Capítulo I: El Ojo Que No Parpadea
El sol de Ibiza, en pleno mes de agosto, no es un astro; es un verdugo. Te quema la piel, te ciega los ojos con un resplandor blanco e implacable y, si te descuidas, te calcina la cordura. Pero aquel martes a las tres de la tarde, bajo el cielo despejado y sofocante de la playa de Ses Salines, el sol hizo algo mucho peor que quemarme: me reveló el abismo.
Corría por la arena ardiente, tropezando con turistas embadurnados en aceite, derribando sombrillas y pisando toallas caras. El aire vibraba por el calor, distorsionando el horizonte como si la realidad misma se estuviera derritiendo. Mi respiración era un silbido ronco en mi garganta seca. El sudor me empapaba la camisa de lino, pegándola a mi piel como una mortaja helada a pesar de los cuarenta grados a la sombra. Pero yo no buscaba sombra. Yo huía de la falta de ella.
En mis manos temblorosas, apretada con la fuerza de la desesperación, sostenía mi cámara, una Leica M11. Había sido mi compañera, mi único amor verdadero, mi herramienta para capturar la belleza efímera del mundo. Ahora, se sentía como un artefacto maldito. Me detuve bruscamente al llegar al paseo de madera, jadeando, y me atreví a mirar la pantalla LCD una vez más. Recé a un Dios en el que había dejado de creer para que mis ojos me hubieran engañado. Para que todo fuera un simple error del sensor, un fallo de refracción, un capricho óptico provocado por el calor.
Pero la imagen seguía allí. Nítida. Cruel. Innegable.
Era una fotografía de encuadre amplio de la playa. En primer plano, jóvenes hermosos bailaban al ritmo sordo que provenía de un chiringuito cercano. El mar Mediterráneo brillaba al fondo con un azul turquesa casi obsceno. La luz cenital creaba sombras duras, negras y recortadas bajo los pies de cada persona, de cada tumbona, de cada palmera. La física y la óptica dictaban su ley inquebrantable.
Excepto en el centro del encuadre.
Allí, de pie sobre la arena brillante, ajeno a la multitud de bañistas que lo rodeaba, había un hombre. Llevaba un traje de lino oscuro, ridículamente fuera de lugar en aquel infierno de cuerpos semidesnudos y trajes de baño. Su rostro estaba parcialmente oculto por el ala de un sombrero panamá, pero su postura era rígida, antinatural, como si no perteneciera a este plano dimensional. Y no pertenecía. Porque bajo sus pies, sobre la arena dorada iluminada por el sol implacable del mediodía balear, no había absolutamente nada.
No había sombra.
El espacio a su alrededor estaba bañado en luz, y él proyectaba… el vacío. Era como si la luz lo atravesara o, peor aún, como si él estuviera absorbiendo la luz, devorándola. Y entonces, amplié la imagen. Hice zoom hasta que los píxeles amenazaron con desintegrarse. El hombre no estaba mirando al mar, ni a las chicas en bikini, ni al horizonte. Su rostro, pálido y demacrado bajo la sombra de su propio sombrero, estaba girado directamente hacia la lente. Hacia mí. Me estaba mirando fijamente a través del cristal. Sus ojos no eran los de un extraño; había una familiaridad macabra, una profundidad insondable y terrorífica en esa mirada de obsidiana. Era una mirada que prometía ruina.
Un grito ahogado escapó de mis labios. Casi dejo caer la Leica al suelo de madera. Miré hacia atrás, hacia la masa de cuerpos que abarrotaban Ses Salines. El latido electrónico de la música house me taladraba los tímpanos. Todo seguía igual. La gente reía, bebía, se besaba. Pero él ya no estaba. El hombre del traje oscuro había desaparecido del mundo físico, pero se había quedado atrapado en mi tarjeta de memoria. O quizás, yo me había quedado atrapado en su red.
El terror, un terror frío y viscoso, comenzó a trepar por mi espina dorsal. No era el miedo a ser atracado, o el miedo a la muerte física. Era el horror atávico, el pánico primordial de la mente humana cuando se enfrenta a algo que rompe las leyes fundamentales del universo. Una fractura en la realidad. Un error en la Matrix. Un demonio bajo el sol ibicenco.
Capítulo II: La Sed del Creador
Para entender la magnitud de mi condena, hay que entender primero mi desesperación. Mi nombre es Mateo y, hasta ese día, me consideraba un artista incomprendido. La etiqueta elegante para “fracasado”. Tenía treinta y cinco años, una cuenta bancaria al borde del colapso y un portafolio lleno de imágenes hermosas pero vacías. Paisajes prístinos de la Toscana, retratos melancólicos en las calles lluviosas de Kioto, amaneceres perfectos en Santorini. Todo técnicamente impecable, todo emocionalmente inerte. Me faltaba “el alma”, me decían los editores de las grandes revistas de viajes. “Tus fotos no respiran, Mateo. Son postales glorificadas”.
Vine a Ibiza en un último intento desesperado por salvar mi carrera. La isla, famosa por sus excesos nocturnos, es también un lugar de contrastes brutales. Quería capturar la dicotomía: la espiritualidad ancestral frente al materialismo desenfrenado. El silencio de las calas escondidas frente al estruendo de las macrodiscotecas. Las ruinas fenicias observando a los millonarios en sus yates.
Me había alquilado un pequeño estudio asfixiante en Dalt Vila, la ciudad antigua amurallada. Durante tres semanas, había caminado bajo el sol abrasador, disparando miles de fotografías, buscando esa chispa, ese momento decisivo del que hablaba Cartier-Bresson. Pero solo encontraba vulgaridad, excesos prefabricados y sonrisas de plástico impulsadas por sustancias químicas.
La noche anterior al descubrimiento en la playa, había tocado fondo. Estaba sentado en las rocas frente a Es Vedrà, el islote de roca caliza que se alza como un coloso en el mar frente a la costa suroeste. Dicen que es el tercer punto más magnético de la Tierra, un vórtice de energía mística, hogar de sirenas y brujas. Bebía ginebra barata de la botella, observando cómo el sol se hundía en el agua, pintando el cielo de un naranja apocalíptico.
—Daría lo que fuera —susurré al viento salado, con la voz quebrada por la frustración y el alcohol—. Lo que sea por una imagen que el mundo no pueda olvidar. Por el éxito. Por ser inmortal.
Fue una plegaria oscura, un deseo lanzado al vacío magnético de Es Vedrà. No esperaba una respuesta. Los dioses antiguos ya no escuchan a los turistas arruinados. O eso creía. Al día siguiente, fotografié al hombre sin sombra.
