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ELIZABETH TAYLOR y Richard Burton: El amor que escandalizó al mundo

Sara lleva a Elizabeth a clases de danza, de dicción, de actuación. No porque Elizabeth lo pida, porque Sara lo decide. En casa de unos amigos, un productor de MGM ve a Elizabeth por primera vez. Tiene 8 años. Lleva un vestido blanco con lazos. Está sentada en una esquina mirando a los adultos con esa mirada que su madre ya conoce.

El productor se acerca a Sara y le pregunta si ha pensado en llevar a la niña a una prueba. Sara Taylor no ha pensado en otra cosa desde que nació Elizabeth. La prueba es en Universal. 1942. Elizabeth 10 años. Se sienta delante de la cámara y el director de casting le pide que cuente hasta 10. Solo eso. Elizabeth cuenta hasta 10.

Hay un silencio en la sala de proyección. Cuando ven el footage, no es la voz, no es la técnica, es lo que la cámara hace con su cara, una alquimia que no se aprende ni se enseña. La cámara la ama de una manera que hace que la gente en la oscuridad de una sala quiera seguir mirando sin saber exactamente por qué Universal la contrata.

Pero un ejecutivo decide que la nariz de Elizabeth no es del todo perfecta, que habría que estudiar la posibilidad de una corrección. Sara Taylor recoge a su hija y se va. Dos semanas después, MGM llama. MGM en 1943 es el estudio más poderoso de Hollywood. Lo que MGM toca se convierte en oro y lo que MGM compra deja de pertenecerse a sí mismo.

Elizabeth tiene 11 años cuando firma su primer contrato. Sara firma por ella. Como todas las madres de todas las niñas que el sistema ha necesitado a lo largo de los años. Lo que MGM descubre con Elizabeth es algo que no había visto antes con esa intensidad. La cámara no solo la ama, el público la ama a ella, no al personaje, a ella.

Hay algo en Elizabeth Taylor que hace que la gente en los cines sienta que la conoce, que es suya de alguna manera. Eso es un activo extraordinario y es también el principio de algo que va a definir toda su vida. Porque cuando el público decide que una persona le pertenece, no hay contrato que rescinda esa decisión.

Y entonces llegó la película que convirtió a una niña de 12 años en la estrella más querida de América y que le hizo comprender por primera vez lo que significa que millones de personas decidan que tu vida es también un poco suya. Si esta historia te está atrapando, suscríbete al canal. Aquí contamos las biografías completas que Hollywood nunca contó.

Y muchas de estas historias conectan entre sí, como vas a descubrir al final de este documental. 1944, Elizabeth tiene 12 años. MGM le da el papel protagonista en National Velvet. Los caballos son lo único que le interesa de verdad. El caballo asignado a la película, un semental llamado King Charles y Elizabeth desarrollan algo que el equipo no puede fingir ni dirigir.

El caballo la sigue por el plató. Cuando Elizabeth no está, el animal se pone nervioso. Cuando ella aparece, se calma. Hay una escena donde Velvet abraza al caballo después de ganar. No está en el guion. El director Clarence Brown la ve ocurrir entre toma y toma y le dice al cámara que ruede sin que Elizabeth se dé cuenta.

Esa escena está en la película definitiva. National Velvet se estrena en diciembre de 1944 y el éxito es inmediato. Las críticas elogian a Elizabeth Taylor. 12 años. Una presencia que llena la pantalla de una manera que ningún crítico termina de describir del todo. Pero lo que ocurre fuera de los cines es lo que cambia todo.

El público no habla solo de la película, habla de Elizabeth, de quién es fuera del personaje. Las cartas de fans llegan a MGM por miles, luego por decenas de miles. No es admiración artística, es algo más cercano a la obsesión. El público quiere entrar en su vida, quiere que su vida sea también un poco suya. Elizabeth tiene 12 años y no entiende del todo lo que está pasando.

Solo sabe que la gente en la calle la mira como si la conocieran de toda la vida, aunque ella no los haya visto nunca. Es una sensación extraña, como si hubiera una versión de ella que existe fuera de ella. Una Elizabeth Taylor que pertenece al mundo, aunque ella no lo haya decidido.

Lo que no sabe todavía es que esa sensación va a ser el paisaje de toda su vida. Y entonces Elizabeth Taylor cumplió 17 años y MGM entendió que ya no tenía una niña y el mundo, en cuanto lo vio, reclamó eso también como suyo. 1950. Beverly Hills, una casa grande con jardín y piscina y flores blancas en cada habitación.

Es el día de la boda de Elizabeth Taylor con Conrad Hilton Jr. Elizabeth tiene 18 años. Conrad tiene 23. El vestido es de Helen Rose, diseñadora de MGM, con cola de 4 m que tres asistentes tienen que manejar para que no se arrugue entre las sillas de la iglesia. Los fotógrafos están en la calle desde las 6 de la mañana. La boda es el evento social del año en Los Ángeles.

El estudio ha coordinado la cobertura con la precisión de una campaña de marketing porque en cierto modo lo es. Elizabeth Taylor casándose vende portadas en 40 países. Dentro de la iglesia, Sara Taylor observa a su hija desde la primera fila. Elizabeth está radiante. Es objetivamente la mujer más hermosa en un espacio lleno de mujeres hermosas y lo sabe y lo lleva con una naturalidad que ya a los 18 años resulta extraña de ver.

La ceremonia dura 20 minutos. La luna de miel dura dos semanas y entonces algo cambia de un día para otro. Elizabeth no lo habla con nadie durante semanas, no con Sara, que pregunta con esa pregunta que no es pregunta sino presión, se lo guarda. Pero hay una noche, tres meses después de la boda en que Elizabeth está sentada en el cuarto de baño de la casa que comparte conrad con la puerta cerrada con llave y el agua del grifo abierta para que no se oiga nada desde fuera.

Tiene un moretón en el brazo que el maquillaje del rodaje cubre sin dificultad. Ha aprendido qué tipo de mangas esconden, qué tipo de marcas. Se mira en el espejo del baño. Afuera en el salón, Conrad está con sus amigos. Se oye el hielo en los vasos, las risas, la televisión encendida. Elizabeth abre el grifo un poco más.

8 meses después del día en que las revistas publicaron las fotos del vestido de 4 metros, Elizabeth pide el divorcio. Conrad Bebe es violento. Lo que parecía desde fuera el matrimonio perfecto es desde dentro algo completamente diferente. Los periodistas cubren el divorcio con la misma intensidad con la que cubrieron la boda.

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