Lo que pasó en la mañana del 4 de junio de 1969 con el vuelo 704 de Mexicana de Aviación. Las fallas técnicas que nadie quiso reconocer del todo. La pregunta que todavía hoy no tiene respuesta clara y cómo Rafael Osuna terminó muerto en una montaña viajando para cumplir con sus compromisos deportivos y el olvido, el silencio imperdonable de un sistema deportivo que lo usó mientras pudo y que después de su muerte pasó la página como si ese hombre jamás hubiera existido.
Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender por qué el mejor deportista que México ha tenido en el tenis es hoy un desconocido para las nuevas generaciones. ¿Y qué dice eso de nosotros como país? Pero antes de todo eso, necesitas saber de dónde vino este hombre, porque la historia de Rafael Osuna no empieza en una cancha de tenis, empieza en una mesa de ping pong.

La delegación Cuautemoc, ese barrio vibrante y tradicional ubicado en el corazón mismo de la Ciudad de México, fue el lugar donde nació Rafael Osuna Herrera el 15 de septiembre de 1938. En una época en la que México buscaba consolidar su identidad como nación moderna después de los años turbulentos de la revolución, las familias de clase media como la de los Osuna encarnaban el esfuerzo diario, el trabajo honesto y la esperanza de un futuro mejor para sus hijos en un país donde las oportunidades todavía
no se distribuían de manera justa ni equitativa para todos. El tenis en aquel entonces era un deporte eminentemente elitista y exclusivo. No se trataba de una disciplina popular que se practicara en las calles, en los parques o en espacios públicos, como ocurría con el fútbol, el deporte que realmente unía a las masas mexicanas.
El tenis pertenecía a los clubes privados y selectos, a los hijos de familias acomodadas que podían costear raquetas importadas de alta calidad, lecciones particulares con entrenadores profesionales y horas ilimitadas de práctica en canchas de arcilla o césped perfectamente mantenidas y cuidadas. Rafael Osuna no provenía de ese mundo de privilegios.
Era simplemente un niño de familia normal y trabajadora, con lo necesario para vivir con dignidad y sin grandes privaciones, pero sin lujos, sin excesos y sin las comodidades que muchos daban por sentado. Creció en un ambiente familiar donde el deporte se veía como una actividad saludable, formativa y educativa, una forma de desarrollar el cuerpo y el carácter, pero nunca como una posible carrera profesional, como una fuente de ingresos o como un camino hacia la fama y el reconocimiento nacional.
Lo que sí tenía Rafael desde su más temprana infancia era un don invaluable que ninguna cantidad de dinero podría comprar ni ningún privilegio social podría otorgar. una capacidad atlética fuera de lo común, casi sobrenatural para un niño de su edad y de su entorno. Su cuerpo parecía responder con una precisión milimétrica y una rapidez asombrosa a las órdenes de su mente.
Poseía reflejos de felino, una coordinación extraordinaria y una velocidad de movimiento que dejaba boqueabiertos y hasta asustados a quienes lo veían por primera vez en plena acción competitiva. No importaba de qué deporte se tratara, fútbol, basketbol, tenis de mesa o cualquier otra disciplina que pusiera a prueba su agilidad, su explosividad o su capacidad de reacción bajo presión.
En todas ellas, Rafael Osuna destacaba de manera notable y consistente, como si su organismo hubiera sido diseñado específicamente para el movimiento atlético de alto rendimiento, para la persecución incansable de pelotas imposibles y para la ejecución de jugadas que requerían una sincronización casi perfecta entre el pensamiento rápido y la acción física inmediata.
Es algo que vale la pena recordar con especial atención porque marca el inicio de una trayectoria deportiva realmente única en la historia de México. Cuando apenas tenía 10 años de edad, Rafael Osuna logró la extraordinaria hazaña de coronarse campeón nacional de tenis de mesa de México en la modalidad de dobles.
Un niño de solo 10 años compitiendo y venciendo no a otros niños de su misma edad, sino a hombres adultos, jugadores experimentados y fuertes que lo superaban ampliamente en tamaño, en fuerza física y en años de práctica acumulada. Se convirtió así en el campeón más joven que jamás había ganado ese torneo nacional en toda su historia.
Un pequeño que apenas alcanzaba a ver por encima de la superficie de la mesa de ping pong logró imponerse con inteligencia, rapidez y determinación a rivales mucho mayores y más experimentados, demostrando una precocidad, un temple competitivo y una madurez que dejaban a todos los presentes sin palabras y llenos de admiración.
Ese mismo año, impulsado por esa misma madurez precoz y por ese talento natural que ya se manifestaba con claridad, se mantuvo durante varios años consecutivos dentro de la lista de los 10 mejores jugadores del ranking nacional en la modalidad individual de tenis de mesa y lo hizo hasta cumplir los 14 años de edad, consolidando su reputación como una de las promesas más brillantes del deporte de raqueta en el país.
El apodo que lo haría tan querido y reconocible en todo el país, el pelón, tampoco tiene su origen en las canchas de tenis ni en ninguna de sus hazañas deportivas posteriores. Nació de una tarde cualquiera en el puerto de Veracruz, cuando Rafael tenía alrededor de 10 años y esperaba pacientemente a su padre afuera de unas oficinas bajo un calor sofocante, una humedad pesada y un sol que parecía derretirlo todo.
Cómodo, impaciente y sufriendo por las altas temperaturas típicas de la costa, el niño tomó una decisión impulsiva y muy característica de su personalidad enérgica, decidida y un tanto rebelde. Entró a una barbería cercana y pidió que le raparan completamente la cabeza para librarse del calor insoportable.
Cuando su padre salió de la oficina y lo vio con la cabeza completamente afeitada, no lo reconoció de inmediato. La sorpresa fue enorme y la anécdota se volvió inolvidable para la familia. Desde ese preciso instante, familiares, amigos cercanos y con el paso de los años y los triunfos, todo un país entero comenzaron a llamarlo el pelón con cariño y familiaridad.
Un apodo nacido de la decisión espontánea de un niño que no aguantaba el calor veracruzano y que con el tiempo se convirtió en una parte inseparable de su identidad pública, haciéndolo más cercano, más humano y más querido por los aficionados que veían en él no solo al campeón invencible y al número uno del mundo, sino también al muchacho alegre, carismático, accesible y con una personalidad arrolladora que había detrás de todos los títulos y las victorias.