Capítulo III: La Plaga Digital
Regresé a mi estudio en Dalt Vila corriendo como un fugitivo. Cerré la pesada puerta de madera con doble llave, pasé el cerrojo y cerré las contraventanas de madera para bloquear el despiadado sol de la tarde. La habitación quedó sumida en una penumbra opresiva, iluminada solo por el brillo azulado de la pantalla de mi ordenador portátil.
Con los dedos temblorosos y empapados en sudor frío, extraje la tarjeta SD de la cámara y la inserté en la ranura del ordenador. El sonido del ventilador del portátil me pareció ensordecedor en el silencio del estudio. Abrí Lightroom. Cientos de miniaturas inundaron la pantalla.
Busqué la foto de Ses Salines. La amplié en el monitor de veintisiete pulgadas. Allí estaba él. Aún más nítido, aún más imposible. El traje oscuro sin una sola arruga, la piel pálida, los ojos negros clavados en mí. Y la ausencia total de sombra sobre la arena brillante. Analicé el histograma, los metadatos. Nada había sido alterado. La foto era cruda, real.
Tragué saliva. Mi mente, intentando desesperadamente aferrarse a la lógica, buscó justificaciones. Una ilusión óptica extrema. Un hombre usando pintura especial que absorbía la luz. Una intervención militar secreta. Cualquier cosa era mejor que la locura.
Comencé a revisar las otras fotos que había tomado esa mañana. Pasé de imagen en imagen con clics frenéticos. Fotografías de la muralla, de las buganvillas púrpuras, de los vendedores ambulantes.
Y entonces, el corazón se me detuvo.
Archivo IBZ_4092.CR3. Una foto tomada a las 11:00 AM en una cafetería del puerto. En primer plano, una taza de café humeante y un periódico. Al fondo, borrosa por la profundidad de campo… la silueta de un hombre con un sombrero panamá y un traje oscuro, sentado en una mesa de la esquina. Sin sombra en el suelo de baldosas ajedrezadas.
Grité, un sonido ahogado y patético. Hice clic en la siguiente foto. Y en la siguiente.
IBZ_4015.CR3. Tomada a las 9:30 AM en el mercado de Dalt Vila. Detrás de un puesto de frutas naranjas y rojas, medio oculto por un toldo… el hombre. Mirando a la cámara. Sin sombra.
IBZ_3980.CR3. Tomada la noche anterior, antes de ir a Es Vedrà. Una larga exposición de la discoteca Pacha desde fuera. Entre la multitud bañada por luces de neón estroboscópicas, una figura estática, oscura, que no proyectaba sombra bajo la potente iluminación artificial.
Estaba en todas partes. Había estado siguiéndome. Pero lo que me destrozó la mente de forma irreversible fue cuando abrí las carpetas de los días anteriores. Archivos que yo ya había revisado, editado y clasificado.
Abrí la carpeta de la semana anterior. La sesión en Cala Comte. Lo recordaba perfectamente, había revisado cada centímetro de esas fotos. Abrí la mejor imagen. Un grupo de jóvenes saltando al agua desde un acantilado. Y allí, en el borde de la imagen, de pie sobre las rocas afiladas, estaba él.
Mis fotos estaban siendo reescritas. El pasado digital estaba siendo infectado. Él se estaba insertando retroactivamente en mi vida, en mi arte, como un virus parasitario de origen sobrenatural.
Cerré el portátil de golpe. Me acurruqué en un rincón de la habitación, temblando incontrolablemente en la penumbra asfixiante, con las manos apretadas sobre los oídos para callar el zumbido de la locura que empezaba a devorar mi cerebro.
Capítulo IV: El Acecho Físico
Durante tres días y tres noches, no salí del estudio. Sobreviví a base de agua del grifo y unas galletas rancias que encontré en la alacena. No me atreví a encender el ordenador. No me atreví a mirar por las rendijas de las contraventanas. Cada vez que escuchaba un paso en los adoquines de la callejuela estrecha, contenía la respiración, aterrorizado de que se detuvieran frente a mi puerta.
Pero el encierro me estaba matando de otra manera. La paranoia se convirtió en asfixia. La isla, con su calor denso y húmedo, parecía estar cerrándose sobre mi pecho. En la cuarta noche, el hambre y la claustrofobia vencieron al terror. Necesitaba aire. Necesitaba comprobar que el mundo exterior seguía siendo real.
Salí pasada la medianoche. El puerto de Ibiza hervía de actividad. Megayates iluminados como castillos flotantes escupían música electrónica de lujo. Mujeres vestidas con lentejuelas y hombres bronceados con camisas desabrochadas desfilaban por los paseos, ajenos al infierno personal en el que yo estaba atrapado. El olor a sal, jazmín y perfume caro saturaba el aire nocturno.
Caminé cabizbajo, intentando ser invisible. Entré en un pequeño bar de tapas iluminado por bombillas de luz amarilla y pedí una cerveza. El frío del cristal en mi mano me proporcionó un fugaz instante de anclaje a la realidad. Di un largo trago, cerré los ojos y dejé escapar un suspiro tembloroso. Tal vez todo había sido un brote psicótico provocado por el estrés y la insolación. Tal vez…
Abrí los ojos.
A través del ventanal del bar, al otro lado de la calle empedrada, de pie bajo la luz anaranjada de una farola municipal, estaba él.
El hombre del traje de lino oscuro. El sombrero panamá ocultando parcialmente sus facciones. Pero esta vez no era una fotografía. Era carne y hueso. Estaba allí, estático entre el flujo constante de turistas que pasaban a su lado sin siquiera notarlo.
Y bajo sus zapatos de cuero, sobre los adoquines iluminados por la farola, no había ninguna sombra. La luz parecía contornear su figura y luego desaparecer, como si él fuera un agujero negro con forma humana.
Nuestras miradas se cruzaron a través del cristal. Ya no necesitaba hacer zoom en una pantalla. Vi la devastación en sus ojos, la oscuridad absoluta que residía en sus pupilas. Y vi algo más. Vi la sonrisa. Una sonrisa lenta, torcida, que no expresaba alegría, sino una profunda y dolorosa resignación. Una sonrisa de reconocimiento.
Dejó caer un cigarrillo al suelo y, con una lentitud deliberada, giró sobre sus talones y comenzó a caminar por un callejón oscuro que ascendía hacia las murallas de Dalt Vila.
El miedo me gritaba que huyera hacia el puerto, que buscara la luz, el ruido, la multitud. Pero una fuerza gravitacional más poderosa que el terror me empujó a levantarme. Dejé un billete arrugado en la barra y salí a la calle cálida de la noche ibicenca. Lo seguí.
