A veces, “necesito espacio” significa “quiero alejarme sin sentirme culpable”. Es una frase que flota en el aire como una granada a la que alguien le ha quitado la anilla con una calma exasperante. No explota de inmediato; primero libera un gas invisible que te nubla la vista y te hace preguntarte si el salón siempre ha sido así de pequeño o si las paredes han decidido dar un paso al frente para cotillear vuestras miserias.
Eran las siete y media de una tarde de martes, esa hora muerta en la que Madrid huele a asfalto cansado y a sofrito de ajo que se cuela por los patios interiores. Javi estaba sentado en el sofá, un mueble de una conocida multinacional sueca que prometía comodidad ergonómica pero que, tras tres años de relación, se había hundido en el centro creando una especie de fosa común para las migas de patatas fritas y las esperanzas compartidas. Tenía el mando a distancia en la mano, pasando canales con esa desidia de quien no busca ver algo, sino simplemente evitar el silencio.
Clara estaba de pie, junto a la estantería que apenas se mantenía en equilibrio bajo el peso de libros que nunca leerían y figuras de vinilo que Javi coleccionaba con un fervor casi religioso. Llevaba diez minutos mirando fijamente una maceta de una planta de plástico que, a pesar de ser de polietileno, parecía estar marchitándose por la tensión del ambiente.
—Necesito espacio —soltó ella de repente, sin preámbulos, como quien anuncia que se ha acabado el papel higiénico o que el carnicero ha subido el precio de la pechuga de pollo.
Javi se quedó congelado. El mando a distancia apuntaba al televisor, donde un chef con demasiada energía gritaba algo sobre el punto de cocción del rabo de toro. Bajó el brazo lentamente, con la parsimonia de un artificiero que acaba de escuchar un “clic” bajo su bota. Se giró hacia ella, entrecerrando los ojos, buscando en el rostro de Clara alguna señal de que aquello era una broma de mal gusto, un guion de una serie de Netflix o un síntoma de falta de glucosa.
—¿Espacio? —reitió él, saboreando la palabra como si fuera un trozo de limón—. ¿Espacio o distancia?
Clara cerró los ojos y dejó caer los hombros. Ese era el problema de Javi. Javi no era de los que se asustaban y huían; Javi era de los que analizaban la semántica de la catástrofe mientras la casa ardía. Era un filólogo del drama cotidiano, un hombre capaz de discutir sobre la diferencia entre “estar cansado” y “sentirse agotado” mientras el Titanic se hundía bajo sus pies.
—No empieces, Javi. Por favor, no empieces —dijo ella, con una voz que era un hilo de desesperación y fatiga.
—No, no, si no empiezo nada —replicó él, incorporándose en el sofá y dejando el mando sobre la mesa de centro, justo encima de un posavasos con la cara de un gato que le habían regalado en un amigo invisible—. Es una duda legítima. El espacio es físico, Clara. El espacio se mide en metros cuadrados, en centímetros de colchón que ocupo yo y centímetros que ocupas tú. La distancia es otra cosa. La distancia es emocional. El espacio se puede arreglar moviendo un mueble; la distancia requiere un mapa y, probablemente, un coche de alquiler que no podemos pagar.
Clara se pasó las manos por la cara, estirando la piel de sus sienes hasta que sus ojos parecieron los de un personaje de anime en horas bajas. Conocía ese tono. Era el tono de “vamos a tener una conversación de tres horas sobre un concepto abstracto mientras se nos enfría la lasaña congelada”.
—Es que no es lo mismo respirar que desaparecer —continuó Javi, que ya se estaba viniendo arriba con su propia retórica—. Si necesitas espacio, me muevo al balcón. Me voy a la cocina a hacer una tortilla de patatas con cebolla, que sé que te gusta aunque discutamos sobre si la cebolla es una aberración o una bendición de Dios. Pero si lo que quieres es distancia, eso implica que mi presencia te molesta a un nivel molecular. Y eso, tía, eso es otra liga.
—Solo quiero pensar —dijo ella, caminando hacia la ventana que daba al patio interior, donde una vecina tendía sábanas con una energía envidiable para ser un martes—. Quiero pensar sin tener que explicarte cada cinco minutos qué estoy pensando. Quiero estar en mi cabeza sin que tú estés en la puerta de mi cabeza con un cuaderno de notas y una linterna preguntándome si hay Wi-Fi dentro.
Javi se quedó mirándola de espaldas. Clara siempre había sido así, un poco volcánica, un poco de guardarse las cosas hasta que el contenedor de su paciencia desbordaba y terminaba manchando el parqué. Él, por el contrario, era una antena parabólica de sentimientos ajenos. Si Clara suspiraba un poco más fuerte de lo normal, él ya estaba buscando en Google “síntomas de crisis existencial en mujeres de treinta”.