Pero ni el tenis de mesa ni el basketbol donde a los 15 años ya era el miembro más joven del equipo nacional de México, demostrando una vez más su precocidad y su versatilidad atlética, estaban llamados a ser el destino definitivo de Rafael Osuna. era un adolescente versátil, curioso y polifacético, que saltaba de un deporte a otro porque en todos ellos demostraba ser excepcional y todavía no había encontrado aquella disciplina que lo apasionaría de verdad, que le haría vibrar el alma y que definiría el rumbo de su
vida para siempre. Ese momento de claridad y de revelación llegó cuando fue convocado para representar a México en una serie de la Copa Davis, el torneo por equipos más importante y prestigioso del tenis mundial. El viaje lo llevó hasta Finlandia, un país lejano, frío y desconocido para un joven mexicano de clase media.
Y allí sucedió algo que no se puede explicar únicamente con lógica, con talento físico o con preparación previa. En su primer partido internacional de singles dentro de una serie de Copa Davis, Rafael ganó un punto crucial que ayudó a su equipo en la competencia. La emoción que experimentó en ese instante fue completamente nueva, distinta a cualquier sensación que hubiera sentido antes en el basketbol o en el ping pong.
Fue una alegría profunda, intensa, casi espiritual, una conexión inmediata y poderosa con el deporte que le hizo comprender en ese preciso segundo y con una certeza absoluta que el tenis era su verdadera vocación, el escenario donde su cuerpo, su mente y su espíritu por fin se alineaban en perfecta armonía y donde podía expresar todo su potencial de manera plena y sin límites.
El problema fundamental, no obstante, era que Rafael Osuna en realidad no sabía jugar tenis de la manera correcta, técnica y profesional que se requería para competir al más alto nivel internacional o para decirlo con más precisión y honestidad, jugaba, pero lo hacía de forma equivocada en casi todos los aspectos técnicos esenciales y fundamentales.
Su técnica era rudimentaria y estaba plagada de vicios adquiridos de manera autodidacta y sin la guía de un entrenador profesional. Agarres de raqueta incorrectos que limitaban el control y la potencia, movimientos de pies descoordinados a pesar de su velocidad natural, golpes descontrolados y sin la mecánica adecuada y una falta total de fundamentos sólidos que cualquier buen entrenador habría corregido desde los primeros días de práctica seria.
Su extraordinario atletismo, su velocidad y su capacidad de llegar a pelotas imposibles lograban compensar muchos de esos errores técnicos, permitiéndole ganar partidos contra rivales locales y nacionales gracias a su pura capacidad física, a su instinto competitivo y a su determinación inquebrantable.
Pero ese estilo improvisado, lleno de fallas técnicas y de vicios que se habían arraigado con el tiempo, no sería suficiente ni sostenible si aspiraba a medirse contra los mejores jugadores del planeta, aquellos que habían pulido su técnica desde la infancia bajo la guía de entrenadores expertos y que contaban con un juego completo y sin fisuras.
Para llegar a la cima de verdad, para convertirse en un contendiente serio y respetado a nivel internacional, necesitaba que alguien desarmara por completo su juego, identificara y eliminara uno a uno todos los vicios y lo reconstruyera desde los cimientos con paciencia, método, visión de futuro y una comprensión profunda de lo que ese diamante en bruto podía llegar a ser.
Y entonces apareció en escena George Tolly, el entrenador que transformaría para siempre el destino de ese joven talento mexicano. George Tolly era el director técnico de tenis en la Universidad del Sur de California, la prestigiosa USC con sede en Los Ángeles. En aquella época era considerado uno de los mejores y más agudos entrenadores del tenis mundial.
un hombre dotado de una capacidad casi intuitiva para detectar talento crudo y potencial oculto, incluso cuando este se presentaba envuelto en una técnica deficiente, en hábitos incorrectos o en una falta de fundamentos básicos. En su equipo universitario ya contaban con dos mexicanos de talento, Francisco Contreras e Ivesemaitre.
Fueron ellos quienes recomendaron con entusiasmo a Toley que le diera una oportunidad al joven conocido como el Pelono Suna. Le explicaron que el muchacho no dominaba todavía los fundamentos técnicos del tenis, pero que se movía por la cancha de una forma completamente distinta a cualquier otro jugador que hubieran visto, con una velocidad, una anticipación y una gracia en el desplazamiento que parecían pertenecer a otra categoría, a un nivel superior y casi inalcanzable para la mayoría.
Tolly decidió observarlo en acción durante una sesión de práctica y lo que presenció lo impresionó de tal manera que decidió plasmarlo por escrito para que quedara registrado para siempre en la historia del tenis mexicano. En sus notas posteriores dejó esta frase memorable y reveladora.
Todo lo que hacía en la cancha era fundamentalmente incorrecto, pero podía moverse como un dios. Esa observación captura con precisión la esencia misma de Rafael Osuna en aquel momento de su carrera. Un diamante en bruto de valor incalculable, lleno de fallas técnicas y de vicios que había que corregir urgentemente, pero dotado de un talento atlético puro, de una velocidad y una intuición para el movimiento que eran simplemente divinas, algo que ningún método de entrenamiento podía crear
desde cero y que solo se podía pulir, dirigir y potenciar con la guía experta y la paciencia de un gran entrenador. En 1958, cuando Rafael Osuna tenía 19 años de edad, la Universidad del Sur de California le extendió una oferta de beca completa para estudiar una carrera universitaria y competir al mismo tiempo en el equipo de tenis de la institución en Los Ángeles.
Para una familia de clase media como la suya, que no contaba con los recursos económicos necesarios para enviar a un hijo a estudiar al extranjero por cuenta propia, esa beca representaba mucho más que una simple oportunidad deportiva. Era la llave que abría las puertas a un futuro que de otra manera habría permanecido cerrado.
Educación de primer nivel en una universidad estadounidense de prestigio, exposición constante a la competencia internacional de alto nivel y la posibilidad real de desarrollar todo su talento bajo la tutela de uno de los mejores entrenadores del momento. Rafael no lo pensó dos veces y aceptó la oferta con determinación y con la ilusión de un joven que sabe que se le está presentando una oportunidad única en la vida.
Lo que sucedió a continuación constituye uno de los procesos de transformación técnica y personal más extraordinarios y mejor documentados en toda la historia del tenis mexicano. George Tley se embarcó en la tarea titánica de desmantelar por completo el juego de Ozuna, de identificar y eliminar uno a uno todos los vicios y malos hábitos que el joven había adquirido de forma autodidacta para luego construir desde los cimientos un tenis sólido, eficiente, técnicamente correcto y capaz de competir contra cualquiera en el mundo. Le enseñó a ejecutar la bolea con
la mecánica precisa y el timing perfecto. pie delantero bien plantado, el cuerpo equilibrado, el control exacto de la dirección y la profundidad del golpe. Le enseñó a utilizar su velocidad legendaria no como un simple recurso para compensar las deficiencias técnicas, sino como un complemento perfecto y letal de una mecánica de golpes pulida y eficiente.
le transmitió la convicción profunda de que el tenis no se juega únicamente con el cuerpo y con la potencia de los golpes, sino también y sobre todo con la inteligencia, la lectura táctica del rival, la anticipación de sus intenciones, la construcción estratégica de cada punto valen tanto o más que la fuerza bruta o la velocidad pura.