Capítulo V: El Lado Oscuro del Espejo
El ascenso por Dalt Vila fue un laberinto de pesadilla. Las calles estrechas, flanqueadas por altos muros de piedra centenaria, sofocaban el ruido de las fiestas del puerto. Cada esquina parecía idéntica a la anterior. La luz de las farolas era escasa y proyectaba largas y retorcidas sombras de los gatos callejeros y los contenedores de basura. Yo tenía sombra. Yo estaba vivo.
Lo vi girar en un recodo que conducía a la Plaza de la Catedral, en la cima de la antigua ciudad fortificada. Aceleré el paso, con los pulmones ardiendo y el corazón golpeando mis costillas como un prisionero desesperado.
Al llegar a la plaza, me detuve. Estaba desierta. La majestuosa fachada de la Catedral de la Virgen de las Nieves se alzaba silenciosa bajo la luz de la luna llena. Desde allí arriba, se veía toda la bahía de Ibiza, un mar de luces brillantes y promesas vacías.
El hombre estaba de pie al borde de la muralla de piedra, mirando hacia el abismo negro del mar. El viento de la madrugada agitaba levemente su traje oscuro, pero él parecía inamovible, una estatua de tristeza tallada en la oscuridad.
Me acerqué lentamente. Mis pasos resonaban en el empedrado de la plaza. A diez metros de él, me detuve. La garganta me quemaba.
—¿Qué eres? —Mi voz salió como un graznido patético, rompiendo el silencio sepulcral de la noche.
El hombre no se giró de inmediato. Siguió contemplando el mar oscuro.
—No es una cuestión de “qué”, Mateo —respondió. Su voz… Dios mío, su voz. Era un sonido familiar, un timbre, una cadencia que conocía mejor que la voz de mi propia madre. Era grave, cansada, raspada por los años y el tabaco, pero era innegablemente…— Es una cuestión de “quién”.
Se giró lentamente y se quitó el sombrero panamá. La luz plateada de la luna iluminó su rostro por primera vez sin el filtro de una lente o la distancia de una calle.
Di un paso atrás, tropezando con mis propios pies hasta caer sentado de bruces sobre los fríos adoquines. El aire abandonó mis pulmones de golpe. El mundo comenzó a dar vueltas.
El rostro que me miraba… era mi propio rostro.
Era yo. Pero un “yo” devastado por el tiempo y el castigo. Había profundas arrugas surcando la frente y las comisuras de los labios. El cabello, antes castaño, ahora estaba salpicado de gris y plata. Las mejillas estaban hundidas, dándole un aspecto cadavérico. Pero los ojos eran míos. Esa mirada asustada, ambiciosa y desesperada era el reflejo exacto que veía cada mañana en el espejo del baño, solo que ahora estaba oscurecida por una capa de ceniza espiritual.
Y bajo este “yo” envejecido, la piedra iluminada por la luna no mostraba ninguna sombra.
—Esto es imposible —susurré, frotándome los ojos con furia, esperando que al abrirlos la alucinación hubiera desaparecido. Pero seguía allí—. Estoy perdiendo la cabeza. El sol, el estrés… estoy sufriendo un delirio esquizofrénico.
Mi “yo” del futuro soltó una carcajada seca, amarga, un sonido exento de todo humor.
—Oh, Mateo. Ojalá fuera tan simple como la locura. La locura tiene cura. Lo que nosotros hemos hecho no la tiene.
Se acercó a mí con pasos lentos y mesurados. Con cada paso que daba, el aire se volvía más frío, como si su sola presencia chupara la energía térmica del ambiente. Se detuvo a un par de metros de donde yo yacía postrado.
—¿No te acuerdas de tu plegaria en Es Vedrà? —preguntó, inclinando la cabeza—. “Daría lo que fuera. Lo que sea por una imagen que el mundo no pueda olvidar. Por el éxito. Por ser inmortal”.
Me encogí. Las palabras resonaban en la noche con la crueldad de una sentencia de muerte.
—Estaba borracho. Estaba frustrado. No significaba nada.
—Las palabras pronunciadas con verdadera desesperación en lugares donde el tejido del mundo es delgado siempre significan algo —dijo, agachándose para quedar a la altura de mis ojos—. Y alguien… o algo… escuchó.
Levantó una mano y señaló hacia su propio pecho, donde el traje oscuro cubría su corazón.
—Obtendrás lo que pediste, Mateo. Te lo garantizo. Mañana por la mañana, despertarás con una claridad que nunca antes habías experimentado. Tomarás la cámara. Bajarás al puerto. Y capturarás la fotografía más perfecta, dolorosa e impactante de tu vida. Una imagen que definirá el fotoperiodismo de esta década. Las revistas se pelearán por ti. Las galerías de Nueva York a París exhibirán tus obras. Tendrás dinero, fama, mujeres, premios. Serás “inmortal” en los libros de historia del arte.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente. A pesar del terror visceral que sentía por la criatura que tenía delante, una chispa enfermiza de ambición —esa misma ambición venenosa que me había arrastrado a la ruina— se encendió en mi interior al escuchar esas promesas.
—¿De… de verdad? —tartamudeé, sintiéndome inmediatamente asqueado de mí mismo.
La sonrisa de mi versión futura se convirtió en una mueca de dolor absoluto.
—Sí. Pero el universo no da nada gratis, Mateo. El éxito absoluto requiere un pago absoluto. Para capturar el “alma” del mundo en tus imágenes, tuviste que entregar la tuya.
Señaló hacia sus pies, hacia la ausencia de sombra.
—La sombra no es solo la ausencia de luz bloqueada por la materia. En muchas culturas ancestrales, en las leyendas de esta misma isla, la sombra es la manifestación física del alma. El ancla que nos une a nuestra humanidad, a la empatía, a la capacidad de sentir amor, dolor, alegría verdadera.
Hizo una pausa, y por primera vez vi lágrimas brillando en sus ojos oscuros, lágrimas que no cayeron.
—Hace diez años, desde tu perspectiva, vendimos nuestra sombra. Obtuvimos el ojo perfecto, la composición divina. Pero a cambio, perdimos la capacidad de sentir la vida que fotografiábamos. Somos fantasmas, Mateo. Espectros millonarios y famosos que vagan por el mundo documentando emociones que ya no podemos experimentar. La comida no tiene sabor. El tacto de la piel es como rozar cartón. El amor es un concepto matemático incomprensible. Somos vasijas vacías con un talento divino.
El frío se apoderó de mi cuerpo. Miré mis propias manos, y luego miré mi sombra, alargada y sólida sobre los adoquines. Todavía la tenía.
—No… no lo haré. Me niego. Destruiré la cámara. Me iré de Ibiza esta misma noche. Renuncio.
El hombre sin sombra negó lentamente con la cabeza.
