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¡Trump advierte a Irán! Los desafíos estratégicos de China atraen la atención | Prof. Richard Wolff

El acuerdo de cooperación de 25 años entre Irán y China firmado en 2021 no fue simplemente un acuerdo comercial, fue una declaración estratégica. Fue Irán diciendo, “Encontré una salida a la presión occidental que no depende de la bendición de Washington.” y fue China diciendo, “Estoy construyendo relaciones de largo plazo con actores regionales que son clave para mis intereses energéticos y geopolíticos.

” Pero piensen en esto. Cuando Washington lanza advertencias a Irán, sabiendo que Teerán tiene ese paraguas estratégico con Pekín, ¿qué está calculando exactamente? ¿Está calculando que China va a ceder ante la presión y abandonar a sus socios? Eso sería un error de análisis histórico monumental. China no funciona de esa manera.

La paciencia estratégica china es una característica cultural, histórica e institucional que los analistas occidentales subestiman constantemente porque la miden con parámetros de corto plazo, con ciclos electorales de 4 años, con noticias de 24 horas. Pero China piensa en décadas y en algunos casos en siglos. Y esa diferencia de horizonte temporal es quizás el factor más subestimado en toda la discusión geopolítica contemporánea.

Lo que no nos están diciendo es que los desafíos estratégicos que enfrenta China hoy no son señales de debilidad estructural, son los dolores de crecimiento de una potencia que está en proceso de completar su transición hacia el centro del sistema global. ¿Tiene China problemas? Absolutamente. El sector inmobiliario ha sufrido una contracción significativa.

Hay presiones deflacionarias que preocupan a los economistas. La demografía presenta desafíos de largo plazo. Las tensiones en el estrecho de Taiwán generan incertidumbre que afecta la inversión extranjera. Nadie inteligente niegaos desafíos, pero compararlos con los problemas estructurales de la economía estadounidense, con los niveles de deuda, con la desigualdad creciente, con la desindustrialización de décadas, con la crisis de infraestructura, con los problemas del sistema de salud, con la polarización política que hace casi

imposible, la gobernabilidad coherente, es un ejercicio que los medios mainstream raramente realizan con honestidad porque el resultado del análisis comparativo no favorece la narrativa que quieren mantener. Y hay una dimensión moral en todo esto que quiero explorar porque creo que es la que más se ignora en los debates políticos convencionales.

Hay algo que los historiadores llaman el síndrome del poder imperial en declive. Es un patrón que se repite con asombrosa consistencia a lo largo de la historia. Cuando una potencia hegemónica siente que su posición está siendo erosionada, no responde con adaptación creativa y reformas profundas.

responde con un incremento de la presión cooercitiva, con advertencias más duras, con sanciones más amplias, con demostraciones de fuerza que pretenden compensar con volumen lo que se está perdiendo en sustancia. Roma lo hizo en sus últimas décadas de hegemonía. El imperio británico lo hizo mientras perdía su posición dominante frente al ascenso estadounidense a principios del siglo XX.

Y hay patrones que sugieren que algo similar está ocurriendo hoy. No estoy diciendo que los Estados Unidos están colapsando. Eso sería una simplificación absurda. Los Estados Unidos siguen siendo una potencia extraordinaria con capacidades militares, tecnológicas, financieras y culturales que no tienen parangón inmediato.

Pero hay una diferencia crucial entre ser una gran potencia y ser la potencia hegemónica indiscutida. Y esa diferencia se está manifestando en las advertencias que se lanzan, pero que ya no producen el efecto que solían producir en las coaliciones que se intentan construir y que ya no se consolidan con la misma facilidad en las instituciones multilaterales que se crearon para reflejar el poder estadounidense y que ahora son espacios de contestación genuina.

Pero piensen en esto más profundamente. La advertencia de Trump a Irán no ocurre en un vacío. Ocurre en un contexto donde Irán acaba de profundizar sus relaciones no solo con China, sino también con Rusia en el marco del conflicto en Ucrania, donde ha habido intercambios tecnológicos y acuerdos de cooperación que habrían sido impensables hace una década.

Ocurre en un contexto donde Arabia Saudita, el aliado más cercano de Washington en la región durante décadas, ha normalizado relaciones con Irán gracias a la mediación china, algo que Washington no pudo o no quiso lograr en 50 años de diplomacia. Ese momento específico, Arabia Saudita e Irán, estrechando manos bajo la mediación de Pekín debería haber generado un análisis profundo y honesto sobre lo que estaba cambiando en la geopolítica del Medio Oriente.

En cambio, fue tratado como una noticia de un día en la mayoría de los medios principales. Lo que no nos están diciendo es que el Medio Oriente está atravesando su propia transición hacia una arquitectura de seguridad multipolar. Los países de la región están aprendiendo a jugar con varios actores simultáneamente, a no poner todos los huevos en la canasta de Washington, a diversificar sus relaciones estratégicas de una manera que les da márgenes de maniobra que antes no tenían.

Y eso cambia fundamentalmente la ecuación cuando Washington lanza advertencias, porque la pregunta que esos países se hacen ya no es simplemente, ¿qué pasará si Washington actúa? La pregunta ahora es qué opciones tenemos nosotros y con quién podemos contar si la tensión escala. Y aquí llegamos a lo que considero el núcleo filosófico de este análisis.

Hay una diferencia profunda entre el tipo de poder que construye China y el tipo de poder que ejerce Washington en este momento. No es una diferencia de valores morales abstractos, aunque esa dimensión también existe. Es una diferencia de estrategia y de modelo de influencia. Washington opera principalmente a través de lo que los académicos llaman poder cooercitivo, sanciones, amenazas, condiciones.

La lógica es básicamente esta: haz lo que nosotros decimos o enfrentarás consecuencias económicas, diplomáticas o militares. Eso funciona muy bien cuando tienes el poder material aplastante para respaldar esas amenazas y cuando los países que intentas coaccionar no tienen alternativas reales. Pero cuando empiezan a aparecer alternativas, cuando hay otros actores que ofrecen créditos sin condicionalidades políticas, inversión en infraestructura, sin exigencias de gobernanza al estilo occidental, acuerdos comerciales sin la

presión de alineense con nosotros en foros multilaterales. Entonces, la eficacia del poder coercitivo empieza a erosionarse de maneras que no son visibles de inmediato, pero que se acumulan con el tiempo. China, por su parte, y quiero ser preciso aquí porque no estoy romantizando al gobierno chino ni su sistema político, ha construido su influencia internacional, principalmente a través de lo que podríamos llamar poder estructural.

infraestructura, comercio, inversión. La iniciativa del cinturón y la ruta, con todos sus problemas y controversias reales, ha creado dependencias y relaciones de interés que son muy difíciles de desmantelar una vez que están establecidas. Y eso es un tipo de poder que no requiere de advertencias diarias ni de presencia militar constante para mantenerse.

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