Detrás de ella cuatro hombres de aspecto serio que parecían ser su equipo de seguridad. Un murmullo recorrió la iglesia. El padre Pistolas entrecerró los ojos reconociéndola inmediatamente. Sh. Chitle Gálvez, murmuró para sí mismo, llevando instintivamente su mano hacia el costado donde guardaba su arma. La política avanzó por el pasillo central con paso decidido.
Los feligreses la miraban con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Algunos sacaban sus celulares para documentar el momento. Chochitel se detuvo a mitad del pasillo y con un gesto indicó a su equipo que se quedara atrás mientras ella continuaba sola hacia el altar. Un murmuro de asombro recorrió la iglesia. El padre Pistolas se quedó inmóvil por un momento evaluando la situación.
Nunca hubiera esperado ver a una figura política nacional en su humilde parroquia y menos a alguien como Shitil Galves. Los guardaespaldas de la política se mantenían alerta, pero el padre notó que miraban constantemente hacia las ventanas y la puerta como si temieran algo externo. “¡Miren nada más”, dijo el padre pistolas con una sonrisa irónica.
La mismísima Shochitl Gálvez nos honra con su presencia y pidiendo ayuda. Además, el Padre hizo un gesto hacia la sacristía. Terminemos primero la misa, señora. Luego hablamos. Siéntese por ahí y no haga alboroto. La casa de Dios está abierta para todos, hasta para los políticos. añadió con un guiño. Shitl asintió y tomó asiento en una de las bancas del frente.
Sus guardaespaldas permanecieron de pie, observando cada rincón de la iglesia. El padre Pistolas continuó con la ceremonia, aunque era evidente que la presencia de la política había cambiado el ambiente. Como les decía antes de esta inesperada visita, continuó el padre, en este país hay demasiados cabrones que se aprovechan del pueblo y el pueblo debe defenderse.
Pero también debemos recordar que la casa de Dios es un refugio para todos, incluso para aquellos con los que no estamos de acuerdo. La misa transcurrió con relativa normalidad, aunque los feligreses no dejaban de mirar a Schitle y murmurar entre ellos. Cuando finalmente terminó la ceremonia, el padre Pistolas hizo un gesto a la política para que lo siguiera a la sacristía.
Una vez allí, con la puerta cerrada y solo dos guardaespaldas acompañándola, Shochit Gálvez dejó caer su máscara de serenidad. Su rostro mostraba auténtica preocupación. “Padre, sé que usted y yo no compartimos las mismas ideas políticas”, comenzó. Eso es quedarse corto, señora, interrumpió el padre con una carcajada áspera. Yo creo que la mayoría de ustedes, los políticos, son unos vendidos, pero dígame, ¿qué es tan urgente que viene a interrumpir mi misa? Schitle respiró hondo y sacó de su bolso un sobre arrugado. Lo abrió y extrajo una hoja de
papel que extendió hacia el sacerdote. Esto llegó a mi oficina hace 3 días. Primero pensé que era una de tantas amenazas que recibimos los políticos, pero luego el padre Pistolas tomó el papel. Era una carta escrita con lo que parecía ser sangre seca. El mensaje era breve pero escalofriante. La sangre de los inocentes clama justicia.
Tú serás la primera. Luego caerán los demás traidores. Al final del mensaje había un símbolo extraño, una cruz invertida rodeada, por lo que parecía ser una serpiente. “Mm, parece obra de algún loco,”, comentó el padre, aunque su expresión se había tornado seria. “¿Por qué viene a mí con esto? ¿No tiene a toda la policía y quién sabe cuántas agencias más para protegerla? Porque ayer recibí esto,”, respondió Shchidle.
sacando otro papel del sobre y ahí entendí que no se trata solo de mí. El segundo mensaje era similar, pero añadía, “El padre Pistolas conoce la verdad. Él sabe quiénes son los verdaderos demonios. Pregúntale por los sacrificios en la sierra de Chucándiro.” El padre Pistolas palideció al leer esas líneas.
Su mano instintivamente tocó la culata de su revólver. Sacrificios. ¿De qué está hablando este mensaje, padre? ¿Qué está pasando en la sierra? Preguntó Shitl estudiando la reacción del sacerdote. El padre Pistola se pasó una mano por el rostro, súbitamente envejecido. Sus ojos, normalmente desafiantes, mostraban ahora un destello de miedo genuino.
“Señora Gálvez”, dijo finalmente con voz más baja y grave de lo habitual. Parece que ambos estamos metidos en un problema muy cabrón, algo que creía haber enterrado hace muchos años. Se acercó a un viejo armario, sacó una botella de tequila y dos vasos pequeños, sirvió un trago en cada uno y le ofreció uno a Shochitle. va a necesitar esto para lo que voy a contarle, porque si estos mensajes son lo que creo, no es solo la que está en peligro, es algo mucho peor.
Shochitle tomó el vaso con determinación. Afuera, el sol de Michoacán seguía brillando implacable, ajeno a la oscura historia que estaba a punto de revelarse en la pequeña sacristía de Chucándiro. El tequila quemó la garganta de Shochitel mientras observaba al padre pistolas caminar nervioso por la pequeña sacristía.
El olor a incienso y cera de velas flotaba en el aire, mezclándose con el aroma áspero del alcohol. ¿Qué sabe usted de la sierra de Chucándiro, señora Galves?”, preguntó finalmente el sacerdote, deteniendo su ir y venir. “Poco, respondió ella con sinceridad. Sé que es una región aislada, con comunidades indígenas que mantienen tradiciones antiguas.
Hay problemas de narcotráfico, como en tantas otras zonas rurales.” El padre Pistolas soltó una risa amarga. Eso es lo que sabe cualquiera que lea los periódicos. La verdad es mucho más oscura. Se acercó a una vieja cómoda y sacó un gastado cuaderno de notas. Lo abrió revelando páginas llenas de una escritura apretada y dibujos que parecían mapas.
Hace 15 años, antes de que me asignaran a esta parroquia, trabajé en misiones en lo más profundo de la sierra. Hay lugares allí donde la gente vive como hace siglos, donde las leyes de México son apenas un rumor lejano. Uno de los guardaespaldas de Shitle se aclaró la garganta incómodo con la situación.
Señora, deberíamos irnos. Este hombre parece inestable. Y cállate, Exclamó el padre pistolas golpeando la mesa con el puño. Si tu jefa está aquí es porque ya no confía en la protección oficial, ¿o me equivoco?” Chochitl asintió lentamente. “Continúe, padre. ¿Qué encontró en la sierra?” El sacerdote respiró hondo. Encontré un culto, uno antiguo que mezcla creencias prehispánicas con rituales cristianos pervertidos.
se hacen llamar los guardianes de la sangre eterna. Pasó algunas páginas de su cuaderno hasta llegar a un dibujo que mostraba el mismo símbolo que aparecía en las amenazas, la cruz invertida rodeada por una serpiente. Realizaban sacrificios humanos, señora Gálvez, no muchos, uno o dos al año, siempre personas que nadie echaría de menos, indigentes, migrantes, adictos.
Pero los cuerpos que encontré se persignó involuntariamente. Lo que les hacían era inhumano. ¿Por qué no denunció esto a las autoridades? Preguntó Shchitl, cada vez más pálida. Lo hice. Fui con la policía estatal, con la federal, incluso con el ejército. ¿Y sabe qué pasó? Nada, absolutamente nada. No hay evidencia suficiente, dijeron.
Son leyendas locales”, insistieron el padre. Se sirvió otro trago y lo bebió de un solo golpe, pero yo tenía pruebas, fotografías, testimonios, incluso un medallón que pertenecía al líder del culto. Todo eso desapareció misteriosamente de mi habitación una noche. Está sugiriendo que hay personas poderosas involucradas en esto, preguntó Shchitl conectando los puntos.
No lo sugiero, lo afirmo. Gente con dinero e influencia suficiente para silenciar investigaciones y hacer desaparecer evidencia. El padre Pistolas la miró fijamente. Gente del tipo con la que usted seguramente cena cada semana. Shochitl ignoró la provocación. ¿Y qué hizo entonces? Lo único que podía hacer. Tomé la justicia en mis propias manos.
