la claridad disponible. Ese hombre no es bueno para ti”, le decían. Pero Libertad no escuchó. fue el peor error de su vida con la contundencia de los errores que no necesitan que el tiempo pase para revelar que lo son, sino que empiezan a revelarlo casi inmediatamente desde el momento donde se cometen.
Emilio Romero era alcohólico, era ludópata, apostaba todo el dinero que Libertad ganaba y cuando bebía era violento con la violencia específica de los hombres, que no tienen ningún mecanismo de control sobre lo que hacen cuando el alcohol los pone en el estado donde ese tipo de hombre hace lo que hace. En 1927 nació Libertad Mirza, la única hija de Libertad.
Y Libertad pensó que tal vez la llegada de la bebé cambiaría algo en Emilio, que tal vez la paternidad produciría en él el tipo de responsabilidad que el amor y el matrimonio no habían podido producir. No fue así. Emilio siguió bebiendo, siguió apostando, siguió golpeando y libertad que tenía 19 años y una bebé que mantener no podía divorciarse porque el divorcio no era legal en Argentina en esa época.
Una vez que te casabas, estabas atrapada con la literalidad de ese concepto cuando no existe ningún mecanismo legal disponible para deshacer lo que se hizo. Así que Libertad hizo lo único que podía hacer, trabajar. trabajar sin parar para poder mantener a su hija, para poder sobrevivir, para poder existir en un sistema que no tenía ningún instrumento disponible para ayudar a una mujer en su situación, excepto el trabajo.
En 1930 protagonizó su primera película. En 1933 protagonizó Tango, la primera película sonora argentina. Y fue un éxito enorme, porque por primera vez el público podía escuchar esa voz en la pantalla grande y lo que escuchó lo dejó sin defensa frente a algo que era demasiado genuino para poder ignorarse. De ahí en adelante, Libertad se convirtió en la actriz más taquillera de Argentina.
Filmaba tres o cuatro películas al año, actuaba en el teatro, cantaba en la radio, grababa discos y todo el dinero que ganaba lo gastaba en mantener a su hija porque Emilio no aportaba nada. Todo lo que libertad generaba Emilio lo apostaba. Y cuando no había dinero para apostar, Emilio golpeaba a libertad con la regularidad de los patrones, que se repiten porque nadie con suficiente autoridad los interrumpe.
Pero en 1935, cuando Libertad tenía 27 años, algo llegó al límite con la contundencia de los límites que se alcanzan cuando ya no queda ningún espacio disponible para seguir sosteniendo lo que no puede seguirse sosteniendo. Estaban en Chile. Emilio había apostado y perdido y llegó borracho a la habitación del hotel y la culpó y empezó a golpearla.
Y Libertad, que llevaba años aguantando con la resistencia de quien no ve ninguna salida disponible en ninguna dirección, se quebró. Cuando Emilio finalmente se durmió, Libertad se levantó, fue al balcón y se tiró. se tiró del balcón de un hotel en Santiago de Chile porque prefería morir antes que seguir viviendo dentro de ese infierno.
Pero había un toldo debajo del balcón, un toldo que amortiguó la caída y libertad sobrevivió con heridas y huesos rotos, pero viva. Y cuando despertó en el hospital, tomó la única decisión que esa situación todavía tenía disponible. Se iba a separar de Emilio Romero. No le importaba que el divorcio no fuera legal.
No le importaba lo que dijeran los demás. Emilio no aceptó perder con la lógica de los hombres que confunden poseer con amar y que cuando lo que cree en poseer intenta irse responden con el único instrumento que conocen. Se llevó a Libertad Mirza, tomó a la niña de 8 años y se la llevó a Montevideo, Uruguay.
Si quieres ver a tu hija le dijo, tendrás que volver conmigo. Pero Libertad no estaba sola. Había un hombre que la había estado acompañando durante toda la batalla legal, que había visto el intento de suicidio, que había estado presente en los momentos donde presencia era lo único que se podía ofrecer. Se llamaba Alfredo Malerba. Era pianista.
formaba parte del trío que acompañaba a libertad en sus giras y estaba enamorado de ella de la manera en que se enamoran las personas que ven completamente a quien aman y que no necesitan que esa persona sea diferente de lo que es para poder amarla. Alfredo organizó lo que necesitaba organizarse. Un hidroavión de Buenos Aires a Montevideo, un grupo de amigos y el abogado de libertad encontraron donde Emilio tenía a la niña y la rescataron literalmente con todo lo que esa palabra implica cuando se la usa para describir algo que requirió
planificación y valentía y la disposición de pagar el costo de intervenir en algo que las personas sin esa disposición habrían preferido no tocar. Emilio no pudo hacer nada porque había cometido un delito y sabía que si intentaba recuperarla iría a la cárcel. Libertad recuperó a su hija y en 1945, después de 10 años de batalla legal, Emilio Romero murió y Libertad fue finalmente libre de ese hombre.