—Vale —dijo él, levantando las manos en señal de rendición, aunque sus dedos todavía gesticulaban buscando un argumento—. Vale, quieres pensar. Te doy el pase VIP para tu propio cerebro. Pero no me dejes en modo pausa, Clara. No me dejes como una pestaña del navegador que se ha quedado colgada y no sabes si cerrarla o esperar a que cargue. Porque yo aquí, en el salón, empiezo a rayarme. Empiezo a pensar que el “espacio” es el preámbulo de un “tenemos que hablar” definitivo, y de ahí al reparto de los libros y a ver quién se queda con la cafetera italiana hay un paso muy pequeño.
Clara se giró. Sus ojos ya no estaban en blanco, sino que brillaban con esa luz peligrosa de quien está a punto de soltar una verdad incómoda.
—¿Ves? Esto es exactamente de lo que hablo. Te pido espacio y tú me das un monólogo sobre cafeteras y pestañas de Google Chrome. No puedes evitarlo. Quieres controlar hasta mi silencio. Quieres que mi retiro espiritual, que iba a durar lo que tarda en bajar la basura, se convierta en una negociación colectiva.
—No es control, es logística emocional —se defendió él—. Si te vas a pensar a la habitación, ¿puedo entrar a por mis calcetines o eso rompe el hechizo del espacio? Si te vas a dar una vuelta por el Retiro para aclarar tus ideas, ¿significa que si te llamo para saber si traes pan estoy violando tu frontera soberana? Es que las reglas no están claras, Clara. Y yo sin reglas me pierdo. Soy como un GPS sin satélite, acabo metiendo el coche en un río.
La tensión cómica empezaba a brotar entre los restos de la tensión dramática. En España, las rupturas y las crisis nunca son del todo solemnes porque siempre hay un vecino que grita, un olor a comida o un comentario sobre la logística del pan que rompe la magia del sufrimiento.
Clara soltó una risa seca, casi un ladrido.
—Eres increíble, Javi. De verdad. He dicho que necesito espacio y tú ya estás montando una aduana en el pasillo. Solo quiero… no sé, un par de horas donde no seas el centro de mi campo visual. ¿Es tan difícil de entender? No quiero desaparecer de tu vida, quiero desaparecer de esta conversación.
—Ya, pero es que esta conversación es la que evita que desaparezcas de mi vida —sentenció él con una solemnidad que rozaba lo ridículo—. Mira, hagamos un trato. Te doy el espacio. Me vuelvo invisible. Soy un fantasma, un espectro, un mueble de Ikea más. Pero por lo que más quieras, dime que el botón de pausa tiene una fecha de caducidad. No me dejes aquí, con el chef del rabo de toro, preguntándome si mañana seguiré teniendo novia o si tendré que mudarme a casa de mi madre, que ya me ha dicho que mi antigua habitación ahora es su cuarto de costura.
Clara lo miró. A pesar de lo “pesao” que podía ser Javi, había una vulnerabilidad en su insistencia que siempre la desarmaba. Él no era malo, solo era… intenso. Una intensidad de baja intensidad, persistente como la lluvia de Galicia, que no te ahoga pero te acaba calando hasta los huesos.
—Me voy a dar una vuelta —dijo ella, cogiendo su chaqueta del perchero—. Sola. Sin móvil. Sin itinerario.
—¿Sin móvil? —Javi se levantó del sofá como impulsado por un resorte—. ¿Y si te pasa algo? ¿Y si te encuentras con un jabalí en la calle Alcalá? He visto en las noticias que están bajando a la ciudad.
—Javi, si me ataca un jabalí en el centro de Madrid, te prometo que el espacio se acabará de golpe porque gritaré tan fuerte que me oirás desde aquí. Pero ahora mismo, el único jabalí que me preocupa es el que tengo delante y no deja de hacerme preguntas.
Clara abrió la puerta de casa. El aire del descansillo, con su olor a cera de suelo y a comunidad de vecinos, le pareció el aroma de la libertad más absoluta.
—En modo pausa, Javi —repitió ella antes de salir—. Pero no me toques los ajustes, que te conozco.
Cerró la puerta con un golpe seco, dejando a Javi en medio del salón, con el mando a distancia en la mano y el chef de la televisión ahora explicando cómo limpiar los riñones al jerez. Javi suspiró, miró la maceta de plástico y se preguntó si el espacio que Clara había pedido incluía también el aire que él estaba respirando en ese momento.
Parte 2: La física cuántica del pasillo
Javi se quedó mirando la puerta cerrada durante lo que le pareció una eternidad, aunque el reloj de la cocina —ese que siempre iba cinco minutos adelantado porque Clara decía que así llegaba menos tarde a los sitios— indicaba que solo habían pasado cuarenta segundos. La ausencia de Clara era un peso físico. No era solo que ella no estuviera; era que el “espacio” que ella se había llevado parecía haberse llenado de una nada ruidosa.
