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Cómo el Barco Más Costoso de la Historia Desapareció en 4 Minutos Frente a Filipinas

Cómo el Barco Más Costoso de la Historia Desapareció en 4 Minutos Frente a Filipinas

24 de octubre de 1944, Mar de Sibuyán, Filipinas, las 10 horas 26 minutos de la mañana, dentro de la cabina de radar del portaaviones USS Intrépit, el operador de segunda clase observa la pantalla circular y siente que algo está mal. El eco verde que parpadea frente a sus ojos es demasiado grande. No es un barco.

No puede ser un barco. Ningún buque construido por la mano del hombre tiene ese tamaño en una pantalla de radar SK. Recalibra el aparato. Limpia la pantalla con un paño. Ajusta la frecuencia. El eco no cambia. 64,000 toneladas de acero deslizándose a 27 nudos sobre las aguas filipinas. Una bestia metálica avanzando hacia un estrecho que conecta directamente con la flota de invasión aliada.

Levanta el teléfono interno con la mano temblorosa y reporta lo que ve. El coordinador de ataque del grupo aéreo ya tiene la información sobre la mesa de cartas. En la fotografía de reconocimiento aéreo tomada días antes, alguien escribió con plumón rojo dos palabras objetivo principal. A 75 km de distancia, dentro del buque de guerra más grande jamás construido por el ser humano, el capitán Toshira Inoguchi escudriña el cielo desde el puente.

Ha estado mirando hacia arriba desde antes del amanecer. No espera aviones, amigos. sabe que no hay ninguno. Mira hacia arriba porque entiende mejor que cualquier hombre a bordo lo que está por venir. Esta es la historia del acorazado Musashi, el coloso de la Armada imperial japonesa, el orgullo del astillero de Mitsubishi en Nagasaki, el buque más blindado de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico.

La historia de có 259 aviones de la Marina estadounidense cazaron a un solo barco durante 11 horas en la batalla del Golfo de Leite, la mayor batalla naval de la historia de la humanidad. La historia de un capitán japonés que hizo cuentas en silencio antes del amanecer y se guardó el resultado para sí mismo, la historia de 1023 hombres que no volvieron a casa.

Pero antes de que caiga la primera bomba, hay que entender una cosa. El Musashi no debía perder ese día. En el papel, el Musashi era invencible. Hagamos cuentas frías, 73,000 toneladas de desplazamiento a plena carga de combate. Para que tengas dimensión, eso es más del doble de un acorazado estadounidense clase Iowa.

El cinturón de blindaje del casco alcanzaba los 410 mm de acero endurecido. Las caras de las torretas principales estaban protegidas por 650 mm, 65 cm de acero macizo. Ningún proyectil naval enemigo en servicio en 1944 podía atravesar ese blindaje a distancia de combate realista. Su batería principal, nueve cañones de 460 mm.

Los cañones navales más grandes, jamás montados en un buque de guerra. Cada cañón disparaba un proyectil de una tonelada y media a una distancia de 42 km. Para que entiendas la brutalidad, un solo disparo de esos cañones tenía la energía cinética suficiente para destruir un edificio entero y el Musashi tenía nueve.

Su casco estaba dividido internamente en más de 1000 compartimentos estancos independientes conectados por una red telefónica interna de 400 circuitos. Sus diseñadores, después de cientos de pruebas de ingeniería en Cure, llegaron a una conclusión categórica. Ningún portaaviones enemigo tendría aviones suficientes para hundir este barco.

Esa era la matemática japonesa. Esa era la promesa. Ahora hagamos las cuentas del otro lado. A 200 km del Musashi, en el horizonte filipino, navegan tres grupos de portaaviones de la tercera flota del almirante William Halsey. A bordo, 259 aviones de combate listos para despegar. Casas Hellcat, Bombarderos en picado, SB2C Hell Diver, torpederos TBM Avenger cargados con torpedos Mark 13 modificados y del lado japonés cero.

Cero aviones de cobertura, cero casas amigos, cero apoyo aéreo. La aviación naval imperial había sido aniquilada 4 meses antes en la batalla del mar de las Filipinas, en el episodio que los pilotos americanos bautizaron como el gran tiro al pavo de las Marianas. Más de 400 aviones japoneses derribados en dos días.

Los portaaviones imperiales sobrevivientes regresaron a Japón con las cubiertas vacías. Cuando el almirante Taqueo Kurita reunió a la fuerza central en la bahía de Brunei en Borneo, días antes del ataque, un oficial subalterno levantó la mano durante el briefing y preguntó qué cobertura aérea tendrían en el tránsito por Sibuyán.

Kurita lo miró un momento sin emoción y respondió con seis palabras que helaron la sala. Ninguna. No hay aviones para nosotros. Otro oficial, un teniente de navegación insistió. “¿Y qué hacemos si los aviones americanos nos encuentran en el estrecho?” Kurita no levantó la voz. Según el testimonio posterior del comandante Tonosuke Otani, jefe de operaciones de la flota, lo dijo en un tono más aterrador que un grito.

“Lo atravesamos peleando en el papel. Esto sería una masacre, pero el papel no flota.” Y el Musashi no era papel, era acero japonés. Lo que ocurrió después, durante 11 horas exactas en las aguas tranquilas del mar de Sibuyán, cambió para siempre la historia de la guerra naval moderna. Para entender por qué el Musashi estaba solo aquella mañana de octubre, hay que retroceder 7 años hasta una oficina sin ventanas en el Ministerio de Marina de Tokio, hasta un grupo de planificadores navales japoneses sentados frente a una

hoja de papel con números que no cuadraban. 1937, el tratado naval de Washington acababa de expirar. Durante 15 años ese tratado había limitado el tonelaje de los buques de guerra de las grandes potencias. Ahora, cada nación era libre de construir lo que quisiera y los japoneses hicieron una cuenta sencilla. Estados Unidos producía acero, a un ritmo cinco veces superior al de Japón.

Los astilleros americanos podían botar un acorazado mientras Japón apenas terminaba la quilla del suyo. En una guerra de cantidad, Japón perdería siempre. La aritmética era despiadada. Entonces, el almirante Keji Fukuda, jefe del departamento de diseño naval, escribió una frase en el margen de un informe técnico que se conservaría décadas después en los archivos de la Armada Imperial.

Si no podemos construir más barcos, construyamos barcos invencibles. De esa frase nació la clase llamato, dos colosos. El primero, el acorazado yamato, fue votado en Kure. El segundo, su hermano gemelo. Y en muchos aspectos más avanzado, sería el Musashi. Suquilla se colocó el 29 de marzo de 1938 en el dique seco número 2 del astillero Mitsubishi en Nagasaki.

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