Así es la SORPRENDENTE Vida de CESAR COSTA en 2026 | Su Familia, Los Rumores Que Lo Rodean y Más
Hoy vamos a conocer la historia completa de César Costa, el niño de la colonia Condesa, nacido en una familia de abogados de tradición laboral que terminó cantando rock and roll en español. El joven que tuvo que decidir entre una carrera musical y una carrera jurídica y que terminó quedándose sin saberlo todavía con las dos al mismo tiempo.
El romance que nunca se confirmó con la mujer más querida de México y que sobrevivió convertido en amistad más de 60 años. El matrimonio de más de cinco décadas que ha mantenido completamente fuera de los reflectores hasta el punto de que ni siquiera sus propios admiradores más cercanos podrían describir con certeza cómo es la vida diaria dentro de esa casa.
La leyenda oscura, la auténtica maldición de la que formó parte sin buscarla, ligada a uno de los programas de televisión más exitosos con el paso de los años más trágicos de la historia de Televisa y los rumores de muerte que han perseguido sus últimos años en una era completamente distinta a la que lo vio nacer como ídolo.
Una era donde cualquier persona con una computadora y una cámara puede inventar una tragedia y ganar dinero con ella sin que exista ningún control real sobre esa desinformación. Empecemos desde el principio porque el principio de César Costa también es en gran medida el principio del rock and roll mexicano mismo, un movimiento cultural que cambió para siempre la manera en que la juventud de este país se relacionaba con la música, con la moda y con la idea misma de lo que significaba ser joven.
El 13 de agosto de 1941, en la colonia Condesa de la Ciudad de México, en pleno corazón de una capital que todavía conservaba mucho del trazado urbano y la arquitectura de las décadas anteriores, nació un niño al que sus padres llamaron César Antero Roel Stres. Ese era su nombre completo, el nombre con el que fue inscrito en el Registro Civil, el nombre que prácticamente nadie en México reconoce hoy, porque el mundo terminaría conociéndolo bajo un apellido artístico completamente distinto, prestado de una reglista musical estadounidense al que
ni siquiera había conocido en persona y al que probablemente jamás llegó a estrechar la mano. Pero eso vendría mucho después. Primero hay que entender de dónde venía este niño, porque la familia en la que nació explica de una manera casi exacta, porque terminó siendo el único ídolo de su generación que jamás se metió en un problema serio, el único cuyo nombre nunca apareció en una nota roja de espectáculos, el único cuya biografía, a diferencia de la de casi todos sus contemporáneos, no está construida sobre divorcios escandalosos,
pleitos de herencia o adicciones que terminaron en tragedia. Su padre se llamaba César Roel y pertenecía a una familia de abogados mexicanos especializados en derecho laboral, una familia con el apellido Roel, que durante generaciones había trabajado del lado de los trabajadores, defendiendo causas obreras en una época en que eso no era ni cómodo ni particularmente rentable.
En un México donde el sindicalismo todavía estaba consolidándose como fuerza política y donde litigar a favor de un obrero frente a un patrón con poder económico real exigía convicción más que ambición. Esa tradición familiar de abogados laboralistas no era un detalle decorativo en la biografía de César Costa.
Era, en gran medida, el molde sobre el que se construyó su carácter, una familia acostumbrada a las reglas, al expediente bien armado, a la palabra empeñada y cumplida, a la idea de que el prestigio se construye despacio y se puede perder en un instante si uno se descuida. Su madre se llamaba Josefinachers, una mujer de ascendencia belga y alemana, hija de ese flujo de inmigración europea que en distintas oleadas durante la primera mitad del siglo XX llegó a establecerse en México y terminó mezclándose generación tras generación con la sociedad mexicana
hasta volverse parte indistinguible de ella. Josefina era concertista de violín, una intérprete seria formada en la tradición clásica europea que llegó a presentarse en el Palacio de Bellas Artes, el recinto cultural más prestigioso del país y que organizaba en la propia casa familiar ensayos con la orquesta de Cámara Vivalde.
Eso significa que César Costa creció literalmente escuchando música clásica en vivo dentro de su propia sala con su madre afinando un violín mientras otros músicos llegaban a la casa para ensayar. en un ambiente donde la música no era un capricho adolescente ni una rebeldía contra los padres, sino una actividad que se practicaba en casa con la misma seriedad con la que su padre preparaba un alegato legal.
Esa combinación, un padre litigante comprometido con causas sociales y una madre música de formación clásica europea marcó al pequeño César de una manera que se nota en cada etapa de su vida adulta, incluso en los años en que se convirtió en uno de los ídolos juveniles más perseguidos por las fans de todo México.
No creció en una casa de farándula, no creció rodeado de la lógica del espectáculo, de los contratos discográficos, de las giras y las fotografías de revista. Creció en una casa de disciplina. de estudio, de música tomada en serio como oficio y no como adorno social y de un sentido del deber que sus padres le transmitieron sin necesidad de discursos largos, simplemente a través del ejemplo cotidiano de cómo vivían ellos mismos.
César cursó la primaria y la secundaria en el colegio alemán de la ciudad de México, una de las instituciones educativas más exigentes del país, fundada por la comunidad germana radicada en México y conocida por su rigor académico y su disciplina casi militar en algunos aspectos de la vida escolar.

Después continuó la preparatoria en el Centro Universitario México ante sala natural para quienes se preparaban para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México. era un estudiante disciplinado dentro de una familia donde estudiar derecho no era una opción entre varias, sino prácticamente una tradición que se daba por sentada, algo que se esperaba de él de la misma manera natural en que se espera que un hijo de músicos aprenda solfeo o que un hijo de médicos termine tarde o temprano dentro de un quirófano o un consultorio. Y en efecto, César
ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México exactamente al mismo tiempo, casi al mismo año, en que sin que lo planeara así, sin que nadie en su familia lo viera venir, empezaba a tomar forma la otra mitad de su vida, la que terminaría haciéndolo famoso en todo el continente.
Hay una anécdota de esos años universitarios que pocas veces se cuenta con el detalle que merece y que dice mucho del tipo de persona que era César Costa, incluso antes de convertirse en César Costa, antes de que existiera ese nombre artístico, cuando todavía era simplemente un estudiante más de la Facultad de Derecho, intentando aprobar sus materias como cualquier otro joven de su generación.
Durante su paso por la universidad tomó clases con un profesor llamado Alfonso Quirozco Cuarón, un criminólogo de enorme prestigio en México, una de las figuras más respetadas de esa disciplina en todo el país y tío abuelo, dicho sea de paso, del director de cine, Alfonso Cuarón, el mismo que décadas después ganaría premios de la Academia de Hollywood.