El 24 de diciembre de ese mismo año se casó con Alfredo Malerba, el hombre que la había salvado, el único hombre que nunca le había hecho daño. Y por primera vez en su vida adulta, Libertad era feliz con la completitud que tiene esa palabra cuando se la usa para describir algo que no existía antes y que ahora existe.
Pero esa felicidad duraría exactamente el tiempo que tardó en terminarse la filmación de una película que se estrenó en 1945. La cabalgata del circo, porque en esa película había una actriz secundaria que llegaba siempre tarde. Y un día libertad, la Mark decidió que ya había esperado suficiente. No te vayas.
Buenos Aires, Argentina, 1945. Estudios San Miguel. La cabalgata del circo era la producción más ambiciosa del cine argentino de ese año, dirigida por Mario Sofichi, uno de los mejores directores del país, con un presupuesto enorme para la época, con decorados elaborados y escenas de acción y un elenco de primer nivel encabezado por Libertad, la Marque y Hugo del Carril, las dos estrellas más grandes del cine nacional.
Era el tipo de película que se produce cuando una industria está en su momento más alto y que siente que puede hacer cualquier cosa que se proponga. Y en ese elenco entre los papeles secundarios estaba Eva Duarte. Eva Duarte tenía 26 años en 1945 y llevaba varios años intentando hacerse un lugar en el cine argentino con los resultados que produce el talento limitado cuando no está respaldado por algo más que el talento.
No era una gran actriz, no tenía la formación, ni la presencia, ni la capacidad de transformación que Libertad había desarrollado durante más de 20 años de trabajo constante, pero tenía algo que en el sistema donde ambas operaban valía más que cualquier talento disponible. Tenía al coronel Juan Domingo Perón. Su novio era el secretario de trabajo y previsión de Argentina, un hombre con poder real sobre los sindicatos, sobre la industria, sobre los mecanismos que decidían quién tenía acceso a qué.
Y Eva usaba ese poder con la eficiencia de quien entiende desde temprano que el poder no se desperdicia en las personas que lo tienen, sino que se usa para producir los resultados que esas personas necesitan que el poder produzca. Cuando el productor Miguel Machinandi Arena le explicó a Libertad que Eva Duarte estaría en la película, lo hizo con el lenguaje específico que se usa en los sistemas donde ciertas cosas no pueden decirse directamente, pero que tampoco pueden ignorarse completamente. Entra por un compromiso
especial. Libertad entendió perfectamente lo que eso significaba. significaba que Eva no estaba ahí porque ningún director con criterio artístico independiente la hubiera elegido para ese papel. Estaba ahí porque el sistema le había abierto la puerta con la eficiencia de los sistemas que saben perfectamente qué puertas abrir y para quién.
El rodaje comenzó y desde el primer día los problemas llegaron con la puntualidad que tienen los problemas que ya estaban presentes antes de que empezara nada. Eva llegaba tarde, no un poco tarde, con los minutos que cualquier persona puede perder en el tráfico de una ciudad grande, sin que eso produzca consecuencias significativas.
Llegaba dos, tr horas tarde, con la naturalidad de quien no tiene ninguna razón para considerar que el tiempo de los demás tiene el mismo valor que el propio y cuando llegaba no estaba lista. no sabía sus líneas con la solidez que se necesita para que una escena pueda filmarse. No había ensayado con la preparación que el rodaje requería.
La producción tenía que parar y esperar y reorganizarse alrededor de la ausencia de alguien que llegaba en un auto oficial del Ministerio de Guerra con chóer, como si el aparato del Estado argentino tuviera entre sus funciones prioritarias el traslado de una actriz secundaria a un estudio de filmación. Libertad llegaba en tren desde Buenos Aires hasta los estudios.
Caminaba por el camino de tierra, desde la estación hasta el set. Y llegaba a tiempo, siempre con la puntualidad de quien fue formada en la ética del trabajo por un padre anarquista que creía que el tiempo era la única propiedad verdadera de una persona y que desperdiciarlo equivalía a una forma de deshonestidad. Llegaba con el corsé puesto, ya maquillada, ya vestida.
lista para filmar en cuanto el director lo indicara. Y esperaba y esperaba y esperaba en su camerino sin poder comer, porque en cualquier momento Eva podía llegar y tendrían que filmar, y el corsé no permitía que nadie que lo llevara comiera con la tranquilidad de quien sabe que tiene tiempo suficiente para hacerlo.
Había algo en esa situación que iba más allá de la incomodidad profesional de quien tiene que esperar a un compañero impuntual. era la confirmación visual y cotidiana de una jerarquía que no tenía nada que ver con el talento, ni con el trabajo, ni con ninguno de los valores que Libertad había usado durante 20 años para construir lo que tenía.