Se sentó de nuevo en el sofá, pero esta vez con la espalda recta, como un invitado incómodo en su propia casa. Intentó hacer lo que ella le había pedido: dejarla estar en modo pausa. Pero Javi era un hombre de acción mental. Su cerebro era una centrifugadora de escenarios hipotéticos.
—¿Espacio? —murmuró para sí mismo, mirando el rincón donde ella solía dejar los zapatos—. Si le doy espacio, ¿cuánto espacio es suficiente? ¿Es un espacio de radio de un kilómetro o es un espacio temporal de tres horas? ¿Y si el espacio se expande? Según la teoría del Big Bang, el universo se expande constantemente. ¿Y si su necesidad de espacio sigue la misma progresión física? Mañana necesitará el barrio, la semana que viene la comunidad autónoma y para el mes de agosto me estará enviando postales desde una estación espacial porque la Tierra se le ha quedado pequeña.
Se levantó y empezó a caminar por el pasillo. El pasillo de su casa era estrecho, de esos que en los anuncios de las inmobiliarias llaman “distribuidor con encanto”, pero que en realidad obligaba a hacer una maniobra de encaje de bolillos si dos personas querían cruzarse. Javi midió el pasillo con pasos de hormiga, talón contra punta.
—Diez pasos —contó—. Diez pasos de pasillo. Si yo estoy aquí y ella está en la calle, técnicamente ya tiene espacio. Pero, ¿y si vuelve y yo sigo aquí? ¿Estaré invadiendo su zona de exclusión aérea?
Javi necesitaba entender la naturaleza del “espacio”. Para él, las palabras eran contratos. Si alguien decía “necesito espacio”, él quería los planos, las coordenadas GPS y el horario de apertura y cierre de dicho espacio. La ambigüedad de Clara lo mataba. Ella era de “sensaciones”, de “fluir”, de “no agobiar”. Él era de manuales de instrucciones, de “paso A” y “paso B”, de saber si el mueble se montaba con una llave Allen o con un martillo.
Decidió que, para ser un buen “compañero de pausa”, debía hacer algo productivo que no implicara pensar en ella. Pero, ¿qué haces en una casa de sesenta metros cuando el amor de tu vida ha salido por la puerta huyendo de tu verborrea?
Miró la cocina. La encimera era un catálogo de pequeñas derrotas cotidianas: una taza de café a medio terminar, una mancha de aceite que parecía el mapa de las Baleares y una pila de platos que gritaban pidiendo auxilio.
—Voy a fregar —decidió—. Fregar es un acto de servicio. Es una forma de generar espacio físico eliminando el desorden. Cuando ella vuelva, verá una cocina inmaculada y pensará: “Vaya, Javi me ha dado espacio mental al no hacerme pensar en los platos”. Soy un genio de la psicología doméstica.
Se puso los guantes amarillos de fregar, que le quedaban un poco grandes y le daban un aire de cirujano de saldo. Abrió el grifo y empezó a atacar la suciedad con una furia contenida. El ruido del agua y el roce del estropajo contra la cerámica le servían de banda sonora para su monólogo interno.
—Porque, vamos a ver —decía mientras frotaba una sartén con restos de tortilla—, ¿qué es el espacio sino una falta de materia? Si yo quito la materia de los platos, hay más espacio. Es pura lógica. Pero ella dice que “necesita respirar”. ¿Acaso yo le quito el oxígeno? Yo soy un pulmón suplementario, un apoyo constante. Lo que pasa es que la gente hoy en día tiene miedo al compromiso de la proximidad. Quieren estar solos pero acompañados, cerca pero lejos, con Wi-Fi pero sin cables. Es una paradoja, una contradicción que nos va a llevar a todos a la ruina emocional.
Se detuvo un momento, con el estropajo en alto.
—¿Y si el espacio es un código para otra cosa? —se preguntó, sintiendo un escalofrío—. ¿Y si “necesito espacio” es la versión moderna del “no eres tú, soy yo”? No, no, Clara no es así. Clara es directa. Si quisiera dejarme, me lo diría con una presentación de PowerPoint y una lista de razones numeradas del uno al cincuenta. Ella no usa eufemismos… a menos que el eufemismo sea su forma de protegerse del drama.
Javi terminó de fregar y se quedó mirando sus manos enguantadas. El silencio de la casa volvió a caer sobre él. Era un silencio que olía a lavavajillas de limón. Decidió que fregar no había sido suficiente. El espacio seguía sintiéndose viciado.
Se fue al salón y empezó a mover los cojines. Los golpeó con una energía que rayaba la violencia, intentando devolverles el volumen que habían perdido tras años de maratones de series. Los colocó en ángulos perfectos de cuarenta y cinco grados. Luego, miró la estantería.
