto le ha advertido del peligro cuando otros solo veían rutina. Abre la puerta del asilverado y baja del vehículo con movimientos lentos y deliberados. Y usted conoce estos rumbos, abuelo. El Chapo asiente con la cabeza. Toda mi vida he vivido por aquí, joven.

Conozco cada vereda, cada rancho, cada familia que siembra en estas tierras. Es verdad. Joaquín Guzmán nació en Latuna, a menos de 20 km de donde se encuentra ahora. Estas montañas son su territorio primigenio, el laberinto de cañadas y senderos que memorizó desde niño cuando ayudaba a su padre a cultivar mapola y marihuana mucho antes de que el narcotráfico se convirtiera en industria multimillonaria.

El fantasma camina alrededor del campesino estudiándolo como entomólogo. Examina un insecto bajo microscopio. Y ha visto gente extraña por aquí, gente armada que no sea de la región. La pregunta revela más de lo que el sicario pretende. El CJTN G está buscando algo o alguien en estas montañas. Probablemente han recibido información de que alguien del cártel de Sinaloa está operando en la zona.

 Quizá hasta tienen el dato de que el mismo Chapo anda por los ranchos supervisando rutas y resolviendo conflictos internos, pero jamás imaginan que el viejo desnutrido que tienen frente a ellos sea su objetivo principal. No, joven, aquí no viene nadie. Somos puros campesinos pobres que no más queremos trabajar en paz. El fantasma saca su pistola.

 Una Glock 9 mm con cargador extendido. No la apunta directamente al campesino, pero el mensaje es claro. Seguro, abuelo, porque a mí me late que usted sabe más de lo que dice. El Chapo mantiene la mirada baja, la postura encorbada de quien ha aprendido a hacerse invisible frente a los poderosos. Le juro por mi madre santa que no he visto nada joven.

 Yo no más voy y vengo del rancho. No me meto en problemas ajenos. Los otros dos sicarios han bajado de la camioneta. Uno de ellos, un tipo gordo con tatuajes en el cuello, camina hacia el campesino y lo empuja con fuerza suficiente para hacerlo tambalear. A ver, viejo [ __ ] vacíate los bolsillos. Quiero ver qué traes. Es el error que marca el punto sin retorno.

Read More