El padre pistolas apartó su sotana para mostrar su revólver. No por nada me llaman como me llaman. Una noche, durante una de sus ceremonias, llegué con varios hombres del pueblo. Interrumpimos el ritual, liberamos a la persona que iban a sacrificar y hubo un enfrentamiento. Sus ojos se perdieron en el recuerdo.
No soy orgulloso de lo que pasó esa noche, pero tampoco me arrepiento. Creí que habíamos acabado con ellos. El templo subterráneo donde realizaban sus ritos quedó destruido en un derrumbe. No encontramos cuerpos, pero asumimos que habían muerto aplastados. Pero claramente no fue así, concluyó Shchitle. Eso parece. Y ahora, 15 años después han regresado y por alguna razón la tienen a usted en la mira.
Schitel se levantó y caminó hacia la pequeña ventana de la sacristía. Afuera, los últimos feligreses abandonaban la iglesia. “Esto es una locura,” murmuró. Estamos en pleno siglo XXI. No puede haber culto sacrificando personas en México sin que nadie lo sepa, ¿no? Cuántas fosas clandestinas se descubren cada año. ¿Cuántos desaparecidos hay en este país? El Padre se levantó también.
La diferencia es que estos no matan por dinero o poder territorial. Lo hacen por creencias retorcidas y eso los hace más peligrosos. Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Finalmente, Shitl habló. ¿Por qué cree que me han elegido a mí? Hay decenas de políticos más poderosos e influyentes. El padre Pistolas se rascó la barbilla pensativo.
El mensaje habla de traidores. ¿Ha hecho algo últimamente que pueda considerarse una traición a alguien poderoso? Shochitl soltó una risa nerviosa. Padre, soy política. Mi trabajo consiste en hacer enemigos constantemente, pero se detuvo como si acabara de recordar algo. Hace un mes presenté una iniciativa para proteger territorios indígenas en varias regiones, incluyendo partes de la sierra de Chucándiro.
Hay intereses mineros y forestales muy fuertes oponiéndose. Ahí podría estar la conexión. Asintió el padre. Si este culto ha sobrevivido, necesita la protección de esas zonas aisladas. Su iniciativa amenazaría eso al atraer atención gubernamental a la región. Pero eso no explica por qué lo mencionan a usted específicamente.
Porque soy el único que los enfrentó directamente y vivió para contarlo. Tal vez piensan que le he contado lo que sé. El padre Pistola se acercó a un viejo arcón de madera y lo abrió. De su interior sacó una escopeta recortada que comprobó estaba cargada. Sea como sea, ahora ambos estamos en peligro y no confío en que sus guaras puedan protegernos de esta gente.
Shochitl miró a sus guardaespaldas, que parecían cada vez más incómodos con la situación. ¿Qué propone, padre? Primero, necesitamos más información. Tengo un viejo amigo en Morelia, un profesor de antropología que estudió estos cultos. Él podría ayudarnos a entender mejor a qué nos enfrentamos.
Puedo conseguir un helicóptero que nos lleve a Morelia en menos de una hora”, ofreció Shitle. El padre Pistolas negó con la cabeza. Muy llamativo. Además, no sabemos quién está involucrado. Si hay gente poderosa detrás de esto, podrían estar vigilando sus movimientos oficiales. Entonces iremos por tierra por rutas secundarias.
Conozco estos caminos como la palma de mi mano. Shochitl miró por la ventana nuevamente. El sol comenzaba a descender, tiñiendo el cielo de tonos anaranjados. Mi equipo de seguridad nunca permitirá que me vaya así, sin protocolos ni comunicación. El padre Pistola sonrió, una sonrisa que mezclaba astucia y determinación.
Por eso les daremos algo inesperado, algo que nadie anticiparía de un sacerdote y una política. Se acercó a un pequeño refrigerador oculto tras unas cortinas y sacó varios frascos con un líquido oscuro. Este es mi remedio especial para el sueño. Natural, efectivo y completamente indetectable. En 20 minutos tus guaruras estarán roncando como bebés.
¿Quiere drogar a mi equipo de seguridad? Shitl parecía horrorizada. Quiero mantenernos con vida, señora. Y a veces para hacerlo hay que romper algunas reglas. Chochit observó los frascos, luego al sacerdote y finalmente las cartas con las amenazas. Su expresión se endureció con determinación. ¿Cuánto tiempo durarán dormidos? Unas 6 horas.
Tiempo suficiente para llegar a Morelia y empezar a buscar respuestas. Y cómo planea administrarles esto sin que sospechen. El padre Pistolas sonrió nuevamente sacando una botella de tequila mucho más cara que la que habían estado bebiendo. Les diremos que quiero hacer las paces, que aunque no compartimos ideas políticas, respeto su visita y quiero ofrecerles un trago de mi mejor reserva antes de que se vayan.
Chit dudó un momento más, pero finalmente asintió. De acuerdo, pero necesito hacer una llamada primero para que no se active ninguna alerta cuando pierdan contacto conmigo. Bien, pero sea discreta. No sabemos quién podría estar escuchando. Mientras Shitl se alejaba para hacer su llamada, el padre Pistolas miró nuevamente el símbolo de la cruz invertida y la serpiente.
Un escalo frío recorrió su espalda. “Que Dios nos proteja”, murmuró. Porque estamos a punto de enfrentar al mismísimo demonio. La noche había caído sobre Chucándiro cuando el padre Pistolas y Shochitel Gálvez salieron por la puerta trasera de la sacristía. Los cuatro guardaespaldas de la política yacían profundamente, dormidos en el suelo de la pequeña habitación, víctimas del remedio especial del sacerdote.
“Todavía no puedo creer que haya accedido a esto”, murmuró Sochitl. quien ahora vestía ropa sencilla, jeans, una blusa de algodón y un rebozo que ocultaba parcialmente su rostro. El padre le había prestado estas prendas que guardaba para emergencias. “A veces los caminos de Dios son misteriosos”, respondió el padre Pistolas con una sonrisa irónica mientras cerraba la puerta con llave.
Él también había cambiado su sotana por ropa de civil, pantalones oscuros, camisa a cuadros y una gorra de béisbol. El revólver seguía en su cinturón, ahora acompañado por la escopeta recortada en una funda improvisada a su espalda. ¿Y qué dirá el obispo cuando se entere de que ha drogado a cuatro agentes federales y secuestrado a una política nacional? preguntó Shitle mientras avanzaban por un estrecho callejón entre la iglesia y el cementerio.

“Probablemente me excomulgue otra vez”, rió el padre, “pero eso sería lo de menos si estas amenazas son reales.” Caminaron en silencio hasta llegar a un viejo granero al borde del pueblo. El padre Pistolas abrió el candado y encendió una linterna. En el interior, cubierta por una lona polvorienta, se encontraba una camioneta pickup de los años 90, desgastada, pero aparentemente en buen estado.
“Mi plan B”, explicó el padre mientras retiraba la lona. “Para cuando necesito desaparecer sin dejar rastro.” “¿Ocurre eso a menudo?”, preguntó Shchitle con una mezcla de curiosidad y preocupación. Más de lo que me gustaría admitir. El motor arrancó al segundo intento con un rugido que sonaba sorprendentemente potente para un vehículo tan antiguo.
“Le hecho algunas modificaciones”, explicó el padre pistolas notando la expresión de Shitle. El exterior parece una chatarra, pero el motor Bueno, digamos que podría ganarle a esas camionetas blindadas que usa usted normalmente. Salieron del pueblo por un camino de terracería, evitando la carretera principal. La luna llena iluminaba el paisaje, revelando las siluetas de los cerros que rodeaban chucándiro y marcaban el inicio de la sierra.
Entonces comenzó Shchitel después de varios minutos de silencio. ¿Quién es ese profesor que vamos a ver? Manuel Ordóñez. Fuimos seminaristas juntos, pero él abandonó la vocación para dedicarse a la antropología. se especializó en religiones sincréticas de Mesoamérica y cree que sabrá algo sobre este culto, si alguien puede ayudarnos a entender qué significa ese símbolo y por qué han vuelto después de tantos años, es él.
La camioneta avanzaba por caminos cada vez más estrechos y accidentados. El padre Pistolas conducía con la confianza de quien conoce cada bache y cada curva del trayecto. ¿Por qué eligió este camino? Preguntó Shchitl aferrándose al asiento durante un tramo particularmente irregular. Es más largo, pero menos vigilado. Si alguien nos busca, primero revisarán las carreteras principales.