En vez de pedirle a César el examen tradicional para acreditar la materia, Kiros Cuarón le encargó algo completamente distinto a lo que cualquier otro alumno hubiera recibido, un estudio detallado sobre farmacodependencia y le pidió eso específicamente a él, justo en los años en que el rock and roll empezaba a despegar en México, justo cuando César ya se movía dentro del ambiente de cabarets, bares y clubes nocturnos donde tocaba con su primer grupo musical, un ambiente donde el consumo de col empezaba a normalizarse entre los
músicos jóvenes con una velocidad que preocupaba a cualquier observador atento. César hizo ese trabajo con la seriedad de quien entiende que un encargo académico también puede convertirse en una lección de vida. Estudió de cerca lo que esas sustancias hacían con el cuerpo, con la mente, con la vida entera de las personas que caían en ellas.
Y según contó el mismo décadas después en entrevistas de televisión, esa experiencia lo marcó profundamente, mucho más de lo que hubiera marcado cualquier examen escrito convencional. vio de cerca durante sus propios inicios como músico, en los mismos escenarios donde él se presentaba, como otros artistas jóvenes se inyect sustancias entre bambalinas, como otros se perdían en el noche tras noche hasta que ya no podían sostener un compromiso profesional serio, como el talento que alguna vez tuvieron se iba apagando poco a poco bajo el efecto acumulado de esas
decisiones. Y él por convicción propia y no por timidez ni por falta de oportunidades, porque las oportunidades de caer en exactamente lo mismo le sobraban todas las noches, decidió mantenerse al margen. Nunca bebió alcohol, nunca probó una. En toda su carrera, en 65 años de presentaciones, giras, fiestas de la industria del espectáculo, premiaciones y celebraciones de toda clase, jamás.
Y eso en un gremio donde el consumo era casi un rito de iniciación obligatorio, donde negarse a participar de esas dinámicas podía incluso interpretarse como una forma de soberbia o de desconfianza hacia el grupo, lo volvió una rareza desde el primer día. una rareza que con el paso de las décadas se transformaría en uno de los pilares más sólidos de toda su reputación pública.
La música entró en la vida de César Costa de una manera orgánica, casi accidental, como suelen entrar las cosas que terminan definiendo una vida entera, sin anuncio previo, sin plan trazado de antemano, en la casa de sus padres, en la colonia Nápoles, en la esquina de las calles Luisiana y Nueva York, una de esas colonias de la Ciudad de México, donde las calles llevaban nombres de ciudades y estados extranjeros como parte de un urbanismo de mediados de siglo que buscaba proyectar cierta modernidad cosmopolita. El ambiente
cultural heredado de la madre violinista hacía que la música fuera parte natural del paisaje doméstico, tan presente como los muebles o las conversaciones de sobremesa. Entre el jardín y la cochera de esa casa, adolescentes de la colonia organizaban pequeñas tardeadas con tocadiscos y guitarras, reuniones informales donde la juventud de clase media de la Ciudad de México empezaba a experimentar con un sonido que llegaba importado de Estados Unidos, distorsionado por la distancia y por la traducción cultural, pero reconocible de
inmediato en su energía. Y pronto la convocatoria a esas tardeadas creció tanto que tuvieron que buscar un espacio más grande porque la casa de los Roel ya no alcanzaba para la cantidad de jóvenes que querían asistir. Lo encontraron en la parroquia de San Antonio de Padúa en la misma colonia donde el párroco les prestaba un salón que normalmente se usaba para dar catecismo a los niños de la zona.
La logística era casi cómica vista con la distancia del tiempo. Sacaban a los niños de catecismo rápidamente al terminar la clase religiosa. Montaban a toda prisa los instrumentos y el equipo de sonido y tocaban de 4 a 7 de la tarde. Mientras el parroc, con un sentido muy práctico de la convivencia entre la fe y el entretenimiento juvenil, les cobraba el 10% de lo recaudado en la entrada como una especie de renta informal por el uso del espacio.
A esas tardeadas improvisadas dentro de un salón parroquial de la colonia Nápoles empezaron a llegar ya sea como público o como músicos invitados. Los nombres que sin saberlo todavía ninguno de ellos formarían la primera generación verdaderamente masiva del rock and roll mexicano. Entre ellos un jovencísimo Enrique Guzmán, todavía lejos de la fama que terminaría alcanzando como ídolo de los Teps y Luis Vivi Hernández, otra de las figuras pioneras de esa misma escena.
En 1958, con apenas 17 años, mientras seguía cursando sus estudios en la Facultad de Derecho, César se integró como vocalista a un grupo llamado Los Black Jeans, formado además por los hermanos Diego y Juan Manuel González de Cosío y por Carlos González Loftus. Cantaban versiones en español de los grandes éxitos del rock and roll estadounidense, La batalla de Jericó, La cucaracha en versión rock and rollera, covers que adaptaban al oído mexicano un sonido que originalmente venía de Memphis, de Nueva York, de las estaciones de radio de
Estados Unidos que empezaban a colarse con interferencia y todo, hasta los receptores mexicanos. grabaron su primer sencillo ese mismo año para la disquera Pirl en un estudio modesto, sin la infraestructura ni el presupuesto que tendrían las grandes producciones discográficas de años posteriores.
Y aquí aparece uno de los datos más extraordinarios y menos conocidos de toda la historia del rock mexicano. Uno de esos detalles que cuando se cuentan en voz alta la gente simplemente se niega a creer que sea verdad hasta que lo confirma por su cuenta. En esas primeras grabaciones de los black jeans, haciendo la segunda voz, haciendo los coros detrás del joven César Roel, estaba un adolescente español radicado en México que años más tarde se convertiría en uno de los tenores más importantes de la historia de la ópera
mundial. Se llamaba Plácido Domingo. Sí, ese Plácido Domingo. El mismo que llenaría los escenarios del Metropolitano Pera House de Nueva York. El mismo que cantaría ante reyes y jefes de estado en los teatros más prestigiosos del planeta. El mismo que décadas después formaría junto a Luciano Pavarotti y José Carreras el trío conocido como Los Tres tenores, una de las agrupaciones musicales más exitosas comercialmente de toda la historia de la música clásica, capaz de llenar estadios y de vender millones de discos
combinando. con un alcance verdaderamente masivo. Plácido Domingo, que entonces tenía apenas 16 o 17 años, ya divorciado de su primer matrimonio adolescente y con necesidad urgente de generar ingresos para sostenerse, se ganaba la vida haciendo coros y arreglos para grupos de rock and roll mexicano, entre ellos los Black Jeans, el grupo que encabezaba como vocalista el joven César Roel.
Años después, el propio César contaría esta historia con la mezcla de orgullo y diversión de quien sabe que tuvo, sin saberlo en ese momento, a una futura leyenda mundial de la música parada justo detrás de él en el escenario, cantando segundas voces por unos cuantos pesos a la semana. En 1959, los black jeans firmaron con la disquera Musar y el cambio de sello discográfico trajo consigo un cambio de nombre que terminaría siendo definitivo para toda la carrera de César Costa.