Era la demostración de que en ese sistema, en ese momento específico, el poder del hombre equivocado valía más que dos décadas de trabajo genuino. Y Libertad lo veía todos los días. Todos los días el auto negro, todos los días Eva bajando sin prisa, todos los días la producción reorganizándose alrededor de esa ausencia con la eficiencia resignada de quien ya aprendió que así es como funcionan las cosas en ese entorno.
Y un día, después de esperar demasiado tiempo con demasiada presión acumulada en demasiados días consecutivos, Libertad salió de su camerino y le dijo lo que le dijo. No fue un golpe, no fue una cachetada como la leyenda popular exageró durante décadas para hacer la historia más cinematográfica de lo que ya era.
Fue una reverencia burlona y un comentario sarcástico pronunciado con una sonrisa que no era amable y con un tono que no dejaba ninguna duda sobre lo que estaba comunicando. La humilló frente a todo el set, la redujo, le recordó delante de todos que llegaba tarde mientras los demás llegaban caminando. Y todos en ese set, absolutamente todos, se quedaron callados con el silencio específico de quien está presente en un momento donde dos fuerzas que no deberían haberse encontrado directamente acaban de chocar y donde el resultado de ese choque
todavía no está determinado, pero donde todos los presentes ya saben que algo irreversible acaba de ocurrir, Eva no respondió en ese momento. Eva no era el tipo de persona que responde en los momentos donde responder produciría que el conflicto fuera visible y registrado por testigos que podrían repetir lo que escucharan.
Eva era el tipo de persona que escucha, que guarda y que espera el momento donde el instrumento que tiene disponible para responder sea suficientemente poderoso como para que la respuesta sea definitiva. Y el instrumento que Eva Duarte tenía disponible en 1945 todavía no era suficientemente poderoso, pero estaba a punto de serlo. Los ejecutivos de los estudios San Miguel le dijeron a Libertad que se disculpara, que pidiera perdón, que tratara de reparar lo que se había roto.
Le dijeron que la amistad de Eva Duarte podía ser beneficiosa para su carrera con la lógica específica de los sistemas, donde la neutralidad frente al poder que asciende equivale a una forma de oposición. Y libertad respondió con una frase que se haría famosa precisamente porque capturaba con exactitud el carácter de la persona que la pronunció.
Yo jamás me arrimé al sol que más calienta. No era solo orgullo, era la declaración de alguien que había construido todo lo que tenía con su trabajo y que no estaba dispuesta a deber ninguna parte de ese trabajo a ninguna conveniencia política independientemente del costo de no deberla.
fue el peor error estratégico de su vida, no porque la disculpa hubiera cambiado algo fundamental, sino porque la negativa a disculparse le quitó la única posibilidad teórica de que Eva la procesara como un problema resuelto en lugar de un problema pendiente. Y Eva Perón no dejaba los problemas pendientes. Eva Perón los resolvía con la completitud de quien tiene suficientes instrumentos disponibles para que la resolución sea definitiva.
El 17 de octubre de 1945, los trabajadores salieron a las calles de Buenos Aires y exigieron la liberación del coronel Perón, que había sido arrestado por otros militares. Lo lograron. Perón fue liberado y poco después ganó las elecciones presidenciales. Eva Duarte se convirtió en Eva Perón, la primera dama de Argentina, la mujer más poderosa del país.
Y lo primero que hizo cuando tuvo todo ese poder en la mano fue recordar exactamente lo que Libertad la Mark le había hecho en ese set de filmación. En los estudios San Miguel aquí llega la primera revelación que te prometí, la venganza de Eva Perón contra libertad. La marque no fue un decreto, no fue una orden firmada con membrete oficial del gobierno argentino, no fue ninguno de los instrumentos formales que los sistemas tienen disponibles cuando quieren castigar a alguien de manera que el castigo sea visible y rastreable.
Fue algo más eficiente y más difícil de combatir precisamente porque no dejaba rastro. fue el tipo de presión que opera a través de llamadas telefónicas que nadie transcribe, de conversaciones en pasillos que nadie registra, de miradas intercambiadas entre personas que ya entienden sin necesitar que nadie les explique lo que se espera de ellas.
De un día para otro, Libertad dejó de recibir llamadas de los productores. Los estudios que habían competido por ella durante años, de repente no tenían proyectos disponibles. Las radios que habían transmitido su música dejaron de invitarla. Los periódicos que habían cubierto cada una de sus apariciones públicas, como si fueran eventos de interés nacional, dejaron de escribir sobre ella.
Era como si libertad la Marc hubiera dejado de existir en el espacio público argentino, de la misma manera en que una persona puede dejar de existir en una conversación cuando alguien con suficiente autoridad en esa conversación decide que ese nombre ya no debe pronunciarse. Cuando Libertad preguntaba qué estaba pasando, nadie le daba ninguna respuesta directa.