Shochit la sintió apreciando la precaución. sacó su teléfono del bolsillo. Sin señal, comentó. Es normal en esta zona, completamente. Estamos entrando a lo que los locales llaman la sombra de la sierra, una zona donde las montañas bloquean cualquier señal. Es parte de la razón por la que estos lugares son tan aislados.
Shochitle guardó el teléfono sintiéndose repentinamente vulnerable sin su conexión habitual al mundo exterior. Le puedo preguntar algo. Eh, padre, dispare. ¿Por qué me está ayudando? Usted mismo ha dicho que no confía en los políticos. El padre Pistolas mantuvo la vista en el camino, pero una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
Porque contrario a lo que muchos piensan, sigo siendo un sacerdote. Mi deber es proteger a las almas en peligro, incluso las de los políticos. Hizo una pausa antes de continuar. Además, si estos cabrones han vuelto, significa que fallé hace 15 años y no me gusta dejar trabajos incompletos. Llevaban casi una hora de viaje cuando el padre Pistolas frenó bruscamente, apagó los faros y el motor.
“¿Qué pasa?”, susurró Shitl tensándose. Luces adelante. No deberían estar ahí. En la distancia, a unos 500 met, se podían distinguir débiles destellos de linternas moviéndose entre los árboles. “¿Retrocedemos?”, preguntó Shitle. No, podría ser una coincidencia, pero no podemos arriesgarnos a que nos oigan. Tendremos que desviarnos.
El padre giró la llave nuevamente y con las luces apagadas condujo lentamente hacia un sendero apenas visible a la derecha del camino. La vegetación rozaba ambos lados de la camioneta, produciendo un inquietante sonido de arañazos contra la carrocería. ¿Conoce bien esta ruta?, preguntó Shchitl cada vez más nerviosa. Lo suficiente para no matarnos, respondió el padre.
Es un viejo sendero de contrabandistas. Nos llevará al otro lado de esa colina y podremos retomar nuestro camino hacia Morelia. Avanzaron penosamente por casi 20 minutos con el padre manejando solo con la luz de la luna para guiarse. Finalmente, el sendero se ensanchó ligeramente y pudieron ver la carretera principal a lo lejos, serpenteando entre las montañas.
“Casi lo logramos”, murmuró el padre. Fue entonces cuando los faros de un vehículo aparecieron repentinamente frente a ellos, encendiéndose a menos de 50 m de distancia. La camioneta del padre Pistolas quedó completamente iluminada como un animal atrapado en la mira de un cazador. “¡Mierda!”, exclamó el sacerdote pisando a fondo el acelerador.
La camioneta rugió y se lanzó hacia delante, pasando junto al vehículo que los había descubierto, una camioneta negra con vidrios polarizados. “Agáchate!”, gritó el padre pistolas y un instante después, el sonido de disparos rasgó la noche. El cristal trasero de la pickup estalló en mil pedazos. Shitle se encogió en su asiento mientras el padre conducía frenéticamente zigzagueando para evitar convertirse en un blanco fácil. Schlein.
Camioneta negra los perseguía, sus potentes faros iluminando el polvo que levantaban. “Toma el volante”, ordenó el padre sacando su revólver. “¿Qué? No puedo, claro que puedes, solo mantén el rumbo. Shochitl, con manos temblorosas tomó el volante mientras el padre pistolas se giraba y apuntaba a través de la ventana trasera destrozada.
El estruendo del disparo fue ensordecedor dentro de la cabina. “Les di en un faro”, exclamó con satisfacción. “Sigue conduciendo así.” Disparó dos veces más. Pero la camioneta perseguidora no seía. Es más, se acercaba peligrosamente. “Son profesionales”, gruñó el padre volviendo a tomar el volante. “Y están determinados.
¿Quiénes son?”, preguntó Sochitl con la adrenalina corriendo por sus venas. “No creo que sean sicarios comunes. Los narcos no atacan así sin previo aviso. Estos vienen directamente por nosotros.” El camino se estrechaba nuevamente, adentrándose en un cañón rocoso. El padre Pistolas sonrió. Aquí tenemos una oportunidad.
Aceleró aún más, entrando al cañón a una velocidad temeraria. Las paredes rocosas pasaban como borrones a ambos lados. La camioneta negra lo seguía de cerca. “¿Qué está haciendo?”, gritó Shitle, aterrorizada por la velocidad. “Confía en mí! A unos 200 metros adelante, el cañón se dividía en dos pasajes. El padre tomó el de la izquierda sin dudarlo.
Agárrate fuerte, advirtió y acto seguido frenó bruscamente, derrapando la camioneta hasta detenerse detrás de una gran roca que los untu ocultaba parcialmente. Apagó el motor y esperó con el revólver listo. La camioneta negra pasó rugiendo frente a ellos, siguiendo por el cañón, sin percatarse de que sus presas habían desaparecido.
Santo cielo! Exhaló Shchitle con el corazón latiendo desbocado. Eso fue pura suerte”, completó el padre pistolas. “Pero no durará mucho. Pronto se darán cuenta de su error y volverán.” Encendió nuevamente el motor y retrocedió hasta encontrar una pequeña vereda que ascendía por la ladera del engañón.
Este camino nos llevará hasta una capilla abandonada. Podemos escondernos allí hasta el amanecer. Mientras ascendían penosamente por la pendiente, Shitle observó al padre con una nueva perspectiva. Usted ha hecho esto antes, ¿verdad? escapar. Así en medio de la noche. El padre Pistolas soltó una risa cansada. Señora Galves, cuando uno se enfrenta a los demonios de este mundo, aprende a moverse entre las sombras y a veces las sombras son el único lugar seguro.
La silueta de una pequeña capilla apareció recortada contra el cielo estrellado, un refugio temporal en una noche que apenas comenzaba y en un camino que se tornaba cada vez más peligroso. La capilla abandonada se alzaba sobre la colina como un centinela olvidado. Sus muros de piedra, desgastados por décadas de lluvias y sol inclemente, parecían susurrar historias de otros tiempos.
El padre Pistolas detuvo la camioneta detrás del edificio, ocultándola entre la vegetación. Bienvenida a la capilla de San Judas Perdido, anunció mientras apagaba el motor. Un lugar que ni siquiera aparece en los registros oficiales de la iglesia. Shochitl observó la estructura con desconfianza. La luz de la luna se filtraba a través de los huecos en el techo parcialmente derrumbado, proyectando sombras inquietantes.
¿Por qué existe una capilla en medio de la nada? fue construida a principios del siglo XIX por un sacerdote español que creía que el fin del mundo era inminente”, explicó el Padre mientras descendían del vehículo. Quería crear un refugio espiritual lejos de toda civilización. Murió aquí solo, esperando un apocalipsis que nunca llegó.
Entraron con cautela. El interior estaba sorprendentemente limpio para un lugar abandonado. Había un pequeño altar de piedra. Algunos bancos desgastados y en la pared del fondo un crucifijo tallado en madera oscura. “Parece que alguien mantiene este lugar”, comentó Schochitle notando la ausencia de telarañas y la presencia de velas consumidas recientemente.
“Yo me encargo”, respondió el padre Pistolas con simplicidad. “Vengo aquí cuando necesito pensar.” El sacerdote se dirigió hacia una de las esquinas y retiró una losa del suelo, revelando un pequeño compartimento. De él extrajo una linterna, algunas mantas y una bolsa con provisiones. Siempre preparado murmuró Shchitle, impresionada a su pesar.
En mi línea de trabajo nunca se sabe cuándo habrá que desaparecer por un tiempo. Se sentaron en uno de los bancos compartiendo una botella de agua y unas galletas que el padre había sacado de su escondite. Afuera, el viento silvaba entre los árboles, creando una melodía inquietante. “¿Cómo es que un sacerdote termina llevando este tipo de vida?”, preguntó Shotchitlle después de un largo silencio. Escondites secretos.
persecuciones nocturnas, armas. El padre Pistolas masticó lentamente su galleta antes de responder. No siempre fue así. Cuando me ordenaron, tenía todas esas ideas románticas sobre servir a Dios y a la comunidad. Una sonrisa triste apareció en su rostro. Pero México te cambia. Ves tanta injusticia, tanta corrupción, tanto sufrimiento y te das cuenta de que las oraciones no siempre son suficientes.
