Aprendió persa, francés e inglés casi simultáneamente, como si su cerebro en formación supiera instintivamente que necesitaría varios idiomas para sobrevivir lo que venía. tomó clases de música desde edad muy temprana y allí, frente al piano, encontró algo que ningún protocolo cortesano podía quitarle, ni ninguna revolución podía confiscar una forma propia y completamente suya de estar en el mundo.
A los 6 años ya ejecutaba piezas complejas con una concentración que sorprendía a los maestros. Había en él una intensidad, una seriedad meditativa que contrastaba con la edad y que los adultos a su alrededor mencionaban con admiración, mezclada de cierta inquietud, como si pudieran intuir que ese niño serio estaba construyendo una vida interior demasiado densa para el mundo que lo rodeaba.
Su padre El Sha era un hombre de presencia magnética y temperamento extremadamente complejo, como son complejos todos los hombres que cargan el peso de la historia sobre sus hombros. Adorado por unos y profundamente odiado por otros, Mohamad Resa Palabi llevaba sobre los hombros el peso de ser el hijo de Resa Sha, el fundador de la dinastía, un hombre de voluntad de hierro que había construido un estado moderno iraní desde prácticamente nada y que gobernaba con una autoridad que sus hijos habían heredado genéticamente, aunque en
versiones distintas para sus propios hijos. Sin embargo, el Sha era ante todo el padre, la figura que llegaba a cenar cuando los deberes de estado lo permitían, que preguntaba por los estudios con un interés que intentaba ser cercano, aunque no siempre lograba hacerlo del todo, que observaba con orgullo cuando sus hijos aprendían una nueva habilidad o mostraban la clase de determinación que él valoraba.
era también, inevitablemente distante en la forma en que los hombres poderosos, a menudo lo son, consumidos por el peso de gobernar un país en el corazón geopolítico de la Guerra Fría, entre las presiones del bloque occidental que quería petróleo, y bases militares, las ambiciones soviéticas que venían del norte y la creciente tensión interna de una sociedad que se modernizaba a velocidades que no todos sus miembros habían elegido.
La emperatriz Fara Diva era una presencia completamente diferente y más constante. Arquitecta de formación que había estudiado en París antes de casarse con el Sha, cultivada, apasionada por el arte, la arqueología y la cultura iraní, había conseguido crear en el palacio un ambiente de curiosidad intelectual genuina que marcaría profundamente a Ali Reza.
de maneras que él mismo quizás solo comprendió cuando ya era adulto y miraba hacia atrás en el espejo de su propia vida. Fue Fara quien le inculcó el amor por la historia de Irán, por las civilizaciones preislámicas que precedieron al Islam en 1000 años por las lenguas antiguas que dormían como palabras grabadas en la roca de Persépolis.
Fue en las conversaciones con su madre, tanto como en las lecciones formales donde Ali Reza absorbió algo que se convertiría en el eje de toda su vida intelectual, la convicción de que Irán era algo más viejo y más complejo que cualquier régimen político que lo gobernara, que la identidad iraní tenía raíces que se hundían dos milenios y medio en la tierra persa y que nadie, ninguna revolución ni ningún exilio podía extirpar completamente.
Era también un niño que admiraba a los pilotos y a los atletas, que había heredado de su familia una inclinación hacia los desafíos físicos que más tarde lo llevaría a obtener licencias de piloto y a practicar el paracaidismo y el buceo en aguas profundas. En él convivían el estudioso y el aventurero, el músico y el deportista, el príncipe que había aprendido a comportarse en ceremonias de estado y el adolescente que quería trepar montañas.
era, en resumen, un ser humano completo y contradictorio, lo que significa que era exactamente lo opuesto de la figura unidimensional que las historias de príncipes y tragedias suelen producir. Corría el mes de enero de 1979 cuando el mundo de Ali Reza se rompió en dos de manera tan abrupta que las piezas nunca encontraron la manera de volver a encajar.
No fue una ruptura gradual que pudiera procesarse mientras ocurría. Fue súbita, visceral, como cuando uno pisa sobre hielo, que parece sólido y de repente se hunde y el agua helada sube por las piernas y el sistema nervioso demora 3 segundos en comprender la magnitud de lo que acaba de suceder. Durante meses antes, las señales de crisis habían aumentado con una intensidad que ya era imposible ignorar.