—Es demasiado tarde, Mateo. El pacto no se firma con un contrato, se sella con el deseo. Al desearlo con tal intensidad en Es Vedrà, la transacción se completó. Yo soy la prueba de ello. Estoy aquí, retrocediendo en la línea temporal a través de tus fotografías, a través de tu memoria, para advertirte, o quizás…
Su expresión se endureció, sus ojos se convirtieron en pozos de oscuridad pura.
—…quizás estoy aquí para asegurarme de que cumplas tu destino. Porque el vacío es solitario, y la paradoja temporal exige que te conviertas en lo que yo soy para que yo pueda existir.
Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí. No hubo impacto físico, no hubo forcejeo de músculos y huesos. Fue como ser arrollado por un viento polar, por una avalancha de hielo negro. Sentí que mil agujas de escarcha me perforaban la piel, penetrando en mi pecho, buscando mi corazón.
Abrí la boca para gritar, pero el sonido se congeló en mis cuerdas vocales. Vi sus ojos fusionarse con los míos. Vi una década de recuerdos que no eran míos inundar mi cerebro: portadas del Time, exposiciones en el MoMA, aplausos atronadores de multitudes elegantes, cuentas bancarias con siete cifras. Y junto a todo ese esplendor artificial, sentí la desolación. El vacío opresivo. La incapacidad de llorar en los funerales, la incapacidad de reír con un recién nacido. El horror de observar el mundo a través de un grueso cristal blindado.
La asimilación fue brutal. Sentí cómo algo en mi interior, algo cálido, vibrante y fundamental, era arrancado de cuajo y devorado por el frío de la figura que se fundía conmigo.
La plaza, la catedral, la luna… todo se disolvió en un vórtice de oscuridad y gritos silenciosos.
Capítulo VI: El Vacío Inmortal
Desperté en el suelo de mi estudio en Dalt Vila. La luz del sol de mediodía se filtraba agresivamente a través de las rendijas de las contraventanas, trazando líneas doradas sobre el polvo flotante de la habitación.
Me incorporé lentamente. La cabeza me latía de forma mecánica, rítmica, pero sin dolor. No sentía dolor. No sentía miedo. No sentía el pánico residual de la pesadilla de la noche anterior. De hecho, no sentía nada en absoluto. Mi pecho estaba extrañamente ligero, hueco, como un tambor vacío.
Me levanté y caminé hacia el baño. Me miré en el espejo desportillado sobre el lavabo. Mis ojos, los mismos ojos que la noche anterior reflejaban terror, ahora estaban calmados. Demasiado calmados. Lisos, pulidos e inescrutables, como la lente de una cámara de alta precisión.
El calor sofocante del verano ibicenco, que hasta ayer me ahogaba y me hacía sudar a mares, ahora no era más que un dato sensorial procesado por mi cerebro de forma objetiva: “La temperatura exterior es elevada”. Ninguna incomodidad.
Tomé mi Leica M11 de la mesa. Al sostenerla, ya no sentí la pasión del artista, ni la desesperación del fracasado. Solo sentí el peso frío y calculable del metal y el cristal. Una herramienta. Un apéndice de mi ojo sin alma.
Salí del estudio y caminé por las calles empedradas de Dalt Vila. El mundo se veía diferente. Los colores eran extremadamente saturados, los contrastes entre luces y sombras eran de una belleza geométrica y matemática perfecta. Podía ver instantáneamente la composición ideal en cada esquina, en cada rostro, en cada mendigo y en cada turista rico. El “alma” del mundo se presentaba ante mí, desnuda y vulnerable, dispuesta a ser capturada, traficada y vendida.
Bajé hacia el puerto viejo. Un yate de lujo había atracado mal y chocado contra el muelle de pescadores. Hubo gritos. Una mujer mayor, dueña de una pequeña embarcación de madera que acababa de ser aplastada, lloraba desconsoladamente sobre las tablas astilladas. A su alrededor, turistas con teléfonos móviles grababan el espectáculo. El marinero del yate gritaba insultos.
La tragedia, la ira, la impotencia. Una escena humana cruda.
Levanté la cámara. No sentí compasión por la anciana. No sentí asco por los turistas morbosos. Solo vi las líneas de fuga, la proporción áurea que formaban las astillas del barco, la iluminación dramática del sol incidiendo sobre las lágrimas de la mujer.
Hice clic.
Una sola foto. No necesitaba más. Sabía que la imagen era perfecta. Sabía que esa fotografía en blanco y negro, que más tarde titularía “El peso de la modernidad”, me haría ganar mi primer World Press Photo. Sabía que me catapultaría a la fama internacional que había implorado en las rocas de Es Vedrà.
Giré sobre mis talones y comencé a caminar alejándome del tumulto, listo para empacar mis cosas y volar a Madrid para vender la exclusiva. Ya no pertenecía a la categoría de los perdedores, de los invisibles. Ahora era un maestro de la luz.
Mientras caminaba por el amplio paseo marítimo bañando por el implacable sol de la tarde en Ibiza, miré el suelo liso de cemento.
Las palmeras proyectaban manchas oscuras y alargadas. Los turistas proyectaban sus siluetas definidas que los seguían fielmente en cada paso. Los perros, las papeleras, las farolas; todo estaba anclado al mundo material por la gravedad de la luz.
Yo seguí caminando, erguido, exitoso y completamente vacío. El sol golpeaba directamente sobre mi cabeza, sobre mis hombros, sobre mi cuerpo, iluminándolo todo a mi alrededor.
Pero bajo mis zapatos, deslizándose sobre el cemento blanco, no había absolutamente nada.
Capítulo VII: La Década de Hielo
El viaje a Madrid fue un mero trámite logístico. Mientras el avión sobrevolaba el Mediterráneo, dejando atrás la isla de mi condena y mi renacimiento, miré por la ventanilla. El sol rebotaba en las nubes creando un mar de algodón deslumbrante. Los pasajeros a mi alrededor dormitaban, leían o conversaban en susurros, ajenos a la anomalía física y espiritual que viajaba en el asiento 12A. Yo no sentía la presión en los oídos, ni el leve vértigo del despegue, ni la sequedad del aire de la cabina. Era un mecanismo de relojería envuelto en piel humana, procesando datos visuales con una frialdad aterradora.
Cuando aterricé y me presenté en las oficinas de una de las agencias de fotoperiodismo más prestigiosas de Europa, no tuve que rogar. No tuve que venderme. Simplemente dejé el disco duro sobre la mesa de caoba del editor jefe, un hombre hastiado de ver miles de imágenes diarias. Cuando la fotografía de la anciana del barco en Ibiza apareció en su pantalla de retina, el silencio en el despacho se volvió espeso. Vi cómo se le erizaba el vello de los brazos. Vi la humedad asomar a sus ojos cansados. Él sintió todo el dolor, la pérdida y la futilidad humana que la imagen transmitía. Yo, el creador de esa obra maestra, solo veía un contraste de grises del 85% y una composición en espiral áurea perfecta.