Y decidió tomar cartas en el asunto. Exactamente. Comencé denunciando abusos, protegiendo a víctimas de violencia doméstica, enfrentándome a caciques locales. El padre se encogió de hombros. Una cosa llevó a la otra. Pronto me encontré metido en situaciones donde necesitaba más que palabras para defender a mi gente y la iglesia, sus superiores, me han amonestado, suspendido, incluso excomulgado temporalmente.
Río sin humor, pero al final siempre me reinstalan. Creo que en el fondo saben que alguien tiene que hacer el trabajo sucio, incluso dentro de la iglesia. Schitle lo observaba con una mezzla de respeto y preocupación y ahora está arriesgando todo por ayudar a una política que, según sus propias palabras pertenece a un grupo en el que no confía.
El padre Pistolas la miró directamente a los ojos. Lo hago porque estos guardianes de la sangre eterna son una amenaza real y porque, a pesar de nuestras diferencias, creo que usted es una de las pocas políticas que realmente se preocupa por las comunidades indígenas. Antes de que Shitle pudiera responder, un ruido fuera de la capilla los alertó.
El padre pistolas apagó inmediatamente la linterna y sacó su revólver. “No te muevas”, susurró. se acercó sigilosamente a una de las ventanas sin cristales y observó el exterior. La luna se había ocultado parcialmente tras unas nubes, sumiendo el paisaje en penumbras. “¿Ves algo?”, preguntó Shchitle en voz baja. “No, pero un repentino destello de luz iluminó brevemente la ladera a unos 300 m de distancia, luego otro y otro más.
Linternas”, confirmó el padre. Están rastreando la zona. Debieron encontrar nuestro rastro en el cañón. ¿Qué hacemos? Tenemos que movernos. Pronto amanecerá y seremos más visibles. El padre Pistolas volvió al compartimento oculto y extrajo un objeto envuelto en tela. Al desenvolverlo, reveló un antiguo libro de cuero gastado y un pequeño cofre de madera tallada.
¿Qué es eso?, preguntó Shchitle. mi investigación sobre el culto y algo que les quité hace 15 años. Abrió el cofre mostrando un medallón de plata con el símbolo de la cruz invertida y la serpiente. Esto pertenecía al líder del culto. Lo guardé aquí porque temía que alguien lo encontrara en la parroquia. Shochitle extendió la mano para tocarlo, pero el padre cerró bruscamente el cofre. No es buena idea.
Estos objetos tienen una energía oscura. Guardó el libro y el cofre en una mochila que también había sacado del escondite. “Hay un túnel debajo de la capilla”, explicó mientras volvía a colocar la losa en su lugar. Lo construyó el mismo sacerdote que edificó este lugar paranoico como estaba.
nos permitirá salir a unos 500 metros de aquí en dirección opuesta a nuestros perseguidores. Y la camioneta tendremos que abandonarla. A estas alturas ya deben haber identificado el vehículo. El padre se acercó al altar y empujó una de las piedras laterales. Con un chirrido, una sección del suelo junto al altar se deslizó, revelando unos estrechos escalones que descendían a la oscuridad.
Después de ti”, dijo, ofreciéndole la linterna a Shochitle. Ella dudó un momento, pero al escuchar voces distantes aproximándose, tomó la linterna y comenzó a descender. El padre la siguió cerrando la entrada tras ellos. El túnel era angosto y bajo, obligándolos a avanzar encorbados. El aire era denso y húmedo, con un olor a tierra mojada y tiempo estancado.
¿Hasta dónde llega esto?, preguntó Shchitle, sintiendo que la claustrofobia comenzaba a afectarla. No mucho más. Ya verás la salida en unos minutos. Avanzaron en silencio, guiados solo por el débil as de la linterna. Las paredes del túnel estaban reforzadas con maderas antiguas que crujían ocasionalmente, como si protestaran por la intrusión.
Detente”, ordenó repentinamente el padre pistolas. Shitl obedeció sintiendo que su corazón se aceleraba. “¿Qué pasa? Escucha.” En el silencio del túnel pudieron oír claramente pasos sobre sus cabezas. Alguien caminaba en la capilla justo encima de ellos. “Nos encontraron”, susurró Shitlle. “Pero no saben del túnel.” “No todavía.
Sigamos, pero en silencio absoluto. Continuaron avanzando, ahora con mayor cautela. Cada paso era medido, cada respiración controlada. El túnel comenzó a ascender ligeramente, indicando que se acercaban a la salida. Finalmente llegaron a una escalera rudimentaria que conducía a una trampilla de madera.
El padre Pistolas hizo un gesto a Shochitl para que apagara la linterna y luego subió los escalones con sigilo. Empujó ligeramente la trampilla, lo suficiente para echar un vistazo al exterior. Despejado murmuró abriendo completamente la salida. Emergieron en medio de un pequeño claro rodeado de árboles y arbustos.
El cielo comenzaba a aclararse en el este, anunciando el amanecer. Ahora, ¿qué? preguntó Schitle, respirando profundamente el aire fresco después del confinamiento del túnel. Ahora caminamos, hay un pueblo a unos 5 km de aquí. Podremos conseguir transporte allí. Comenzaron a avanzar a través del bosque, guiándose por la creciente luz del alba.
El padre Pistolas parecía conocer el terreno, eligiendo senderos apenas visibles entre la vegetación. ¿Crees que seguirán buscándonos? Preguntó Shitle después de unos minutos de caminata. Sin duda, pero ahora tenemos una ventaja. No saben hacia dónde nos dirigimos. El padre se detuvo de repente sacando su revólver. ¿Qué ocurre? Susurró Shitle.
Hay algo extraño. ¿No lo sientes? Y era cierto, un silencio antinatural había caído sobre el bosque. No se oían pájaros ni insectos, ni siquiera el viento entre las hojas. Es como si todo estuviera congelado, murmuró Shchitle. O como si algo hubiera asustado a toda criatura viviente, añadió el padre. Continuaron avanzando con mayor cautela.
El bosque parecía más denso, ahora los árboles más cercanos entre sí, las sombras más profundas a pesar de la creciente luz del día. Esto no está bien, murmuró el padre pistolas. Deberíamos haber llegado a un claro hace tiempo. Estamos perdidos, no es algo más. Es como si el bosque mismo hubiera cambiado. Un sonido los detuvo en seco, un leve susurro como de tela rozando contra las hojas.
Luego otro más cerca. Y otro. No estamos solos dijo el padre colocándose frente a Shchitl protectoramente. De entre los árboles emergieron siluetas, figuras vestidas con túnicas oscuras. Sus rostros ocultos por capuchas eran al menos siete, rodeándolos en un círculo que se estrechaba lentamente. El padre pistolas apuntó su revólver hacia ellos, pero las figuras no parecían intimidadas.
“15 años”, dijo una voz desde una de las capuchas. 15 años hemos esperado este momento, padre Alfredo. ¿Quiénes son ustedes? Exigió Schitl su voz más firme de lo que se sentía. La figura que había hablado se adelantó un paso y lentamente se bajó la capucha, revelando el rostro de un hombre mayor de piel curtida y ojos intensamente negros.
En su cuello brillaba un medallón idéntico al que el padre guardaba en el cofre. “Somos los guardianes de la sangre eterna”, respondió con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Y ustedes son nuestros invitados de honor. Bajen sus capuchas”, ordenó el hombre del medallón. Las figuras encapuchadas obedecieron al unísono revelando rostros diversos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, algunos con rasgos indígenas marcados, otros de apariencia más mestiza.
El padre Pistolas mantenía su revólver apuntando al líder, aunque sus posibilidades parecían escasas contra siete adversarios. Ezequiel Mondragón, dijo el sacerdote reconociendo al hombre, creí que habías muerto en el derrumbe. La muerte es solo una puerta, padre. Usted debería saberlo mejor que nadie.
La voz de Ezequiel era suave, casi melodiosa, en inquietante contraste con sus ojos fríos. Sobrevivimos gracias a los túneles antiguos, los mismos que los antiguos usaban para sus rituales hace siglos. El hombre dirigió su mirada hacia Sochitl estudiándola con una intensidad perturbadora. Sitl Galves, la política que quiere proteger nuestras tierras sagradas. ¡Qué ironía! Ironía.