Y Rafael Osuna, que desde su niñez había demostrado una capacidad de aprendizaje acelerado, una disciplina férrea y una voluntad de superación fuera de lo común, absorbió cada una de esas lecciones como una esponja sedienta, integrándolas profundamente a su estilo personal hasta convertirlas en algo completamente suyo, único, inconfundible y letal para sus oponentes.
La clave del éxito que Ozuna alcanzaría más tarde en las canchas de todo el mundo radicaba en una combinación excepcional de atributos físicos, mentales y técnicos que muy pocos jugadores en la larga historia del tenis han logrado reunir al mismo tiempo en un solo deportista. En primer lugar estaba su velocidad de desplazamiento y de reacción, una cualidad que sus contemporáneos y rivales describían como aterradora, algo que no se había visto antes en ese nivel de la competencia profesional.
Esa velocidad no era un don fortuito o inexplicable. Tenía sus raíces más profundas en los años de práctica intensiva de tenis de mesa durante su infancia, cuando siendo un niño pequeño y de complexión menuda, tenía que correr alrededor de la mesa sin descanso para alcanzar los golpes potentes, rápidos y con mucho efecto que le lanzaban oponentes adultos mucho más grandes, más fuertes y más experimentados que él.
En esas condiciones tan exigentes y desiguales, había entrenado y desarrollado sus reflejos, su capacidad de anticipación y su velocidad de una forma que lo obligaba a ser más rápido que sus rivales, simplemente para poder mantenerse en el punto y tener alguna oportunidad de ganar. Cuando esa misma velocidad y esa misma capacidad de cobertura se trasladaron a una cancha de tenis de dimensiones mucho mayores, donde hay más espacio y aparentemente más tiempo para reaccionar, la ventaja
competitiva se volvió simplemente brutal e insuperable para la mayoría de sus oponentes. Podía llegar a pelotas que para cualquier otro jugador habrían sido imposibles. podía cubrir la cancha de lado a lado con una facilidad pasmosa y podía devolver golpes desde posiciones que nadie más alcanzaba.
En segundo lugar estaba su inteligencia táctica, su capacidad para leer el juego y para pensar varios golpes por delante de sus rivales. Ozuna era un jugador profundamente cerebral, un estratega nato dentro de la cancha. No era el más fuerte físicamente, ni el que impactaba la pelota con la mayor potencia o velocidad de salida.
Era, en cambio, el que pensaba más rápido que nadie, el que anticipaba los movimientos, los desplazamientos y las intenciones del rival. Varios golpes antes de que estos se materializaran, el que construía cada punto con la precisión y la lógica de quien resuelve un problema matemático complejo o una partida de ajedrez de alto nivel en tiempo real.
El tenis de mesa, con su velocidad endiablada, su necesidad de leer el efecto de la pelota en milésimas de segundo y su exigencia de anticipar constantemente la jugada del contrario, le había enseñado esa capacidad de lectura y de anticipación de forma magistral y casi inconsciente. En el tenis de cancha grande, esa misma habilidad se tradujo en una capacidad extraordinaria para desarmar a sus rivales con cambios de ritmo inesperados, con ángulos imposibles de prever y con una lectura global del juego que parecía casi
telepática. En tercer lugar, y no menos importante, estaba su dominio absoluto de la red y de la bolea. Ozuna se convirtió con el tiempo en un especialista consumado de la bolea y del juego de ataque desde adelante. Era un jugador agresivo por naturaleza que prefería acercarse a la red siempre que la situación lo permitía: cortar los ángulos de respuesta del rival, reducir drásticamente su tiempo de reacción y terminar los puntos de manera rápida, limpia y contundente.
No le gustaba especialmente enfrascarse en intercambios largos y extenuantes desde el fondo de la cancha, donde su potencia de golpe no era necesariamente la más alta del circuito. Le apasionaba atacar. presionar constantemente, adelantar su posición en la cancha y dominar el punto desde las posiciones delanteras. Con la técnica de bolea que George Tolly le había perfeccionado hasta niveles de excelencia casi artística, su juego en la red se convertía en una auténtica trampa mortal para cualquier rival.
llegaba a posiciones en la red donde ningún otro jugador se atrevía siquiera a intentarlo y desde ahí remataba los puntos con una precisión quirúrgica, con una variedad de golpes y con un control del ángulo y de la profundidad que hacían rugir a las gradas de pura emoción y admiración.
Durante todo su tiempo como estudiante y jugador en la Universidad del Sur de California, Rafael Osuna no se limitó exclusivamente al tenis y a la competencia deportiva. También se dedicó con seriedad y disciplina a sus estudios académicos. En 1963, en plena cima de su carrera deportiva y en el mejor momento de su tenis, Osuna logró graduarse con una licenciatura en administración de empresas.
Sacar adelante una carrera universitaria completa mientras entrenaba a diario. Viajaba constantemente a torneos y competía al más alto nivel internacional. Era una prueba de su carácter, de su capacidad de organización y de su compromiso con formarse como persona integral, no solo como atleta. Eso dice mucho de quién era realmente este hombre.
No era únicamente un deportista talentoso y exitoso. Era también una persona culta, formada, inteligente y con una visión clara de la vida más allá de las líneas blancas de la cancha de tenis. En esos mismos años universitarios, Rafael Osuna comenzó a acumular una serie de títulos que ningún otro tenista mexicano había logrado antes y que muy pocos lograrían después.
En 1961 se coronó campeón de dobles de la NSA, la Asociación de Universidades Estadounidenses que organiza las competencias deportivas colegiales más importantes del país. En 1962 repitió como campeón de dobles de la NCA y además se llevó el título de singles, demostrando su versatilidad y su capacidad para brillar tanto en individuales como en parejas.
en los años 1962 y 1963. Además, formó parte del equipo de la USConó campeón por equipos de la NCAA. Esos títulos colegiales que hoy pueden parecer lejanos o de menor relevancia comparados con los Grand Slams, en aquel momento representaban el trampolín perfecto hacia lo que vendría después, la exposición internacional, la experiencia contra los mejores jugadores universitarios de Estados Unidos y del mundo y la confirmación de que su talento, una vez pulido, podía competir y ganar contra cualquiera.
