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El Juramento en la Cumbre de Montserrat

Parte I: El Llamado del Abismo

El reloj de pie, una antigüedad de caoba que dominaba el lujoso despacho, marcó las tres de la madrugada con un tañido fúnebre. Barcelona, habitualmente un faro de vida inagotable, yacía ahogada bajo una tormenta atroz. Desde los ventanales de su ático en el Paseo de Gracia, Valeria Santoro observaba cómo los relámpagos desgarraban el cielo negro, iluminando por fracciones de segundo la silueta lejana de la Sagrada Familia, como el esqueleto de un gigante fosilizado.

Valeria, a sus treinta y ocho años, era la depredadora más temida de los tribunales españoles. Una abogada penalista cuya sola presencia en la sala hacía sudar frío a los fiscales más veteranos. No conocía la piedad, no creía en la justicia; solo creía en la ley, en los vacíos legales y en la arquitectura de una mentira perfecta. Mañana, a las nueve de la mañana, se enfrentaba al caso de su vida. Su cliente, Diego de la Vega, heredero de un imperio naviero, estaba acusado del brutal asesinato de tres mujeres. Todas las pruebas gritaban su culpabilidad. Y, sin embargo, Valeria tenía el as bajo la manga que lo dejaría en libertad antes del mediodía. El discurso de clausura estaba impreso, las coartadas fabricadas con precisión quirúrgica, los testigos silenciados. Todo era perfecto.

Hasta que el timbre del interfono sonó.

Un zumbido agudo, antinatural a esa hora, cortó el silencio de su despacho. Valeria frunció el ceño, apretando la copa de Rioja que sostenía. Su edificio contaba con seguridad privada las veinticuatro horas. Nadie subía sin su autorización explícita. Dejó la copa sobre el escritorio de cristal y caminó descalza hacia el panel de control.

—¿Sí? —preguntó, con voz firme, fría.

Solo hubo estática. Y luego, una voz. Una voz que sonaba como hojas secas aplastadas bajo una bota de cuero, un susurro que la paralizó por completo.

La deuda ha madurado, pequeña golondrina. La Moreneta llora lágrimas negras.

Valeria dejó de respirar. El cristal del panel pareció congelarse bajo sus yemas. Pequeña golondrina. Nadie la había llamado así en veinticinco años. Nadie vivo. Su corazón, normalmente un metrónomo de acero, empezó a martillear contra sus costillas con una violencia salvaje.

Retrocedió a trompicones, chocando contra una estantería y derribando una pila de expedientes. Documentos confidenciales, fotografías de escenas del crimen y transcripciones policiales se esparcieron por el suelo de madera de roble como un charco de sangre blanca. Sus ojos se clavaron en la puerta principal de roble macizo. Había algo allí. Lo sentía. El instinto primitivo que había enterrado bajo capas de trajes de diseño y arrogancia despertaba con un terror animal.

Se acercó lentamente, mirando por la mirilla. El pasillo estaba vacío, bañado en la luz amarilla y fría de las lámparas halógenas. Sin embargo, en el suelo, justo frente a su puerta, había un objeto.

Temblando, Valeria abrió la puerta. Una ráfaga de aire helado se coló en el apartamento, oliendo a ozono y a tierra mojada, a pesar de estar en un decimoquinto piso. Se agachó. Era una caja de madera de olivo, antigua, carcomida por el tiempo, atada con un cordón de esparto manchado de una sustancia oscura y seca.

Con los dedos entumecidos, la llevó al interior de su despacho. Al cortar el cordón y levantar la tapa, el olor a incienso viejo y a mirra rancia le golpeó el rostro. Dentro, sobre un lecho de terciopelo podrido, descansaba una réplica de plata de la Virgen de Montserrat, La Moreneta. Pero la estatua estaba deformada, fundida en parte, y alrededor de su cuello llevaba atado un hilo de coser empapado en sangre fresca. Sangre que aún goteaba, manchando el metal brillante.

Junto a la reliquia, un trozo de pergamino con una sola línea escrita en latín con una caligrafía irregular:

Sanguis pro sanguine. Montserrat te espera antes del amanecer.

El pánico se apoderó de Valeria. Un pánico visceral, asfixiante. Las paredes de su opulento ático parecieron cerrarse sobre ella. Las imágenes de su infancia, que había bloqueado con terapia y ambición, inundaron su mente como veneno negro. Un orfanato en las faldas de la montaña dentada. Una tormenta peor que esta. Una fiebre mortal que consumía sus pulmones de niña. Y el trato. El juramento hecho en la cripta prohibida, bajo la mirada impasible de los monjes de túnicas escarlatas que no pertenecían a la orden benedictina. Prometió salvar una vida que le sería designada en el futuro, a cambio de la suya propia. Una vida por una vida. Un juramento de sangre que no podía romperse en este mundo ni en el siguiente.

Miró el reloj. Las tres y cuarto. El juicio de Diego de la Vega comenzaba a las nueve. Si no se presentaba, su carrera estaría acabada, su bufete en la ruina, y su cliente iría a prisión de por vida. Pero si ignoraba el llamado… si ignoraba el juramento de Montserrat… sabía muy bien que la muerte que la reclamaría sería infinitamente peor que el simple cese del pulso. El precio de romper el pacto era la condena eterna de su alma, un tormento en las sombras que los monjes le habían mostrado en sus visiones febriles.

No tenía elección.

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