Estoy defendiendo los derechos de las comunidades indígenas”, replicó Shchitl manteniendo la compostura a pesar del miedo que sentía, Ezequiel soltó una risa suave, casi paternal. defiende lo que no comprende. Esas tierras no necesitan su protección, necesitan el sacrificio que las ha mantenido poderosas durante milenios.
El padre Pistolas dio un paso al frente sin bajar su arma. Basta de echarla. Si vas a matarnos, hazlo de una vez. Si no, déjanos seguir nuestro camino. Oh, Padre, siempre tan directo. Ezequiel sonríó. No vamos a matarlos. Al menos no todavía están aquí porque necesitamos algo de ustedes. ¿Y qué podríamos tener nosotros que les interese? Preguntó Schitlle, ganando tiempo mientras evaluaba sus opciones de escape.
Usted, señora Galvez, tiene influencia política y el padre, él tiene algo que nos pertenece. El sacerdote instintivamente llevó su mano libre hacia la mochila donde guardaba el cofre con el medallón. “Ah, veo que recuerda, dijo Ezequiel, el amuleto de Tezcatlipoca. Sin él nuestros rituales han sido incompletos todos estos años.
Por eso han vuelto, concluyó el Padre, por el medallón y por mucho más.” Ezequiel hizo un gesto y sus seguidores se movieron formando un pasillo entre los árboles. Acompáñennos, tenemos mucho que mostrarles. Y si nos negamos, desafió Shitlle, la sonrisa de Ezequiel se desvaneció. Entonces comprobarán que hay destinos peores que la muerte.
El padre Pistolas evaluó la situación. Incluso si lograba disparar a uno o dos, los demás los capturarían, o peor, con miles resignación bajó lentamente su arma. Iremos con ustedes, concedió, pero no entregaré el medallón hasta que entendamos qué está pasando. Me parece justo, asintió Ezequiel. Después de todo, han recorrido un largo camino buscando respuestas.
Es hora de que las obtengan. Dos de los encapuchados se colocaron detrás de ellos mientras el resto los flanqueaba. Comenzaron a caminar por un sendero que parecía materializarse entre la vegetación, adentrándose más profundamente en el bosque. “¿A dónde nos llevan?”, preguntó Shchitl en voz baja al Padre. “Al corazón de la sierra”, respondió él, “Donde todo comenzó.
Caminaron durante lo que pareció una eternidad. El bosque se volvía cada vez más denso y antiguo. Árboles enormes, cubiertos de musgo y enredaderas, creaban un dosel que apenas dejaba pasar la luz. El terreno ascendía gradualmente, indicando que subían hacia las montañas. Finalmente llegaron a una formación rocosa que se alzaba como una pared natural.
A simple vista parecía impenetrable, pero Ezequiel se acercó a una sección específica. y presionó una combinación de salientes. Con un ruido sordo, una porción de la roca se deslizó revelando una entrada. “Bienvenidos al templo de la sangre eterna”, anunció Ezequiel haciendo un gesto para que entraran. El padre Pistolas y Shitl intercambiaron miradas.
No tenían más opción que seguir adelante. El interior era asombrosamente diferente a lo que esperaban. En lugar de una cueva oscura y húmeda, entraron a un amplio espacio excavado en la roca, iluminado por antorchas que emitían una luz rojiza. Las paredes estaban cubiertas de intrincados relieves que mezclaban símbolos prehispánicos con iconografía católica distorsionada.
En el centro del templo había un altar de piedra negra pulida. A su alrededor, dispuestos en círculo, se encontraban siete pilares tallados con figuras que parecían retorcerse en el juego de luces y sombras. “Impresionante, ¿verdad?”, comentó Ezequiel notando la sorpresa en sus rostros. “Este templo existía mucho antes de que los españoles llegaran.
Los misioneros intentaron destruirlo, pero nuestros ancestros lo ocultaron. Durante siglos ha sido el refugio de aquellos que mantienen viva la verdadera fe. Verdadera fe, cuestionó el padre Pistolas con desprecio. Llamas fe a secuestrar y sacrificar inocentes. No son sacrificios, padre, son ofrendas voluntarias.
Nadie muere aquí contra su voluntad. Eso no es lo que vi hace 15 años”, replicó el sacerdote. Ezequiel suspiró como un maestro paciente ante un alumno obstinado. Lo que vio fue un ritual incompleto. Sin el amuleto de Tezcatlipoca, tuvimos que improvisar. Cometimos errores. Se acercó al altar y pasó su mano sobre la superficie pulida.
Este altar ha recibido la sangre de cientos de voluntarios a lo largo de los siglos. Cada gota fortalece el pacto que protege estas tierras. Pacto. ¿Con quién? Preguntó Shchitl, incapaz de ocultar su curiosidad a pesar de la situación, con las fuerzas que habitaban este continente mucho antes que nosotros, entidades que los antiguos adoraban como dioses, pero que son algo mucho más primordial.
Mientras hablaba, más miembros del culto entraban silenciosamente al templo, colocándose alrededor del perímetro. Pronto había al menos 20 personas en el recinto, todas con el mismo medallón al cuello. Por siglos nuestro culto ha mantenido el equilibrio continuó Ezequiel. La sangre ofrecida voluntariamente alimenta el pacto que mantiene a las entidades satisfechas, a cambio protegen estas tierras.
¿Y qué tiene que ver mi iniciativa con todo esto? Intervino Shitl. Su iniciativa atraería atención gubernamental, estudios, investigaciones, turismo. La presencia de extraños perturbaría el equilibrio, pero mi propuesta beneficiaría a las comunidades indígenas, argumentó Schitl. Traería recursos. Protección legal, protección. Ezequiel rió amargamente.
¿Cree que el gobierno puede protegerlos mejor que las fuerzas que han custodiado estas montañas por milenios? Su intención puede ser noble, señora Gálvez, pero su ignorancia es peligrosa. El padre Pistolas observaba el intercambio con atención, analizando cada detalle del templo, buscando una posible salida.
¿Qué es lo que realmente quieren de nosotros?, preguntó finalmente. Ezequiel sonríó como si hubiera estado esperando esa pregunta. Queremos que entienda, padre, que ambos entiendan. Se volvió hacia Shitl. Y queremos que retire su iniciativa, señora Gálvez. Y si me niego, entonces las consecuencias serán lamentables, no solo para ustedes.
Ezequiel hizo un gesto y uno de sus seguidores trajo un antiguo códice que desplegó sobre el altar. Este documento data del siglo X. Fue escrito por un sacerdote español que descubrió la verdad sobre el pacto. Describe lo que sucede cuando el equilibrio se rompe. Las páginas amarillentas mostraban escenas perturbadoras, pueblos enteros consumidos por enfermedades inexplicables, cultivos arrasados por plagas desconocidas, nacimientos de criaturas deformes.
La última vez que el pacto se debilitó fue en 1952, continuó Ezequiel. Hubo una epidemia que mató a cientos en comunidades aisladas. Los registros oficiales la atribuyeron a una fiebre desconocida. La verdad fue muy diferente. El padre Pistolas estudiaba las imágenes con el seño fruncido. Aún si todo esto fuera cierto, ¿qué garantía tenemos de que nos dejarán ir si cooperamos? Ninguna.
respondió Ezequiel con franqueza, pero les ofrezco algo mejor que garantías, les ofrezco comprensión. Se acercó a uno de los pilares y presionó una secuencia de símbolos con un mecanismo sorprendentemente silencioso, una sección del suelo junto al altar se deslizó, revelando escalones que descendían a la oscuridad.
Lo que van a ver ahora ha permanecido oculto a ojos profanos durante siglos. Solo aquellos destinados a unirse a nosotros o a morir han contemplado este secreto. Ezequiel tomó una antorcha y comenzó a descender por los escalones. Con los seguidores del culto bloqueando cualquier posible escape.
El padre Pistolas y Shitl no tuvieron más remedio que seguirlo. La escalera parecía interminable, adentrándose en las profundidades de la montaña. El aire se volvía cada vez más frío y denso, cargado de un olor metálico que recordaba a la sangre fresca. Finalmente, los escalones terminaron en una enorme caverna natural.
