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JULIO CÉSAR CHÁVEZ: LO QUE LE HIZO A SALMA HAYEK (TERESA DE TELEVISA)

Salía a las 5 de la madrugada. Regresaba pasadas las 9 de la noche con las manos negras de aceite y con el cuerpo deshecho del trabajo en los rieles. Su madre se llamaba Isabel González. Planchaba ropa de otra gente por monedas. Tenía un fierro de carbón que calentaba sobre una hornilla de leña y planchaba camisas y pantalones desde antes del amanecer hasta después de medianoche. 11.

 Una casa de tres cuartos sin agua corriente, sin baño dentro de la casa, con un foco colgando de un cable como única iluminación. A ese niño que acaba de nacer lo van a llamar Julio César en honor al emperador romano. Porque su madre Isabel le había dicho a su padre Rodolfo que ese hijo iba a ser diferente, que ese hijo algún día iba a sacar a toda la familia de la miseria.

Su madre tenía razón, pero también iba a equivocarse de la peor manera posible, porque ese mismo niño que iba a sacar a sus padres de la pobreza iba a regresar 30 años después, con la cabeza destrozada por las drogas, con el cuerpo arruinado por el alcohol y con una pistola apuntándose la cabeza frente a la alberca de su propia mansión.

 Pero esa noche todavía estaba muy lejos. En esa casa de madera, a un lado de las vías del tren, lo único que se escuchaba durante el día eran los gritos de los 11 hermanos jugando en la tierra, los silvatos de las locomotoras pasando y la voz de Isabel González pidiéndole a sus hijos que se metieran a comer.

 El menor de todos ellos era un niño que se llamaba Omar. Recuerda ese nombre. Vas a entender por qué Omar tenía 4 años cuando ocurrió la primera tragedia de las muchas que iban a marcar a esa familia para siempre. Era una tarde de invierno. Isabel González estaba en la cocina preparando frijoles de la olla. El padre todavía no llegaba del trabajo y los hermanos mayores andaban afuera jugando al fútbol con una pelota de trapo.

 Omar, el menor de 4 años, salió a buscar a sus hermanos. Cruzó la calle de tierra frente a la casa y de la nada apareció un camión, lo envistió de frente. El cuerpo del niño voló por el aire, cayó del otro lado de la calle y se quedó tirado en el polvo sin moverse. Cuando los hermanos llegaron corriendo, ya no respiraba. Lo cargaron como pudieron hasta el hospital del Seguro Social de Ciudad Obregón.

 Los médicos lo conectaron a una máquina. Le dijeron a Isabel y a Rodolfo, “Noturas, que su hijo tenía muerte cerebral, que ya no había nada que hacer. Esa misma noche, la madre y el padre tomaron la decisión más dolorosa de sus vidas. Aceptaron desconectar al niño. Lo enterraron al día siguiente en el panteón municipal de Ciudad Obregón, sin lápida, porque no había dinero para comprarle una piedra.

Julio César tenía apenas 6 años de edad cuando vio bajar el ataúd aquella tumba y desde ese día algo dentro de él se rompió. 28 años después, cuando ya era el gran campeón mexicano, cuando ya era multimillonario, cuando ya tenía mansiones en tres países, su segunda esposa le iba a dar un hijo varón y él iba a tomar una decisión.

 le iba a poner Omar en honor a aquel hermanito muerto. Ese segundo Omar, el de la generación siguiente, también iba a terminar destruido, también iba a terminar tirado en otra cama de hospital tres décadas después. Pero a esa parte de la historia vamos a llegar más adelante, porque después de la muerte del hermano menor, la familia Chávez González quedó deshecha por dentro.

 La madre Isabel se encerró en la cocina y se pasaba las horas planchando ropa, sin hablar, sin mirar a nadie. El padre Rodolfo empezó a tomar y los hijos varones que quedaban salieron a buscar dinero, dónde fuera, cómo fuera. Ey, dos de los hermanos mayores, Rodolfo Hijo y Rafael, al que le decían el borrego, encontraron un gimnasio de boxeo en un terreno valdío.

 Cerca de la estación del tren. Era un local de adobe con un techo de lámina y un cuadrilátero hecho con cuerdas de manila amarradas a cuatro postes de madera. Ahí entrenaba a un hombre que después iba a cambiar la historia del boxeo mexicano. Sin saberlo, los dos hermanos, Rodolfo y Rafael empezaron a entrenar boxeo para ganar dinero en peleas amateur.

 5 pesos por combate, 10 pesos si ganaban. Y un día el hermano menor que les quedaba quiso ir con ellos. Ese niño tenía 9 años de edad. Se llamaba Julio César. El borrego. El hermano Rafael, lo agarró de la mano, lo llevó al gimnasio de adobe, le puso unos guantes prestados más grandes que su propia cabeza y lo subió al cuadrilátero por primera vez.

 En su vida recuerda esa imagen. Recuerda al hermano Rafael. El borrego subiendo al niño Julio César al cuadrilátero con unos guantes prestados, porque 42 años después ese mismo hermano, Rafael, el borrego, el que lo metió al boxeo, iba a aparecer muerto con cinco balas en una casa abandonada de Culiacán, Sinaloa.

 Y lo que verdaderamente pasó esa noche es algo que el gran campeón mexicano nunca se atrevió a contar, pero todavía falta mucho para llegar a esa madrugada. En el cuadrilátero de Adobe, el niño Julio César aprendió tres cosas antes de los 12 años. Aprendió a apretar el puño, aprendió a aguantar un golpe sin llorar y aprendió que cada vez que ganaba una pelea, su madre Isabel podía descansar una hora antes de planchar la siguiente camisa.

 Por eso peleaba, por eso aguantaba los golpes sin quejarse, porque cuando regresaba a casa con monedas en el bolsillo del pantalón, veía a su madre Isabel sentada en una silla de madera con el fierro de planchar caliente en la mano derecha, laillo de la re y le decía la misma frase: “Cada noche, madre, un día yo voy a comprarte una casa y nunca más vas a tener que planchar ropa de otra gente, en toda tu vida.

 Esa promesa, la que ese niño de 12 años le hizo a su madre en una casa de madera de Ciudad Obregón, cumpliéndola. Le iba a costar todo, le iba a costar el matrimonio, iba a perder la salud, iba a destruir a tres hijos varones y casi le iba a costar la propia vida. Pero esa promesa se la cumplió. 2 de mayo del año 1980. Ciudad Juárez, Chihuahua, Frontera con Estados Unidos.

 El niño que prometía sacar a su madre de la pobreza ya tenía 17 años cumplidos y subió por primera vez a un cuadrilátero profesional. Su rival se llamaba Andrés Félix. Era un peleador local con experiencia y nadie en el público apostó por el chamaco de Sonora. Pero algo extraño pasó esa noche. En el primer asalto, el joven de Ciudad Obregón aguantó.

 En el segundo asalto conectó dos derechazos. En el tercer asalto le abrió una ceja al rival. En el cuarto, en el quinto uno, el to. El to lo arrinconó contra las cuerdas y en el sexto asalto lo noqueó. El árbitro le levantó la mano al chamaco y por primera vez en su vida, Julio César Chávez González escuchó a una multitud gritando su nombre.

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