El grupo pasó a llamarse los camisas negras y César Roel adoptó el nombre artístico con el que el mundo lo conocería desde entonces. César Costa, un homenaje al director de orquesta y arreglista estadounidense don Costa, el mismo que trabajaría con Paulan Anka y con Frank Sinatra.
Dos de las grandes referencias musicales que el joven César admiraba desde sus primeros años escuchando radio. El grupo grabó su primer y único disco de larga duración en 1960, un disco que incluía temas como El tigre, adaptación de un éxito de Fabián, zapatos de anteazul, la versión en español del clásico Blues Shoes de Car Perkins y una adaptación de la bamba, el tema tradicional veracruzano que Richi Valence había convertido en éxito internacional apenas un par de años antes. Ocaban en bares de la capital.
hicieron giras por el interior del país, conociendo ciudades y públicos que jamás habían visto en vivo a un grupo de rock and roll cantando en español y debutaron formalmente en el teatro Folís de la capital, apadrinados por el legendario cómico de Carpa, Jesús Martínez, conocido en todo México como Palillo, una de las grandes figuras del humor popular mexicano de mediados del siglo XX, capaz de abrirle las puertas de un teatro establecido a un grupo de jóvenes desconocidos que hasta entonces solo habían han tocado en salones
parroquiales prestados, pero el grupo se desintegró relativamente pronto, como suele pasar con los proyectos colectivos cuando uno de sus integrantes empieza a destacar de manera desproporcionada sobre los demás cuando el público deja de ver una banda y empieza a ver cada vez con más claridad a una sola figura que sostiene el espectáculo entero.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió con César Costa. Mientras sus compañeros de banda quedaban relegados a un segundo plano, él, con una voz que se adaptaba con naturalidad tanto al rock and roll desenfadado como a la balada romántica más cuidada, empezó una carrera de solista que lo llevaría en cuestión de pocos años a convertirse en una de las grandes figuras juveniles de México.
Firmó primero con discos Orfeón y después con RCA mexicana, donde su repertorio empezó a virar hacia un estilo más romántico, más cercano al de Paulan Anca, traduciendo y adaptando al español baladas estadounidenses que conectaban con un público juvenil que quería bailar los fines de semana, pero que también quería tener una canción de fondo para enamorarse en silencio.
Tu contrato con RCA Víctor duró de 1964 a finales de 1967 y después firmó con Capitolo Deon, adaptándose con una habilidad notable a los cambios de gusto musical que atravesó esa década turbulenta, creativa y profundamente transformadora, tanto en México como en el resto del mundo. Para entender la dimensión de lo que estaba pasando en ese momento con César Costa, hay que entender el contexto cultural completo en el que el rock and roll mexicano estaba creciendo.
Era una música que llegaba importada desde Estados Unidos, traducida, adaptada, reinterpretada por jóvenes mexicanos que escuchaban discos de o estaciones de radio fronterizas, una música que la Iglesia Católica veía con profunda desconfianza, que las autoridades del régimen priiststa vigilaban como un síntoma más de una rebeldía juvenil que no terminaban de entender ni de controlar y que los padres de familia de la época consideraban, en el mejor de los casos, una moda pasajera sin mayor importancia y en el peor una influencia corruptora capaz de
desviar a sus hijas del camino correcto. En ese ambiente cargado de sospecha, un grupo de jóvenes mexicanos de clase media, muchos de ellos educados en colegios privados y con apellidos de familias respetables, exactamente como era el caso de César, decidieron que querían sonar como Elvis Presley, como Paul Anka, como los grandes ídolos del rock estadounidense, pero cantando en español y se convirtieron casi sin proponérselo.
En los primeros ídolos pop genuinamente mexicanos de la era moderna, una generación entera que incluía a Enrique Guzmán con los Tetin Tops, a Angélica María, que para entonces ya era una niña actriz consagrada y que descubrió en el rock and roll una segunda carrera musical paralela a su carrera de cine, a Alberto Vázquez, a Manolo Muñoz y a César Costa, que dentro de ese grupo de ídolos juveniles ocupaba un lugar muy particular, un lugar que la prensa de espectáculos de la época terminó definiendo con apodos que se le quedaron
pegados para siempre hasta el día de hoy. Le decían el chico del suetercito, un apodo que aludía directamente a su imagen pulcra casi formal, a esos suéteres tejidos que usaba en fotografías y presentaciones de televisión, muy distinta a la estética desenfadada de cuero y gomina que cultivaban otros rock andan rroleros de la época.
Le decían también el caballero de la nueva ola, un apodo que resumía exactamente lo que el público percibía en él. alguien que pertenecía genuinamente al movimiento del rock and roll, que cantaba con la misma energía que sus contemporáneos, que se subía al mismo tipo de escenarios y atraía a las mismas multitudes adolescentes gritando y empujándose por acercarse al frente, pero que mantenía fuera de esos escenarios una conducta pública impecable, sin los escándalos, sin las borracheras, sin las peleas, sin los romances tormentosos que si protagonizaban otros iconos de esa misma
generación con una regularidad casi previsible. Mientras Enrique Guzmán construía año tras año una reputación de mujeriego empedernido, guapo con esa guapura específica de quien sabe perfectamente lo guapo que es y vive de acuerdo a esa certeza. una reputación que terminaría costándole, entre otras cosas, la posibilidad de casarse con Angélica María, que prefirió decirle que no dos veces antes que arriesgarse a un matrimonio infeliz con un hombre que le había sido infiel durante todo el noviazgo. César Costa construía
exactamente la reputación contraria. Era en el imaginario popular mexicano de los años 60 el rock rolero que se podía llevar a casa para presentárselo a los padres sin temor a que la velada terminara en un escándalo. Y esa reputación, lejos de perjudicarlo, lejos de volverlo menos interesante o menos vendible dentro de una industria que muchas veces premiaba precisamente lo contrario, el morbo, el escándalo, la controversia que generaba titulares, terminaría siendo uno de los activos más valiosos de toda su carrera, porque le
permitió, con el paso de las décadas, transformarse en un ídolo de varias generaciones simultáneas, sin el desgaste que normalmente sufren las estrellas que cargan con un pasado de excesos del que después tienen que arrepentirse públicamente, pedir perdón, reinventarse, explicar. Dentro de esa misma generación de ídolos del rock and roll mexicano, había además una historia familiar paralela que pocas veces se cuenta con el detalle que merece.
