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Chespirito Selló un Cuarto en su Mansión Antes de Morir… Esto es lo que Había Adentro

 Pero mientras el mundo lloraba, algo estaba ocurriendo en México, algo que los hijos de Gómez Bolaños, los que tuvo con su primera esposa Graciela Fernández,  ya sabían que iba a ocurrir. Habían vivido años esperándolo con esa tensión sorda que tienen las bombas  antes de explotar.

 Y cuando el cuerpo de su padre todavía no había sido repatriado, la mecánica de lo que él había construido en silencio  comenzó a moverse. La mansión, los documentos, las decisiones que había tomado solo, sin decírselas a nadie o diciéndoselas solo a ella. Para entender lo que se encontró dentro de esa casa, hay que ir mucho más atrás.

 Hay que entender quién era Roberto Gómez Bolaños antes de ser Chespirito, antes de ser el hombre más amado de México, antes de ser la marca global que terminó siendo. Porque los secretos no nacen de la nada, se construyen, se alimentan y a veces tardan décadas en volverse insoportables. Roberto nació el 21 de febrero de 1929 en la Ciudad de México.

Su padre, Francisco Gómez Linares, era un pintor con talento y con sed. Murió joven, alcohólico, dejando a la familia en una pobreza que Roberto nunca olvidó del todo. La madre, Elsa Bolaños Cacho, fue quien lo sacó adelante. Roberto y su hermano Francisco  crecieron en la escasez con la dignidad de quienes no se permiten quejarse.

 Eso marcó al hombre que sería alguien que  sabía que la precariedad podía volver en cualquier momento y que por eso nunca soltó el control de nada. Estudió ingeniería en la UNAM porque era lo sensato, pero lo que lo jalaba era otra cosa. Las palabras, las ideas, el humor. Empezó a escribir guiones casi por accidente, o eso dijo siempre.

 La televisión mexicana estaba dando sus primeros pasos y necesitaba contenido. Urgente, barato, entretenido.  Roberto Gómez Bolaños era exactamente eso, una máquina de ideas que cobraba poco y producía mucho. Escribió para Viruta y Capulina, escribió para Tintán,  escribió para casi todo el mundo antes de entender que lo que tenía que hacer era escribir para sí mismo.

 Y cuando lo hizo, pasó algo que no tiene mucha explicación racional. El mundo entero lo adoptó.  El Chavo del Ocho no era una serie sofisticada. Era un vecindario pobre, personajes sin dinero, chistes construidos sobre la miseria cotidiana. Los críticos la ignoraron, la academia la ignoró.

 Pero los niños de México, de Argentina, de Colombia, de Venezuela, de Perú, de toda Centroamérica, de España, la vieron y se reconocieron en ella.  Había algo en ese huérfano que vivía en un barril que les decía algo verdadero sobre el mundo. Gómez Bolaños entendió eso y lo protegió con una ferocidad que con el tiempo empezó a generar sus propias sombras.

 Pero hay algo que muy pocos saben sobre cómo Gómez Bolaños administraba su éxito. Una forma de operar que fue construyendo ladrillo a ladrillo, un edificio  que sus propios hijos terminarían enfrentando cuando ya no pudieran hablar con él. y ese  edificio tenía sus cimientos en esa mansión de Lomas de Chapultepec.

 Para el año 1979, Roberto Gómez Bolaños era técnicamente el hombre más poderoso de la televisión en  español en el mundo. Sus programas se vendían a más de 90 países. Televisa lo necesitaba,  las marcas lo cortejaban. El dinero llegaba en cantidades que él mismo, el niño que creció sin padre y con poco, no siempre sabía muy bien cómo procesar.

 Y fue en ese periodo, justo cuando el éxito empezó a verse como algo permanente,  cuando su vida personal empezó a fracturarse. Llevaba casado desde 1966 con Graciela Fernández, conocida cariñosamente como Chela. Con ella había tenido seis hijos: Roberto, Marcela, Graciela, Cecilia,  Gabriela y Paulina.

 Era en papel el hogar perfecto del hombre de  familia mexicano, grande, lleno de niños, organizado en torno a la figura del padre proveedor. Pero dentro de ese hogar había algo que ninguna foto de robista capturaba. La distancia creciente entre un hombre que vivía en los estudios de grabación y una familia que esperaba  en casa.

Florinda Mesa entró en la vida de Gómez Bolaños como actriz. Trabajaron juntos. La relación fue tomando una forma que todos en el set veían pero que nadie nombraba. Y en 1979, después de 13 años de matrimonio y seis hijos, Roberto Gómez Bolaños se separó de Graciela Fernández. La separación fue, por decirlo con cuidado, problemática.

 Los hijos quedaron con la madre.  Roberto construyó su nueva vida con Florinda y la dinámica que se instaló entonces entre los hijos de su primer matrimonio y la nueva pareja de su padre fue una herida que nunca terminó de cicatrizar. Malas lenguas que circulaban en los pasillos de Televisa contaban que los hijos de Gómez Bolaños y Florinda Mesa nunca se entendieron bien, que había tensiones sobre el acceso al padre, sobre el rol que ella jugaba, sobre la forma en que Roberto organizaba su tiempo y su afecto. Nada de eso salió

nunca en público mientras él vivió. Él era Chespirito. Chespirito no tenía  conflictos familiares. Chespirito era la infancia de todo el continente. Esa imagen había que protegerla. Y Roberto Gómez Bolaño sabía proteger su imagen mejor que casi nadie. Pero había algo más, algo que no era solo la dinámica emocional de una familia reconstituida.

 Había decisiones que él fue tomando a lo largo de los años. decisiones sobre su obra, sobre su dinero, sobre sus derechos que sus hijos del primer matrimonio fueron conociendo de manera fragmentaria, nunca completa, siempre a través de terceros o de documentos que llegaban cuando ya era tarde para discutirlos.

 La mansión de Lomas de Chapultepec era el centro de todo eso. Ahí estaba el despacho donde él trabajaba cuando no estaba en los estudios. Ahí estaban los archivos, los contratos, los originales de los guiones que había escrito durante décadas, las grabaciones que él mismo había  mandado preservar. Y ahí dentro de esa casa que sus hijos de del primer matrimonio visitaban cada vez menos con los años, estaban también las decisiones que él había tomado sobre el futuro de todo eso.

 Lo que nadie anticipaba era la magnitud de lo que había dentro. Porque Roberto Gómez Bolaños no solo guardaba papeles en esa mansión, guardaba una arquitectura legal y financiera que sus hijos solo iban a entender en su totalidad cuando él ya no estuviera. Y cuando la entendieron, la reacción fue inmediata. Sigue aquí porque lo que viene es lo que cambia todo.

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