La luz de la antorcha apenas iluminaba el espacio, pero era suficiente para revelar que las paredes estaban cubiertas de un material brillante que reflejaba la luz de manera hipnótica. “Contemplen la fuente del pacto”, anunció Ezequiel elevando la antorcha. En el centro de la caverna había una formación cristalina que se elevaba desde el suelo como una estalagmita gigantesca, pero no era roca lo que brillaba en la penumbra, era algo que pulsaba con vida propia, emitiendo un tenue resplandor rojizo.
“Dios mío”, murmuró Shchitl retrocediendo instintivamente. Dios no tiene nada que ver con esto, respondió Ezequiel, acercándose a la formación. Esto estaba aquí mucho antes que cualquier Dios conocido por el hombre. El padre Pistolas observaba la estructura con horror y fascinación. Dentro del cristal algo se movía.
Formas fluidas, casi líquidas, que parecían observarlos desde múltiples ángulos simultáneamente. “¿Qué es esa cosa?”, preguntó su voz, apenas un susurro. Es la entidad con la que hicimos el pacto, respondió Ezequiel, con reverencia. No tiene nombre en ninguna lengua humana. Nosotros simplemente la llamamos la presencia.
Dio un paso más hacia el cristal y para horror de sus invitados presionó su palma contra la superficie. El material pareció reaccionar ondeando como agua perturbada. La presencia protege estas tierras a cambio de ofrendas voluntarias, sangre libremente entregada por aquellos que comprenden su importancia. ¿Y si rechazamos este pacto?, preguntó Shchitl encontrando su voz.
Ezequiel se volvió hacia ellos, su rostro iluminado desde abajo por el resplandor rojizo dándole un aspecto demoníaco. Entonces presenciarán lo que ocurre cuando la presencia tiene hambre y no recibe lo que necesita. El regreso a la superficie se realizó en silencio. Shochitel y el padre Pistolas procesaban lo que acababan de presenciar mientras los miembros del culto los escoltaban de vuelta al templo principal.
La imagen de aquella entidad cristalina pulsante quedaba grabada en sus mentes como una pesadilla imposible de olvidar. Ya en el templo, Ezequiel los condujo hacia una pequeña cámara lateral, donde había una mesa de piedra con alimentos sencillos, pan, frutas y agua. “Coman,”, les indicó.
“Necesitarán fuerzas para lo que viene.” “¿Y qué viene exactamente?”, preguntó el padre pistolas sin tocar la comida. “Una decisión”, respondió Ezequiel con calma, “la más importante que tomarán en sus vidas.” hizo un gesto a sus seguidores para que los dejaran solos, aunque dos guardias permanecieron apostados en la entrada.
“Les daré una hora para reflexionar y discutir en privado.” Continuó. Después deberán elegir unirse a nosotros voluntariamente o enfrentar las consecuencias de su rechazo. Con estas palabras, Ezequiel abandonó la cámara, dejando a Shaw Chetle y al padre pistolas relativamente solos por primera vez desde su captura. ¿Crees que todo esto es real? Susurró Shitle, asegurándose de que los guardias no pudieran oírla.
esa cosa en la caverna. El padre Pistolas se pasó una mano por el rostro visiblemente agotado. Es real, confirmó en voz baja. Hace 15 años, cuando interrumpí su ritual, solo vi el altar y las víctimas. Nunca llegué a la caverna inferior. Pero ahora entiendo por qué estos lunáticos están convencidos.
Pero, ¿qué es esa entidad? ¿Algún tipo de fenómeno natural? ¿una alucinación colectiva? No lo sé, pero tampoco importa realmente. Lo que importa es que estas personas creen en ello lo suficiente como para matar y morir por su causa. Shochitl tomó una manzana y la mordió distraídamente, necesitando algo que la anclara a la realidad.
¿Y qué hacemos ahora? No puedo retirar mi iniciativa. Eso dejaría desprotegidas a comunidades enteras y yo no puedo entregarles el medallón”, añadió el padre. Si lo que dicen es cierto, completaría el ritual que permitiría a esa cosa fortalecerse. Se miraron reconociendo el dilema imposible al que se enfrentaban. “Tal vez”, comenzó Shitle bajando aún más la voz.
Tal vez podríamos fingir que aceptamos sus términos. Ganar tiempo hasta encontrar una forma de escapar. El padre Pistolas negó con la cabeza. Ezequiel no es tonto. Exigirá pruebas inmediatas. el medallón, un documento firmado retirando tu iniciativa y sospecho que eso solo sería el principio.
Chochitel dejó la manzana a medio comer y se acercó más al sacerdote. Y si hacemos un trato real con ellos, no retiro la iniciativa completamente, sino que la modifico para excluir las áreas específicas que les preocupan. Eso podría funcionar para ti, respondió el padre. Pero el medallón es otra historia. Si se lo entrego, completarán el ritual.
Y aunque no sabemos exactamente qué implica, no puede ser nada bueno. Se sumieron en un silencio pensativo. Los minutos pasaban acercándolos al momento de la decisión que Ezequiel había mencionado. “Padre”, dijo finalmente Shochitl, “aún tiene su revólver.” El sacerdote asintió levemente. Me lo devolvieron al entrar al templo como muestra de confianza, pero solo tiene tres balas y hay al menos 20 de ellos.
Y la escopeta la dejé en la camioneta. Shitle respiró hondo, ordenando sus pensamientos. Cuando bajamos a la caverna noté algo. El cristal o lo que sea esa cosa parecía reaccionar al contacto físico. Cuando Ezequiel lo tocó, vibró. El padre Pistolas la miró con intensidad, comenzando a entender. Estás sugiriendo que que tal vez sea vulnerable.
Si es una entidad viva, debe tener un punto débil. El sacerdote consideró la idea. Es posible, pero tendríamos que volver a bajar y esta vez no nos dejarían solos, a menos que les demos una razón para hacerlo, replicó Shitle con un brillo de determinación en sus ojos. Si les decimos que aceptamos sus términos, pero que necesitamos realizar algún tipo de ritual propio antes, algo que requiera privacidad, no creerán eso objetó el padre.
Lo harán si les entregamos el medallón como muestra de buena fe. El padre Pistolas la miró con sorpresa. Has perdido la cabeza. Si les damos el medallón, tendrán todo lo que necesitan. No, si es una falsificación. susurró Shochitl con una leve sonrisa. Soy ingeniera, padre. Durante años dirigí una empresa de tecnología. Si me da unos minutos con el medallón original y algunos materiales básicos, puedo crear algo lo suficientemente parecido para engañarlos temporalmente.
El sacerdote la miró con una mezcla de incredulidad y admiración. Eso es improbable, pero podría funcionar. Discretamente sacó el cofre de su mochila y lo abrió bajo la mesa, permitiendo que Shitle estudiara el medallón sin sacarlo completamente. “Necesitaré metal”, murmuró ella. “Y algo para grabarlo.
” El padre pistolas miró alrededor de la cámara. Sus ojos se detuvieron en un antiguo candelabro de plata apagado en un rincón. “¿Servirá eso?”, Shochit la sintió. Y mi evilla de cinturón tiene un borde afilado que podría usar para grabar. Durante la siguiente media hora, mientras el padre vigilaba a los guardias, Shitle trabajó meticulosamente bajo la mesa, doblando, cortando y grabando el metal del candelabro con sorprendente habilidad.
“No es perfecto”, susurró finalmente, mostrando su creación. “Pero en la penumbra del templo podría pasar por el original”. El padre Pistolas examinó la réplica con asombro. La similitud era notable, considerando las limitaciones. Eres una mujer de muchos talentos, Shochitl Galves. En política aprendes a improvisar, respondió ella con una sonrisa tensa.
Ahora hablemos del resto del plan. Cuando Ezequiel regresó exactamente una hora después, encontró a sus prisioneros sentados en calma con expresiones resignadas. “¿Y bien?”, preguntó, “¿Han tomado su decisión?” “Lo hemos hecho, respondió el padre Pistolas, poniéndose de pie. Cooperaremos, pero con condiciones.” Ezequiel arqueó una ceja con interés.