No hay presupuesto para nuevas películas, le decían. La industria está en crisis, le explicaban. No es nada personal”, le aseguraban con el tono específico de las personas que están mintiendo, pero que confían en que la persona que escucha la mentira no tiene los instrumentos para probar que es una mentira.
Pero libertad sabía la verdad. Todos sabían la verdad. Libertad tenía la tapa. La tapa era el término del peronismo para el silencio impuesto, para la censura, que no se llama censura, porque no hay ningún documento que la formalice, pero que opera con la misma eficiencia que la censura formal, cuando todos los que podrían resistirla ya evaluaron el costo de hacerlo y decidieron que ese costo es demasiado alto.
Libertad todavía tenía un contrato pendiente con los estudios San Miguel, dos películas que debían filmarse según lo acordado. Los ejecutivos del estudio vinieron a verla y le dijeron con la incomodidad específica de quien tiene que ejecutar algo que sabe que no debería estar ejecutando. Lo sentimos libertad, pero no podemos cumplir el contrato.
Nos han puesto la tapa. Y con esa frase, sin ningún drama adicional, se terminó la carrera de libertad la marque en Argentina. la actriz más taquillera del país, la mujer que había filmado más de 20 películas y grabado cientos de canciones y llenado teatros desde Rosario hasta La Habana. Vetada por un comentario sarcástico pronunciado en 30 segundos, trató de arreglar las cosas, pidió reuniones con funcionarios del gobierno, intentó hablar con Eva directamente.
Nadie la recibía con la disponibilidad que las reuniones genuinas requieren. Y los que la recibían le decían que no había ninguna prohibición oficial, que no sabían de qué hablaba, con la frialdad de los sistemas que pueden negar su propia operación precisamente porque no tienen ningún documento que los incrimine. Libertad tenía 38 años.
Estaba en la cúspide de su carrera. Era la actriz más famosa de Argentina y de repente no podía trabajar en su propio país. No tenía ingresos. tenía una hija que mantener y tenía el conocimiento de que lo que le estaba pasando era una injusticia ejecutada desde el poder más alto disponible en ese momento y que no había ningún recurso legal disponible para combatirla porque el poder que la ejecutaba era también el poder que administraba los recursos legales.
En diciembre de 1945, un empresario cubano llamado Ciro de la Concepción llegó a Buenos Aires, enviado por un productor cubano que quería a Libertad para una gira. Libertad no quería irse de Argentina. Era su tierra, era su país, era el único mundo que conocía completamente, pero no tenía opción.
Necesitaba trabajar y en Argentina ya no podía hacerlo. Aceptó el contrato, pero había un obstáculo que Eva había colocado con la precisión de quien conoce exactamente qué instrumentos tiene disponibles para hacer que un problema se complique más allá del punto donde puede resolverse con facilidad. Para salir de Argentina en 1945, necesitabas un certificado de antecedentes penales.
Y cuando Libertad fue a buscarlo, descubrió que su expediente había desaparecido misteriosamente, como si Libertad la Marc nunca hubiera existido en los archivos de la policía argentina. Era otra forma de censura, más personal, más humillante, la borración de la prueba de que una persona existe en el registro oficial de un país.
Pero Alfredo Malerba tenía un amigo con los contactos correctos. No se sabe cómo se consiguió el certificado. No se sabe a quién hubo que sobornar ni qué favor hubo que cobrar. Lo que se sabe es que el 2 de enero de 1946 Libertad Lamarque y Alfredo Malerba tomaron un avión desde el aeropuerto de Morón y dejaron Argentina sin saber si algún día podrían volver, sin saber si lo que estaban viviendo era temporal o definitivo, sin ninguna certeza disponible, excepto la de que quedarse era imposible y que irse era lo único que tenía alguna forma de futuro en
cualquiera de las direcciones disponibles. La Habana, Cuba, 7 de enero de 1946. Miles de personas en el aeropuerto, carteles que decían bienvenida, libertad, flores, música, el tipo de recibimiento que confirma que lo que uno tiene no puede borrarse completamente, aunque alguien con suficiente poder haya intentado borrarlo, porque Eva Perón podía borrar a libertad la marca de la radio argentina y del cine argentino y de los periódicos argentinos, pero no podía borrarla de la memoria de millones de personas en toda América. latina, que
habían visto sus películas y escuchado sus canciones y que cuando se enteraron de que estaba en la Habana, salieron a recibirla con la lealtad específica del público que ama genuinamente a alguien y que no necesita que ningún sistema le diga a quién puede seguir amando. Fue ahí, en Cuba, donde Libertad recibió el apodo que la acompañaría el resto de su vida. La novia de América.