—Es… es magistral, Mateo —susurró el editor, sin apartar la vista del monitor—. Nunca había visto algo que me golpeara con tanta fuerza. Esto no es solo una foto. Es un espejo de la condición humana.
Firmé un contrato de exclusividad esa misma tarde. Un contrato de seis cifras. Al salir a la Gran Vía madrileña, el sol del atardecer bañaba los edificios históricos. Me pegué a las fachadas, caminando por los soportales, evitando los amplios espacios abiertos. Había desarrollado un instinto, una nueva forma de navegar por el mundo: la danza del vampiro diurno. Aprendí a moverme siempre donde los edificios, los árboles o los toldos proyectaban sus propias sombras, camuflando mi carencia. Compré abrigos largos, sombreros de ala ancha y paraguas oscuros, forjando la imagen de un artista excéntrico, un genio melancólico que rehuía la luz directa del sol para proteger su “sensibilidad”. Qué ironía.
Los siguientes diez años fueron una espiral ascendente de éxito público y un descenso en picado hacia la nada absoluta en mi interior.
Me enviaron a los rincones más oscuros y brillantes del planeta. Estuve en las trincheras de conflictos olvidados en Oriente Medio. Mientras las balas silbaban y la metralla destrozaba cuerpos y edificios, yo caminaba erguido, inmune al pánico que paralizaba a los soldados y a mis colegas periodistas. No sentía valor; el valor requiere miedo para existir. Yo solo sentía la necesidad imperiosa de encuadrar. Fotografié a una madre sosteniendo el cuerpo sin vida de su hijo entre los escombros de una ciudad bombardeada. La luz se filtraba a través del polvo en suspensión, iluminando las lágrimas mezcladas con sangre en el rostro de la mujer. Capturé la imagen justo en el milisegundo en que su grito silencioso desgarró el aire. Gané el Pulitzer por esa fotografía. Se convirtió en el símbolo antibélico de una generación.
Pero mientras el mundo lloraba al ver mi obra, yo no sentía nada. Ni remordimiento por ser un voyeur de la tragedia, ni compasión por la madre, ni siquiera satisfacción por el premio. La ceremonia de entrega en Nueva York fue un teatro de absurdos. Cientos de personas en trajes de gala aplaudiendo a un hombre muerto en vida. Cuando subí al podio, pronuncié un discurso que había memorizado, hablando de “la empatía” y “la responsabilidad del artista de mostrar la verdad”. Fui aclamado. Nadie notó que bajo los potentes focos del escenario, mi esmoquin no proyectaba sombra alguna sobre la madera pulida.
También fotografié la belleza y la opulencia. Fui llamado para retratar a las estrellas de cine más reclusivas, a los magnates de la tecnología en sus paraísos privados, a los políticos en los pasillos del poder. Extraía sus almas con la lente de mi cámara. En mis retratos, las personas no podían ocultarse. Sus inseguridades, su avaricia, su soledad más profunda quedaban expuestas con una crudeza que fascinaba y aterrorizaba al público. Fui llamado “El Ojo de Dios”.
Me volví obscenamente rico. Compré un ático en el Upper East Side de Manhattan, con vistas a Central Park. Lo mandé a decorar con maderas oscuras, cortinas opacas y un sistema de iluminación indirecta que eliminaba la posibilidad de que se formaran sombras duras en el suelo. Era mi cueva, mi sarcófago de lujo.
Capítulo VIII: El Espejismo del Amor y la Paranoia
La soledad del vacío es diferente a la soledad de la tristeza. La tristeza busca consuelo; el vacío simplemente es. Sin embargo, en el quinto año de mi “década de hielo”, experimenté un error en mi programación inerte. Conocí a Elena.
Elena era conservadora de arte en el Museo Metropolitano. Era una mujer de una belleza serena, inteligente y con una profunda pasión por la historia que las imágenes ocultaban. Nos conocimos en la inauguración de una de mis propias retrospectivas. Ella no se acercó a mí con la adulación ciega de los demás. Se paró frente a mis fotografías y, con una voz suave, diseccionó el dolor y la precisión clínica de mi trabajo.
—Es fascinante, Mateo —me dijo aquella primera noche, sosteniendo una copa de champán—. Tus fotos están llenas de la emoción más pura y desbordante, pero la mirada detrás de la cámara es… gélida. Es como si Dios estuviera mirando llorar a los hombres bajo un microscopio.
Esa observación me atravesó, o al menos, rozó el cascarón en el que me había convertido. Comencé a frecuentarla. Al principio, fue una curiosidad intelectual. Quería saber si su aguda percepción podía llegar a ver el agujero negro que era yo. Luego, se convirtió en una necesidad rutinaria, una simulación de normalidad. Salíamos a cenar de noche, paseábamos bajo la lluvia, asistíamos a teatros oscuros. Yo imitaba los gestos del romance a la perfección. Sonreía cuando ella reía, la abrazaba cuando hacía frío, le regalaba flores que yo veía como meros arreglos de geometría orgánica.
Elena se enamoró de mí. O más bien, se enamoró del genio torturado que creía que yo era. Pensó que mi frialdad era una coraza para proteger un corazón demasiado sensible.
El desastre ocurrió durante unas vacaciones que Elena insistió en tomar. Fuimos a la Toscana, a una villa alquilada en medio de viñedos. Traté de evitar salir durante las horas centrales del día, alegando migrañas y sensibilidad a la luz. Pero una tarde, ella me sorprendió. Había organizado un picnic sorpresa en lo alto de una colina, justo antes de la puesta de sol.
Llegué caminando con mi sombrero y mi abrigo ligero. El sol toscano, aunque bajo, era fuerte y dorado. Elena estaba sentada sobre una manta de cuadros, sonriendo, bañada por esa luz que los pintores renacentistas veneraban.
—Quítate el abrigo, Mateo. Hace calor, relájate —dijo ella, levantándose para recibirme.
Me resistí, pero ella, riendo, tiró de las solapas de mi abrigo y me quitó el sombrero. La luz me dio de lleno. Me quedé inmóvil, paralizado por el terror frío que mi mente lógica procesaba como una advertencia de peligro inminente.
Elena dio un paso atrás, con la sonrisa congelándose en sus labios. Miró mis pies. Luego miró los suyos. Su sombra se alargaba sobre la hierba verde, una silueta oscura y reconfortante. Debajo de mis botas de cuero, el césped seguía brillando, iluminado, sin la más mínima interrupción de luz.
