Y esos soldados cruzaron el océano con el virus adentro, lo llevaron a Francia, a Inglaterra, a toda Europa y el virus mutó. se volvió más letal, [música] más rápido, más hambriento. Para agosto de 1918 ya estaba en los puertos del mundo y México tiene puertos. El virus llegó a México en septiembre de 1918. Entró por Veracruz, [música] por Tampico, por los mismos puertos por donde México le vendía petróleo al mundo y por donde el mundo le mandaba telas, maquinaria y noticias de la guerra.
Los primeros casos se reportaron en la prensa a finales de septiembre. Los periódicos de la Ciudad de México los describieron con distancia, como si fuera un problema de allá, de Europa, de los países que se estaban destrozando en las trincheras. Algo lejano, algo que le pasaba a otros. El gobierno de Carranza no decretó cuarentena, no cerró puertos, no canceló el movimiento de personas en los ferrocarriles, los mismos ferrocarriles que conectaban Veracruz con la capital y la capital. con todo el país. ¿Por qué?
Porque el gobierno tenía una revolución que terminar, [música] tenía generales con ejércitos propios que controlar. Tenía una constitución nueva que implementar. Paralizar el país por una gripe que sonaba lejana. En medio de todo eso era impensable. Así que los trenes siguieron corriendo y el virus viajó con ellos de Veracruz a Puebla, de Puebla a la Ciudad de México, de la Ciudad de México a Guadalajara, a Monterrey, a Oaxaca, a cada pueblo al que llegaba el ferrocarril y de cada pueblo con ferrocarril a cada rancho y cada
comunidad de los alrededores, [música] llevado por arrieros, por comerciantes, por trabajadores que volvían a casa sin saber que traían la muerte adentro. Para la primera semana de octubre ya había casos en la ciudad de México. Para la segunda semana los hospitales empezaban a llenarse. Los médicos describían algo que nunca habían visto.
Pacientes jóvenes y fuertes que llegaban caminando con fiebre y dolor de cabeza y que 48 horas después aparecían con los labios morados, ahogándose desde adentro, como si alguien les hubiera llenado los pulmones de agua mientras dormían. Y aquí estaba lo más aterrador de todo. Las gripes anteriores mataban principalmente a los viejos y a los niños pequeños, a los más débiles.
Siempre había sido así. Así lo esperaban los médicos, así lo esperaban las familias. Esta era diferente. Esta mataba sobre todo a los adultos sanos, a los jóvenes de 20 a 40 años, [música] a los más fuertes. Era como si el virus eligiera a propósito a los que más falta le hacían a cada familia.
Los viejos y los niños sobrevivían más. Los padres de familia morían, los que trabajaban la milpa morían, los que cargaban el agua morían, los que llevaban el gasto a casa morían, los que construían las casas morían. Las madres jóvenes morían y dejaban hijos pequeños sin saber quién los iba a criar.
Y el cuerpo no podía hacer nada porque el virus llegaba tan rápido y tan fuerte que lo destruía por dentro antes de que hubiera tiempo de pelear. El Consejo de Salubridad publicó recomendaciones que la gente se lavara las manos, que ventilara sus casas, que evitara los lugares concurridos, que no escupiera en la calle.
Recomendaciones escritas en periódicos para una población que en su mayoría no sabía leer. Recomendaciones de lavarse las manos para gente que caminaba kilómetros para cargar un cántaro de agua. Recomendaciones de ventilar las casas para familias que vivían en jacales de adobe sin ventanas. Porque el frío de la sierra se metía por cualquier rendija.
Recomendaciones de evitar lugares concurridos para gente que vivía ocho [música] en un cuarto y trabajaba hombro con hombro en los campos y en los talleres. Llegaron tarde, llegaron mal y llegaron para gente que no tenía los medios para seguirlas, aunque hubiera querido con toda su alma. Nadie cerró nada, nadie paró nada.