—Orden alfabético —susurró—. El orden alfabético aporta claridad mental. Si Clara vuelve y ve los libros ordenados, sentirá que el caos de su vida se ha mitigado. Sentirá que su mente puede descansar porque yo he puesto orden en el mundo exterior.
Empezó a sacar libros. Novelas, manuales de cocina, cómics, libros de autoayuda que ella había comprado en un momento de debilidad y que ahora servían para calzar una mesa. Los apiló en el suelo.
—”A” de amor… no, mejor “A” de Auster. Paul Auster. Muy apropiado. El azar y la soledad. La trilogía de Nueva York. Personajes que se pierden en la ciudad buscando espacio. Como Clara ahora mismo. Estará caminando por la calle Fuencarral, mirando escaparates de tiendas de ropa que no puede pagar, sintiendo el “espacio” entre la gente. ¿Se sentirá libre? ¿O se sentirá sola?
Javi se sentó en el suelo, rodeado de libros, y de repente se sintió ridículo. Estaba ordenando una biblioteca para una mujer que acababa de decirle que no quería verle la cara. Era como decorar el corredor de la muerte con flores de papel.
—Es que no es lo mismo respirar que desaparecer —repitió, usando la frase que le había dicho antes—. Si respiras, el aire entra y sale. Hay un intercambio. Si desapareces, solo hay vacío. Y yo no sé gestionar el vacío. Yo necesito que el aire tenga nombre y apellidos.
De repente, sonó un ruido en el descansillo. Javi se puso tenso como una cuerda de violín. ¿Era ella? ¿Había vuelto ya? ¿Se le había acabado el espacio en quince minutos? Miró el reloj: habían pasado veinte. “Vaya récord de introspección”, pensó.
Pero no era Clara. Era el vecino del 3ºB, el señor Germán, que siempre arrastraba el carrito de la compra con un estrépito que parecía el desembarco de Normandía. Javi escuchó cómo el vecino peleaba con la llave, cómo suspiraba, cómo soltaba una maldición en voz baja. La normalidad de los demás le resultó insultante. ¿Cómo podía el señor Germán estar preocupándose por las ofertas del Mercadona mientras el universo de Javi estaba en modo pausa?
Se levantó del suelo, dejando los libros esparcidos. La idea del orden alfabético ya no le parecía tan brillante. Le parecía un síntoma de locura.
—Tengo que hacer algo —dijo en voz alta—. No puedo quedarme aquí esperando a que el espacio se agote. El espacio es una magnitud física, y yo soy un cuerpo con masa. Si me quedo quieto, la gravedad me va a aplastar.
Fue al dormitorio. La cama estaba deshecha, con el edredón formando montañas y valles que recordaban a una orografía del desastre. Vio el pijama de Clara tirado sobre la almohada. Era un pijama de algodón, con dibujos de osos panda que parecían juzgarle con sus ojitos negros.
—Incluso los osos panda me miran con lástima —murmuró—. Estarán pensando: “Pobre Javi, no sabe darle espacio a una mujer”. Pero, ¿y el oso macho? ¿Acaso el oso macho no necesita saber dónde está su osa? ¿No es instinto de supervivencia?
Se sentó en el borde de la cama. El dormitorio era el epicentro del espacio compartido. Aquí no había secretos, o no debería haberlos. Aquí es donde se hablaban las cosas antes de dormir, donde los problemas se hacían pequeños bajo la manta o se hacían gigantes si uno de los dos se daba la vuelta y fingía dormir.
Clara le había dicho: “No me dejes en modo pausa”. Pero, ¿quién le daba al “play”? ¿Ella al volver? ¿O era él quien tenía que buscar el mando de la relación?
Se imaginó a Clara caminando por Madrid. La imaginó sentada en una plaza, observando a las palomas, disfrutando de no tener a nadie que le preguntara qué quería cenar. Sintió una punzada de celos hacia las palomas. Ellas tenían todo el espacio del mundo y Clara las miraba con más cariño que a él en la última media hora.
—”No empieces”, me ha dicho —recordó Javi—. “No empieces”. Como si mis argumentos fueran una mecha. Pero una mecha necesita algo que quemar. Y yo solo tengo estas ganas de que todo vuelva a la normalidad. La normalidad es un sitio infravalorado. Todo el mundo quiere aventuras, quiere “espacio”, quiere “crecimiento personal”. Yo solo quiero ver una serie del montón, comer algo que nos engorde y que ella me ponga los pies fríos encima de las piernas. Ese es mi espacio ideal. Mi zona de confort tiene exactamente el tamaño de sus pies fríos.
Se levantó y se miró al espejo del armario. Tenía el pelo revuelto y una mancha de lavavajillas en la camiseta. No parecía un hombre que estuviera ganando la batalla del espacio. Parecía un hombre que acababa de perder un combate contra un bote de Fairy y estaba a punto de perder la guerra contra la soledad.