César Costa tenía un hermano, Ricardo Roel, que bajo el nombre artístico de Ricardo Roca se convirtió en la primera voz del grupo Los Hooligans, una de las bandas de rock and roll más populares de la década de 1960 en México, con una carrera propia, con sus propios éxitos, con su propio público. Dos hermanos salidos exactamente de la misma casa de la colonia Nápoles, de la misma madre violinista y el mismo padre abogado laboral, criados bajo las mismas reglas en la misma mesa, terminaron cada uno por su lado, convirtiéndose en ídolos

del rock and roll mexicano en plena época dorada del género, compitiendo sin competir realmente, porque cada uno tenía su propio público, su propia disquera, su propio camino. No hay registro de una rivalidad seria entre ellos. No hay un pleito familiar célebre que contar en ese terreno, ni una entrevista incómoda donde uno hable mal del otro, lo cual, conociendo ya el patrón de vida de César Costa, no debería sorprender a absolutamente nadie que haya seguido esta historia hasta aquí. Y mientras la carrera musical de
César Costa despegaba, mientras se convertía en una de las voces más identificables de la nueva ola mexicana, había algo más sucediendo en paralelo, algo que la prensa de espectáculos de la época persiguió con insistencia durante años sin lograr nunca una confirmación definitiva. Un rumor, una historia de amor que nunca se oficializó entre César Costa y la mujer que México entero llamaba su novia.
Esa historia empieza años antes, en los platós de cine de principios de los años 60, cuando César Costa y Angélica María coincidieron como dos de las figuras juveniles más cotizadas del entretenimiento mexicano. Dos jóvenes que se cruzaban constantemente en estudios de grabación, en programas de variedades, en giras compartidas, en festivales de música donde ambos figuraban en el cartel principal.
Ella ya era para entonces una actriz consagrada desde la infancia con un Ariel ganado antes de cumplir 7 años y una carrera de cine que la había acompañado desde que aprendió a hablar frente a una cámara. Él era el rock rolero de imagen impecable que estudiaba derecho en la UNAM mientras llenaba auditorios los fines de semana. Trabajaron juntos en varias producciones de la llamada Nueva Ola, ese cine de ambiente juvenil que retrataba a una juventud mexicana urbana escuchando rock and roll y usando ropa importada.
compartieron escenario en innumerables ocasiones a lo largo de las décadas siguientes. Y la prensa de espectáculos de la época siempre hambrienta de parejas que vender al público. Siempre dispuesta a inventar un romance donde solo había una amistad de trabajo, empezó a tejer alrededor de ellos una historia de amor que nunca llegó a confirmarse del todo, pero que tampoco llegó a desmentirse jamás de manera categórica por ninguno de los dos.
Quienes han investigado esa historia a lo largo de los años, periodistas de espectáculos, biógrafos amaters, los propios fans que durante décadas han mantenido viva la curiosidad sobre ese capítulo, coinciden en algo curioso. No hay fotografías de ellos como pareja oficial tomados de la mano en algún evento público.
No hay una boda que no llegó a celebrarse y de la que se pueda hablar como una oportunidad perdida. No hay una ruptura escandalosa que contar con lujo de detalle, porque a diferencia del romance turbulento de aproximadamente 3 años entre Angélica María y Enrique Guzmán, un noviazgo de cortes y reconciliaciones constantes que ella misma describiría décadas después con una franqueza notable como un amor de manita sudada, lo que existió, si es que existió algo más profundo que una amistad genuina entre Angélica María y César Costa nunca llegó a tener nombre
público, nunca llegó a convertirse en la clase de relación que ocupa portadas de revista durante meses. Algunos medios lo han llamado con cierta poesía periodística que sin duda exagera para vender ejemplares el amor platónico de la novia de México. Y aunque resulta imposible a estas alturas confirmar con certeza absoluta que tan profundo fue ese cariño en algún momento de los años 60, lo que si se puede afirmar con total seguridad es que mientras Angélica María vivía en esos mismos años, un noviazgo intenso y profundamente mediático con
Enrique Guzmán, lleno de rupturas y reconciliaciones que se discutían en las páginas de espectáculos de todos los periódicos del país. Su relación con César Costa fuera lo que fuera exactamente. transcurría en un registro completamente distinto, silencioso, discreto, sin necesidad de declaraciones públicas ni de fotografías exclusivas, casi como si ambos hubieran decidido, sin necesidad de hablarlo entre ellos, que ese cariño no necesitaba la validación del público para ser real.
Y cuando finalmente cada uno construyó su vida familiar por separado, ella con Raúl Vale, el con una mujer que jamás buscó ni un solo reflector ni una sola entrevista de pareja. La amistad entre ambos no se rompió. Se mantuvo década tras década sólida, constante, sin necesidad de mantenimiento público, hasta el punto de que ya entrados los 70 y los 80 años de edad, ambos siguieron compartiendo escenario en giras de nostalgia que revivían ante públicos multigeneracionales, el rock and roll que ambos habían cantado siendo apenas
adolescentes desconocidos, como ocurrió en 2023 con el espectáculo La caravana del rock and roll, presentado junto a Enrique Guzmán en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Uno de los recintos más importantes de América Latina, con entradas agotadas y un público que iba desde quienes habían bailado esas mismas canciones en su propia juventud hasta sus nietos, curiosos por entender de dónde venía la música que sus abuelos seguían cantando de memoria, palabra por palabra, 60 años después.
Esa imagen, la de Angélica María, Enrique Guzmán y César Costa compartiendo escenarios seis décadas después de haberse conocido, siendo unos jóvenes desconocidos en los inicios del rock mexicano, es probablemente la prueba más contundente de que sea lo que haya sido aquello entre César y Angélica María en los años 60, sobrevivió de una manera mucho más sólida y mucho más duradera que cualquier romance confinal feliz de telenovela.
sobrevivió como amistad genuina, como respeto mutuo construido durante toda una vida de carreras paralelas, como la clase de cariño que no necesita explicarse ante nadie ni demostrarse con un acta de matrimonio para ser considerado real. Mientras esa relación quedaba suspendida para siempre en el terreno fascinante de lo no confirmado, ni negado ni afirmado, la carrera de actor de César Costa avanzaba con un ritmo sostenido que terminaría dándole una segunda vida profesional paralela y casi tan importante como la musical. Su
salto formal al cine como protagonista llegó en 1962 después de una participación breve en Sió fuera Millonario, una producción dirigida por Juan Soler. Ahí, según contaría él mismo en entrevistas décadas después tomó una decisión que marcaría el resto de su trayectoria como actor de cine.
Rechazó las ofertas de participaciones especiales que empezaron a lloverle apenas su rostro se volvió conocido en los círculos del cine y esperó deliberadamente el papel que realmente quería. Uno protagónico, uno que le permitierá sostener una película completa y no solamente aparecer en una escena musical de relleno.
Lo encontró ese mismo año en el cielo y la tierra dirigida por Alfonso Corona Black, donde compartió créditos nada menos que con Libertad La Marque, una de las grandes divas de la canción y el cine en español de toda la primera mitad del siglo XX. una actriz y cantante argentina con una carrera que se extendía por décadas y por todo el continente.