Nadie tomó la decisión que habría salvado miles de vidas. Y octubre llegó. Octubre de 1918, el mes más mortífero que México ha vivido en toda su historia registrada. En la Ciudad de México, el 1 de octubre, los periódicos todavía hablaban de la gripe como de algo manejable. Para el 15 de octubre, los mismos periódicos ya no tenían suficiente espacio para publicar todos los obituarios.
Las familias mandaban sus esquelas y esperaban días para que aparecieran porque había demasiadas. Los hospitales colapsaron, no en semanas, [música] en días. El hospital general, el más grande del país, estaba diseñado para atender a 700 pacientes. Para mediados de octubre tenía más de 2,000. Los enfermos dormían en los pasillos, en los jardines, en el suelo de los corredores.

No había camas, no había suficientes médicos, no había suficiente morfina para aliviar el dolor de los que se morían ahogados sin poder respirar. Los familiares llegaban con sus enfermos y los dejaban en cualquier rincón disponible y rezaban para que alguien los atendiera. Y los médicos y las enfermeras empezaron a morir también.
Eran adultos jóvenes y [música] sanos. exactamente el perfil que el virus prefería. En esas semanas murieron en el Hospital General varios médicos y decenas de enfermeras. Los que sobrevivían trabajaban turnos de 20 horas seguidas porque no había nadie más que los reemplazara. Salían del hospital con los ojos hundidos, la ropa sucia, los pies ampollados y volvían a entrar porque afuera los esperaban más enfermos.
En las calles de la Ciudad de México, el panorama era otro mundo. Los carros fúnebres no daban abasto. Había cadáveres esperando en las banquetas envueltos en sábanas, mientras los vecinos cerraban sus ventanas y rezaban para que no fuera el siguiente turno el de su familia. Las funerarias subieron los precios de los ataúdes porque la demanda era insaciable y la madera escaseaba.
Las familias pobres, que eran la mayoría, enterraban a sus muertos envueltos en petates porque no podían pagar un cajón de madera. Los panteones se llenaron tan rápido que hubo que abrir fosas comunes. Los sepultureros trabajaban de noche con antorchas, porque de día no alcanzaba el tiempo para enterrar a todos los que llegaban.
En los mercados la gente se cubría la boca y la nariz con trapos húmedos. No sabían que era un virus. La mayoría ni siquiera sabía lo que era un virus. Pensaban que el aire estaba envenenado, [música] que era una maldición, que Dios estaba castigando a México por los pecados de la revolución, que era el fin de los tiempos que anunciaba el Apocalipsis.
Los sacerdotes estaban entre los más ocupados y entre los más expuestos. Daban la extrema unción varias veces al día. Celebraban misas de difuntos una tras otra. Entraban a las casas de los enfermos a darles los santos óleos, tocaban a los moribundos con sus manos, rezaban sobre los cuerpos.
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Y muchos sacerdotes murieron también en esas semanas por la misma razón, porque estaban donde el virus estaba. Las escuelas cerraron, las fábricas redujeron turnos porque no había trabajadores que llegaran. Los mercados funcionaban a medias. Las calles que normalmente bullían de vida a media mañana estaban extrañamente silenciosas, pero nada de lo que pasó en la Ciudad de México se compara con lo que pasó en los pueblos, porque en los pueblos no había hospital general, no había consejo de salubridad, no había periódicos, no había médico con título, no había
absolutamente nada de lo poco que existía en la capital. Había el curandero, había la partera, había la abuela que sabía de hierbas y de rezos, había la iglesia y había el virus que llegaba sin avisar, sin hacer ruido y se llevaba a los más fuertes en tres días. En pueblos de Hidalgo, de Guanajuato, de Jalisco, de Michoacán, de Puebla, el relato que se repite en los archivos parroquiales es siempre el mismo.
Llegó en octubre, primero uno, luego cinco, luego 20, luego 50. Y de repente el pueblo tenía más muertos de los que podía enterrar [música] y más enfermos de los que podía cuidar al mismo tiempo. En algunos pueblos pequeños del altiplano murió entre el 15 y el 20% de la población en menos de un mes.
