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Pablo Escobar: El Hombre que se Creyó Dios y Terminó en el Infierno

Hubo una vez un niño en Medellín que miraba las calles con ojos hambrientos. No hambriento de pan, aunque eso también faltaba. Hambriento de algo más profundo, más oscuro, más difícil de nombrar, hambriento de poder, de reconocimiento, de ser alguien en un mundo que le había dicho desde el primer día que no era nadie.

Pablo Emilio Escobar Gaviria nació el 1 de diciembre de 1949 en Rí Negro, Antioquia, hijo de un humilde watchman de finca y una maestra rural. La familia se trasladó pronto a Envigado, un municipio pegado a las costillas de Medellín, donde creció entre casas de paredes delgadas y sueños más delgados aún. Desde niño Pablo observaba el mundo con una inteligencia fría y calculadora que asustaba a quienes se fijaban bien.

No era la inteligencia del estudioso ni del curioso. Era la inteligencia del que mide, del que calcula, del que espera su momento con una paciencia que en un niño resulta casi siniestra. Sus compañeros de barrio recuerdan a un muchacho locuaz, carismático, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. Un líder natural, decían algunos.

Pero el liderazgo de Pablo no tenía norte moral, era puro magnetismo al servicio del ego. Desde adolescente ya tenía claro que las reglas del mundo estaban escritas por los ricos para mantener a los pobres en su lugar y que él no pensaba quedarse en ese lugar ni un segundo más de lo necesario. Sus primeros pasos en el crimen fueron modestos, casi ridículos comparados con lo que vendría.

Robaba lápidas de cementerios para venderlas raspadas. Robaba automóviles en las calles de Medellín y los revendía o pedía rescate por ellos. Pequeños golpes, pequeñas victorias, pequeñas monedas que iban alimentando no su estómago, sino su certeza de que el crimen era el único camino real hacia la cima. Colombia en aquellos años era un país donde la movilidad social legítima era una fantasía para los pobres.

Las élites cerraban sus puertas con candados invisibles, pero absolutamente reales. Pablo lo vio, lo entendió y decidió construir su propia puerta, aunque para eso tuviera que derribar todas las paredes. A finales de los años 60 y comienzos de los 70, Medellín era una ciudad en ebullición. La industrialización había traído migración masiva del campo a la ciudad.

Y los cerros que rodean el valle de la burrá se llenaron de barrios de invasión donde la miseria se apilaba junto a la rabia. Era terreno fértil para hombres sin escrúpulos y con visión. Pablo era exactamente ese hombre. comenzó a moverse en los círculos del contrabando, del tráfico de bienes robados, de los pequeños negocios ilegales que florecían en esa economía subterránea.

Allí conoció a los hombres que serían sus primeros socios, sus primeros soldados, sus primeros cómplices en la construcción de un imperio que aún nadie podía imaginar. El momento que lo cambió todo, llegó con la cocaína. En los años 70, la cocaína comenzaba a despertar en los Estados Unidos un apetito insaciable.

Las clases medias y altas norteamericanas descubrían en ese polvo blanco una forma de placer y estatus, y la demanda crecía a una velocidad que los primeros traficantes apenas podían seguir. Pablo olfateó la oportunidad con esa nariz casi animal que tenía para los negocios ilícitos. comprendió antes que nadie la lógica brutal del mercado.

Había una demanda enorme, había una oferta potencial en las selvas de Colombia y Perú y en el medio había un vacío que él podía llenar, no como mensajero, no como intermediario, no como peón, como el dueño de todo el tablero. Sus primeros pasos en el narcotráfico fueron igualmente modestos. Se cuenta que escondía pasta de coca en la llanta de repuesto de su camioneta para cruzar los primeros cargamentos hacia Panamá y luego hacia el norte.

pequeñas cargas, grandes riesgos, márgenes de ganancia que, sin embargo, eran incomparables con cualquier otra actividad criminal que hubiera conocido. Cada gramo que cruzaba la frontera era una promesa. Cada dólar que regresaba era una confirmación. Pablo Escobar no estaba robando lápidas. Pablo Escobar estaba construyendo su trono.

A mediados de los años 70 se alió con los hermanos Ochoa, una familia de la burguesía antioqueña que ya tenía conexiones en el mundo del contrabando y con Carlos Ler, un hombre de personalidad explosiva y megalómana que aportó la visión logística para el transporte masivo de cocaína hacia los Estados Unidos, utilizando las islas Bahamas como punto intermedio.

juntos y con otros socios menores formaron lo que el mundo conocería como el cartel de Medellín, aunque ellos mismos nunca usaron ese término. Para ellos no era un cartel, era una empresa, era un estado dentro del Estado, era un poder que pronto rivalizaría con el poder mismo del gobierno colombiano. Y el dinero llegó.

Llegó de una manera que no tiene comparación posible con ninguna experiencia humana ordinaria. No son cifras que el cerebro pueda procesar fácilmente. En su apogeo, Pablo Escobar controlaba aproximadamente el 80% de toda la cocaína que entraba a los Estados Unidos. Las estimaciones hablan de ingresos de hasta 400 millones de dólares semanales.

Se calcula que en algún momento gastaba $2,500 mensuales solo en gomas elásticas para empaquetar los billetes. Los contadores tenían que trabajar 20 horas diarias. Los billetes se pudrían en las bodegas porque no había tiempo ni manera de contarlos todos. El dinero dejó de ser dinero y se convirtió en un problema logístico de magnitud industrial.

Con ese dinero construyó su mundo. La hacienda Nápoles era la expresión más delirante de ese mundo, una propiedad de 100 hectáreas en el Magdalena medio, entre los departamentos de Antioquia y Cundinamarca, que Pablo transformó en una fantasía de omnipotencia y exceso. En la entrada colocó una avioneta Piper sobre un pedestal.

El mismo avión que según el mito había utilizado para su primer cargamento de cocaína. Era su trofeo, su declaración de principios. Aquí mando yo. Aquí empezó todo. Dentro de la hacienda construyó un zoológico privado con jirafas, elefantes, rinocerontes, hipopótamos, flamencos, canguros y una colección de animales exóticos que habrían sido la envidia de cualquier institución zoológica del mundo.

Los hipopótamos, que se reprodujeron sin control siguen hasta hoy vagando por las riberas del río Magdalena, un legado biológico imposible y perturbador de un hombre que ya no existe. Había pistas de carreras, piscinas, campos de fútbol, helipuertos, casas de huéspedes y una mansión central que era un monumento al mal gusto y la desmesura.

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