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Reina Alia de Jordania: El Rey la Esperó… Pero Nunca Volvió

Pero esa vida nómada también dejó algo más profundo en ella. Una niña que cambia de país cada pocos años aprende, sin que nadie se lo enseñe, que las fronteras son inventos de los hombres. Aprende que un ser humano vale lo mismo en el Cairo que en Londres. en Roma que en Amán. Aprende a no juzgar por el origen, por la religión, por la clase social.

Y esa lección, aprendida en la maleta y en el desarraigo de la infancia sería la que más tarde la llevaría a abrazar a una huérfana de un campo de refugiados como si fuera su propia hija. La compasión de Alia nació en esos años de niña sin patria fija. En Londres asistió a la escuela junto a su hermano menor. Aprendió un inglés perfecto sin acento.

En Roma, donde la familia se estableció durante 5 años, Alia floreció. La ciudad eterna, con su arte, su historia y su belleza desbordante, dejó una marca permanente en ella. Aprendió italiano con fluidez, caminó entre las ruinas del foro romano, visitó los museos vaticanos, se empapó de una cultura europea que conviviría para siempre con sus raíces árabes.

Roma le enseñó a amar la belleza, el arte, la historia. Roma la convirtió en una mujer de mundo antes incluso de ser adulta. Y aquí está una de las claves para entender a Ali Tucan. Era a la vez completamente árabe y completamente cosmopolita. Llevaba en la sangre la dignidad de Naplusa y en la mente la sofisticación de Roma y Londres.

Hablaba árabe, inglés e italiano con la misma naturalidad. Podía recitar poesía árabe clásica y debatir sobre cine europeo en la misma conversación. era moderna sin renunciar a sus orígenes, era libre sin perder sus raíces. Y esa combinación tan rara, tan luminosa, sería al mismo tiempo su mayor atractivo y la fuente de muchos de sus problemas, porque el mundo muchas veces no sabe qué hacer con las personas que no encajan en una sola casilla.

Quienes la conocieron en esos años la recuerdan como una joven elegante, hermosa y dulce, pero detrás de la dulzura había una mente afilada y una voluntad inquebrantable. Alia no era una belleza pasiva de esas que solo adornan. Era una mujer que pensaba, que opinaba, que cuestionaba, leía vorazmente, se interesaba por la política, por los deportes, por la escritura.

Tenía opiniones propias sobre todo y no le daba miedo expresarlas, algo poco común para una mujer árabe de su generación. Sus amigas de la universidad la recordarían años después como alguien que se destacaba en cualquier grupo, no por arrogancia, sino por una luz natural que parecía emanar de ella. Era de las personas que iluminan una habitación al entrar, generosa con su tiempo, leal con sus amistades, curiosa por todo y por todos.

Practicaba deportes con la misma pasión con la que devoraba libros. soñaba en voz alta con un futuro en el que pudiera dejar una marca en el mundo. Nada en aquella joven brillante anunciaba una corona, pero todo en ella anunciaba que estaba destinada a algo más grande que una vida ordinaria. Cuando llegó el momento de la universidad, Alia eligió un camino poco común para una joven árabe de su época.

Estudió ciencias políticas con estudios de psicología social y relaciones públicas en centros universitarios en Roma y Nueva York. No estudió para ser una esposa decorativa, no estudió para encontrar marido, que era lo que se esperaba de las jóvenes de su clase. Estudió para tener una carrera, para tener una voz, para tener un lugar en el mundo de las ideas y del poder.

Nueva York en particular la marcó. La gran ciudad estadounidense, vibrante y libre, llena de mujeres que trabajaban y decidían sobre sus propias vidas, le mostró un futuro posible que en el mundo árabe todavía parecía un sueño lejano. Al tenía un sueño concreto. Quería ser diplomática como su padre. Quería representar a su país, viajar por el mundo, sentarse en las mesas donde se tomaban las decisiones que cambiaban la historia.

Era ambiciosa en el mejor sentido de la palabra. ¿Tú qué harías si descubrieras que alguien con todo el talento del mundo fue frenado simplemente por su género? Cuéntanos en los comentarios. Queremos saber tu opinión. Pero había un problema y ese problema tenía que ver con el simple hecho de haber nacido mujer. En la Jordania de los años 60 y 70, una mujer diplomática era prácticamente impensable.

El mundo de la diplomacia árabe era un club cerrado de hombres. Las puertas que se abrían sin esfuerzo para su padre permanecían cerradas para ella, no por falta de talento ni de preparación, sino simplemente por su género. Alia chocó por primera vez contra ese muro invisible que tantas mujeres brillantes han conocido a lo largo de la historia.

El muro que dice, “Hasta aquí puedes llegar y ni un paso más.” El muro que no se ve, pero que detiene los sueños con la misma eficacia que una pared de piedra. Fue una decepción amarga. Toda su educación, todos sus idiomas, todo su talento parecían chocar contra un techo que ella no había puesto y que no podía romper sola.

Pero Alia no era de las que se rinden. Si no podía ser diplomática por la puerta grande, encontraría otra forma de servir, otra forma de estar cerca del poder y de la gente. En 1971 tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida sin que ella lo supiera todavía. decidió regresar a Jordania, al país de su familia, y construir allí su futuro, a pesar de los muros, a pesar de los obstáculos.

De regreso en Amán, Alia consiguió un trabajo que era lo más cercano a la diplomacia que el sistema le permitía. Oficial de relaciones públicas de la Aerolínea Nacional de Jordania. Era un puesto cuasi diplomático, perfecto para una mujer con su encanto, su educación y su dominio de idiomas. recibía a delegaciones extranjeras, organizaba eventos, representaba a la aerolínea ante el mundo y lo hacía con una elegancia y una eficiencia que pronto llamaron la atención de todos.

Donde otros veían a una simple empleada, los que sabían mirar veían a una mujer excepcional, incluida muy pronto la mirada de un hombre muy poderoso. Ese hombre era el rey de Jordania. Para entender la magnitud de lo que vendría, hay que entender quién era Hussein. Para entonces ya era una figura legendaria en todo Oriente Medio.

Había subido al trono en 1953, siendo apenas un adolescente de 17 años después de que su padre fuera declarado incapaz de gobernar por motivos de salud. Imaginen a un muchacho de 17 años cargando sobre sus hombros peso de un reino entero en una de las regiones más volátiles del planeta. Hussein había gobernado a través de guerras, golpes de estado, conspiraciones y traiciones.

Había visto a su propio abuelo ser asesinado a tiros frente a sus ojos en Jerusalén, cuando él era apenas un niño de 15 años. Una bala destinada al joven príncipe rebotó en una medalla que su abuelo le había insistido en ponerse, salvándole la vida de milagro. Desde entonces, Jusin había sobrevivido a más atentados contra su vida de los que se podían contar.

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