Y entonces llegó el verano de 1960, el momento en que algo completamente inesperado, algo que cambiaría para siempre la percepción del tenis en México estaba a punto de ocurrir. Wimbledon 1960, el torneo más antiguo y más prestigioso del mundo. La catedral del tenis, la hierba sagrada de Londres, donde los mejores del planeta se enfrentan cada verano desde 1877.
Rafael Osuna llega ahí con 19 años, sin historia internacional relevante, sin estar sembrado, sin que nadie fuera del entorno universitario de la USE supiera quién era. Llega con un compañero de cuarto en la universidad, el estadounidense Dennis Ralston. Dos jóvenes desconocidos que se meten en el cuadro de dobles de Wimbledon porque pueden, porque tienen el nivel para intentarlo, pero sin que nadie les dé posibilidades reales.
Lo que siguió fue uno de los momentos más sorprendentes de la historia del tenis de ese periodo. Ozuna y Ralston, la pareja no sembrada, la pareja que nadie había marcado en el calendario como amenaza, ganó Wimbledon en dobles. Derrotaron rival tras rival hasta llegar a la final y ganaron la final. Rafael Osuna, mexicano con 19 años, se convirtió en el primer mexicano en la historia en ganar un título de Grand Slam.
El primero en la historia de un país donde el tenis siempre había sido un deporte secundario sin tradición de grandes campeones. Piensa en eso un momento. El primer mexicano en ganar en Wimbledon. La cancha más famosa del mundo, el trofeo más antiguo del tenis. y era un chico de la delegación Cuautemoc, de una familia de clase media que empezó a jugar tenis en serio a los 16 años porque hasta entonces no sabía cuál era su deporte.
En México la noticia generó una reacción que hoy cuesta imaginar. El tenis no era fútbol, no tenía las masas del béisbol ni la historia del boxeo en este país, pero un mexicano ganando en Wimbledon era algo tan extraordinario, tan fuera de cualquier expectativa, que los periódicos lo pusieron en portada.
La gente que ni sabía que era Wimbledon empezó a conocer el nombre de Rafael Osuna. El pelón se había metido en la conversación nacional de golpe, pero lo de 1960 era solo el principio. Lo que vino en los años siguientes fue la construcción de una carrera que no tiene parangón en la historia del deporte mexicano en este deporte.
En 1962, mientras todavía era estudiante universitario, Ozuna ganó el US Open en dobles junto a Antonio Palafox, otro mexicano. Dos mexicanos ganando el US Open de tenis juntos, algo que no se había visto y que no se ha vuelto a ver. Ese mismo año, OSuna llevó a México a la final de la Copa Davis, el torneo por equipos más importante del tenis mundial.
Grábate esto. 1962, Copa Davis. México llegó a la final. El único país latinoamericano en la historia que había llegado a ese punto y fue Rafael Ozuna el que los llevó ahí. En el camino a la final, Osuna venció a Jan Eric Lunkis de Suecia. Venció al equipo de India en Madras en suelo indio. En una de esas series que se juegan en el país rival.
Venció a John Douglas de Estados Unidos con un marcador de 9 hasta si se hasta 3, se hasta 8, 3 hasta seis hasta uno en un partido de cinco sets que fue una exhibición de su resistencia y su carácter. El día de ese triunfo sobre Estados Unidos, el primero para México desde 1928, la gente lo sacó en hombros del estadio. La final de la Copa Davis 1962 fue contra Australia.
Un equipo que en esa época era el mejor del mundo con Rod Laver, Roy Emerson y Neil Frazer. Tres de los mejores jugadores de la historia del tenis. Todos juntos, todos en su mejor momento, todos representando a un país que había dominado la Copa Davis por más de una década. México perdió esa final 5 hasta cer.
No podía ser de otra manera, pero llegar ahí ya era un logro que ningún otro país latinoamericano había conseguido. Y en 1963 llegó el año más grande de Rafael Osuna. Escucha esto con atención. 8 de septiembre de 1963, Forest Hills, Nueva York. El West Side Tennis Club, el US Open de la época, que en ese tiempo se llamaba el campeonato nacional de Estados Unidos.
Rafael Osuna llega a la final como el cuarto sembrado del torneo. En el camino había vencido a Marty Riesen en cuartos de final. En semifinales derrotó a Chuck McKinley, que venía de ganar Wimbledon ese año. Y en la final, a 7 días de cumplir 25 años, se enfrentó al australiano Frank Freiling. Freiling era un jugador con un saque demoledor, media más de 1,90, tenía más de 80 kg y en ese torneo había demostrado que podía con cualquiera.
Había eliminado a Roy Emerson, número dos del mundo, en cuartos de final. Un oponente formidable para cualquier jugador del planeta. La final duró tres sets, siete hasta cinco, seis hasta cuatro, seis hasta dos. No fue un partido cerrado, fue una exhibición. Rafael Osuna, a sus 24 años, a días de cumplir los 25, dominó la final del US Open como si el estadio fuera su casa.
La velocidad, la inteligencia táctica, la red, todo funcionó junto ese domingo de septiembre de 1963. Ozuna se convirtió ese día en el primer mexicano en ganar el US Open en Singles, el primero. Y hasta hoy, más de 60 años después, sigue siendo el único. Nadie más lo ha repetido. Nadie más de México ha ganado el Campeonato Nacional de Estados Unidos en tenis.
Ese dato debería estar en todos los libros de historia del deporte mexicano, pero pregúntale a cualquier joven de 20 años hoy quién es Rafael Osuna. Y lo más probable es que no sepa decirte. Su hermana Elena recordó después que había llamado diario a los periódicos durante ese torneo para preguntar cómo le había ido al pelón.
Así se enteraban de sus resultados en Estados Unidos. No había internet, no había transmisión en vivo de los partidos, no había forma de seguir el torneo en tiempo real. Los familiares en México llamaban a las redacciones de los diarios para que les dijeran cómo iba su hermano. En México la noticia llegó en primera plana y a ocho columnas, todos los diarios.
Rafael Osuna, monarca en el campeonato de tenis de los EUA en Forest Hills. Osuna se consagra como el mejor tenista que ha dado México. La carta que le mandó el presidente de México fue pública, felicitándolo por su triunfo, por lo que significaba para el deporte del país. Era un héroe nacional. En un instante, la historia del tenis mexicano había cambiado para siempre.