15 de cada 100 personas en 4 semanas. Imagina tu colonia, tu calle, las casas de tus vecinos de toda la vida y quita a 15 de cada 100 en un mes. Quita a la señora de la esquina y al hijo mayor de la familia de enfrente y a la vecina que siempre te saludaba en el mercado y al papá de los niños que juegan en la banqueta. Así fue.
Crescencia López tenía 28 años y vivía en un pueblo del estado de Hidalgo. Tenía tres hijos, el mayor de 6 años, el más pequeño de apenas 18 meses. Su marido había salido a trabajar a las Minas del Norte dos meses antes y no había regresado todavía. Crescencia llevaba la casa sola, [música] como tantas mujeres mexicanas de ese tiempo que llevaban todo solas mientras esperaban que sus maridos volvieran con dinero suficiente para pasar el invierno.
Crescencia empezó con fiebre el 8 de octubre. Para el 10 ya no podía levantarse de su petate. Sus hijos le llevaban agua en un jarro de barro. Le ponían trapos mojados en la frente como les había enseñado la abuela. El mayor de 6 años intentaba hacer algo de comer para sus hermanos pequeños porque su mamá ya no podía.
La vecina se asomó una vez, vio lo que había y cerró su puerta con miedo. El 11 por la noche, Crescencia empezó a escupir sangre. El 12 de octubre de 1918 murió sola en su jacal mientras sus tres hijos dormían a su lado sin entender lo que estaba pasando. El más pequeño todavía dormía pegado a su cuerpo, buscando calor cuando amaneció. Sus hijos sobrevivieron.
Los recogió una vecina. Crescencia no dejó más registro en la historia que una anotación en el libro de defunciones de la parroquia del pueblo. Siete palabras. Crescencia López. 28 años. Influenza. 12 de octubre. Nadie le puso nombre a lo que sintieron esos niños al amanecer del 13 de octubre, cuando despertaron y su mamá ya no respondía.
Nadie le puso nombre a lo que sintió su marido cuando regresó del norte semanas después con el dinero que había ido a ganar y encontró a sus hijos viviendo con la vecina y una tumba nueva en el panteón con el nombre de su mujer. Nadie escribió eso en ningún libro. Eso es lo que no registra la historia oficial, no el número, el peso de ese número, el peso de cada una de las historias que hay detrás de ese número.
Y ahora multiplica esa historia, multiplícala por 400,000, 400,000 personas. Esa es la cantidad mínima de mexicanos que murieron de gripe en 1918. Algunos historiadores dicen que fueron más, muchos más, [música] porque en los pueblos indígenas del sur, donde nadie escribía nada y el registro civil era inexistente, los muertos no quedaron en ningún libro parroquial ni en ningún archivo.
Simplemente desaparecieron de la historia como si nunca hubieran existido. La Revolución Mexicana, 10 años de guerra, de balas, de cañonazos, de hambre y de cólera. Mató aproximadamente la misma cantidad de personas. 10 años de revolución contra 6 meses de un virus que no se veía, que no se olía, que no hacía ruido.
Y sin embargo, uno está en todos los libros de texto y en todos los museos y en todos los murales de Diego Rivera. Y el otro no está en ninguna parte. El silencio del gobierno no fue solo negligencia, fue una decisión. En los meses que siguieron a la epidemia, el gobierno de Carranza no hizo ningún balance público de lo ocurrido.
No hubo comisión de investigación, no hubo informe sanitario oficial publicado, no hubo reconocimiento formal de cuántos habían muerto, ni en qué condiciones, ni en qué regiones del país. Los países europeos, a pesar de estar destruidos por la guerra, sí documentaron su epidemia. Estados Unidos publicó estudios científicos.