Ciro de la Concepción, el empresario que la había contratado, fue quien lo inventó y el público cubano lo adoptó de inmediato con la intuición de los públicos que reconocen cuando una descripción captura algo verdadero sobre lo que están describiendo. Porque libertad no era solo de Argentina, era de toda América con la amplitud que ese concepto tiene cuando se lo usa para nombrar algo que trasciende las fronteras que los gobiernos trazan en los mapas.
De Cuba fue a República Dominicana, luego a Puerto Rico, a Colombia, a Venezuela y en todos lados era recibida como lo que era una estrella de magnitud continental, alguien cuya presencia en un escenario producía el tipo de reacción que ningún productor puede fabricar con publicidad porque viene de algo que el público desarrolló durante años de exposición a lo genuino.
Y en todos lados la gente se hacía la misma pregunta que nadie en Argentina podía hacer en voz alta. ¿Por qué no está en su país? ¿Qué le pasó en Argentina? Y entonces llegó la oferta de México. El productor era nada menos que Luis Buñuel, el director español, que estaba trabajando en México y que quería a Libertad para protagonizar gran casino junto a Jorge Negrete, el actor y cantante más famoso del país.
Libertad aceptó. Y en 1946, a los 38 años, Libertad la Marc llegó a México, el país que se convertiría en su segundo hogar, el país donde viviría los siguientes 54 años, el país donde moriría No te vayas. Ciudad de México. 1946. México recibió a libertad la marque con los brazos abiertos con la generosidad específica de los países, que saben reconocer lo que llega a su puerta cuando lo que llega tiene el tamaño que tenía libertad.
Gran Casino se estrenó en 1947 y aunque la película no fue el gran éxito artístico que sus creadores esperaban, el público mexicano se enamoró de libertad, de su voz, de su presencia, de esa capacidad específica de producir lágrimas con una intensidad que la pantalla amplificaba en lugar de reducir. Y los productores mexicanos, que habían visto como el público respondía, empezaron a llamarla con la urgencia de quien descubre algo que necesitaba tener desde hace tiempo y que solo ahora está disponible.
Otra primavera en 1949, La Marquesa del Barrio en 1950, La Mujer Sin Lágrimas en 1951, Ansiedad en 1952, película tras película, éxito tras éxito, con los mejores directores del cine de oro mexicano, con las mejores estrellas del momento, Pedro Infante, Pedro Armendariz, Arturo de Córdoba y el público mexicano la fue adoptando como suya con la gradualidad de los procesos de adopción que ocurren cuando el afecto es genuino y cuando la persona adoptada también adopta el lugar que la acoge de maneras que van más allá de la
residencia física. En 1953 cantó a dúo con Pedro Vargas en la película Reportaje: “Cantaron historia de un amor, un bolero que se convirtió en un clásico con la rapidez de los clásicos que no necesitan tiempo para instalarse porque lo que contienen ya está instalado en el lugar donde van a alojarse en la memoria de quien los escucha.
” Recibió tres nominaciones al premio Ariel. No ganó ninguna, pero las nominaciones decían algo que ningún premio habría podido decir mejor, que México no la consideraba una invitada que actuaba en sus producciones, la consideraba una de las suyas con toda la pertenencia que esa expresión implica cuando se la usa con seriedad. Y Libertad resumió lo que estaba viviendo con una frase que se haría tan famosa como cualquiera de sus canciones.
La Argentina es mi tierra y México es mi cielo. Argentina le había dado el nacimiento. México le había dado la vida. No como un intercambio que uno hace conscientemente con plena conciencia de lo que está dando y lo que está recibiendo, como algo que ocurre cuando las circunstancias te llevan a un lugar donde lo que necesitabas estaba esperando, aunque tú no supieras que lo necesitabas, ni que ese lugar existía exactamente en esa forma.
Pero siempre había una tristeza que ningún éxito podía cubrir completamente. Siempre había un dolor que aparecía en los momentos donde la distracción del trabajo no era suficiente para que no apareciera. Argentina era su tierra. Rosario era el lugar donde había aprendido que el arte podía cambiar algo en las personas que lo recibían.
Buenos Aires era la ciudad que le había dado la primera oportunidad y no podía volver. No mientras Eva Perón estuviera en el poder, no mientras el peronismo administrara quién existía en el espacio público argentino y quién había dejado de existir. En marzo de 1947, su padre Gaudencio Lamarc murió en Argentina. Tenía 73 años.
Libertad tuvo que volver para el funeral, no para quedarse, solo para despedirlo. Llegó el día del funeral, volvió a salir de Argentina al día siguiente porque sabía que no era seguro quedarse, que el sistema que la había expulsado seguía funcionando exactamente igual que cuando se fue y que nadie en ese sistema iba a hacer ninguna excepción por ningún duelo personal, independientemente de lo que ese duelo significara para ella.