Compartir cartel con una figura de ese calibre, siendo todavía un actor prácticamente debutante en el cine, fue la validación que César necesitaba para consolidarse dentro del género conocido como cine de la nueva ola. Esas películas de ambiente juvenil, musical y desenfadado que retrataban a una juventud mexicana urbana que escuchaba rock and roll.
vestía ropa de corte importado y bailaba en fiestas de clase media alta, una juventud muy distinta a la que el cine mexicano había mostrado en las décadas anteriores, todavía dominadas por el melodrama rural y los charros cantores de la época dorada. A esa primera película protagónica siguieron muchas más a lo largo de la década de los 60.
Dile que la quiero en 1963. Jóvenes y rebeldes, Caín, Abel y el otro. Adiós, cuñado y su secuela Alfina A Solas, estrenada en 1968, en la que compartió elenco con Fernando Lujan, otro de los grandes actores de esa generación. En 1967 protagonizó El mundo loco de los jóvenes junto a Julisa y a Roberto Gómez Bolaños con apariciones fugaces de los Dagdag Dags, una de las bandas de rog más influyentes y experimentales de esa época en México.
En esa misma película, César interpretó algo que muy pocos recuerdan hoy. Una parodia explícita de Fran Sinatra a la que llamaron dentro del guion La voz enmascarada, un guiño cómico y autoconsciente que demostraba que además de cantar y actuar en serio, tenía la suficiente confianza en sí mismo y la suficiente inteligencia escénica para reírse abiertamente de su propio oficio, algo que no todos los ídolos juveniles de esa época se animaban a hacer por temor a dañar su imagen pública. En 1969 filmó romances
sobre ruedas junto a Ana Martín, Teresa Velázquez y Leonorilda Ochoa. Y en los años siguientes su filmografía siguió creciendo con títulos como La Guerra de las monjas en 1970 y Van B Van Aloyo. En 1971. Para entonces, César Costa ya no era solamente un cantante con carrera de actor secundario o decorativo.
era una de las figuras más completas del entretenimiento mexicano de su generación, capaz de sostener una película como protagonista absoluto, de encabezar listas de popularidad musical en discográficas distintas y de hacerlo todo año tras año, sin que su nombre apareciera jamás vinculado a un escándalo de prensa, una rareza estadística que, vista desde la perspectiva de hoy, resulta casi imposible de creer.
Y mientras su vida pública crecía en todas direcciones, multiplicándose entre el cine, la música y la televisión, que ya empezaba a tocar a su puerta, su vida privada avanzaba en un sentido completamente opuesto, hacia el silencio, hacia la protección absoluta de todo lo que no fuera estrictamente trabajo. La mujer que terminaría siendo el centro de esa vida privada se llamaba Hilda González Betancour, conocida después, ya casada como Hilda Roel, una fotógrafa de carrera propia que César conocía desde siempre, porque era amiga cercana de sus
hermanas y prácticamente había crecido dentro del mismo círculo familiar y social que él, presente en reuniones familiares, en cumpleaños, en esas mismas tardeadas de la colonia Nápoles, donde había nacido el rock and roll mexicano. Durante años esa cercanía nunca se transformó en otra cosa, al menos no de manera consciente para César, que la trataba con la familiaridad de quien conoce a alguien de toda la vida, sin reparar en ella de ninguna otra manera, como quien tiene un mueble en la sala desde siempre y deja
de notarlo precisamente por lo acostumbrado que está a su presencia. El cambio llegó, según ha contado el propio César Costa en entrevistas de televisión a lo largo de los años, de una manera casi anticlimática, nada parecida al romance arrebatado y mediático que protagonizaban otros ídolos de su generación, sin escenas de declaración pública, sin canciones dedicadas en la radio, sin nada que la prensa de espectáculos pudiera convertir en titular.
Hilda se fue de viaje y César, sin previo aviso ni planeación consciente, notó su ausencia de una manera que lo tomó completamente por sorpresa. Una ausencia que de pronto se sentía distinta a cualquier otra ausencia cotidiana, una ausencia que dolía de una manera que él mismo no esperaba. fue a recibirla al aeropuerto cuando regresó y ahí, en esa terminal aérea, sin ningún despliegue público, sin cámaras, sin nadie enterado de lo que estaba a punto de pasar, le dijo que quería ser su novio.
se casaron poco después en una boda que, a diferencia de la de Angélica María con Raúl Vale, transmitida en vivo ante millones de televidentes en todo el país, no tuvo absolutamente ninguna cobertura mediática significativa, ninguna nota de portada, ningún reportaje exclusivo y que marcó el inicio de un matrimonio que hasta el día de hoy lleva más de cinco décadas atravesando exactamente las mismas décadas en las que tantos matrimonios de otras estrellas del espectáculo mexicano se quebraron en medio de escándalos públicos,
infidelidades documentadas por la prensa y divorcios litigados en los tribunales con lujo de detalle para el público. De esa unión nacieron dos hijas, Daniela y Fernanda, a quienes César y Hilda criaron deliberadamente, lejos de los reflectores que habían definido la infancia de tantos otros hijos de celebridades mexicanas de esa misma época, niños que crecieron siendo fotografiados desde la cuna, perseguidos por la prensa en la puerta de sus colegios, convertidos en personajes públicos antes de tener edad para
decidirlo por sí mismos. César y Hilda tienen hoy varios nietos y quienes han tenido la oportunidad de entrevistar a la pareja en alguna ocasión excepcional coinciden en describir una dinámica muy particular para dos personas que llevan tanto tiempo en la vida pública mexicana. Cada uno mantiene su propia carrera, sus propios proyectos, su propio espacio profesional y personal.
Aparecen juntos en público solamente cuando es estrictamente necesario. Evitan sistemáticamente las entrevistas de pareja, evitan los reportajes de hogar. Evitan, en definitiva, todo lo que convertiría su matrimonio en un producto más de consumo mediático dentro de una industria que vive, precisamente de exponerlo absolutamente todo.
Y esa decisión, sostenida durante más de 50 años en un medio que jamás dejó de intentar fotografiar, entrevistar y exponer cada rincón de su vida, es probablemente la explicación más sencilla y a la vez más honesta de por qué. Hasta el día de hoy nadie sabe realmente cómo es la casa donde vive César Costa.
Esa misma disciplina, esa misma resistencia deliberada a la exposición innecesaria es la que César Costa ha aplicado también a su cuerpo y a su salud durante toda su vida adulta. y es sin duda uno de los fenómenos más comentados en los últimos años alrededor de su figura pública. Un fenómeno que llegó incluso a volverse viral en plataformas que ni siquiera existían cuando él era joven.