Ese mismo año de 1963, la Federación Internacional de Tenis clasificó a Rafael Osuna como el número uno del mundo, el mejor tenista del planeta, el único mexicano que ha tenido ese título y todo en el mismo año. US Open en Singles, Wimbledon en dobles con Palaf, número uno mundial. Tenía 24 años y era el mejor del mundo.
Y también en 1963, ese mismo año cargado de triunfos, apareció en la portada del programa oficial de Wimbledon, el primer y único mexicano en aparecer ahí. Una imagen en la portada del torneo más famoso del mundo. Lo que siguió a los años de gloria fue un ciclo de más títulos, más torneos, más viajes.
En 1964, Wimbledon en dobles otra vez. En los años siguientes, semifinales del US Open, participaciones en los torneos más importantes del mundo. Una carrera que siguió produciendo resultados de alto nivel, aunque el pico de 1963 no se volvió a repetir con la misma magnitud, pero seguía siendo uno de los mejores del mundo.
Siguió representando a México en Copa Davis, seguía siendo el referente del tenis de su país. Y en los Juegos Olímpicos de México 1968, en su propio país, ante su propia gente, Ozuna ganó el torneo de exhibición de singles y el de dobles. El tenis no era deporte oficial con medallas en esa época.
No fue hasta Seú 1988 que regresó al programa olímpico. Pero las medallas de oro que le concedieron ese año de 1968 eran reales para él y para su familia. fue su última gloria en casa y fue también, aunque nadie lo sabía todavía, uno de los últimos capítulos de su carrera, pero lo mejor aún no había llegado, o más bien lo peor aún no había llegado.
Esta es la segunda revelación que te prometí, el precio que Rafael Osuna pagó por ser el único campeón que México tenía en el tenis. Grábate esto. Rafael Osuna no era un tenista profesional en el sentido económico que hoy conocemos. El tenis de los años 60 todavía vivía en la era Amateur, la era abierta. Cuando los torneos empezaron a pagar premios en efectivos significativos a todos los jugadores, comenzó en 1968.
Antes de eso, los grandes torneos como Wimbledon y el US Open eran torneos amaters en los que los jugadores no cobraban directamente por jugar. Había torneos profesionales separados, pero los grand slams eran para amaters. Esto significa algo concreto para entender la situación de Rafael Osuna. No era un deportista que estaba cobrando millones de dólares por sus victorias.
Sus ganancias directas del tenis eran limitadas. Lo que le daba el tenis era otra cosa. Fama, reputación, la posibilidad de representar a México en todos los escenarios internacionales. Y esa reputación era exactamente lo que el sistema deportivo mexicano necesitaba explotar. La Copa Davis era el eje de ese sistema.
México tenía en la Copa Davis la mejor vitrina internacional del deporte nacional en ese periodo y esa vitrina dependía completamente de Rafael Osuna. Sin Ozuna, México no era nadie en la Copa Davis. Con Ozuna, México era un contendiente real, un equipo que los mejores del mundo respetaban.
Así que el calendario de Copa Davis de Rafael Osuna era constante, implacable, sin respiro. Piensa en esto. Entre 1958 y 1969, Rafael Osuna acumuló 42 victorias representando a México en Copa Davis. 42 es el récord histórico de México en esa competición. Nadie ha ganado más partidos con la camiseta mexicana en Copa Davis que Rafael Osuna.
Pero esas 42 victorias no cayeron del cielo. Representan años de viajes, de ausencias, de partidos que se jugaban en todos los rincones del mundo, en cualquier época del año con cualquier condición climática sobre cualquier superficie. La Copa Davis en esa época no era como hoy. Era una competición que podía extenderse durante todo el año con series que se jugaban en el país del rival, a veces con superficies diseñadas específicamente para favorecer al equipo local. Si México tenía que ir a jugar a
India, iban a India. Si tenían que ir a Australia, iban a Australia. Si tenían que ir a Europa, iban a Europa. Y al frente de ese equipo, en el centro de esas series, siempre estaba Rafael Osuna. Escucha esto. El sistema deportivo mexicano de esa época no tenía la infraestructura que tienen las federaciones actuales.
No había departamentos de medicina deportiva que monitorearan la carga de trabajo de los atletas. No había nutricionistas, no había psicólogos deportivos, no había un protocolo científico de preparación y recuperación. Lo que había era la exigencia de que el campeón siguiera rindiendo, de que el número uno siguiera siendo el número uno, de que Rafael Osuna siguiera cargando sobre sus hombros toda la representación deportiva de México en el tenis.
No existe documentación pública de que Ozuna se quejara de manera formal de este sistema. No hay declaraciones suyas registradas en medios denunciando el agotamiento o la presión excesiva. Lo que sí existe es el registro histórico de una carrera con un calendario de torneos y compromisos que no paraba, de una Copa Davis que lo reclamaba cada vez que había una serie que jugar de los Juegos Olímpicos de 1968 en su propio país, donde también tuvo que estar.
Y lo que también existe es el registro de que unas pocas semanas antes del 4 de junio de 1969, Rafael Osuna protagonizó lo que sería su última gran actuación. En la Ciudad de México, México enfrentó a Australia en Copa Davis, el mismo Australia que los había aplastado 5 hasta cer en la final de 1962.
El mismo Australia que había dominado la Copa Davis durante años. Solo que ahora en 1969 en casa, México ganó. Ozuna ganó en singles. Os ganó en dobles. Fue la única victoria de México sobre Australia en la historia de la Copa Davis hasta ese momento. Australia llevaba 17 títulos de Copa Davis cuando México los venció.
La crónica de ese partido dice que miles de personas estaban en las gradas, que Osuna jugó de manera brillante, que fue la culminación de una carrera construida durante más de una década de sacrificios y trabajo. Fue el momento más alto de su carrera representando a México en equipo. Y no lo sabía nadie, pero fue su última actuación. Unas semanas después había compromisos que cumplir, había que seguir viajando.
Había un torneo en Monterrey y para llegar a ese torneo había que tomar un avión. Necesito que prestes mucha atención a lo que viene ahora. Esta es la tercera revelación que te prometí. Lo que pasó el 4 de junio de 1969. 4 de junio de 1969. Miércoles las 7:2 de la mañana. El aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México.
El vuelo 704 de Mexicana de Aviación sale con rumbo a Monterrey. El avión es un Boeing 727 hasta 64, matrícula XA CEL, bautizado con el nombre Azteca de Oro. Un avión con apenas 2 años de uso, entregado a Mexicana el 17 de enero de 1967. Impulsado por tres motores Turbofan Pratney Jo8D 7B. No es un avión viejo, no es un avión con historial de problemas, es relativamente nuevo.