Parpadeó, confundida, frotándose los ojos.
—Mateo… —murmuró, su voz temblando ligeramente—. Qué efecto óptico más raro. Parece que… parece que no tienes sombra.
Mi mente trabajó a la velocidad de un superordenador.
—Es el ángulo del sol, Elena. La refracción en la ladera de la colina. Ven, siéntate, no te fijes en tonterías.
Me moví rápidamente para colocarme bajo la sombra de un gran ciprés cercano, envolviéndome en su oscuridad prestada. Elena pareció aceptar la explicación, pero la semilla de la duda había sido plantada. En las semanas siguientes, la vi observándome de reojo. Notaba cómo mi piel siempre estaba fría, incluso en verano. Notaba que mi pulso era lento y rítmico, como el de un reptil hibernando. Notaba que nunca sudaba, que nunca lloraba, que nunca mostraba un ápice de ira genuina o de alegría desbordante.
El final llegó una noche en el ático de Nueva York. Estábamos sentados en el sofá de cuero negro. Ella me miraba fijamente en la penumbra.
—No hay nadie ahí dentro, ¿verdad? —dijo de repente, con los ojos llenos de lágrimas—. Te he estado buscando, Mateo. Llevo dos años buscando al hombre detrás de esas fotografías increíbles. Pero no hay nada. Eres un abismo. No me amas. No amas tu arte. No amas nada.
—Elena, yo… —intenté formular una mentira piadosa, pero las palabras se secaron en mi boca. La verdad es que no sentía ningún dolor por perderla. Solo calculaba la molestia logística de tener que reorganizar mi vida sin ella.
Ella se levantó, recogió su abrigo y caminó hacia la puerta.
—Eres un monstruo, Mateo. Un fantasma hermoso y terrible. Espero que algún día encuentres tu alma, porque ahora mismo, estás más muerto que los cadáveres que fotografías.
La puerta se cerró. Me quedé solo en el silencio perfecto de mi apartamento insonorizado. Fui hacia la ventana y miré la ciudad que nunca duerme. Reflexioné sobre sus palabras. Tenía razón. Era un fantasma. Y el tiempo del fantasma se estaba agotando.
Capítulo IX: El Llamado del Vórtice y la Erosión del Tiempo
A medida que se acercaba el décimo aniversario de mi revelación en Ibiza, comenzaron los síntomas. No eran físicos; mi cuerpo, desprovisto de la energía vital que envejece a los hombres normales, se mantenía en un estado de preservación macabra. Sí, mi cabello se había vuelto gris, y líneas profundas habían aparecido en mi rostro, pero eran marcas esculpidas, no signos de debilidad. Me había convertido exactamente en el hombre del sombrero panamá que había visto en la Plaza de la Catedral. Yo era él. Él era yo.
Los síntomas eran temporales. Empecé a experimentar lo que solo puedo describir como un “deslizamiento” de la realidad. A veces, mientras caminaba por las calles de Londres o Tokio, veía a una persona con una cámara Leica M11 antigua, sudando, con expresión de pánico, mirándome fijamente. Cuando parpadeaba, el joven fotógrafo desaparecía. Eran ecos. El universo estaba tensando la cuerda elástica del tiempo, preparándose para cerrarse sobre sí mismo.
La compulsión de volver a Ibiza se volvió abrumadora. No era una decisión consciente, sino una atracción gravitatoria, similar a la que sienten las aves migratorias o las tortugas que regresan a la playa donde nacieron para desovar. Mi destino estaba escrito en la roca caliza de Es Vedrà y en los adoquines de Dalt Vila.
Cancelé todas mis exposiciones. Rechacé encargos multimillonarios de National Geographic y Vogue. Despedí a mi agente sin dar explicaciones. Vacié mis cuentas bancarias, transfiriendo millones a organizaciones benéficas en un acto mecánico que no me produjo ninguna satisfacción moral, solo la necesidad de limpiar mi pizarra material.
Hice una maleta pequeña. Un traje de lino oscuro. Un sombrero panamá. Y un billete de ida a la isla blanca.
Aterricé en Ibiza a principios de agosto. El calor me golpeó al salir del aeropuerto, exactamente como lo recordaba diez años atrás. La isla había cambiado. Había más hoteles de súper lujo, más tráfico, las discotecas eran aún más grandes y ostentosas. Pero la energía subterránea seguía intacta. El zumbido constante de la seducción y la desesperación.
Alquilé una pequeña habitación en las afueras, lejos de la ciudad amurallada. Pasé los primeros días simplemente existiendo, permitiendo que mi reloj interno se sincronizara con la línea temporal que estaba a punto de interceptar. Me pasaba las horas en silencio, preparándome para mi último acto de creación: la destrucción de mi yo pasado para garantizar la existencia de mi yo presente. La paradoja del depredador que se devora a sí mismo.
Conocía la agenda. La llevaba grabada a fuego en mi memoria, o más bien, en los metadatos de las fotografías que definieron mi carrera. Sabía exactamente dónde debía estar, y a qué hora.
La primera aparición fue en la playa de Ses Salines.
Caminé por la arena ardiente con mi traje oscuro y mi sombrero, ignorando las miradas estupefactas de los turistas en bañador. Me coloqué en el punto exacto, de espaldas al mar, sintiendo el sol implacable directamente sobre mí. Era el centro del encuadre. Y entonces, lo vi.
Allí venía. Mi yo de treinta y cinco años, corriendo, tropezando, desesperado, sudoroso. Pude ver el pánico en sus—en mis—ojos. Llevaba la Leica apretada entre las manos. Se detuvo. Levantó la cámara. Me miró a través de la lente.
Yo no me moví. Mantuve la postura rígida, antinatural. Dejé que mi mirada, llena del vacío y la desolación de una década sin alma, penetrara a través de las lentes de cristal y se clavara en su retina. Vi el momento exacto en que se dio cuenta de mi falta de sombra. Vi el terror primigenio desfigurando su rostro. Bajó la cámara, jadeando, y miró a la pantalla. En ese segundo de distracción, me di la vuelta y me mezclé con una multitud de jóvenes que salían de un chiringuito, desapareciendo de su plano visual.
La primera fase estaba completa. El virus había sido inoculado.
Capítulo X: El Bucle Se Cierra
Los días siguientes fueron una coreografía milimétrica dictada por el destino. Me posicioné deliberadamente en los fondos de sus fotografías. Me senté en la mesa de la esquina de la cafetería del puerto a las 11:00 AM, proyectando mi vacío mientras él fotografiaba el periódico y el café. Me escondí a medias tras el toldo del mercado de Dalt Vila a las 9:30 AM del día siguiente. Me paré estoico bajo las luces estroboscópicas de Pacha, inmune al trueno de la música y al frenesí de los cuerpos empapados en éxtasis y sudor.