Hubo investigaciones, reportes, memoriales. México no hizo nada de eso. La narrativa oficial decidió que la historia del país en ese periodo era la revolución, la Constitución de 1917, los derechos de los trabajadores, la promesa de tierra para los campesinos, la modernización, el progreso. Las 400,000 personas muertas de gripe no encajaban en esa narrativa.
No eran héroes de ninguna causa. no habían muerto en una batalla con nombre propio. Eran víctimas de un virus que el gobierno no supo frenar o no pudo o no quiso. Y cualquiera de las tres opciones era incómoda para un gobierno que estaba intentando construir una imagen de fuerza y de futuro. Así que eligieron el silencio y ese silencio se volvió costumbre y esa costumbre se volvió política y esa política se volvió currículo escolar.
Y durante generaciones, los mexicanos crecieron aprendiendo en la escuela los nombres de los niños héroes, aprendiendo la fecha exacta de la batalla de Puebla, aprendiendo quién fue Benito Juárez y quién fue Porfirio Díaz y qué hizo Emiliano Zapata y cuál era el nombre del caballo de Pancho Villa.
Pero nadie les enseñó que en 1918, en menos de 6 meses, murió en México una cantidad de personas comparable a la población entera de ciudades como Tijuana o León o Querétaro. Hoy en día nadie les enseñó que en su propio árbol genealógico hay muy probablemente una rama que se cortó en octubre de 1918. Una bisabuela que no llegaron a conocer.
Un bisabuelo [música] que murió antes de ver crecer a sus hijos. Un tío abuelo que desapareció del relato familiar. y del que nadie [música] habla, porque nadie ya recuerda por qué dejó de aparecer en las fotos. Nadie les enseñó que el hueco que a veces sienten en la historia de su familia, esa ausencia que los viejos no explican o explican a medias, puede tener nombre, puede tener fecha, puede ser octubre de 1918.
Y lo más doloroso de todo esto no es que el gobierno no hiciera nada durante la epidemia. Los gobiernos de 1918 en todo el mundo hicieron poco o nada. No tenían las herramientas, no tenían la ciencia, no tenían los medios. Lo más doloroso es lo que vino después, la decisión de no contarlo, de no recordarlo, de no enseñarlo, de enterrar a los muertos dos veces.
Primero en el panteón y luego en el olvido oficial. Esa segunda sepultura fue la más cruel. Cuando llegó el COVID en 2020, fue la primera vez en décadas que los mexicanos escucharon hablar en serio de la gripe española. Los historiadores que habían trabajado años en archivos polvorientos de repente aparecían en los noticieros. Los periódicos publicaban comparaciones, la gente buscaba en internet y muchos mexicanos sintieron algo que no podían nombrar exactamente al leer esas notas.

Sintieron que les estaban contando algo que debería haber sabido toda la vida. algo que era de ellos, algo que les habían quitado sin avisarles y sin pedirles permiso, porque eso es exactamente lo que había pasado. Y ahora viene lo que no te va a dejar dormir esta noche. En 2009, México fue el primer país del mundo en identificar el virus H1N1, el que los medios llamaron influenza [música] por Cina.
El primer caso confirmado fue en La Gloria, Veracruz. Un niño de 5 años llamado Edgar Hernández. un niño de un pueblo pequeño de Veracruz [música] que sin saberlo se convirtió en el primer caso documentado de una pandemia global. Los científicos que estudiaron ese virus encontraron algo que lo seló. El H1N1 [música] de 2009 era genéticamente un descendiente directo del virus de 1918.
91 años después, [música] el bisnieto del monstruo había vuelto y había vuelto primero a México. El patrón se repitió. La negación inicial de las autoridades, la información que llegaba tarde y confusa, los hospitales que se llenaban más rápido de lo que el sistema podía responder, el gobierno con cifras que no cuadraban con lo que veía la gente en las salas de espera de los hospitales, [música] igual que en 1918.
Y cuando llegó el COVID 11 años después, el patrón volvió a repetirse. Los mexicanos que vivieron esas dos pandemias sintieron algo que no podían nombrar exactamente, una familiaridad oscura, como si esto ya hubiera pasado antes, como si hubiera algo en la memoria del país, no en los libros, sino en algo más profundo, que reconocía lo que estaba viendo. Había pasado antes.