Ese fue el último día que Libertad vio a su padre, el último día que pisó su tierra natal de manera significativa durante 9 años y volvió a México a seguir trabajando, porque trabajar era lo único disponible cuando lo que uno necesitaría no está disponible. Aquí llega la segunda revelación que te prometí. Buenos Aires, Argentina.
26 de julio de 1952. Eva Perón murió. Tenía apenas 33 años. Murió de cáncer de útero después de un deterioro físico que el gobierno peronista intentó ocultar durante meses con la energía que los sistemas autoritarios dedican a administrar las narrativas sobre las personas que esos sistemas necesitan que sean percibidas de cierta manera.
Cuando Libertad se enteró en México, lejos de Argentina, lejos de todo lo que Eva le había hecho, libertad lloró. Eso es lo que nadie esperaba, que la mujer que había sido destruida por Eva Perón, que había sido forzada al exilio por Eva Perón, que había perdido su país por Eva Perón, llorara cuando Eva murió, pero Libertad lloró.
Y cuando le preguntaron por qué, respondió con la honestidad de alguien que no tiene ningún interés en construir una versión de sus emociones que sea más conveniente que la verdadera. Sentí mucha piedad por ella. Lamenté terriblemente los trajines que vivió su cadáver a lo largo de las décadas. Y es verdad, después de morir, el cadáver de Eva fue embalsamado con la precisión obsesiva que el régimen peronista aplicó al cuerpo de su líder muerta.
Luego fue robado durante el golpe de estado que derrocó a Perón en 1955. estuvo escondido durante 17 años en lugares diferentes, incluyendo un cementerio en Italia bajo un nombre falso. Fue devuelto a Perón en Madrid en 1971. Finalmente llegó a Argentina en 1974 y fue enterrado en el cementerio de la Recoleta, un calvario póstumo que duró dos décadas y libertad, a pesar de todo lo que Eva le había hecho, sintió compasión, porque Libertad entendía el sufrimiento.
Lo había vivido en demasiadas formas diferentes para poder mirar el sufrimiento de otra persona sin que algo en ella lo reconociera como algo real, aunque esa persona fuera la que la había destruido. Pero la muerte de Eva no cambió nada para libertad de manera inmediata. Juan Domingo Perón seguía siendo presidente.
El peronismo seguía en el poder y Libertad seguía vetada con la misma eficiencia que cuando Eva estaba viva, porque los sistemas que el poder construye tienen la propiedad específica de seguir funcionando, incluso cuando las personas que los construyeron ya no están disponibles para administrarlos directamente.
Fue hasta septiembre de 1955 cuando finalmente algo cambió de manera definitiva. Los militares argentinos ejecutaron un golpe de estado y derrocaron a Perón. Perón tuvo que huir al exilio en España y cuando Perón cayó, la prohibición sobre libertad se levantó con la velocidad de las prohibiciones que no tenían ninguna base formal y que por eso desaparecen sin ceremonia cuando lo que la sostenía deja de existir.
Libertad volvió a Argentina en 1955. Tenía 47 años, 9 años sin pisar su tierra natal. Buenos Aires había cambiado con todos los cambios que una ciudad grande experimenta en 9 años de historia densa. Argentina había cambiado, pero el público argentino no había olvidado a Libertad con la fidelidad específica de los públicos que amanexan genuinamente a quien aman y que no necesitan que nadie les diga cuándo dejar de hacerlo.
recibieron con los brazos abiertos con la calidez de quienes saben que lo que regresa era suyo, aunque hubiera estado ausente durante demasiado tiempo. Protagonizó Hello Doolly en Buenos Aires. Los teatros se llenaron todas las noches con el entusiasmo de un reencuentro que no es solo artístico, sino personal, como si cada persona en esa audiencia estuviera recuperando algo que le habían quitado sin pedirle permiso.
Y Libertad sintió algo que no había sentido en 9 años. El aplauso de su propia gente en su propio idioma, en su propia ciudad. Peru libertad no se quedó, volvió a México. Y eso es lo que muchos argentinos nunca terminaron de comprender completamente. ¿Por qué si podía volver, si la prohibición había terminado, si el público la quería de regreso, no se quedó? La respuesta es la tercera revelación de esta historia y es la más simple y la más dolorosa de todas.
Libertad no volvió porque ya no podía volver completamente, no porque hubiera ninguna prohibición legal que se lo impidiera, sino porque 54 años dejan una marca que ningún decreto puede borrar, porque México ya era su hogar de la manera en que los hogares que uno construye con trabajo y tiempo y afecto propio llegan a serlo con una profundidad diferente de los hogares donde uno nació que simplemente existían antes de que uno llegara.