Y para anclar la locura en su mente de forma irreversible, viajé a Cala Comte. Me deslicé en el continuo espacio-tiempo de sus memorias digitales, insertando mi presencia sin sombra en las fotografías que él ya había tomado una semana antes. Modificar el pasado digital fue sorprendentemente fácil cuando estás desconectado de las leyes de la física tridimensional; mi mera intención de estar allí alteró los píxeles en su tarjeta SD.
Finalmente, llegó la noche. La noche del cazador y la presa, que eran la misma persona.
Me paré frente al ventanal del bar de tapas en el puerto viejo. Esperé bajo la luz amarilla de la farola. Sabía que él saldría. Y salió. Estaba demacrado, al borde del colapso nervioso, con ojeras profundas y los ojos inyectados en sangre. Bebió cerveza. Suspiró. Abrió los ojos y me vio.
Le sonreí. No fue una sonrisa de burla, sino una mueca desgarradora de resignación. La sonrisa de un prisionero en el corredor de la muerte que ve llegar a su verdugo. Dejé caer mi cigarrillo y comencé a caminar lentamente hacia las sombras empinadas de Dalt Vila. Escuché sus pasos vacilantes detrás de mí, la curiosidad morbosa y el terror arrastrándolo hacia su perdición.
El ascenso hacia la Plaza de la Catedral fue un viacrucis invertido. Yo subía hacia mi final, y él subía hacia su oscuro comienzo. Llegué a la muralla y me quedé mirando el mar negro, aguardando. El viento nocturno era agradable, pero yo no sentía su frescura, solo calculaba su velocidad y dirección.
Escuché sus pasos detenerse a mis espaldas. Su respiración era agitada, un sonido animal en el silencio reverencial de la plaza frente a la catedral.
—¿Qué eres? —graznó. La voz sonaba tan lejana, tan inmadura, cargada de una emoción que yo ya no podía comprender.
No me giré de inmediato. Dejé que el silencio construyera la tensión narrativa perfecta.
—No es una cuestión de “qué”, Mateo —respondí, saboreando las palabras que habían estado encerradas en mi mente durante diez años—. Es una cuestión de “quién”.
Me giré lentamente y me quité el sombrero panamá. La luz de la luna llena me bañó. Vi mi propio rostro, joven y aterrorizado, cayendo hacia atrás sobre los adoquines. Vi su incredulidad, su pánico al reconocerse en el fantasma sin sombra que tenía delante.
Y entonces, pronuncié el discurso. Le recordé la plegaria en Es Vedrà. Le prometí el mundo. Le prometí la gloria eterna, las revistas, el dinero, la fama. Hablé con la elocuencia de una serpiente que ofrece la manzana, aunque yo mismo fuera la serpiente, la manzana y el idiota de Adán que la mordía.
—¿De… de verdad? —preguntó, y vi la chispa repulsiva de la ambición encendiéndose en sus ojos, venciendo al miedo. Qué frágil es la moralidad humana frente a la promesa del éxito.
Le expliqué el costo. Le hablé del alma, de la sombra, del precio de la luz perfecta. Le hablé del vacío que sería su única compañía durante los próximos diez años. Vi su intento de rebelión, su negativa cobarde cuando la realidad de la condena se hizo evidente.
—No… no lo haré. Me niego. Destruiré la cámara…
Era el momento. El universo contenía la respiración. Si yo no actuaba, la paradoja colapsaría, destruyendo ambas líneas temporales, borrándonos de la existencia. Tenía que transferir la maldición. Tenía que pasarle el testigo de la nada.
—Es demasiado tarde, Mateo —sentencié.
Me abalancé sobre él.
El impacto no fue físico. Fue una fusión metafísica. Al entrar en contacto con él, sentí una explosión atómica de sensaciones que me habían sido negadas durante una década. El terror crudo de su corazón galopante, el calor de su sangre fluyendo frenética por sus venas, el sudor salado en su piel, el dolor de sus rodillas al chocar contra la piedra, la furia, la confusión… ¡Estaba vivo! ¡Por una fracción de segundo, volví a sentir el ardor abrasador de la humanidad!
Fue el éxtasis más profundo y doloroso que jamás había experimentado. Devoré su alma como un hombre sediento que encuentra un oasis en el desierto. Me aferré a su sombra, absorbiéndola, robándole la empatía, los miedos y los sueños.
En ese choque monumental, las memorias se invirtieron. Mi década de vacío, los premios, la riqueza inútil y la soledad gélida se volcaron en su mente, sobrescribiendo su ingenuidad. Y su vitalidad, su chispa creativa desesperada, fue extinguida y succionada hacia el abismo que yo llevaba dentro.
El vórtice temporal alcanzó su clímax. La realidad se fragmentó en un caleidoscopio de luces y sombras.
Luego, hubo un estallido silencioso. Y la plaza de la catedral se quedó desierta de nuevo.
El bucle se había cerrado.
Capítulo XI: Más Allá del Bucle, La Existencia Sombría
Desperté.
No en el suelo de mi estudio. No. Ese era el destino del Mateo joven, ahora desprovisto de su sombra y listo para embarcarse en sus diez años de triunfo gélido y vacío fotográfico. El ciclo para él acababa de empezar.
Pero, ¿qué había pasado conmigo? El Mateo viejo. El que había entregado la maldición. Yo esperaba que al cerrar la paradoja, simplemente dejaría de existir, desvaneciéndome en la nada de donde había venido. Creía que mi papel en el teatro del universo había terminado.
Me equivoqué. El universo es mucho más cruel y eficiente en su reciclaje de almas perdidas.
Estaba de pie, pero el suelo bajo mis pies no era adoquín, ni arena, ni asfalto. Era roca pura, áspera, magnética. Abrí los ojos. El viento soplaba con una fuerza huracanada, aullando en mis oídos con el sonido de mil voces agonizantes.
No estaba en Ibiza. Estaba frente a Ibiza. Estaba en la cima de Es Vedrà.
La noche era oscura, pero podía ver perfectamente. Podía ver las corrientes de energía cruzando el mar, entrelazándose sobre la isla principal. Miré mis manos. Ya no eran sólidas. Eran translúcidas, formadas por un humo negro y espeso que se arremolinaba constantemente. Mi cuerpo físico se había desintegrado en la fusión. Ya no era un humano sin sombra. Me había convertido en la Sombra misma.
Un espectro atrapado en el vórtice magnético, condenado a observar el mundo de los vivos desde la distancia, para siempre.
