Posted in

EL SANTO : MURIÓ 8 DIAS DESPUES DE ENSEÑAR SU CARA

Ninguno le quedaba, ninguno lo definía. Hasta que en 1942 su entrenador Jesús Lomelí [música] estaba armando un equipo nuevo. Todos con vestimentas plateadas, todos con máscara. Lomelí llamó a Rodolfo, le ofreció tres nombres: el santo, el  o el ángel. Rodolfo lo pensó y eligió el santo, no por vanidad, no por estrategia comercial, sino porque ese nombre decía algo que los demás no decían, algo sobre quién quería ser y no solo sobre cómo quería pelear.

El 26 de abril de 1942, Rodolfo Guzmán Huerta entró por primera vez a la Arena México con la máscara plateada y el nombre del Santo. Tenía 24 años y esa noche empezó una identidad que duraría 40 años, que le daría todo y que le cobraría un precio que nunca habló en público. Pero eso no es lo más importante de esta primera revelación.

Lo más importante es lo que pasó en su casa. Rodolfo Guzmán [música] se había casado con María de los Ángeles Rodríguez Montaño, a quien todos llamaban Maruca. Tuvieron 10 hijos. 10 hijos que crecieron siendo los hijos del [música] hombre más famoso de México, sin poder decirlo en voz alta fuera de casa.

sin poder presumirlo en la escuela, sin poder decirle a un amigo, “Ven a la arena el sábado, mi papá va a luchar.” Porque si lo decían, alguien podía seguirlos, alguien podía llegar a la casa, alguien podía descubrir quién era el hombre detrás de la máscara. Y eso era lo único que Rodolfo no podía permitir. La máscara era su identidad profesional, pero también era la prisión de su familia.

Para mí era mi padre, dijo su hijo Alejandro años después. Un hombre preocupado por su familia, amoroso a su manera, cuyo único misterio era su identidad. Un hombre preocupado por su familia. Eso es lo que era el santo en casa. No el superhéroe de las películas, no el ídolo que llenaba las arenas. un padre que se preocupaba por sus hijos, que enfriaba el chocolate del nieto para que no se quemara, que los corría por la casa para hacerles trompetillas [música] en el estómago y que cada vez que salía de esa casa a

trabajar se ponía una máscara y se convertía en alguien completamente diferente. 40 años haciendo eso, 40 años viviendo dos vidas al mismo tiempo. ¿Cuánto le [música] costó eso? Eso te lo cuento en un momento. Primero necesitas ver la gloria, porque sin la gloria la máscara no tiene [música] el peso que merece.

Para entender a el santo, hay que [música] entender lo que significaba la lucha libre en México en los años 40 y 50. No el espectáculo que conocemos hoy. La lucha libre de esa época era algo diferente. Era el entretenimiento del pueblo, el teatro al que podía ir, el que no tenía para el teatro, el circo que no pedía mucho dinero, la arena donde un hombre de Tepito podía ver a alguien como él, moreno, [música] sin apellido, famoso, sin dinero, heredado, ganar.

Y cuando el santo empezó a ganar, México empezó a verlo diferente, no como un luchador más, como algo que México necesitaba, un héroe. Pero hay algo que muy poca gente piensa cuando habla del santo como fenómeno. El fenómeno no empezó de golpe. No fue una noche en que México se despertó [música] y decidió quererlo.

Fue despacio con trabajo año tras año, desde 1942 [música] hasta 1952. Fueron 10 años de construcción, 10 años de subir al ring cuatro o cinco noches a la semana, de viajar por todo el país, de luchar en arenas pequeñas y en arenas grandes, de ganar y de perder. Sí, también de perder, porque el santo no siempre ganó.

En sus primeros años perdió muchas veces. Perdió la máscara en varias ocasiones cuando usaba otros nombres antes de convertirse en el santo. Pero desde el 26 de abril de 1942, desde el día que eligió ese nombre y esa máscara plateada, no la perdió nunca. En 10 años construyó algo que el dinero no compra. Credibilidad. La credibilidad de un hombre que cumple lo que promete.

Y lo que el Santo prometía noche tras noche era no rendirse, [música] no perder la máscara, estar ahí la siguiente semana. Esa constancia es lo que construyó el mito. En 1952 pasaron dos cosas que cambiaron todo. La primera fue el 7 de noviembre de ese año, Arena Coliseo, Ciudad de México. El Santo contra Black Shadow.

Lucha de apuestas. Máscara contra máscara. Las luchas de apuestas son lo más serio que existe en la lucha libre mexicana. Cuando un luchador pone su máscara en juego, está poniendo su identidad, lo que es, lo que representa. Y hay que decirlo con claridad, nadie ponía la máscara en juego sin sentirlo. Eso no es un gesto vacío.

Es el momento en que un luchador le dice al público, esto que soy lo pongo sobre la lona. Si pierdo, ya no soy el mismo. Black Shadow era Alejandro Cruz Ortiz de León, Guanajuato, uno de los mejores luchadores de su época, un rival que hacía el Santo trabajar como pocos. Se habían enfrentado muchas veces.

La rivalidad entre los dos era real y reconocida. Esa noche la arena Coliseo estaba llena hasta el techo y el santo ganó. Black Shadow perdió la máscara. México supo que se llamaba Alejandro Cruz Ortiz y ese hombre nunca volvió a ser el mismo luchador. Porque en la lucha libre mexicana, perder la máscara es perder una parte de ti mismo que no se puede recuperar.

Esa lucha es considerada hasta hoy la más importante en la historia de la lucha libre mexicana. No por las llaves, no por la duración. sino porque después de esa noche, el santo ya no era simplemente el mejor luchador del país. Era la figura que nadie podía tocar, el hombre cuya máscara nunca había caído, el único en México que no tenía precio.

La segunda cosa que pasó en 1952 fue la historieta. José Guadalupe Cruz, artista y editor, comenzó a publicar la historieta Santo, El enmascarado de plata. No era una historieta de lucha libre, era una historieta de aventuras, de misterio, de superhéroes. En ella, el santo no solo luchaba en el ring, combatía espías, descubría conspiraciones, enfrentaba monstruos y protegía a los inocentes.

Y esa historieta se publicó durante más de 30 años, semana a semana, en los puestos de periódicos de todo México. Una generación entera de niños creció leyendo esa historieta, creyendo que el santo era real, que el personaje y el hombre eran lo mismo. Y Rodolfo Guzmán Huerta nunca los decepcionó porque nunca les mostró la diferencia.

Pero vivir esa doble vida tenía un costo que nadie veía desde afuera. Imagínate [música] esto. Rodolfo Guzmán Huertas salía de su casa en Churubusco. Vecinos normales de la colonia lo saludaban. Él saludaba. Un señor más llegaba a la arena, se ponía la máscara y 10,000 [música] personas gritaban su nombre.

Read More