A bordo van 72 pasajeros y siete tripulantes, 79 personas en total. Entre los pasajeros hay figuras notables. Carlos Alberto Madrazo Becerra, político de peso en el México de esa época, exgobnador de Tabasco, expresidente nacional del PRI, un hombre que en ese momento había comenzado un proceso para separarse de su partido y crear una alternativa política.
Un disidente del sistema. Viaja con su esposa Graciela Pintado y viaja Rafael Osuna, el pelón, el campeón que va a cumplir con sus compromisos tenísticos en Monterrey. El capitán del vuelo es Guillermo García Ramos, un hombre con experiencia, veterano de la Segunda Guerra Mundial, con historial en aviación militar y comercial, 15,000 horas de vuelo en aviones comerciales.
No es un piloto sin experiencia, no es alguien que no sabe lo que hace. 15,000 horas es una carrera larga. El vuelo de Ciudad de México a Monterrey dura aproximadamente una hora. Es una ruta corta, una de las más comunes de la aviación comercial mexicana. Sin incidentes, debería aterrizar en el aeropuerto internacional de Monterrey antes de las 8 de la mañana.
Lo que pasó en esa hora final es la parte de esta historia que tiene respuestas técnicas y preguntas que siguen abiertas. El aeropuerto internacional de Monterrey, S4 de junio de 1969 tiene un problema. Las condiciones climáticas son complicadas. Cielo nublado, niebla, lluvia ligera. El radio operador de turno en la torre de control, Miguel Ángel Vidal, describe un clima que alcanzaría los 38 gr cent ese día, con visibilidad reducida por las nubes.
No es un día ideal para una aproximación de aterrizaje en condiciones de instrumentos. Y hay otro problema, uno que agrava todo lo demás. Las grabadoras de la torre de control del aeropuerto de Monterrey no estaban operativas. No ese día llevaban más de un año sin funcionar. Las comunicaciones entre los pilotos y la torre de control tenían que registrarse manualmente.
Un radio operador tomando notas a mano mientras habla con un piloto que está descendiendo entre las nubes. Grábate este detalle. Las grabadoras de la torre de control de Monterrey llevaban más de un año sin funcionar cuando ocurrió el accidente. Eso significa que la reconstrucción exacta de lo que se dijo entre el capitán García Ramos y la torre de control ese miércoles por la mañana depende de lo que el radio operador recordó y anotó, no de una grabación que se pueda escuchar y analizar con precisión. Las grabaciones que sí
existen son parciales y de calidad limitada. Lo que se sabe a partir de los registros disponibles es lo siguiente. Poco antes de las 8 de la mañana, el vuelo 74 comenzó a comunicarse con la torre de control de Monterrey. El capitán García Ramos pidió información sobre el tráfico y las condiciones. La torre respondió que no había tráfico reportado en el área.
El avión empezó su descenso y en algún punto de ese descenso algo salió mal de manera irreversible. El informe oficial de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes de México determinó que el piloto no siguió la ruta adecuada de aproximación al aeropuerto. Específicamente, el reporte oficial señala que el capitán García Ramos voló sobre el BOR de Monterrey, el sistema de navegación por radio que sirve como referencia para las aproximaciones sin reportar a la estación terrestre y luego realizó un giro a la derecha, seguido de
otro giro a la izquierda en descenso continuo, manteniendo un curso de 260 gr, hasta que el avión impactó con el cerro de los tres picos en la sierra del fraile. Para aterrizar correctamente en el aeropuerto de Monterrey, los aviones rodean el aeropuerto por el lado derecho para tomar la pista de aterrizaje de norte a sur.
El vuelo 704 giró al lado equivocado y en descenso continuo, con visibilidad reducida, sin saber exactamente dónde estaba la montaña, el avión se internó en el terreno. Pero hay un elemento que complica la versión oficial del simple error de piloto. El BOR del aeropuerto de Monterrey había fallado.
La tripulación del vuelo 704, según los registros disponibles, aseguraba que estaba siguiendo una señal que aparecía en sus sistemas de navegación. Si el BR estaba fallando, si estaba enviando una señal incorrecta o desviada, entonces el capitán García Ramos podría haber estado siguiendo esa señal de buena fe, creyendo que estaba en la posición correcta cuando en realidad estaba volando hacia la montaña.
Eso cambia la narrativa del error de piloto. Un piloto que comete un error táctico es una cosa, un piloto que sigue el instrumento de navegación disponible y ese instrumento falla es otra cosa muy distinta. La pregunta de cuánta culpa corresponde al piloto y cuánta al sistema al estado del equipo técnico del aeropuerto nunca recibió una respuesta definitiva en el informe oficial.
Y luego está la otra versión, la que nunca se probó, pero que circuló y que todavía circula. Esto que te voy a contar ahora es importante entender cómo funciona. Es una versión que nunca fue comprobada, que fue señalada y debatida, pero que ninguna investigación confirmó. Carlos Alberto Madrazo, el político que también murió en ese vuelo, era en ese momento un disidente del PRI, un hombre que había intentado democratizar el partido desde adentro, que había perdido esa batalla y que en 1969 estaba en el proceso de separarse del
PRI para intentar fundar una alternativa política. En el México de ese año, gobernado por el partido Único con los métodos que usaban, eso podía ser peligroso. Se levantó la acusación que nunca fue comprobada de que el avión fue destruido intencionalmente por orden de altos mandatarios del PRI para eliminar a Madrazo.
Un atentado político que se llevó por delante a todos los demás pasajeros, incluyendo a Rafael Osuna, como daño colateral de un crimen de estado. Esta versión nunca fue probada. No hay evidencia documental que la sostenga definitivamente. La investigación oficial concluyó que fue un accidente de aviación por error del piloto, pero la teoría persiste porque hay elementos que no encajan del todo limpiamente.
el BOR con problemas, las grabadoras de la torre que no funcionaban, un político que representaba una amenaza para el sistema de poder y un accidente que eliminó a toda la gente que iba en ese avión sin dejar sobrevivientes que pudieran contar qué pasó exactamente. Lo que sí es un hecho verificado y documentado es lo que pasó en la montaña.
El vuelo 704 de Mexicana de Aviación impactó el cerro de los tres picos en la sierra del Fraile, a unos 30 km al norte de Monterrey, aproximadamente a las 7:58 de la mañana. El avión se desintegró en el impacto. Las 79 personas que iban a bordo murieron. Ninguna sobrevivió. Las condiciones del terreno hicieron que el rescate fuera extremadamente difícil.