Sus bisabuelos lo vivieron. Sus bisabuelas murieron de ello. Nadie les contó. La pregunta no es si habrá otra pandemia. La pregunta es si la próxima vez alguien va a contestar el teléfono o si volveremos a enterrar a nuestros muertos en silencio, como hicimos en 1918. ¿Tú sabías esto? ¿Sabías que en 1918, mientras tu familia sobrevivía a una revolución, mientras sembraba maíz [música] o trabajaba en la mina o criaba hijos en algún pueblo del que quizás ya casi no recuerdas bien el nombre, un virus invisible llegó y se llevó a
alguno de los suyos? Probablemente no, porque nadie te lo contó. Y no te lo contaron porque a alguien le convenía que no lo supieras. La historia de México que nos enseñaron en la escuela es la historia de los que ganaron, de los que escribieron los libros, de los que decidieron qué merecía recordarse y qué merecía enterrarse [música] junto con los muertos para siempre.
La gripe española en México es una de las historias más enterradas que existen. Pero los muertos siguen en los panteones de los pueblos. Sus nombres siguen en los libros parroquiales que nadie ha abierto en décadas. en archivos civiles, de presidencias municipales, de pueblos pequeños, [música] donde el polvo cubre registros que nadie ha leído desde que se escribieron.
Y su sangre, literalmente [música] su sangre corre todavía en las venas de millones de mexicanos que nunca supieron que la tenían. Crescencia López, 28 años, hidalguense, madre de tres hijos. murió sola el 12 de octubre de 1918, mientras afuera el mundo seguía girando sin enterarse. Sus nietos vivieron, sus bisnietos vivieron, sus tataranietos quizás están escuchando esto ahora mismo, [música] sin saber que ella existió, sin saber su nombre, sin saber que fue ella quien les dio algo de lo que son. Ella existió. [música]
Los 400,000 existieron, cada uno con su nombre, con su familia, con sus hijos que se quedaron solos, con sus maridos que llegaron tarde, con sus madres que los enterraron sin entender por qué Dios se los llevaba tan jóvenes. Todos existieron y merecen que alguien los recuerde. ¿De qué estado de México viene tu familia? ¿Sabes si tu bisabuela o tu bisabuelo vivieron la epidemia de 1918? ¿Hay algún hueco en tu historia familiar de esa época que nunca te supieron explicar? Cuéntamelo en los comentarios, porque es
muy posible que en tu historia familiar haya una ausencia de esa época que ahora tiene nombre. Y ese nombre es Octubre de 1918. Si este video te hizo sentir algo, no lo dejes aquí. Mándaselo a tu mamá, a tu abuela si todavía la tienes. A ese tío que siempre habla de historia en las reuniones de familia. y que no sabe que hay una historia de su propia sangre que nadie le ha contado todavía.
Porque esta historia les pertenece. No es historia de los libros, no es historia de los museos, es la historia de su familia, de su sangre, de los que vinieron antes y no tuvieron [música] quien los recordara. El olvido no fue accidental, lo fabricaron y la única manera de deshacerlo es contando, compartiendo, hablando en voz alta de los que alguien decidió que era mejor que olvidáramos.
Si quieres seguir conociendo la historia real de México, la que no está en los libros de texto, la que no aparece en los museos, la que nadie te contó en la escuela, pero que es tan tuya como tu apellido, suscríbete a este canal. Cada semana una historia que merece salir del olvido. Porque la historia de México no está solo en los monumentos, ni en las placas de bronce, ni en las fechas que nos hicieron memorizar de niños.
A veces está en el silencio de las familias, en la pregunta que nadie responde, en la foto sin nombre, en la rama del árbol que se cortó sola y nadie sabe explicar por qué. Ya es tiempo de romper ese silencio. Y empieza aquí. Yeah.