—Vale, Clara. Espacio. Tendrás todo el maldito espacio que quieras —dijo al espejo—. Pero no te quejes si cuando vuelvas he convertido el salón en un parque temático sobre mi propia desesperación.
Salió del dormitorio decidido a no volver a caminar por el pasillo. Si Clara quería espacio, él se quedaría en el salón, estático, como una estatua de sal en un bloque de pisos de la periferia. Pero el silencio de la casa empezó a hablarle de nuevo, y esta vez, el silencio tenía la voz de Clara diciendo: “Solo quiero pensar”.
—¿Y en qué piensas, Clara? —preguntó al aire—. ¿Piensas en lo bien que se está sola? ¿O piensas en que me echas de menos pero te da rabia admitirlo porque mi intensidad es un poco “too much”?
Javi se dio cuenta de que el “modo pausa” no era un estado de espera. Era una tortura china donde cada gota de silencio era un golpe en la frente de su seguridad personal. Y en España, donde somos de hablar, de tocarnos, de invadir el espacio personal del otro en la cola del autobús, la petición de espacio es casi un acto de traición cultural.
Parte 3: El protocolo de la invisibilidad
Pasada una hora, Javi entró en una fase que él mismo denominó “el protocolo de la invisibilidad absoluta”. Si Clara quería espacio, él se convertiría en el hombre más minimalista del planeta. Decidió que su presencia física debía reducirse al mínimo exponente.
Se sentó en una silla de la cocina, la que estaba más pegada a la esquina, intentando ocupar el menor volumen posible. Se quedó allí, con las manos sobre las rodillas, respirando con una discreción que rozaba la asfixia. Si una mosca hubiera entrado en la cocina, habría tenido más impacto ambiental que él.
—Esto es el espacio —se dijo—. Estoy creando un vacío. Soy un agujero negro de baja intensidad.
Pero la mente de Javi no sabía de minimalismos. Su cabeza seguía funcionando a tres mil revoluciones por minuto. Empezó a repasar todas las veces que ella había dado señales de “necesidad de espacio” en los últimos meses.
—El domingo pasado —recordó—. Se fue al baño con el móvil y tardó cuarenta minutos. Yo pensé que tenía problemas intestinales y le ofrecí un yogur con bífidus. Ella me miró con una cara… ahora lo entiendo. No era el intestino, era el alma. Estaba buscando espacio entre los azulejos y el bote de champú de oferta. ¡Y yo le ofrecí un yogur! Soy un insensible semántico.
Se golpeó la frente suavemente contra la pared fría de la cocina.
—Y el martes de la semana anterior. Dijo que quería ir a comprarse unos zapatos sola. Yo le dije que la acompañaba, que así le daba mi opinión experta, porque yo sé lo que le queda bien. ¡Qué idiota! Ella no quería zapatos, quería una hora de no tener que escuchar mis teorías sobre por qué las suelas de goma son mejores para el asfalto de Madrid.
Javi se sentía como un detective que acaba de descubrir que el asesino es él mismo. Cada gesto de cariño, cada oferta de ayuda, cada “estoy aquí para lo que necesites” se le revelaba ahora como una piedra más en el muro que había acabado por asfixiar a Clara.
—Es que no es lo mismo respirar que desaparecer —volvió a su mantra—. Yo pensaba que la estaba ayudando a respirar, pero en realidad le estaba haciendo el boca a boca a alguien que no se estaba ahogando. Estaba intentando salvar a una persona que solo quería nadar un rato por su cuenta.
De repente, el teléfono de Javi vibró sobre la mesa de la cocina. El corazón le dio un vuelco. ¿Era ella? ¿Se le había acabado el espacio? ¿Se había encontrado con el jabalí?
Miró la pantalla. Era un mensaje de WhatsApp de su madre.
“Hijo, ¿cómo estáis? He visto que mañana dan lluvias. Acuérdate de sacar el paraguas bueno, el que te regalé, no el de publicidad que se dobla con nada. Un beso a Clara.”
Javi sintió ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Su madre, con su pragmatismo meteorológico, metiendo el dedo en la llaga de la cotidianidad.
“Estamos bien, mamá. Clara ha salido a… a comprar espacio. Yo me he quedado guardando el paraguas. Un beso”, escribió, y luego borró el mensaje. No podía preocupar a su madre. Su madre era de las que pensaba que si una pareja necesitaba espacio es porque uno de los dos tenía un amante o porque la casa era demasiado pequeña y necesitaban mudarse a un chalet en Las Rozas.
“Todo bien, mamá. Besos”, envió finalmente.
Dejó el móvil boca abajo. El aparato le recordaba que Clara no le había escrito. “Sin móvil”, había dicho ella. Eso significaba que no había red de seguridad. Estaba ella sola con sus pensamientos, y él solo con los platos limpios y el orden alfabético frustrado.