“Condiciones no están en posición de negociar. No son negociaciones, intervino Shitle, son requisitos espirituales y políticos. Explíquense, exigió Ezequiel cruzando los brazos. Modificaré mi iniciativa para excluir específicamente las áreas que rodean este templo comenzó Schochitl. Pero necesito garantías de que las comunidades indígenas legítimas de otras regiones recibirán la protección prometida y yo entregaré el medallón”, añadió el padre Pistolas.
“Pero primero debo realizar un ritual de desvinculación. Como sacerdote católico, he estado en posesión de un objeto pagano durante 15 años. Mi alma necesita purificación.” Ezequiel los observó con suspicacia. ¿Qué tipo de ritual? Uno privado que debe realizarse en presencia de la entidad. La presencia debe aceptar el cambio de guardián del medallón.
Hubo un largo silencio mientras Ezequiel consideraba sus palabras. Muéstreme el medallón, ordenó finalmente. Con aparente reluctancia, el padre Pistolas sacó el cofre y lo abrió, revelando el medallón original. Ezequiel se inclinó para examinarlo, sus ojos brillando con reverencia. Después de tanto tiempo, murmuró, se enderezó y asintió.
Muy bien. Tendrán su ritual privado en la caverna, pero yo estaré presente. El ritual requiere soledad, insistió el Padre. Solo nosotros dos y la presencia. Imposible. Cortó Ezequiel. No los dejaré solos con el medallón y la presencia. Shochitle dio un paso adelante. Entonces, permita que le demuestre mi buena fe de otra manera.
Sacó su teléfono, que sorprendentemente no les habían quitado, quizás porque sabían que no había señal en el templo. Aquí tengo el borrador modificado de mi iniciativa. Puedo enviarlo a mi equipo en cuanto tengamos señal. y como garantía adicional extrajo una pequeña tarjeta de memoria de su teléfono y se la ofreció a Ezequiel.
Aquí están todos mis archivos personales sobre la iniciativa, los borradores originales, la investigación, todo. Sin esto no podría reconstruir el proyecto completo, aunque quisiera. Ezequiel tomó la tarjeta impresionado por el gesto. Muy bien, concedió finalmente, tendrán su momento a solas con la presencia, 10 minutos ni un segundo más.
Yo esperaré en la entrada de la caverna. El padre Pistolas y Shochitle intercambiaron una mirada fugaz. Era todo lo que necesitaban. Una cosa más, añadió el sacerdote, como parte del ritual, necesitamos llevar una ofrenda a la presencia, algo personal, un sacrificio simbólico. ¿Qué tipo de ofrenda? preguntó Ezequiel con recelo. El padre pistolas sacó su revólver y lo ofreció con la culata hacia adelante.
Mi protección, el arma que he llevado durante años para defenderme. Ezequiel sonríó complacido por el simbolismo del gesto. Eso es apropiado. Muy bien. Pueden llevar el arma como ofrenda. Lo que Ezequiel no podía ver era que bajo la mesa, Shitle sostenía el medallón falso listo para el intercambio en el momento adecuado.
El plan estaba en marcha. Ahora solo quedaba la parte más peligrosa, enfrentarse a la presencia en su propio dominio, armados únicamente con un revólver de seis tiros con tres balas, una falsificación y la esperanza de encontrar una debilidad en una entidad que había sobrevivido durante siglos. Mientras seguían a Ezequiel hacia la escalera que descendía a la caverna, el padre Pistolas y Shitl compartieron una última mirada de determinación.
Si fracasaban, no serían solo sus vidas las que estarían en juego, sino potencialmente las de incontables personas inocentes. La hora de la verdadera prueba había llegado. Los escalones que descendían hacia la caverna parecían interminables, cada paso hundiéndolos más en las entrañas de la montaña.
El padre Pistolas y Shitle seguían a Ezequiel en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. conscientes de que lo que ocurriera en los próximos minutos determinaría no solo su destino, sino posiblemente el de muchos otros. La temperatura descendía notablemente conforme avanzaban. El aliento se condensaba frente a sus rostros, formando pequeñas nubes fantasmales que se desvanecían en la penumbra.
Solo la antorcha que portaba Ezequiel iluminaba el camino proyectando sombras danzantes en las paredes de roca. Recuerden dijo Ezequiel sin volverse. 10 minutos ni un segundo más. Será suficiente, respondió el padre pistolas, apretando discretamente el revólver que llevaba en la mano. Al llegar al final de la escalera, la inmensa caverna se abrió ante ellos.
La formación cristalina en el centro emitía su inquietante resplandor rojizo, pulsando como si tuviera vida propia. En la penumbra parecía aún más grande e imponente que durante su primera visita. “La presencia los espera”, anunció Ezequiel con tono reverencial. Realizaré una breve invocación para preparar el espacio sagrado.
Se acercó a la entrada de la caverna y comenzó a entonar un cántico en una lengua antigua, mezclando nawatle con algo más primitivo e incomprensible. Mientras cantaba, trazaba símbolos en el aire con la antorcha, creando efímeras estelas de luz que parecían permanecer suspendidas por instantes. Finalmente colocó la antorcha en un soporte en la pared y se volvió hacia ellos.
El espacio está preparado. Tienen 10 minutos. Su mirada se endureció. Y no intenten nada extraño. Hay fuerzas aquí que responden a cualquier amenaza contra el pacto. Con estas palabras, Ezequiel retrocedió hasta la entrada de la escalera, donde se quedó de pie vigilante, pero lo suficientemente lejos para darles la privacidad que habían solicitado.
El padre Pistolas y Sochitl avanzaron lentamente hacia el centro de la caverna, donde la formación cristalina se elevaba como un monolito alienígena. A medida que se acercaban, podían sentir una vibración sutil en el aire, como si el espacio mismo resonara con la presencia de algo antiguo y poderoso. “Tienes el medallón falso”, susurró el padre.
Shochit la sintió mostrándoselo discretamente. “¿Y tú sabes qué hacer con el revólver? Tres balas, tres oportunidades”, murmuró él. “Esperemos que sea suficiente.” Llegaron frente a la formación cristalina. De cerca podían ver con mayor claridad las formas fluidas que se movían en su interior, como si una sustancia líquida estuviera atrapada dentro del cristal sólido.
La luz pulsante emanaba de estas formas, creando patrones hipnóticos que resultaba difícil no contemplar. “Comencemos”, dijo el padre Pistolas en voz alta para beneficio de Ezequiel. El ritual de desvinculación requiere que coloquemos el medallón frente a la presencia. Extrajo el medallón original del cofre y lo sostuvo en alto, donde la luz rojiza de la formación lo iluminó, haciendo brillar la plata antigua.
Al mismo tiempo, con la otra mano le pasó disimuladamente el revólver a Shochitlle. Ahora debemos ofrecer nuestra sangre como símbolo de su misión a la presencia, continuó el padre con voz solemne. Sacó una pequeña navaja que llevaba oculta y realizó un corte superficial en la palma de su mano. La sangre brotó oscura bajo la luz rojiza.
Chochitl, comprendiendo, tomó la navaja y también se cortó la palma, aunque más levemente. La sangre y el medallón juntos completarán la transferencia”, anunció el padre. Extendió su mano sangrante hacia la formación cristalina, colocándola a escasos centímetros de la superficie. Shitl hizo lo mismo. El efecto fue inmediato y sorprendente.
Las formas dentro del cristal se agitaron violentamente, congregándose frente a sus manos como atraídas por la sangre. Funcionó”, susurró Shitl, asombrada y horrorizada a partes iguales. “Es el momento, respondió el padre pistolas. Ahora, en un movimiento rápido, el sacerdote presionó su mano ensangrentada directamente contra la superficie del cristal.

Un sonido agudo, como un chillido inhumano, reverberó por toda la caverna. La formación entera vibró y una grieta apareció donde la sangre había hecho contacto. “¿Qué están haciendo?”, gritó Ezequiel desde la entrada, avanzando furiosamente hacia ellos. Shochitl, que hasta entonces había mantenido el revólver oculto, lo levantó y apuntó directamente a la formación cristalina, justo donde la grieta había comenzado a formarse.
“¡Deténganse!”, bramó Ezequiel sacando un cuchillo ceremonial de entre sus ropas. Los matarán por esto. El padre Pistolas, manteniendo su mano contra el cristal, se volvió hacia Shitle. Dispara a la grieta. Shchitle apretó el gatillo. El estruendo del disparo resonó amplificado en la caverna. La bala impactó precisamente en la grieta, expandiéndola y haciendo que fragmentos de cristal saltar en todas direcciones.
