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EL ÚLTIMO AUTOBÚS A CUENCA

El frío no entraba por las rendijas de las ventanas; nacía directamente en los huesos. Javier apretó el volante con unas manos que, bajo los gruesos guantes de cuero, ya no sentían la sangre circular. Frente a él, la carretera N-320 no era más que un abismo blanco, una garganta devoradora que se tragaba la luz de los faros halógenos del viejo autocar. La tormenta de nieve había caído sobre Castilla-La Mancha con la furia de una maldición bíblica, borrando los contornos de la tierra, aniquilando el horizonte y transformando la llanura en un desierto de hielo y oscuridad.

Pero no era el rugido del viento contra la chapa lo que tenía a Javier al borde del infarto. Ni siquiera era el hecho de que llevara horas conduciendo a ciegas hacia Cuenca, rezando a un Dios en el que dejó de creer en su infancia para no despeñarse por los barrancos de la Serranía. No. Lo que le helaba la sangre, lo que le hacía tragar saliva con el sabor metálico del pánico puro, era el asiento vacío en la fila número cuatro.

Hacía apenas veinte minutos, en la parada del cruce de Villar de Olalla, las puertas neumáticas se habían abierto con un silbido agónico. Javier no había mirado hacia atrás. Estaba demasiado concentrado en intentar ver a través del parabrisas congelado. Solo sintió la ráfaga de viento polar entrar en el habitáculo, escuchó el crujido de la nieve bajo unas botas, y luego, el cierre hermético de las puertas. Cuando miró por el espejo retrovisor interior, el hombre del maletín de cuero gastado, el pasajero que había subido en Tarancón, ya no estaba.

Javier había detenido el autobús de golpe, haciendo patinar las seis toneladas de metal sobre el hielo. Había encendido las luces interiores.

—¡Oiga! —había gritado, su voz temblando, resonando en el interior del vehículo como en una cripta—. ¿Alguien se ha bajado?

Los otros cinco pasajeros no respondieron. Ni siquiera se inmutaron. La anciana vestida de luto riguroso seguía mirando por la ventana negra, murmurando lo que parecían ser letanías interminables. La joven pareja compartía unos auriculares, con las cabezas apoyadas la una contra la otra, dormidos en una placidez enfermiza. El estudiante de aspecto pálido leía un libro bajo la tenue luz de lectura, sin levantar la vista. Y al fondo, en la penumbra de la última fila, el hombre del sombrero de ala ancha permanecía inmóvil, una sombra entre las sombras.

Javier, impulsado por una mezcla de rabia y un terror primitivo y reptiliano, se levantó de su asiento y bajó los escalones. Con la palanca manual, forzó las puertas. El viento casi lo tira de espaldas, arrojándole agujas de hielo a la cara. Miró hacia el exterior, iluminado apenas por la luz amarilla de los intermitentes del autobús.

La nieve estaba intacta.

No había huellas. No había pisadas alejándose del vehículo. El arcén, el campo, la carretera… todo era un lienzo inmaculado y blanco. Era físicamente imposible que un ser humano hubiera bajado de aquel autobús sin dejar una sola marca en los treinta centímetros de nieve fresca que cubrían el suelo.

El hombre del maletín no se había bajado. Se había evaporado.

Javier regresó al interior, cerrando las puertas con manos temblorosas. El corazón le golpeaba contra las costillas como un pájaro enjaulado a punto de morir. Miró a los cinco pasajeros restantes. Estaban exactamente en la misma posición, congelados en el tiempo, respirando lenta, acompasadamente, ajenos a la imposibilidad de lo que acababa de ocurrir.

Fue entonces, al sentarse de nuevo frente al volante, cuando notó el olor. Un olor sutil pero inconfundible. Olía a cerrado, a polvo antiguo, a tapicería húmeda y a naftalina. Olía a tiempo detenido.

Encendió la radio para ahogar el silencio opresivo del interior y el aullido del exterior. Giró el dial buscando la emisora local, esperando escuchar un parte meteorológico, la voz reconfortante de algún locutor nocturno que le confirmara que el mundo seguía allí fuera. La radio crujió, escupiendo estática, hasta que una voz masculina, con un tono extrañamente analógico y lejano, inundó la cabina.

«…repetimos, las autoridades de tráfico instan a la población de la provincia de Cuenca a no utilizar sus vehículos. La Guardia Civil ha confirmado la desaparición de un autocar de línea regular que cubría la ruta Madrid-Cuenca esta misma noche. El vehículo, con matrícula de Madrid, modelo Pegaso, llevaba a bordo al conductor y a seis pasajeros. La última comunicación…»

Javier sintió que el estómago se le caía a los pies. Miró el volante. Pegaso. Él conducía un Volvo de última generación, de la flota renovada en 2023. O al menos, eso creía. Bajó la vista hacia el panel de mandos. Ya no había pantallas digitales, ni GPS, ni luces LED. En su lugar, esferas analógicas, botones de baquelita desgastados y un cuentakilómetros mecánico iluminado por una luz verde pálida y enfermiza.

Su respiración se aceleró hasta convertirse en un jadeo. Miró su propio reflejo en el cristal de la ventanilla. El rostro que le devolvió la mirada no era el suyo. O sí lo era, pero más joven, con un bigote espeso que él jamás había llevado, y una gorra de plato con el emblema de una compañía de transportes que quebró antes de que él naciera.

«…las condiciones extremas de esta madrugada del 21 de diciembre de 2001 hacen imposible la búsqueda aérea…» continuaba la radio, con la voz distorsionada por las interferencias.

Diciembre de 2001. Hacía exactamente veinticinco años.

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