Decidió que el “modo pausa” necesitaba una banda sonora, pero no podía poner música porque eso invadiría el espacio acústico que ella podría encontrar al volver. Así que empezó a tararear para sí mismo una canción de los años ochenta que siempre le recordaba a los veranos en el pueblo, una época donde el espacio no era un problema porque el mundo se acababa donde terminaba el campo de girasoles.
—Si Clara vuelve ahora mismo —pensó— y me ve aquí, sentado en una esquina de la cocina, en silencio y a oscuras para no gastar espacio lumínico, va a pensar que me he vuelto loco. Y tendrá razón. El espacio me está volviendo loco.
Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara con agua fría. Se miró en el espejo y se obligó a sonreír. La sonrisa parecía la de un Joker de barrio que no ha dormido la siesta.
—Vamos, Javi. Sé un adulto funcional. Ella quiere pensar. Pues deja que piense. Tú también tienes cosas en las que pensar. Piensa en… en tu carrera profesional. En que llevas cinco años en el mismo puesto y que tu jefe te llama “el chico de los esquemas” porque lo organizas todo con flechitas.
Se dio cuenta de que su necesidad de ordenarlo todo, de definirlo todo, de no dejar nada al azar, era lo que había creado la crisis. Clara era como el agua, y él estaba intentando meterla en un tupper con cierre hermético para que no se derramara. Pero el agua, cuando la encierras, se acaba estancando. O rompe el recipiente.
—Necesito ser menos tupper y más… no sé, más cauce de río —filosofó frente al váter—. Pero los ríos tienen orillas. Las orillas son necesarias. Si no hay orillas, el río es una inundación. ¿Y quién quiere vivir en una inundación constante?
Regresó al salón. La televisión seguía encendida, pero ahora daban un documental sobre la vida de los pingüinos en la Antártida. Javi se quedó hipnotizado mirando cómo miles de pingüinos se amontonaban unos contra otros para protegerse del frío.
—Mira esos pingüinos —dijo—. Cero espacio. Están ahí, pegados, oliéndose el aliento a pescado, y no se quejan. No veo a ningún pingüino diciendo “necesito espacio, me voy a dar una vuelta por el iceberg para pensar”. No, ellos saben que si se separan, se mueren de frío. La evolución nos ha enseñado que la proximidad es vida.
Pero luego vio a un pingüino que se separaba del grupo y caminaba solo hacia el horizonte blanco. Un pingüino solitario, una mancha negra en un mundo de nieve.
—Esa es Clara —susurró Javi—. El pingüino disidente. Se va a pensar. ¿Y qué piensa el pingüino? ¿Piensa que el grupo agobia? ¿O simplemente quiere ver si hay algo más allá del olor a pescado y los graznidos?
Javi se sintió identificado con el pingüino que se quedaba en el grupo, mirando al que se iba con una mezcla de envidia y terror.
Empezó a sentir una urgencia física de hacer algo. No podía seguir siendo invisible. Si Clara volvía y lo encontraba en el mismo sitio, significaría que él no había avanzado, que se había quedado “congelado” en el tiempo mientras ella evolucionaba en su paseo.
—Tengo que evolucionar —decidió—. Voy a hacer algo que ella siempre me pide y que nunca hago porque me parece una pérdida de tiempo. Voy a… voy a meditar.
Se sentó en el suelo, en medio del salón, cruzó las piernas en una postura que le hizo crujir las rodillas de una forma alarmante y cerró los ojos.
—Om… espacio… Om… distancia… —empezó a decir.
Pero en lugar de vaciar su mente, su cerebro empezó a proyectar una película de terror titulada “El regreso de Clara”. En la película, Clara volvía, abría la puerta y decía: “Javi, he pensado. El espacio que hay entre nosotros es más grande que el que hay entre Plutón y el Sol. He alquilado un trastero y me mudo allí con la planta de plástico y el libro de recetas de ensaladas”.
Javi abrió los ojos de golpe. Meditar era peligroso. La meditación te obligaba a enfrentarte a tus miedos sin la protección del sarcasmo.
—A la porra el Om —dijo, levantándose—. Voy a hacerme un sándwich. El hambre es una realidad física que anula cualquier debate metafísico. Si tengo el estómago lleno, el espacio se sentirá menos vacío.
Se fue a la cocina y empezó a prepararse un sándwich mixto, el clásico “bikini” que en España resuelve desde una cena de crisis hasta una resaca de campeonato. El ruido de la mantequilla derritiéndose en la sartén le devolvió un poco de cordura.
—Sándwich mixto —comentó—. Dos rebanadas de pan unidas por el jamón y el queso. El jamón y el queso son el amor. El pan es la estructura. Si quitas una rebanada, el queso se escapa y el jamón se queda frío. Necesitas las dos partes para que el conjunto funcione. Pero si pones demasiado pan, no sabe a nada. Y si pones demasiado queso, te empachas.