El chillido aumentó en intensidad, haciendo que todos se cubrieran los oídos. Blasfemos, gritó Ezequiel corriendo hacia ellos con el cuchillo en alto. Han condenado a todos. El padre pistola se interpuso entre Ezequiel y Shochitel, quien preparaba el segundo disparo. “Tu culto se acaba hoy, Ezequiel”, declaró el sacerdote.
“Esta cosa no es un Dios ni una entidad protectora. Es un parásito que se ha alimentado del miedo y la sangre de inocentes durante siglos.” Ezequiel, con los ojos desorbitados por la furia, arremetió contra el padre pistolas. El cuchillo ceremonial relució en la luz rojiza, buscando carne que perforar. El sacerdote esquivó el primer ataque, pero el segundo le alcanzó en el hombro, haciéndole gruñir de dolor.
“Sochetle, el segundo disparo!”, gritó mientras forcejeaba con Ezequiel. Shochitle, aprovechando que Ezequiel estaba distraído luchando con el padre, apuntó nuevamente a la grieta que ahora se expandía por sí sola, revelando el interior del cristal, donde las formas líquidas se agitaban frenéticamente.
El segundo disparo fue aún más efectivo que el primero. La bala atravesó la grieta y penetró en el corazón de la formación. Un geiser de líquido rojizo brotó de la herida en el cristal, salpicando el suelo de la caverna. Donde el líquido tocaba, la piedra comenzaba a humear y disolverse como si fuera ácido concentrado. No, la presencia sangra, ahulló Ezequiel soltando al padre pistolas y corriendo hacia la formación cristalina.
El pacto no puede romperse, las consecuencias serán catastróficas. El padre pistolas, sujetándose el hombro herido, se acercó tambaleante a Shochitlle. Un disparo más, jadeó, apunta al centro, donde el líquido es más denso. Shochit la sintió, pero antes de que pudiera disparar, Ezequiel se lanzó entre ella y la formación, extendiendo los brazos como si intentara proteger a la entidad con su propio cuerpo.
No permitiré que destruyan siglos de tradición. El pacto debe mantenerse. Hazte a un lado, Ezequiel, ordenó Sochitl, manteniendo el revólver firme. Esta cosa no merece sacrificios humanos. No entienden nada, gritó Ezequiel con lágrimas en los ojos. La presencia es lo único que ha mantenido a estas tierras a salvo de males mayores. Sin el pacto todo se derrumbará.
Un temblor sacudió la caverna. Pequeñas piedras comenzaron a caer del techo. La formación cristalina vibraba violentamente y las grietas se expandían por toda su superficie. “Tenemos que salir de aquí”, gritó el padre Pistolas. “La caverna se está colapsando.” Shitle, viendo que el derrumbe era inminente, tomó una decisión.
apuntó por última vez, no a la formación, sino al suelo justo debajo de ella, donde el líquido corrosivo había formado un charco que ya estaba disolviendo la roca. El tercer disparo resonó y la bala impactó en el punto exacto. Con un crujido estremecedor, el suelo bajo la formación cristalina cedió, creando un agujero por el que la estructura comenzó a hundirse.
No. El grito desgarrador de Ezequiel se mezcló con el estruendo del derrumbe. Sin pensarlo, se lanzó hacia la formación que se hundía intentando sostenerla. Sus manos tocaron el líquido rojizo y ante los horrorizados ojos de Shochitl y el padre pistolas, comenzaron a disolverse entre alaridos de agonía. Vámonos.
El padre tomó a Shochitl del brazo y la arrastró hacia la escalera. Detrás de ellos, Ezequiel desaparecía junto con la formación cristalina en el abismo que se había abierto en el suelo de la caverna. Subieron los escalones a toda velocidad, mientras el temblor aumentaba en intensidad. Rocas, cada vez más grandes caían a su alrededor golpeándolos ocasionalmente.
“¡Cuidado!”, gritó Shitle cuando una roca del tamaño de un puño rozó la cabeza del padre pistolas. Finalmente alcanzaron el templo superior solo para encontrar una escena de caos. Los seguidores del culto corrían despavoridos en todas direcciones mientras el templo entero se estremecía. Algunos habían caído al suelo y se retorcían como si sufrieran convulsiones.
“El pacto se ha roto”, gritaba uno. “La presencia nos abandona. nuestras mentes. Estaba en nuestras mentes todo el tiempo. Aullaba otro golpeándose la cabeza contra una pared. El padre Pistolas y Shitle aprovecharon la confusión para abrirse paso hacia la salida. El temblor había abierto grietas en las paredes del templo y por algunas se filtraba la luz del día.
Por allí señaló Shitle hacia una abertura lo suficientemente amplia para pasar. se deslizaron por la grieta justo cuando una sección completa del techo se desplomaba detrás de ellos. El aire fresco y la luz del sol lo recibieron al exterior. Un contraste brutal con la atmósfera opresiva del templo. No se detuvieron.
Siguieron corriendo, alejándose lo más posible de la montaña, que ahora se estremecía y crujía como si fuera a partirse en dos. A sus espaldas podían oír los gritos y lamentos de los miembros del culto que habían quedado atrapados. Solo cuando llegaron a una distancia segura, en un pequeño claro del bosque, se permitieron detenerse y recuperar el aliento.
Se dejaron caer al suelo, exhaustos física y emocionalmente. “¡Lo logramos!”, jadeó Schochitle sin poder creerlo del todo. El padre Pistolas, sujetándose aún el hombro herido, asintió gravemente. Esa cosa, la presencia, ¿qué era realmente?, preguntó Shchitle, mirando hacia la montaña donde una nube de polvo se elevaba, marcando el lugar del derrumbe.
“No lo sé”, respondió el sacerdote con sinceridad. algo antiguo, algo que no debería existir en este mundo. Quizás nunca lo sepamos con certeza. Se quedaron en silencio por un momento, asimilando todo lo ocurrido. ¿Crees que Ezequiel tenía razón?, preguntó finalmente Shitle, sobre las consecuencias de romper el pacto.
El padre Pistolas consideró la pregunta antes de responder. Tal vez habrá consecuencias. Pero pagar por protección con sangre inocente nunca es el camino correcto, sin importar las amenazas. Shochit asintió encontrando sabiduría en sus palabras. Aún así, modificaré mi iniciativa, decidió, no para ocultarle al mundo este lugar, sino para protegerlo de manera adecuada.
Un sitio arqueológico restringido, con investigación científica apropiada. Me parece bien, aprobó el Padre, algunos secretos deben ser estudiados, no enterrados. Solo así evitaremos que surjan nuevos cultos basados en el miedo y la superstición. se levantaron con dificultad, apoyándose mutuamente. El camino de regreso a la civilización sería largo, pero ya no sentían la urgencia desesperada de antes.
Habían enfrentado a un mal antiguo y habían sobrevivido para contarlo. ¿Sabes, padre?, dijo Shchitl mientras comenzaban a caminar. Cuando entré a tu iglesia ayer, nunca imaginé que terminaríamos así. El padre Pistolas soltó una risa cansada. La vida tiene formas extrañas de sorprendernos. Supongo que esa es la verdadera lección aquí.
Nunca sabes qué sorpresas te esperan cuando una política entra a misa sin previo aviso. Chittle sonríó agradecida por el momento de ligereza en medio de tanta oscuridad. ¿Y ahora qué? Preguntó. Volvemos a ser adversarios políticos después de todo esto. El padre Pistolas la miró con una nueva apreciación en sus ojos.
Quizás adversarios en algunas cosas, aliados en otras. El mundo no es blanco y negro, Sha Chitl Galves. Acabo de descubrir que incluso una política puede tener alma y yo descubrí que un sacerdote armado puede ser la mejor compañía en una crisis, respondió ella con una sonrisa. Puntos.
Dejaron atrás las ruinas de un culto milenario y caminaron hacia el futuro, transformados por una experiencia que pocos creerían, pero que ninguno de los dos olvidaría jamás. ¿Te gustó esta historia? Suscríbete ahora, activa las notificaciones y comparte con tus amigos. Comenta qué personaje mexicano quieres ver en la próxima historia. M.
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.