Barrancas, bajadas pronunciadas, un acceso complicado. Los primeros restos llegaron a Monterrey el 5 de junio. Los peritajes comenzaron ese mismo día y el 4 de junio de 1969, a través de los periódicos y la radio, México se enteró de que Rafael Osuna, el pelón, el número uno del mundo, el único campeón de Gran Slam en la historia del tenis mexicano, había muerto en una montaña al norte de Monterrey.
Tenía 30 años, había ganado el US Open a los 24, había llevado a México a la final de la Copa Davis, había sido el mejor del mundo y acababa de protagonizar la victoria más importante de su carrera en Copa Davis y ahora estaba muerto. La portada de El Universal de ese 5 de junio de 1969 tiene la foto del avión destruido.
El titular Los nombres de los muertos. Rafael Osuna estaba en esa lista. Piensa en eso un momento. Esta es la cuarta revelación que te prometí. Lo que México hizo con la memoria de Rafael Osuna después de que murió. El olvido es la palabra correcta y es una palabra que duele más cuando la pones junto al nombre de este hombre.
Inmediatamente después de la tragedia hubo reacciones. Como siempre, hay reacciones. Los dirigentes del deporte mexicano expresaron su dolor. Los funcionarios hablaron de la pérdida irreparable. Los medios cubrieron el accidente y rindieron homenaje al campeón. Hubo palabras solemnes, declaraciones emotivas, promesas implícitas de que México no olvidaría a su mayor campeón en el tenis.
Y luego el sistema pasó la página porque en el deporte los muertos no venden boletos, no tienen patrocinios, no generan ingresos por transmisión de televisión, no traen públicos a los estadios. Lo que un deportista muerto puede hacer por una federación o por un sistema deportivo es muy limitado, especialmente cuando el deporte en cuestión, el tenis no tiene en México la base de aficionados masivos que tienen el fútbol o el béisbol o el boxeo.
Hay reconocimientos formales. El estadio de tenis del Centro Deportivo Chapultepec, donde Ozuna comenzó a golpear la pelota de niño, lleva su nombre desde 1969. Hay una estatua en la rotonda del Comité Olímpico Mexicano develada en 1979 por el presidente José López Portillo. Hay una Copa Ozuna que desde 1972 enfrenta anualmente a México y Estados Unidos en un torneo colegial.
Hay becas con su nombre. Hay reconocimientos en el salón de la fama del tenis internacional en Newport Roh Island, donde fue inductado en 1979. Hay una beca full bright que lleva su nombre. Escucha esto con cuidado. Todos esos reconocimientos son reales, no se pueden negar, pero hay una diferencia enorme entre los reconocimientos formales y la memoria viva, entre una estatua en un lugar que la mayoría de los mexicanos nunca visitan y el conocimiento popular de quién fue este hombre, entre un
nombre en un estadio y una generación que sabe la historia completa. En 2011, un artículo en expansión lo llamó El mejor jugador de tenis que nunca conociste. No lo llamó así por exageración ni por efectismo periodístico. Lo llamó así porque era verdad, porque más de 40 años después de su muerte, Rafael Osuna era un desconocido para la mayoría de los mexicanos fuera del mundo específico del tenis.
Un artículo en yucatán.com de 2023 lo describió directamente como un tenista olvidado del que solo quedan las amarillentas páginas de los periódicos de su época, un tenista olvidado. Eso es lo que México hizo con el único hombre que llegó a ser número uno del mundo en este deporte. Eso es lo que le pasó al único ganador de Grand Slam en Singles en la historia del tenis mexicano, el olvido.
¿Cómo pasa eso? ¿Cómo se olvida a alguien así? Hay varias razones que se pueden identificar y entenderlas no significa justificarlas. La primera es el tiempo. Os murió en 1969. Murió joven a los 30 años en plena carrera. No tuvo décadas de retiro donde hubiera podido construir una presencia pública continua, donde hubiera podido hacer comentarios en televisión, aparecer en eventos, dar entrevistas, mantener su nombre en la conversación.
murió y desapareció de golpe. Y cuando uno desaparece de golpe sin dejar una estructura de memoria activa, el tiempo hace su trabajo. La segunda es el contexto mediático. Ozuna estuvo en su mejor momento en la primera mitad de los años 60, antes de la televisión masiva de los deportes, antes de la cobertura global de los grandes lams, antes de internet, antes de cualquiera de los mecanismos que hoy permiten que un triunfo deportivo quede registrado en video, en datos, en estadísticas accesibles.
Las imágenes de Ozuna jugando son en blanco y negro, granuladas, escasas. No hay video de calidad de su final del US Open de 1963. No hay transmisión de los partidos que jugó en Copa Davis. La memoria visual de su carrera es limitada. La tercera es el deporte mismo. El tenis en México nunca tuvo la penetración masiva del fútbol.
No tiene las bases populares, no tiene los aficionados en todos los rincones del país, no tiene el arraigo cultural que hace que un campeón sea un campeón para todos y no solo para los que siguen ese deporte específico. Cuando el tenis produjo su único héroe histórico, no había un ejército de aficionados al tenis en México que mantuvieran viva esa memoria generación tras generación.
La cuarta, y esta es la más incómoda de reconocer, es la responsabilidad institucional. Las instituciones del deporte mexicano tienen una relación particular con la historia, reciben los beneficios de los triunfos cuando ocurren y después se preocupan poco por construir la memoria de esos triunfos para las generaciones que vienen.
Hay una estatua, hay un torneo con su nombre, hay reconocimientos formales, pero hay programas activos en las escuelas para que los niños mexicanos sepan quién fue Rafael Osuna. ¿Hay campañas de difusión que lleven su historia a las nuevas generaciones? ¿Hay un esfuerzo sistemático y constante para que cada mexicano joven sepa que su país tuvo al mejor tenista del mundo? Los hechos sugieren que no.
Lo que hay son las páginas amarillas de los periódicos de 1963 y 1969, las fotos en blanco y negro, la estatua en la rotonda olímpica que la mayoría de los mexicanos nunca ha visitado. Grábate esto. El US Open decidió hacer algo que México con todo su aparato institucional tardó más en hacer con la misma contundencia.
Cada 28 de agosto, el US Open celebra el día de Rafael Osuna. Flores, fotos, un homenaje anual en el estadio donde ganó. El torneo más importante de Estados Unidos rinde homenaje cada año al mexicano que lo ganó. En su propia casa, el recuerdo es más sistemático, más visible, más anclado en la cultura del evento que en el país que lo vio nacer.