Se quedó mirando el sándwich dorándose.
—Somos un sándwich mixto en una sartén demasiado caliente —concluyó—. Y Clara siente que el pan se está quemando.
En ese momento, escuchó la llave en la cerradura. No era el vecino. No era el señor Germán. Era un sonido suave, casi tímido. Era ella.
Javi sintió un pánico súbito. ¿Qué hacía con el sándwich? ¿Lo escondía? ¿Fingía que no estaba comiendo? ¿Se volvía a la esquina de la invisibilidad?
—Mantén la calma, Javi —se dijo—. No seas pesado. No preguntes nada. Sé un cauce de río, no un tupper. Sé un pingüino acogedor pero no asfixiante.
La puerta se abrió. Clara entró. Traía las mejillas sonrojadas por el frío de la calle y el pelo un poco alborotado por el viento madrileño. Se quedó en la entrada, mirando a Javi, que estaba en la cocina con una espátula en la mano y cara de haber sido sorprendido robando en un banco.
—Hola —dijo ella. Su voz sonaba diferente. Más tranquila, pero también más lejana.
—Hola —respondió él, intentando que su voz no vibrara como un teléfono en silencio—. Estoy haciendo un sándwich. ¿Quieres medio?
Clara lo miró durante unos segundos que a Javi le parecieron décadas. El olor al sándwich mixto flotaba entre ellos, un aroma a hogar y a normalidad que intentaba tapar el hueco dejado por la palabra “espacio”.
—No —dijo ella finalmente—. No tengo hambre. Solo quería… volver.
Javi asintió con una seriedad cómica.
—Vale. Has vuelto. El espacio ha sido… ¿fructífero? ¿O ha sido un espacio en blanco?
—Ha sido un espacio —respondió ella, quitándose la chaqueta—. Simplemente un espacio.
Javi quiso preguntar mil cosas. Quiso preguntar qué había pensado, si seguían juntos, si el sándwich era una metáfora válida, si su madre tenía razón con lo del paraguas. Pero se mordió la lengua con tanta fuerza que casi saboreó el hierro.
—Vale —dijo él—. Pues… aquí está el sándwich por si cambias de opinión. El salón está libre. He ordenado los libros por orden alfabético pero luego los he desordenado porque me ha parecido una gilipollez.
Clara sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero para Javi fue como si el sol saliera de repente en mitad de la Antártida.
—Gracias, Javi —dijo ella—. Por lo del orden alfabético. Y por no preguntarme qué he pensado.
—No te lo voy a preguntar —mintió él descaradamente—. Solo te diré que el chef de la tele ha hecho un rabo de toro increíble y que los pingüinos de la Antártida son unos tíos muy duros.
Clara se acercó a la cocina y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Sabes qué pasa, Javi? Que a veces respirar es lo único que uno necesita para darse cuenta de que no quiere desaparecer. Pero para eso, el otro tiene que dejar de intentar ser el aire.
Javi asintió, aunque por dentro estaba haciendo un esquema mental con flechitas para procesar esa frase.
—Entendido —dijo—. Menos aire, más sándwich.
—Algo así —concluyó ella.
Parte 4: El equilibrio del abismo y la última pregunta
La noche cayó definitivamente sobre el piso de Madrid. Clara se había sentado en el sofá, en el lado que no estaba hundido, y leía un libro de poemas que Javi siempre había considerado “demasiado intenso para un martes”. Javi, por su parte, se había quedado en la cocina, terminando su sándwich mixto con una lentitud ceremonial.
El “espacio” ya no era una zona de guerra, sino una especie de frontera desmilitarizada. Se oían el uno al otro, se sentían el uno al otro, pero evitaban el contacto visual prolongado, como si temieran que una mirada de más pudiera reactivar la cuenta atrás de la crisis.
Javi lavó su plato. Lo hizo con cuidado, sin hacer ruido, aplicando su nueva filosofía de ser un “cauce de río silencioso”. Se secó las manos y se quedó mirando el pasillo. Diez pasos. Diez pasos que ahora parecían un puente de cristal sobre un abismo.
—Oye, Javi —dijo Clara desde el salón.
—¿Dime? —respondió él, apareciendo en el umbral del salón, pero manteniendo una distancia de seguridad de tres metros cuadrados.
—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos en aquel bar de Malasaña y me dijiste que lo que más te gustaba de mí era que yo era “inalcanzable”?
Javi sonrió con nostalgia.
—Sí. Llevabas una cazadora de cuero y no me dejaste invitarte a una copa porque dijiste que no aceptabas sobornos líquidos.