Ya pasados los 80 años, las fotografías que comparte en sus redes sociales generaron en más de una ocasión una ola de comentarios y memes en plataformas como Twitter e Instagram, usuarios de generaciones completamente distintas a la suya, genuinamente sorprendidos de que un hombre de esa edad mantuviera una condición física tan notoria, una postura erguida, una piel cuidada, una energía que contradecía cualquier expectativa convencional sobre como debería verse alguien que ya superó las ocho décadas de vida el 11 de julio de cada año. Además, su cumpleaños suele
convertirse en tendencia en redes sociales mexicanas precisamente por ese mismo motivo, por la sorpresa renovada de un público que cada año vuelve a comprobar que el tiempo, en su caso, parece avanzar con una lentitud que no le concede a casi nadie más en la industria. La explicación que el propio César ha dado en entrevistas a lo largo de los años no tiene absolutamente nada de misterioso, ningún secreto de fórmula mágica, ningún tratamiento exclusivo de clínica privada que justifique tanta sorpresa pública. tiene que ver
exactamente con lo mismo que aprendió de joven con el criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, con la decisión temprana y sostenida de mantenerse completamente alejado del alcohol y de las drogas, mientras prácticamente todos a su alrededor, en el ambiente nocturno de cabarets y giras interminables, caían en ellas con una facilidad alarmante.
tiene que ver con una rutina de ejercicio sostenida durante décadas, con una alimentación cuidada que mantuvo incluso en los años de mayor éxito comercial, cuando la tentación de vivir sin ningún tipo de límite estaba presente en cada esquina de su carrera, en cada fiesta de premiación, en cada celebración posterior a un concierto agotado.
Él mismo lo resumió alguna vez con una frase sencilla en una entrevista de televisión. dijo que los valores que traía desde casa evitaron que se metiera hacia el alcoholismo, que nunca se metió nada de eso, que veía perfectamente como otros a su alrededor se metían lo que él llamó con una expresión coloquial muy mexicana, arponazos, y que él simplemente no lo hacía.
Esa frase, dicha sin dramatismo, sin afán de cermonear a nadie, resume en realidad la lógica completa de toda su vida pública. Una vida construida ladrillo por ladrillo sobre decisiones pequeñas cotidianas sostenidas durante 65 años sin que nadie lo obligara a ello. Y fue precisamente esa misma necesidad de mantenerse vigente, de reinventarse profesionalmente sin perder esa esencia disciplinada, la que llevó a César Costa, ya entrados los años 70, a dar un giro hacia la televisión que terminaría produciendo dos de los proyectos más
importantes de toda su carrera. dos proyectos que marcarían a generaciones completas de mexicanos de maneras muy distintas y uno de ellos, sin que lo buscara ni lo previera, lo dejaría ligado para siempre a una de las leyendas más oscuras y más persistentes de la historia de la televisión mexicana.
Una leyenda que sigue circulando hasta el día de hoy en redes sociales, en programas de nostalgia y en conversaciones de sobremesa entre quienes crecieron viendo ese programa. Esa idea, además, ni siquiera vino de un productor externo que lo buscara a él. Según ha quedado documentado en distintas entrevistas de la época, fue al propio César Costa a quien se le ocurrió la idea original del proyecto en un momento de su carrera en que ya había dejado atrás su etapa de rock and rollero puro de los años 60 y empezaba a explorar con la misma seriedad con la
que abordaba todo lo demás, la conducción de televisión como un oficio aparte con sus propias reglas y su propio ritmo. El resultado fue la carabina de Ambrosio, un show cómico, mágico y musical que salió al aire por primera vez en 1978, transmitido por el canal 2 de Televisa, producido y escrito por Humberto Navarro con libretos de Manuel Rodríguez Ajenjo y que se mantendría en pantalla semana tras semana, durante casi una década completa, hasta 1987.
El programa se construyó deliberadamente alrededor de la idea de que el público nunca supiera que venía después. una sucesión de sketches de comedia, trucos de magia exagerados, números musicales y parodías de los éxitos del momento presentados sin ningún orden previsible en un formato que en su momento se sintió completamente novedoso para la televisión mexicana de variedades.
César Costa fue uno de sus anfitriones principales a lo largo de toda esa década junto a un elenco que se volvió con el tiempo parte de la memoria colectiva del país, figuras como Walberto Castro, Xavier López, mejor conocido por todos como Chavelo, uno de los presentadores más queridos de la televisión infantil y familiar mexicana de todos los tiempos.
Alejandro Suárez, Beto el Boticario, la vedet brasileña Gina Montes, cuyo baile de apertura al ritmo del tema musical Quartz se convirtió. En una de las imágenes más recordadas de todo el programa y más adelante, ya en los años posteriores, el propio Paco Stanley, que con el tiempo se convertiría en uno de los conductores más populares, eventualmente en una de las figuras más trágicas de la televisión mexicana de los años 90.
El programa se construyó alrededor de sketches que se volvieron parte de la memoria colectiva del país entero. Guillo y el monaguillo, protagonizado por Chabelo y el anfitrión en turno. La escuelita con Walberto Castro al frente, Mercado de Lágrimas. una parodia constante y muy lograda de las telenovelas melodramáticas de la época y un personaje de ventríloco que César Costa interpretaba junto al propio Chabelo, además de personajes recurrentes como el padre Chispita, que en su momento generó protestas de grupos
conservadores por considerarlo irreverente hacia la figura religiosa que parodiaba. Y dentro de ese mismo programa nació casi por accidente uno de los personajes más entrañables y más extraños de toda la televisión mexicana, directamente ligado a la figura de César Costa de una manera que resulta casi imposible de explicar a quien no creció viendo ese programa.
El productor Humberto Navarro encontró en uno de sus viajes a Las Vegas una máscara amarilla con una nariz parecida a una zanahoria. La llevó al programa sin tener todavía claro qué iba a hacer con ella. le construyeron un cuerpo improvisado y de ahí, sketch tras sketch, terminó surgiendo la pájara Peggy, una botarga amarilla con personalidad de adolescente de 15 años, pensada como una caricatura exagerada de las miles de fans reales que en esa época formaban clubes de admiradoras persiguiendo a sus ídolos musicales por toda la Ciudad de México.
Y el ídolo elegido para ese personaje, el amor imposible oficial de la pájara Pegy dentro de la ficción del programa, era nada menos que César Costa. a quien ella consideraba dentro del guion el objeto absoluto de su devoción adolescente, llegando incluso a presentarse dentro de los sketches como presidenta del club de fans de un hijo ficticio al que llamaban Cesarín, en un guiño directo al propio César.
Durante los primeros dos años del programa, el propio Humberto Navarro se metía dentro del traje de la pájara protagonizando interacciones de comedia física tan exageradas, Golpes con el ala, patadas con la pata palmeada que terminaron por incomodar a los directivos de Televisa, hasta que una nota interna del propio dueño de la empresa pidió que se buscara un reemplazo, llegando al actor y comediante Moisés Suárez, quien le dio continuidad al personaje durante el resto de la década y popularizó frases que se quedaron instaladas en en el
habla coloquial mexicana durante años, como aquella que repetía constantemente si que sí o la cadencia rítmica de Ala One la two, a la one two th. La carabina de Ambrosio fue durante esos años uno de los programas más exitosos de toda la televisión mexicana, una referencia obligada de los sábados o domingos familiares frente al televisor, una fábrica de personajes y frases que se volvieron parte del lenguaje cotidiano del país.
