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Sasha Montenegro: El ASQUEROSO Pacto que López Portillo Firmó por Ella… 40 Años de Silencio

Sevilla, España. Semana Santa de 1984. Las calles están llenas de procesiones. Incienso, tambores, el peso lento de las tallas religiosas avanzando entre la multitud bajo el sol andaluz. Una mujer joven, de cabello oscuro y presencia que detiene conversaciones a media frase, ha decidido tomarse un descanso de la gira teatral que la trae por España.

Camina sola entre la gente, observando el espectáculo religioso con la curiosidad de quien no pertenece del todo a ese país, pero sabe reconocer la belleza donde la encuentra. De pronto, alguien grita su nombre, Sasha. Ella voltea y ahí está él, un hombre mayor, comporte inconfundible. La clase de presencia que hace que la gente, sin saber exactamente por qué, cambie de actitud cuando entra a una habitación.

¿Qué hace usted aquí?, le pregunta él. No, ¿qué hace usted aquí, señor?, responde ella. Ninguno de los dos lo sabe en ese momento, pero esa pregunta cruzada en medio de una procesión sevillana va a desatar 20 años de amor, escándalo, hijos nacidos antes de tiempo, una familia entera convertida en enemiga jurada, un infarto cerebral, un juicio de divorcio y una guerra final por una herencia que al terminar dejaría a esa misma mujer con las manos prácticamente vacías.

El hombre que la llamó por su nombre en esa calle de Sevilla era José López Portillo. Había sido hasta hace apenas dos años el presidente de México y todavía estaba casado. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primera, Sasha Montenegro se enamoró de este hombre cuando él todavía era esposo de otra mujer y tuvo dos hijos con él antes de que existiera ningún divorcio legal que hiciera ese amor menos escandaloso.

Segunda, la propia hermana del expresidente se convirtió desde el primer momento en la enemiga declarada de esta mujer y nunca, en ningún momento, de los 20 años siguientes, dejó de combatirla. Tercera. Cuando José López Portillo sufrió un infarto cerebral que lo dejó debilitado, fue su propia familia quien la acusó de maltrato y promovió en los tribunales un divorcio que ella nunca pidió. Cuarta.

Cuando todo terminó, cuando la muerte cerró finalmente ese capítulo, Sasha Montenegro fue reconocida legalmente como la viuda del expresidente de México y aún así salió de esa guerra familiar sin heredar prácticamente nada. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Y ahora guarda esta frase porque va a evolucionar contigo a lo largo de todo este relato.

Hay mujeres que conquistan a un hombre y hay mujeres que tienen que conquistar además a todos los que lo rodean. Alexandra Achimovic Popovic nació en 1945, hija de padre serbio y madre italiana en una Europa que todavía cargaba las heridas abiertas de la guerra mundial. Piensa en eso un momento. No nació mexicana.

no nació en el entorno del espectáculo nacional que terminaría adoptándola como una de sus figuras más icónicas. Nació en otro continente, con otro idioma materno, con una identidad que tendría que reconstruir por completo cuando la vida la trasladara, años después a un país que apenas conocía. Su familia emigró a México cuando ella todavía era joven y fue en ese nuevo país donde Alexandra se convirtió en Sasha Montenegro, el nombre artístico que la acompañaría durante toda su carrera, el nombre con el que el público mexicano la reconocería como una de las

mujeres más bellas e imponentes del entretenimiento nacional. Su carrera empezó en las fotonovelas, ese formato narrativo tan particular de la cultura popular latinoamericana que combinaba fotografía con melodrama escrito, consumido masivamente por públicos que no necesariamente iban al cine, pero que devoraban historias de amor y traición en formato impreso.

De ahí saltó al cine, donde encontraría tanto reconocimiento como controversia. Sasha Montenegro se hizo famosa, entre otras cosas, por aparecer en un desnudo de apenas 30 segundos en una de sus películas, algo que hoy, en términos de exposición mediática parecería completamente inofensivo, pero que en el México conservador de aquella época representó un escándalo considerable, el tipo de transgresión que marcaba a una actriz para siempre, dividiendo al público entre quienes la admiraban por su valentía y quienes la condenaban por

su atrevimiento. dualidad, admiración y condenas simultáneas acompañaría a Sasha Montenegro durante toda su vida pública. No sería la última vez que su nombre generara ese tipo de reacción polarizada en la sociedad mexicana. Trabajó en cintas que se convertirían en clásicos populares del cine mexicano de la época, Bellas de Noche, Pedro Navaja.

Su nombre se asoció con la categoría de bedet, ese término que en el espectáculo latinoamericano de los 70 y 80 describía a las mujeres que combinaban belleza física, presencia escénica y una sensualidad explícita que el cine, serio todavía no se permitía mostrar con la misma libertad. Para 1984, Sasha Montenegro ya era, sin ninguna duda, una de las mujeres más reconocidas del espectáculo mexicano.

Estaba de gira con la obra de teatro Nunca en domingo, llevando su carrera a escenarios internacionales, consolidando una trayectoria construida con trabajo constante en una industria que, igual que la mexicana, no siempre era generosa con las mujeres que decidían exhibir su cuerpo y su sensualidad sin pedir permiso a nadie.

Y del otro lado de ese encuentro casual en Sevilla estaba José López Portillo, un hombre cuya biografía representaba exactamente lo opuesto a la trayectoria de Sasha, no el mundo del espectáculo, sino el corazón mismo del poder político mexicano. José López Portillo había sido presidente de México de 1976 a 1982 en un sexenio marcado por el auge petrolero inicial y la crisis económica devastadora, que terminó por definir su legado de manera ambivalente.

El hombre que prometió administrar la abundancia y terminó administrando, en cambio, una de las peores crisis financieras de la historia moderna del país. Casado con Carmen Romano Nolk desde mucho antes de llegar a la presidencia, López Portillo había construido junto a ella una familia de tres hijos y había proyectado durante todo su sexenio la imagen institucional de un matrimonio presidencial sólido acompañado de la cultura, el refinamiento musical de Carmen Romano, reconocida pianista que llegó a dirigir la orquesta filarmónica

de la Ciudad de México y la solemnidad que se esperaba de la pareja gobernante de México. Pero en 1984, dos años después de dejar el poder formal, José López Portillo seguía casado con Carmen Romano cuando se encontró con Sasha Montenegro en una calle de Sevilla. Piensa en eso un momento.

El hombre que había gobernado México, que había representado durante 6 años la cara institucional más alta del país, que seguía cargando con el peso simbólico de haber sido el jefe de Estado, estaba en ese momento, en términos legales y sociales, casado con otra mujer. Y aún así decidió iniciar algo con Sasha Montenegro, que iría mucho más allá de un encuentro casual de vacaciones.

Sasha describiría después, en entrevistas concedidas años más tarde, que no hubo flechazo inmediato entre ellos. Lo que sí hubo, en sus propias palabras, fue una fascinación construida sobre la presencia del hombre. No era un hombre que dijeras guapo, pero era un señorón con mucha presencia, con una gran personalidad, obviamente con una gran cultura.

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