—Pues eso —dijo Clara, cerrando el libro—. El problema es que cuando pasas tres años viviendo en sesenta metros cuadrados, dejas de ser inalcanzable. Te conviertes en… en algo predecible. En algo que está ahí, como el microondas o el cuadro torcido del pasillo. Y yo necesito sentir que todavía tengo una parte de mí que no puedes etiquetar ni ordenar por orden alfabético.
Javi caminó un poco más cerca. Se sentó en la silla de madera que usaban para dejar la ropa, frente al sofá.
—Lo entiendo, Clara. De verdad. Es solo que me da miedo que esa parte inalcanzable sea el principio del final. Me da miedo que si te dejo ir un poco, te des cuenta de que el mundo fuera de este salón es mucho más interesante porque nadie te pregunta si quieres medio sándwich.
Clara lo miró con una ternura triste.
—El mundo fuera es interesante, Javi. Pero fuera hace frío. Y nadie hace sándwiches mixtos como tú, aunque le pongas demasiada mantequilla. Pedir espacio no es querer irse. Es querer quedarse pero de una forma que no duela.
—¿Y duele? —preguntó él en un susurro.
—A veces. A veces duele no saber dónde termino yo y dónde empiezas tú. A veces duele ser “Javi y Clara” todo el rato, como si fuéramos una marca de detergente o un dúo cómico que ya no hace gracia.
Javi asintió. Se dio cuenta de que su intensidad no era una muestra de amor, sino una manta pesada que, en lugar de abrigar, estaba asfixiando. El amor también era saber pasar frío para que el otro pudiera respirar.
—Vale —dijo Javi—. A partir de ahora, habrá una zona de exclusión aérea. Un espacio soberano para Clara. Si quieres pensar, piensas. Si quieres irte a mirar jabalíes al Retiro, te vas. Yo me quedaré aquí, practicando mi invisibilidad o peleándome con los pingüinos de la tele.
Clara se levantó y se acercó a él. No lo abrazó, solo le puso una mano en el hombro. Fue un contacto breve, pero cargado de un significado que Javi anotó mentalmente en su base de datos de “gestos que dan esperanza”.
—No hace falta que seas invisible, Javi. Solo hace falta que seas… tú, pero un poco más silencioso a veces.
—Lo intentaré —prometió él—. Aunque no garantizo que mi cerebro deje de hacer esquemas con flechitas. Es un defecto de fábrica.
—Lo sé. Y por eso te quiero. Porque incluso cuando eres un pesao, eres el pesao más coherente que conozco.
Se quedaron así un momento, en el salón que ya no parecía tan pequeño, rodeados de libros desordenados y la luz azulada de la televisión que seguía emitiendo imágenes de la Antártida. La tensión cómica había dado paso a una especie de tregua existencial.
Pero Javi, fiel a su naturaleza, no pudo evitar que una última duda cruzara su mente. Una duda que era la madre de todas las dudas en cualquier pareja que se precie de ser moderna y estar un poco rota.
—Clara… —dijo mientras ella se dirigía al dormitorio.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella, deteniéndose en el pasillo.
—Solo una cosa más. Prometo que es la última.
Clara suspiró, pero se giró con una sonrisa resignada.
—Dime.
—Tú que has estado fuera… que has caminado por Madrid, que has visto a la gente, que has tenido tu “espacio”… ¿tú crees que esto es sano? —preguntó él, señalando el vacío entre los dos—. ¿Crees que pedir espacio es una herramienta de supervivencia o es simplemente el principio del final que estamos intentando retrasar con sándwiches y buenas palabras?
Clara se quedó pensativa, mirando la puerta de su habitación, ese lugar donde el espacio y la distancia a veces se confunden.
—Creo —dijo ella lentamente— que el final siempre está ahí, Javi. Para todos. La diferencia es si decides pasar el tiempo que queda midiendo el espacio que nos separa o disfrutando del que todavía compartimos. Pedir espacio es sano si sirve para echarse de menos. Si sirve para olvidarse del otro, entonces sí, es el principio del final.
—¿Y tú? —preguntó Javi—. ¿Me has echado de menos en esta hora y media?
Clara entró en el dormitorio y, antes de cerrar la puerta (pero sin echar la llave), asomó la cabeza.
—He echado de menos el olor al sándwich. Y a ti un poco también, pero no dejes que se te suba a la cabeza, que luego te pones intenso y me toca pedir otra hora de prórroga.
Javi se quedó solo en el salón. Apagó la televisión. Los pingüinos desaparecieron en un punto blanco. Se quedó a oscuras, escuchando el silencio de la casa, que ahora ya no era un ruido molesto, sino una habitación más de la vivienda.
Se sentó en el sofá hundido, suspiró y se hizo a sí mismo la pregunta que todo el mundo se hace alguna vez cuando la puerta de la habitación de al lado se queda entreabierta pero el aire se siente frío.
¿Pedir espacio es sano o es el principio del final?