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MUÑOZ GRANDES: Hitler le ofreció España — lo que respondió dejó mudo a todo el Reich

Muños Grandes cumplía los tres criterios, era brillante, era capaz y era exactamente el tipo de figura cuya ambición convenía tener a 4,000 km de la capital. La división azul, oficialmente la 205ª división de infantería de la Bermacht, se desplegó en el frente norte de la invasión soviética en el sector de Leningrado. Lo que les esperaba allí no tenía precedentes en la experiencia militar española.

Los españoles habían combatido en Marruecos. Habían vivido una guerra civil brutísima. Conocían la muerte y la destrucción. Pero nada los había preparado para la escala industrial del frente del Este, nada los había preparado para el frío, para los inviernos soviéticos que mataban a los soldados simplemente por estar expuestos a ellos para el sitio de una ciudad de millones de personas convertida en un escenario de exterminio lento y metódico.

Y sin embargo, los españoles aguantaron más que aguantaron. combatieron con una eficacia que los oficiales alemanes no esperaban y que quedó registrada en los partes de batalla con una frecuencia que resulta significativa. El general de la división azul que los alemanes tenían enfrente no era el aliado decorativo que algunos mandos de la Vermacht anticipaban.

Muñoz Grandes exigía a sus hombres y él mismo daba el ejemplo de una manera que en el ejército alemán, con su estructura más rígida y jerárquica, resultaba llamativa. Se le veía en las posiciones avanzadas. Tomaba decisiones en el terreno con una velocidad que sus superiores alemanes anotaban con respeto creciente. Los informes llegaron arriba, llegaron muy arriba.

Y en algún momento de ese invierno brutal de 1941 y 1942, mientras Leningrado agonizaba y los españoles mantenían sus posiciones en la nieve, el nombre de Muñoz Grandes llegó a oídos de alguien que no solía interesarse personalmente por los generales extranjeros, alguien que tenía la costumbre de formarse opiniones muy rápidas sobre los hombres y de actuar en consecuencia con una brusquedad que sus propios generales encontraban a veces inquietante.

Adolf Hitler quería conocer personalmente al general español. Lo que ocurrió en ese encuentro cambiaría para siempre la historia que España decidió no contar. Hay guerras y hay el frente del este. Son categorías distintas. Las guerras tienen reglas, tienen lógica, tienen una arquitectura de causa y efecto que los historiadores pueden reconstruir con cierta elegancia.

El frente del este entre 1941 y 1945 fue otra cosa. Fue el lugar donde la civilización europea decidió mirarse al espejo y destruir lo que vio. 27 millones de soviéticos muertos, millones de alemanes, cientos de miles de soldados de todas las naciones que Hitler arrastró a esa máquina de triturar hombres. No hubo en el siglo XX un escenario de violencia comparable en escala, en duración y en la frialdad metódica con que ambos bandos se exterminaron mutuamente.

En ese escenario, en el sector norte, frente al Eningrado, estaban los españoles. El sitio del eningrado comenzó en septiembre de 1941 y no terminaría hasta enero de 1944. 900 días de bloqueo total. 900 días en que la segunda ciudad de la Unión Soviética fue sometida a un cerco que mató de hambre, de frío y de bombardeos continuos a más de un millón de civiles.

Un millón de personas que murieron sin salir de su propia ciudad. Los historiadores rusos lo llaman simplemente el bloqueo con mayúscula, como si la palabra sola ya fuera suficiente para contener todo lo que ocurrió dentro. La división azul llegó a ese sector en octubre de 1941. Lo que encontraron no se parecía a nada que hubieran imaginado en los campos de entrenamiento alemanes por los que habían pasado antes del despliegue.

El frío era el primer enemigo antes que los soviéticos. Un frío que los españoles, venidos de un país mediterráneo, no habían experimentado nunca. Temperaturas de 30 40 gr bajo 0 que convertían los fusiles en piezas de metal inútiles si no se les dedicaba un mantenimiento constante que hacían que los heridos murieran de hipotermia antes de llegar a la retaguardia que helaban literalmente los pies dentro de las botas y producían amputaciones que los médicos de campaña realizaban en condiciones que ningún manual quirúrgico había contemplado. Y

sin embargo, los partes de la Vermact son documentos áridos, técnicos, diseñados para transmitir información operativa sin emociones. No están escritos para impresionar a nadie. Por eso resulta tan significativo que en esos partes, repetidamente, con una consistencia que no puede ser casual, los oficiales alemanes que trabajaban junto a la división azul anoten lo mismo.

Los españoles combaten, no solo resisten, combaten con una agresividad ofensiva, con una disposición al cuerpo a cuerpo y a la iniciativa táctica que las divisiones de infantería regulares alemanas, entrenadas en la doctrina de la obediencia estricta y la ejecución de órdenes precisas, no siempre exhibían. Era el legado de Marruecos.

Era la impronta de una guerra colonial donde la supervivencia dependía de la iniciativa individual más que de la ejecución correcta del manual. Los españoles improvisaban y en el caos del Frente del Este, la improvisación era con frecuencia la diferencia entre vivir y morir. Muñoz Grandes vivía ese caos desde dentro.

No era un general de despacho. Sus propios oficiales recordaban décadas después la imagen de él en las posiciones avanzadas con el frío que partía la cara inspeccionando líneas que ningún mando de su rango tenía obligación de visitar personalmente. No era una pose, no era teatro para mantener la moral de la tropa, aunque eso también funcionara. era genuino.

Muños grandes necesitaba ver con sus propios ojos para decidir y tomaba decisiones con una velocidad y una seguridad que en el contexto de ese infierno helado resultaba casi sobrenatural a quienes lo rodeaban. Los alemanes lo observaban, lo medían y lo que veía les gustaba con una intensidad que iba más allá del respeto militar profesional.

Veían en muños grandes el tipo de hombre que el tercer Reich necesitaba más que cualquier otra cosa. Un creyente que además sabía combatir, un hombre de orden con la brutalidad práctica necesaria para imponer ese orden cuando fuera preciso. Un líder que sus hombres seguían no por disciplina reglamentaria, sino por algo más antiguo y más poderoso que cualquier reglamento.

El nombre llegó a Berlín, llegó con anotaciones y en Berlín alguien decidió que era hora de conocer en persona al general español. Las reuniones entre Hitler y los líderes o generales de los países aliados o colaboradores del Reich seguían un protocolo establecido con precisión casi ceremonial. Había intérpretes, había asesores, había testigos de ambas partes que tomaban notas y cuya presencia garantizaba que cualquier compromiso adquirido quedara registrado.

Hitler tenía la costumbre de hablar, de monopolizar las conversaciones con monólogos que podían durar horas y sus interlocutores aprendían rápidamente que su función no era dialogar, sino escuchar, asentir y, en el mejor de los casos, hacer alguna pregunta que el furer pudiera usar como trampolín para otro monólogo.

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