Había filmado 45 películas en México contra 21 en Argentina. Había grabado cientos de canciones en México, había construido una vida, relaciones, una identidad mexicana que coexistía con la Argentina, pero que en términos de tiempo y de experiencia acumulada ya la superaba, y sobre todo en México nunca se había sentido una intrusa.
en Argentina había sido expulsada y los lugares que te expulsan, aunque después te abran la puerta de vuelta, nunca vuelven a ser completamente los mismos lugares que eran antes de la expulsión. Durante todas esas décadas en México, Alfredo Malerba fue su compañero constante. El hombre que la había salvado en Buenos Aires, siguió siendo el hombre que estaba presente cuando la presencia importaba.
viajaba con ella, manejaba su carrera, componía canciones para ella, incluyendo dos de las más famosas de su repertorio. Y aunque nunca tuvieron hijos juntos, construyeron algo que era genuinamente lo que el matrimonio puede ser cuando ambas personas que lo forman se ven completamente y no necesitan que el otro sea diferente de lo que es para poder estar juntos.
Pero en los años 80, Libertad y Alfredo se separaron después de casi cuatro décadas de matrimonio, sin escándalo, sin pelea pública, con la tristeza silenciosa de las separaciones que ocurren cuando dos personas que se amaron ya no tienen suficientes razones disponibles para seguir en el mismo espacio. Libertad se mudó a Miami.
compró una casa grande en Coral Gables con piscina y jardín y vivió ahí con ocho gatos a los que cuidaba con la devoción de quien encontró en los animales la compañía que ya no estaba disponible en las otras formas donde antes existía. En 1994, Alfredo Malerba murió. tenía 80 años y libertad.
lloró con la intensidad de quien pierde a alguien que fue genuinamente bueno con ella en un mundo que no siempre le había dado esa experiencia en abundancia, porque Alfredo había sido el único hombre en su vida que nunca le había hecho daño con la especificidad de ese, nunca cuando se lo usa para describir algo que fue consistente durante décadas en todas las condiciones disponibles.
Pero siguió trabajando porque trabajar era lo único disponible cuando lo demás ya no estaba. En 1998 protagonizó la usurpadora con Gabriela Spanic y fue un éxito enorme que millones de personas vieron en toda América Latina sin poder dejar de mirar. Y ahí estaba Libertad con 90 años todavía actuando, todavía trabajando, todavía presente en el único espacio donde siempre había sabido exactamente quién era.
Aquí llega la cuarta y última revelación que te prometí, la más impactante de todas. Ciudad de México, 30 de noviembre del año 2000. Libertad la mar, que estaba grabando escenas de su última telenovela Carita de ángel en los estudios de Televisa. Era un día normal de grabación. Tenía 92 años. Interpretaba la madre superior a Piedad de la Luz, una monja.
Y de pronto comenzó a sentir dolores fuertes en la espalda, dolores que no paraban y tuvo que detener la grabación. La llevaron al Hospital Santa Elena, bronquitis que se complicó en neumonía. Y el 12 de diciembre del año 2000, a las 5 de la mañana, Libertad L. Mark murió de un paro cardiorrespiratorio. Tenía 92 años.
murió en México, murió trabajando, murió haciendo lo único que siempre había sabido hacer y que nunca dejó de saber hacer, independientemente de todo lo demás que la vida le había presentado. Pero antes de ese día final, hubo un momento que resumía todo lo que su vida había sido y todo lo que México le había dado cuando Argentina se lo había quitado.
En el año 2000, poco antes de morir, Libertad recibió el Ariel de oro Honorífico. La ceremonia fue en el Palacio de Bellas Artes de México y cuando Libertad subió al escenario a recibir el premio, el público completo se puso de pie y aplaudió durante 10 minutos. 10 minutos sin parar con la unanimidad de los aplausos, que no son educados ni corteses, sino genuinos, del tipo que ocurren cuando el público está expresando algo que no tiene ninguna otra forma disponible para expresarse en ese momento, excepto esa libertad.
Lloró. Lloró de felicidad y de gratitud. Y tal vez lloró también por todo lo que había perdido, por Argentina, por los años que no pudo vivir en su tierra, por su padre, que murió mientras ella estaba en el exilio, por los teatros de Buenos Aires, donde comenzó todo, por Rosario, donde nació con el peso de un nombre que era un homenaje a una hermana muerta, por el tiempo que el poder le robó con una crueldad que no dejó ningún documento firmado, pero que produjo 54 años de consecuencias, pero sobre todo lloró de alivio.
Porque después de más de 70 años de trabajo, después de más de 800 canciones, México le estaba diciendo algo que Argentina nunca le había podido decir con esa contundencia, porque Argentina la había expulsado antes de que pudiera decírselo. Te reconocemos, te amamos, eres nuestra. Comparte este vídeo ahora mismo con alguien que necesite escuchar esta historia, con alguien que sepa lo que es construir algo con trabajo genuino y ver cómo el poder lo destruye por una razón que no tiene nada que ver con lo que uno
construyo. Y suscríbete si crees que las historias de las personas que pagaron el precio del poder sin haber buscado ese precio merecen contarse completas y sin filtros. El funeral de libertad la Marque en México fue multitudinario. Miles de personas fueron a despedirla. Artistas, políticos, fanáticos de múltiples generaciones.