¿Qué dice eso de México? ¿Qué dice de cómo este país trata a sus héroes deportivos? ¿Qué dice del sistema que lo necesitó durante 11 años de Copa Davis? que lo mandó a jugar en todos los rincones del mundo, que lo usó como bandera de la presencia mexicana en el deporte internacional y que cuando él murió a los 30 años en un avión camino a cumplir con sus compromisos, dejó que su nombre se diluyera en la memoria colectiva hasta convertirse en algo que solo los aficionados al tenis y los estudiosos del deporte conocen.
Rafael Osuna jugó su último partido de Copa Davis a finales de mayo de 1969. Victoria sobre Australia, el mismo Australia que años antes los habían barrido cinco hasta cero en la final del mundo y unas pocas semanas después estaba en el vuelo 704 camino a Monterrey a cumplir con sus compromisos, a seguir representando al país, a seguir siendo el pelón el que cargaba con todo.
30 años. Ese fue el tiempo que tuvo. En esos 30 años. Campeón nacional de tenis de mesa a los 10. Seleccionado nacional de basketbol a los 15. Beca Universitaria en los Estados Unidos a los 19, campeón de Wimbledon en dobles a los 21. Campeón del US Open en Singles a los 24, número uno del mundo a los 24, 42 victorias en Copa Davis, récord histórico de México.
Los Juegos Olímpicos de 1968 en su propio país, la victoria sobre Australia en su última Copa Davis y después la montaña y después el silencio. El tenis lo elevó, lo llevó desde las canchas del Centro Deportivo Chapultepec hasta la portada del programa de Wimbledon. Desde la mesa de ping pong de un campeonato nacional de niños hasta la cancha central de Forest Hills ante miles de personas.
Y ese mismo sistema del tenis, ese mismo mundo del deporte que lo había elevado, siguió exigiéndole hasta el final. siguió pidiéndole partidos, series, representación, viajes y el último de esos viajes lo mató. No hay nadie a quien señalar con el dedo de manera directa y decir, “Este hombre es responsable de la muerte de Rafael Osuna.
” El accidente del vuelo 704 tuvo causas técnicas que los investigadores determinaron, aunque con las dudas que ya conoces. No fue un asesinato planificado contra Ozuna. Fue una tragedia que lo atrapó mientras cumplía con lo que siempre había hecho. Representar a México donde se le necesitaba.
Pero el olvido sí tiene responsables. El olvido no es un accidente. El olvido es una decisión o la ausencia de una decisión. Es no construir la memoria. Es no invertir en que las nuevas generaciones conozcan la historia. es dejar que las páginas amarilleen y que las imágenes en blanco y negro se vuelvan cada vez más lejanas y más difíciles de conectar con alguien que tiene 20 años hoy y que creció viendo fútbol, basketbol, béisbol, boxeo y tal vez tenis en la televisión, pero nunca escuchó el nombre de Rafael Osuna
en la escuela, ni en ningún programa de televisión, ni en ninguna campaña que le dijera que México tuvo al mejor del mundo en ese deporte. Eso es lo que el sistema hizo. Usó a Rafael Osuna mientras vivía y lo dejó en las sombras cuando murió. Hay un par de personas que no lo dejaron en las sombras. Su hermana Elena Osuna de Belmar, que en 1990 publicó la biografía del pelón Rafael Osuna, Sonata en sed mayor, un libro que fue incluido en los museos del salón de la fama del Tenis Internacional, en el museo de Wimbledon
y en la biblioteca de la USC. Su sobrino Rafael Belmar Osuna, que ha seguido contando la historia de su tío a quien pudiera escucharlo. La familia mantuvo viva la llama que el sistema dejó apagarse y el Us Open, que cada 28 de agosto recuerda al mexicano que ganó su torneo con 24 años y que nunca regresó a defenderlo porque a los 30 estaba muerto en una montaña.
¿Cómo llegó hasta ahí? El ciclo es el de siempre en el deporte de alto rendimiento. Talento excepcional, sistema que lo capitaliza. Exigencia sin límite, sin pausa, sin que nadie se pregunte cuánto puede aguantar un ser humano con un calendario sin fin. Y al final una tragedia que podría haber tenido causas evitables si el sistema hubiera funcionado diferente.
Las grabadoras de la torre de control que llevaban más de un año sin funcionar, el Bor con problemas que nadie había resuelto, las condiciones climáticas complicadas que no frenaron el vuelo. Rafael Osuna no murió por sus propias decisiones. No fue una víctima de sus excesos. No fue una historia de autodestrucción en el sentido convencional.
Fue una víctima. de un sistema de aviación que tenía fallas que debían estar corregidas y de un sistema deportivo que lo necesitaba en todas partes al mismo tiempo y que no tenía mecanismos para protegerlo. Y después de muerto fue víctima del olvido, del silencio institucional, de la incapacidad de este país para construir la memoria de sus héroes deportivos de manera que trascienda generaciones.
Hoy el estadio de tenis del Centro Deportivo Chapultepec lleva su nombre. Hay una copauna que se juega cada año. Hay becas, hay una estatua, hay un homenaje en el US Open, hay la memoria de los que lo conocieron o de los aficionados al tenis que conocen la historia. Pero en la Conversación Cotidiana de México, Rafael Osuna es un desconocido.
En las escuelas no se enseña su historia. En los programas deportivos de televisión su nombre no aparece con la frecuencia que debería. Las nuevas generaciones de mexicanos, en su enorme mayoría, no saben que su país tuvo al número uno del mundo en tenis. No saben que ganó el US Open, no saben su nombre.
Eso es la sombra a la que lo condenó el sistema. De la gloria de Forest Hills al silencio de las páginas amarillas, del estadio que rugía en la Copa Davis a la estatua en un lugar que la mayoría no visita, del número uno del mundo al desconocido en su propia tierra, Rafael Osuna Herrera. Nació el 15 de septiembre de 1938.
Murió el 4 de junio de 1969, 30 años. El mejor tenista que ha dado México, el único número uno del mundo que ha tenido este país en este deporte. El único campeón del US Open and Singles, el hombre que llevó a México a la final de la Copa Davis, el hombre que ganó Wimbledon dos veces, el hombre que todavía hoy, más de 50 años después de su muerte, es en gran parte un desconocido para los mexicanos que nacieron después de que él murió.
El deporte lo elevó hasta lo más alto. El sistema lo usó mientras pudo y después de que la montaña se lo llevó, el olvido hizo el resto del trabajo. Si la historia de Rafael Osuna te enseñó algo que no sabías, si ahora entiendes lo que significa ser el único de tu país en un deporte y cargar con todo ese peso solo, si ahora ves la diferencia entre los reconocimientos formales y la memoria real que un país le debe a sus héroes, entonces haz algo por mí.
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Y mira lo que le hicimos después de que murió.