Pero con el paso de las décadas, ese mismo programa terminó cargando con algo mucho más oscuro que la simple nostalgia, una leyenda que la prensa de espectáculos mexicana ha repetido una y otra vez a lo largo de los años y que merece ser contada aquí, exactamente como lo que es, con toda honestidad, un mito persistente construido a partir de coincidencias dolorosas, ni más ni menos que eso, pero tampoco menos.
En febrero de 1992, la actriz Judith Velasco, recordada por su papel de madre abnegada dentro del sketch Mercado de Lágrimas, seida arrojándose a las vías del metro en la estación División del Norte después de atravesar una profunda ligada al desempleo que sufrió tras el final del programa, una depresión que, según contó el propio Chabelo años después, en una entrevista televisiva, él intentó frenar a tiempo ofreciéndole una nueva oportunidad de trabajo para sacarla de ese estado.
Una oferta que lamentablemente llegó demasiado tarde para evitar la tragedia. Años más tarde, el 7 de junio de 1999, Paco Stanley, otro de los rostros que había pasado por el programa en sus últimas temporadas, fueado aos a la salida de un restaurante en el periférico de la Ciudad de México después de salir de las grabaciones de su programa matutino en otra televisora.
Un crimen que hasta el día de hoy permanece envuelto en zonas oscuras que nunca llegaron a esclarecerse del todo ante la opinión pública y que se convirtió en uno de los casos más comentados de toda la historia de la nota roja de espectáculos en México. A esas dos tragedias se sumaron con el paso de los años, la muerte de Beto el Boticario, el exilio forzado que la propia Gina Montes vivió durante los años 80, alejada por completo del ojo público mexicano durante un tiempo prolongado y más recientemente, en enero
de 2024, la muerte propia Gina Montes en la ciudad de Nueva York después de una batalla contra el cáncer que se mantuvo en privado. una noticia que su única hija decidió hacer pública varios días después de fallecimiento por motivos personales. La acumulación de esas tragedias, sucedidas a lo largo de más de tres décadas y dispersas entre distintos integrantes de un mismo elenco, alimentó entre la prensa de espectáculos mexicana el mito persistente de una supuesta maldición ligada al programa, un mito que resurge
cada vez que fallece alguno de sus exintegrantes y que medios serios como Infobae han documentado precisamente como eso, como mito, como leyenda urbana, no como un fenómeno comprobado ni mucho menos sobrenatural. Es importante decirlo aquí con toda la claridad posible porque es exactamente el tipo de rumor que merece tratarse con cuidado y no como un hecho establecido, sino como lo que realmente es una leyenda construida año tras año a partir de coincidencias genuinamente dolorosas, pero coincidencias al fin. Y dentro de
ese mismo elenco marcado por tantas pérdidas a lo largo de tres décadas, hay un hombre que rompe completamente ese patrón sombrío, que sigue vivo, activo, trabajando, subiendo a escenarios, dando entrevistas, escribiendo sus propias memorias en este mismo momento. Y ese nombre es precisamente el de César Costa, uno de los pocos integrantes originales de la carabina de Ambrosio que continúa hasta el día de hoy en plena actividad pública.
contraste que, dicho con toda honestidad, vale más que cualquier explicación sobrenatural que alguien quiera inventarle a esa historia. Mientras la carabina de Ambrosio seguía al aire, César Costa preparaba, sin saberlo todavía con claridad, el proyecto que terminaría siendo el más entrañable y el más cercano emocionalmente al público de toda su carrera televisiva.
El 11 de febrero de 1987 se estrenó Papá Soltero, una serie producida por Luis de Llano Macedo, uno de los productores más influyentes de la televisión mexicana de esa década, que cada miércoles por la noche contaba la vida cotidiana de un padre de familia interpretado por el propio César Costa, encargado de criar el solo a sus tres hijos, Miguel, Alejandra y Cesarín.
La premisa establecía en sus primeros episodios que el personaje se había divorciado tiempo atrás de la madre de los muchachos con quienes vivían inicialmente y que después de que ella falleciera de manera repentina, él tuvo que aprender prácticamente de la nada y sin ningún manual al que recurrir a ejercer una paternidad completa, mientras compaginaba esa responsabilidad enorme con su carrera dentro de la propia ficción del programa como productor de telenovelas.
Durante 7 años consecutivos hasta julio de 1994, papá soltero abordó en cada episodio temas que prácticamente ningún otro programa familiar mexicano de esa época se atrevía a tocar con esa misma naturalidad y esa misma cercanía, el primer sueldo de un hijo y cómo administrarlo, el primer auto y la responsabilidad que implica las primeras decepciones amorosas de unos adolescentes que el público veía crecer en tiempo real, año tras año, frente a la pantalla, la comunicación honesta está ahí directa entre un padre y sus hijos en plena adolescencia,
sin los golpes de drama exagerado que dominaban tantas telenovelas de la misma época. César Costa dijo años después en una entrevista para un medio especializado que se identificaba totalmente con el personaje de Miguel, el padre, porque en gran medida ese personaje estaba basado en su propia vida y en su propia manera de ejercer la paternidad y que el escritor del programa solía entrevistar al elenco completo sobre sus experiencias personales, académicas y familiares, convirtiendo después esas anécdotas reales en material de guion para los
episodios siguientes. Algunas de las novias que el actor llegó a tener su personaje dentro de la ficción del programa fueron interpretadas a lo largo de los años por actrices como Lolita Cortés, Mary Pass Bankquers, Beatriz Sueta e incluso en una participación especial por Alejandra Guzmán, hija del propio Enrique Guzmán, en un cruce curioso de generaciones dentro del mismo universo del rock and roll mexicano, quienes trabajaron con César Costa en ese set, como el actor Luis Mario Quiroz, que interpretó a uno de los
hijos Recuerdan además en entrevistas posteriores que esa misma vocación paternal que el personaje mostraba en pantalla existía también fuera de cámaras. Que en más de una ocasión César Costa se ofreció personalmente a llevar a sus jóvenes compañeros de elenco a sus casas después de terminar las grabaciones, conduciendo el mismo su propio automóvil sin necesidad de chóer ni de sequito.
Un gesto pequeño pero revelador del tipo de figura paterna que era dentro y fuera de la ficción. En paralelo a toda esa carrera artística, César Costa construyó con los años una faceta pública distinta ligada al servicio social que terminaría dándole algunos de los reconocimientos más significativos de toda su vida. Reconocimientos que tienen muy poco que ver con la popularidad de un éxito musical o de un programa de televisión y mucho más con un compromiso sostenido durante décadas.