Durante los primeros meses—o años, el tiempo carece de significado cuando no puedes morir—grité hasta que me di cuenta de que no tenía cuerdas vocales. Vagaba por las escarpadas paredes de roca de Es Vedrà, observando los yates llenos de turistas ricos, los barcos hippies que venían a meditar frente al islote, ignorantes de la presencia demoníaca que los observaba desde la cumbre.
Poco a poco, comencé a entender mi nuevo propósito. La entidad, el dios antiguo o el vórtice energético que habitaba en Es Vedrà, la fuerza que había escuchado mi súplica ebria hace diez años, no era un ser con mente o intenciones. Era simplemente una grieta en la realidad, un sumidero cósmico que se alimentaba de la ambición humana desmedida.
Y yo me había convertido en su agente. Su intermediario. Su cobrador de deudas.
Mi conciencia se expandió. Podía sentir las ondas de desesperación y ambición cruda que emanaban de la isla principal. Cuando un pintor arrojaba sus lienzos al fuego por frustración, yo lo sentía. Cuando un músico rompía su guitarra porque no encontraba el acorde perfecto, yo lo sentía. Y cuando un fotógrafo rogaba a los cielos por una imagen que lo hiciera inmortal… yo era convocado.
Comencé a viajar. No físicamente, sino desplazándome a través de las sombras proyectadas por la luna o las luces artificiales. Me convertí en una leyenda urbana en Ibiza. El Hombre de Humo. El Espectro de Ses Salines.
Observaba a las nuevas generaciones llegar a la isla con los ojos brillantes y el corazón lleno de hambre. Hambre de fama, de likes, de reconocimiento mundial. La mayoría eran mediocres y sus deseos eran superficiales; el Vórtice de Es Vedrà no se interesaba por ellos.
Pero de vez en cuando, sentía el tirón. La atracción innegable de un alma verdaderamente dotada, que estaba a punto de romperse y dispuesta a sacrificar su esencia por la grandeza absoluta.
Capítulo XII: El Eco de Es Vedrà y el Nuevo Contrato
Sucedió en una cálida madrugada de junio, casi quince años después de mi última transformación.
Estaba flotando sobre las murallas de Dalt Vila, observando el mar en calma, cuando sentí el latigazo electromagnético. Era puro, desesperado, empapado en lágrimas y alcohol. Me dejé arrastrar por la corriente invisible.
Me materialicé en una cala desierta, lejos de las zonas turísticas. Sentado sobre las rocas afiladas, con los pies colgando sobre las olas negras, había un joven. No tendría más de veinticinco años. A su lado, un cuaderno de bocetos empapado y una caja de acuarelas esparcida por el suelo. Estaba llorando amargamente, gritándole a la oscuridad del mar, justo en dirección a la silueta negra de Es Vedrà que se recortaba en el horizonte.
—¡Es inútil! —gritaba el chico, con la voz rota—. ¡Nada de lo que pinto tiene vida! ¡Son colores muertos! ¡Daría lo que fuera, mi propia vida, mi alma, todo, por poder pintar la luz tal como la veo en mis sueños! ¡Por ser recordado!
Sus palabras resonaron en mi ser incorpóreo como campanas de iglesia. Era el mismo eco. La misma estúpida e inocente condena.
Me condensé. Agrupé el humo negro y frío que me formaba hasta adoptar una silueta sólida, humanoide. Llevaba el recuerdo del traje oscuro y el sombrero panamá, esculpidos en oscuridad pura.
Aparecí detrás de él. El descenso drástico de la temperatura hizo que el chico dejara de llorar. Se estremeció, frotándose los brazos desnudos, y se giró lentamente.
Sus ojos se abrieron de par en par al verme. Intentó retroceder, pero estaba al borde del acantilado. Vio mi rostro, o más bien, la máscara imperturbable de sombras grises que ahora me servía de rostro. Y luego, su mirada bajó hacia el suelo iluminado por la pálida luz de la luna. Vio que yo no proyectaba ninguna sombra sobre las rocas. Yo era la sombra.
—¿Quién… qué eres? —tartamudeó, agarrando instintivamente uno de sus pinceles como si fuera un arma inútil.
Avancé un paso. No hubo sonido de pisadas. Me agaché a su altura, sintiendo la deliciosa y embriagadora calidez de su miedo, su juventud, su talento intacto.
—No es una cuestión de “qué”, muchacho —dije. Mi voz ya no era humana; sonaba como el viento rasgando la piedra, resonando directamente en el interior de su cráneo—. Es una cuestión de “qué deseas realmente”.
El chico tragó saliva, paralizado entre el terror y la fascinación mística.
—¿Eres… eres de la isla? ¿El espíritu de Es Vedrà?
—Soy el resultado de lo que estás pidiendo —le contesté, señalando su cuaderno de bocetos mojado—. Escuché tu plegaria. Sé que buscas la luz perfecta. La inmortalidad en el lienzo. El éxito que te sobrevivirá.
Sus ojos brillaron con esa chispa enfermiza. La misma que me destruyó a mí.
—¿Puedes… puedes dármelo? —susurró el chico, bajando el pincel defensivo. La ambición ya estaba envenenando su instinto de supervivencia.
No sentí pena por él. No sentí el deseo de advertirle o de detenerlo. El vórtice exigía ser alimentado, y yo era su boca abierta en la oscuridad. El ciclo eterno de la isla, del arte, del sacrificio, no podía detenerse. Siempre habrá alguien dispuesto a quemar su humanidad para convertirse en un faro en la oscuridad.
—Puedo darte los ojos de los dioses —dije, extendiendo una mano incorpórea y helada hacia él. La luna brilló a través de mis dedos espectrales—. Pintarás obras maestras que harán llorar a los reyes. Tu nombre será inmortal en la historia del arte. Capturarás el alma del mundo.
El joven artista miró mi mano tendida. Estaba temblando.
—¿Y cuál es el precio? —preguntó en un hilo de voz.
Esbocé una sonrisa que era un abismo devorador de luz.
—El precio es simple —susurré, mientras la silueta de Es Vedrà parecía vibrar al fondo, aprobando el trato—. Para capturar el alma de la luz en tus lienzos, solo necesito que me entregues la tuya. Solo necesito… tu sombra.
El chico vaciló un segundo, miró su propia sombra proyectada contra la roca, y luego, con la desesperación del que cree que no tiene nada más que perder, levantó su cálida mano humana y estrechó mis dedos de hielo puro.
Bajo el sol de Ibiza, o bajo su luna hipnótica, la oscuridad siempre encuentra una forma de cobrar su cuota. Y yo, el hombre que una vez fue Mateo el fotógrafo, estaré siempre allí, esperando en las esquinas donde la luz no alcanza, para cerrar el trato eterno.