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Che Guevara: La Mentira Real que lo Sentenció a Morir en la Selva

Hay un hombre cuyo rostro adorna millones de camisetas, cuya imagen vende cerveza y rebeldía en iguales proporciones, cuyo nombre resuena como sinónimo de revolución eterna. Pero ese hombre murió solo, febril, con los pulmones destrozados y las manos temblorosas, traicionado por casi todos los que alguna vez lo llamaron compañero, abandonado en el barro de una selva boliviana que nunca fue suya, esperando una muerte que llegó puntual y sin piedad, como si el universo entero hubiera conspirado para apagar esa llama

que él mismo había convertido en incendio. Ernesto Guevara de la Cerna nació en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, bajo un cielo austral que no presagiaba nada extraordinario. Era hijo de una familia de clase media con pretensiones aristocráticas venidas a menos, criado entre libros y estornudos. Porque el asma lo persiguió desde la infancia como una maldición.

biológica que paradójicamente endureció su carácter hasta convertirlo en acero. Cada crisis respiratoria era una batalla perdida contra su propio cuerpo. Y cada batalla perdida era una lección sobre la voluntad humana, sobre la capacidad de seguir adelante cuando el cuerpo traiciona. Aprendió medicina porque quería curar.

Aprendió a odiar el sistema porque vio lo que el sistema hacía con los que no podían pagarse un médico. Recorrió América Latina en una motocicleta desvencijada junto a su amigo Alberto Granado. Y lo que encontró en aquel viaje que hoy el mundo conoce como las notas de viaje lo transformó de manera irreversible.

Vio la miseria andina. vio a los mineros de Chile tociendo sangre por salarios de hambre. Vio las plantaciones guatemaltecas donde los campesinos vivían peor que bestias, mientras las compañías norteamericanas contaban sus ganancias en dólares relucientes. Vio todo eso y algo en su interior, algo que el asma no había podido romper.

Se tensó como una cuerda a punto de quebrarse y decidió que la contemplación era una forma de complicidad. Ernesto Guevara decidió que no podía simplemente observar el mundo mientras el mundo se desangraba. Tenía que actuar, tenía que hacer. Y esa necesidad compulsiva de acción, esa incapacidad congénita para la quietud sería tanto su grandeza como su condena definitiva.

Llegó a México en 1955 como un médico errante con más ideales que equipaje y allí encontró a los cubanos. encontró a Raúl Castro I en una reunión clandestina donde el aire olía a conspiración y café amargo. Y luego, inevitablemente encontró a Fidel. Fidel Castro era todo lo que Guevara no era en términos físicos y sociales.

Cubano hasta los huesos, orador de una elocuencia casi sobrenatural, político nato que sabía exactamente cuándo avanzar y cuándo retroceder. Pero en aquella primera conversación que duró hasta el amanecer, descubrieron que compartían algo más poderoso que la nacionalidad o la estrategia. compartían una rabia, una rabia limpia, absoluta, contra el orden imperante.

Guevara escuchó el plan de Fidel, la invasión a Cuba desde México, la guerra de guerrillas en Sierra Maestra, el derrocamiento de Batista y no dudó ni un segundo. Allí mismo pidió unirse, pidió ser médico de la expedición. Lo que no sabía todavía, o quizás sí lo sabía y no le importaba, era que aquella decisión tomada en una madrugada mexicana lo llevaría 12 años después a un aula de barro en Bolivia, donde un soldado nervioso le dispararía en el pecho.

El gran ma zarpó el 25 de noviembre de 1956. 82 hombres apretujados en un yate diseñado para 12 cruzando el Golfo de México entre vómitos y rezos silenciosos. Desembarcaron en las Coloradas, en la costa suroccidental de Cuba, y casi inmediatamente cayeron en una emboscada. Batista tenía informantes. La traición era ya un personaje recurrente en la vida de Guevara, aunque entonces todavía no lo sabía leer.

En alegría de Pío los diezmaron. De 82 guerrilleros sobrevivieron apenas 22. Guevara recibió un disparo herido con las municiones escasas y los compañeros muertos a su alrededor, tomó una decisión que revelaría su carácter hasta el tuétano. Abandonó el maletín médico y tomó una caja de balas. Fue la primera vez que eligió explícitamente ser guerrero antes que médico. No sería la última.

Sierra Maestra los salvó. La montaña los envolvió con su niebla verde y espesa, los ocultó del ejército de Batista, los fue convirtiendo lentamente en algo diferente de lo que habían llegado a ser. Guevara se transformó en la montaña, se endureció. Aprendió a dormir sobre piedras, a caminar con ampollas abiertas en los pies, a lidiar con el asma a 4,000 pies de altura con inhaladores escasos.

y voluntad pura, y aprendió algo más oscuro. Aprendió a fusilar. Como comandante en Sierra Maestra, Guevara fue implacable con los desertores, los soplones y los traidores. No era crueldad gratuita, al menos eso era lo que él creía. Era, en su lógica de hierro, una necesidad revolucionaria. La revolución no podía permitirse el lujo de la misericordia.

cuando la misericordia significaba derrota. Esa convicción lo acompañaría siempre como el asma, como una sombra que no se puede sacudir. Cuando el primero de enero de 1959 las columnas guerrilleras entraron en la Habana y Batista huyó en avión cargado de maletas y vergüenza. Guevara era ya una leyenda. El Che.

Nadie sabe exactamente cuándo apareció ese apodo, ese modo argentino de llamar a cualquiera, transformado en nombre propio de revolucionario. Pero el mundo lo adoptó con una velocidad que decía algo sobre la necesidad humana de héroes. Era fotogénico de una manera casi injusta. La boina, la estrella, la mirada que parecía ver siempre más allá del horizonte inmediato.

Alberto Corda lo fotografió en marzo de 1960 durante el entierro de las víctimas de la cubre y aquella imagen, guerrillero heroico, se convertiría en la más reproducida de la historia humana. Pero detrás de esa imagen había un hombre que dormía mal. que toscía sangre, que tenía opiniones incómodas sobre casi todo y que estaba empezando a sentir en Cuba lo mismo que había sentido en todos los lugares que había dejado atrás, que el trabajo verdadero todavía no había comenzado.

La revolución cubana, una vez en el poder, necesitaba construir un estado. y construir un estado requería compromisos, negociaciones, pragmatismos, todas esas cosas que Guevara despreciaba con una intensidad casi religiosa. Como presidente del Banco Nacional de Cuba, firmó los billetes simplemente como che, un gesto de desdén hacia las instituciones financieras que algunos encontraron encantador y otros encontraron aterrador.

Como ministro de industrias intentó transformar la economía cubana con una velocidad y una rigidez ideológica que produjo escase, cuellos de botella y una hostilidad creciente con la Unión Soviética, que prefería que Cuba dependiera de Moscú antes que convertirse en un polo industrial independiente.

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