El 17 de agosto de 2004 fue nombrado embajador de buena voluntad de UNICEF en México, convirtiéndose en el primer mexicano en recibir ese nombramiento específico, un cargo que ha ejercido de manera ininterrumpida durante más de dos décadas, participando en campañas a favor de los derechos de la niñez en todo el país y durante la pandemia de COVID-19, en iniciativas como Juntos Vencemos al COVID-19 y Desafío por la infancia, enfocadas en apoyar a niñas y niños en situaciones especialmente vulnerables durante uno de los periodos más difíciles de la
historia reciente del país. En 2001 recibió el título de Mister Amigo y ese mismo año fue inducido al paseo de las Luminarias en la Plaza de las Estrellas de la Ciudad de México en reconocimiento a su trayectoria sostenida tanto en la televisión como en la industria discográfica mexicana. En 2014, la Academia Latina de la Grabación, la organización detrás de los premios Latinrami, le otorgó el premio a la excelencia musical, un reconocimiento honorífico reservado exclusivamente para las trayectorias más influyentes y más
duraderas de la música en español. Un premio que comparte con apenas un puñado de artistas de toda la historia del género y desde 2001 ha conducido el programa Como Pasa el tiempo, transmitido por el canal Aprende, un espacio dedicado precisamente a revisar, con la perspectiva que solo dan los años la historia del entretenimiento mexicano que él mismo en gran medida ayudó a construir desde sus inicios como rockanrolero adolescente.
Pero en los últimos años esa trayectoria limpia, esa reputación construida durante más de 65 años sin un solo escándalo real que la Manche, se ha visto interrumpida una y otra vez por algo completamente distinto a un escándalo en el sentido tradicional del término, por la desinformación pura fabricada deliberadamente para generar clics y ganancias publicitarias.
en 2021, en 2023 y de nuevo con mucha más intensidad, en junio de 2025 circularon en YouTube y en redes sociales como X distintos videos y publicaciones que afirmaban con titulares deliberadamente alarmistas y manipuladores, que César Costa había muerto, que se encontraba gravemente enfermo.
Internado en el Hospital Ángeles del Pedregal, al sur de la Ciudad de México, uno de los hospitales privados más reconocidos del país. Uno de esos videos titulado de manera explícita y morbosa El trágico final de César Costa, la hija del actor lamenta la tragedia de su padre, se volvió viral punto de generar tendencia nacional en cuestión de horas, obligando al propio César, ya con 83 años cumplidos, a grabar un video personal desde su propia casa para desmentirlo con su propia voz frente a cámara, sin intermediarios ni representantes que hablaran por él. dijo
casi textualmente que les hablaba César Costa para saludarlos y para desmentir una vez más una noticia que había salido en YouTube en la cual se aseguraba que se encontraba gravemente enfermo, internado, con todos los detalles falsos incluidos y que eso era una gran mentira. añadió, con un tono que mezclaba el cansancio acumulado de tener que repetir lo mismo y una indignación genuina que le parecía lamentable que ciertas personas se dedicaran, por unos cuantos pesos de ganancia publicitaria a inventar ese tipo de historias sobre
alguien que sigue perfectamente vivo y pidió directamente a sus seguidores que no les diera ningún tipo de crédito ni de difusión. No fue además un caso aislado ni exclusivo de su figura. Ese mismo patrón de noticias falsas sobre muertes y hospitalizaciones inventadas ha perseguido en años recientes a varios de sus contemporáneos de aquella misma época dorada del entretenimiento mexicano, entre ellos Chabelo, su propio compañero de tantos años en la carabina de Ambrosio, Enrique Guzmán, Alberto Vázquez, e incluso a figuras
internacionales como Julio Iglesias y a actrices mexicanas como Ana Martín, una nueva forma de rumor completamente distinta a los rumores de juventud. sobre romances y posibles traiciones que perseguían a esta misma generación cuando eran jóvenes, propia de una era digital donde cualquier persona con una computadora, sin necesidad de presupuesto, de credenciales periodísticas ni de verificación alguna, puede inventar una tragedia completa y monetizarla a través de la curiosidad y el morvo ajeno, generando ingresos publicitarios reales
a partir de una mentira completamente fabricada. Días después de aclarar una vez más que seguía vivo y en plena actividad, César Costa concedió una entrevista exclusiva en la que reveló con más detalle en que estaba enfocado en ese momento de su vida. contó que se encontraba escribiendo sus propias memorias, un proyecto personal que lo tenía especialmente entusiasmado después de tantas décadas frente al público, además de mantener su compromiso constante con UNICEF y con la Qualitas of Life Foundation, otra organización
dedicada al trabajo social a la que también ha destinado tiempo y esfuerzo en los últimos años. En noviembre de 2023 había subido una vez más al escenario del Auditorio Nacional junto a Enrique Guzmán y Angélica María dentro del espectáculo La caravana del rock and roll, demostrando ante un público que volvió a agotar las entradas con meses de anticipación, que a sus más de 80 años seguía siendo capaz de llenar uno de los recintos más importantes de toda América Latina, exactamente con el mismo repertorio que había estrenado siendo
apenas un adolescente. En agosto de este mismo año cumplirá 85 años y todo indica, por su ritmo de actividad reciente que seguirá haciendo exactamente lo que ha hecho durante más de 65 años consecutivos: presentarse, cantar, conducir, escribir sin necesidad de reinventarse del todo, porque nunca tuvo que esconder una versión distinta de sí mismo para poder sobrevivir dentro de una industria que devoró sin demasiada compasión a tantos otros de su misma generación.
Hoy, en este mismo 2026, César Costa vive con la misma disciplina que ha mantenido desde joven, sin nada espectacular que contar y sin necesidad de que lo haya. Mantiene una rutina diaria de ejercicios de relajamiento y estiramiento, además de caminar o correr 2 km cada día para conservar su condición física, la misma constancia silenciosa, sin entrenador de revista ni rutina milagrosa que vender, que lo ha acompañado durante más de seis décadas.
El despacho de abogados laborales que fundó su padre en 1930 hasta hoy en manos de la familia Roel. Una permanencia que confirma algo que ya intuíamos desde el principio de esta historia, que la disciplina y la constancia no son un personaje que César Costa interpreta de vez en cuando, sino el material con el que está construida toda su familia desde antes de que él naciera.
En agosto de este 2026 cumplirá 85 años. sigue exactamente donde lo dejamos hace apenas unos meses, escribiendo sus memorias, sosteniendo su compromiso con UNICEF y con la Qualitas of Life Foundation, publicando en sus redes sociales fotografías junto a Hilda y junto a sus hijas, sin necesidad de explicarle al público qué hay detrás de esas imágenes, porque nunca ha sentido la obligación de hacerlo.
No existe hasta hoy un titular grande sobre César Costa en 2026 y esa ausencia de titulares es en sí misma la noticia. En una industria que mide la relevancia en escándalos y en crisis, él sigue siendo relevante exactamente por la razón contraria, por seguir vivo, por seguir caminando sus 2 km diarios, por seguir sin darle a nadie un motivo real para hablar mal de él. M.