México la despidió como a una de sus hijas, con la propiedad que ese término tiene cuando se lo usa para describir algo que va más allá de la residencia y el pasaporte y que incluye el afecto acumulado de décadas de presencia genuina. Y en Argentina la noticia fue primera plana con el reconocimiento tardío que los países aplican a las personas que expulsaron cuando esas personas ya no están disponibles para recibir ese reconocimiento directamente.
La victoria final de libertad la Mark sobre Eva Perón con la contabilidad de los vencedores y los vencidos que las historias simples requieren para tener un final satisfactorio. La victoria fue más profunda y más real que eso. Eva Perón murió a los 33 años. Su cadáver fue robado y escondido durante 17 años y arrastrado por varios países antes de encontrar un lugar permanente.
Libertad Lamar, que murió a los 92 años trabajando, haciendo lo que amaba en el país que la adoptó cuando el suyo la rechazó. En una de sus últimas entrevistas cuando tenía 90 años y un periodista le preguntó si pensaba en la muerte, libertad respondió con la claridad de alguien que ya no tiene ningún interés en construir respuestas más elegantes que la verdad.
Jamás pienso en ella. Es más, no le tengo temor. A esta altura de mi vida, todas las cosas feas ya las borré de mi mente. Yo nací artista y artista me voy a morir. De eso estoy segura. Y tuvo razón. Murió. grabando una telenovela a los 92 años. El legado de libertad la marque. Es todo eso simultáneamente. La actriz más taquillera de Argentina que fue destruida por un comentario sarcástico pronunciado en 30 segundos frente a la persona equivocada.
La mujer que sobrevivió a la violencia doméstica, al intento de suicidio, al rapto de su hija, a la batalla legal de una década, al exilio político, a la separación y a la viudez. y que después de todo eso siguió trabajando. La artista que encontró un segundo hogar en México cuando su primer hogar la expulsó y la voz que 54 años de exilio no pudieron silenciar porque el exilio puede impedirte trabajar en tu propio país, pero no puede quitarte lo que construiste con tu trabajo en cualquier otro lugar donde hayas podido hacerlo.
Hay algo que Libertad dijo en sus últimos años, en múltiples entrevistas y que produce algo específico en quien la escucha, porque revela exactamente el tipo de balance que una persona hace cuando ya tiene suficiente distancia de su propia vida para poder mirarla sin los filtros que la proximidad produce. Se lamentaba de no haberse quedado soltera toda la vida y cuando le preguntaban por qué, respondía que los hombres le habían traído más dolor que alegría.
Incluso los buenos, incluso Alfredo Malerba, que la había salvado y la había amado y que nunca le había hecho daño, al final también la había dejado. Y Libertad había terminado sola con sus gatos en Miami trabajando hasta los 92 años, porque el trabajo era lo único que siempre había estado disponible cuando todo lo demás se fue. Esa es la tragedia más honesta de toda esta historia, ¿no? Que Eva Perón la destruyó. Eso es la injusticia.
La tragedia es que una mujer que dedicó toda su vida al arte, que lo dio todo, que sobrevivió a todo, que construyó un legado que ningún poder disponible pudo borrar completamente, murió sola en un país que no era el suyo, con sus gatos, lejos de Rosario, lejos de Buenos Aires, lejos de Argentina.
Y sin embargo, y sin embargo, como ella misma dijo, nació artista y artista murió, y sus películas siguen siendo vistas, sus canciones siguen siendo cantadas, su voz sigue produciendo lo que siempre produjo en quien la escucha, lo mismo que producía cuando tenía 7 años. y su padre la subió a un escenario en Rosario.
Y algo en esa habitación cambió con la velocidad de las cosas que no necesitan preparación para ocurrir. La historia de Libertad, La Mark, es la historia de todos los que construyeron algo genuino y vieron como el poder lo destruía por razones que no tenían nada que ver con lo que habían construido. la historia del exilio con la dimensión humana que ese concepto tiene cuando se lo saca de los libros de historia y se lo coloca en el cuerpo de una persona específica que tuvo que vivir durante 54 años fuera del lugar donde quería vivir.
Y es la historia de la resistencia que no tiene la forma heroica que las narrativas del martirio requieren, sino la forma más humilde y más poderosa disponible, la de seguir trabajando, la de seguir cantando, la de negarse a dejar de existir aunque el poder haya decidido que uno ya no debe existir. Eso es lo que Libertad Lamarque hizo durante 92 años.
Y eso es lo que hace que su historia siga importando mucho más de 20 años después de que ella dejó de estar presente para contarla.