Manifestaciones masivas en las calles de Teerán con cientos de miles de personas gritando el nombre de Comeini, huelgas que paralizaban el petróleo y el transporte y la economía. La sensación creciente e irreversible de que algo enorme se estaba aproximando como una tormenta que lleva tiempo formándose en el horizonte y que por más que uno mire hacia otro lado no va a desviarse.
Pero uno no espera que el mundo termine cuando tiene 12 años. Uno sigue yendo a la escuela, sigue practicando piano, sigue siendo un niño que vive en un palacio y cree con la convicción inconmovible de la infancia que el mañana será básicamente igual que el hoy, porque siempre lo ha sido y no hay razón visible para que deje de serlo.
El 16th of January 1979, Mohamed Reza Shah Palabi abandonó Irán. Oficialmente era un viaje médico, una salida temporal para descansar y tratar su salud deteriorada, como anunciaron las radios y los comunicados oficiales. En realidad era el final de 2500 años de monarquía persa, aunque en ese momento nadie podía saber con certeza que sería permanente.
El Sha tomó su avión personal, el mismo en que tantas veces había viajado a conferencias internacionales y cenas de estado donde presidentes y reyes lo habían tratado como aún igual. Y se fue. Los niños del palacio lo siguieron. Airra tenía 12 años. En sus manos no había ningún poder, ninguna decisión que tomar, ninguna capacidad de influir en los eventos que lo arrastraban como una corriente que uno no eligió.
Solo la conciencia naciente y aterradora de que el suelo bajo sus pies acababa de desaparecer y que el avión que lo alejaba de Irán podría ser el último que alguna vez tomara con destino a casa. Lo que Ali Resa no sabía en ese momento, lo que ningún miembro de la familia podía saber todavía con certeza era que jamás volvería.
La familia partió hacia el exilio siguiendo el mapa impredecible de la hospitalidad geopolítica, de la generosidad calculada de los que aún se sentían obligados a algo y de la puerta cerrada de los que ya habían calculado que el shao. Primero Egipto, donde el presidente Anwar Sad los recibió con una generosidad que la historia no le ha agradecido suficientemente, porque es más fácil recordar a Sadad por su asesinato que por su lealtad a los caídos.
Luego Marruecos, donde el rey Hassán de Second les ofreció refugio temporal. Luego las Bahamas, luego México. La familia seguía el rastro de los que todavía estaban dispuestos a recibirlos. El Sha, ya gravemente enfermo de cáncer linfático, que había permanecido deliberadamente oculto durante años por razones políticas y de estado, era en esos meses un hombre que se iba muriendo mientras intentaba encontrar un país que lo acogiera con algo parecido a la dignidad que su posición histórica merecía.
Los gobiernos de Occidente que durante décadas habían bebido champán en sus palacios y comprado su petróleo y utilizado a Irán como pieza estratégica en el tablero de la Guerra Fría, ahora cerraban sus puertas uno tras otro con la elegante cobardía de quienes se excusan en la conveniencia diplomática. La ingratitud de los poderosos tiene una temperatura particular.
Es fría como el mármol de esos palacios que ya no les pertenecen y huele a cálculo frío y a interés que caduca. Alir observó todo esto con los ojos imposiblemente abiertos de un adolescente que aún no tiene los mecanismos emocionales para procesar lo que ve, pero que lo registra todo, cada humillación y cada puerta cerrada y cada mirada que se aparta.
vio a su padre, el hombre ante quien jefes de estado se habían inclinado durante décadas y a quien los reporteros habían llamado el Rey de Reyes, rechazado de capital en capital como si fuera un problema que nadie quería tener sobre su escritorio. vio a su familia errante, de hotel en hotel, de país en país, llevando el peso de una corona que ya nadie reconocía oficialmente, pero que ellos seguían cargando porque era lo único que quedaba de lo que habían sido.
Vio como las personas que antes se apresuraban a estar cerca del sharaban al otro lado o encontraban compromisos urgentes cuando la familia necesitaba algo. y vio sobre todo ese abismo enorme y sin fondo donde antes había un país, una identidad, un futuro que creía conocer y que había desaparecido con la misma velocidad con que un sueño se olvida al despertar.
En el silencio de esas noches de exilio, en habitaciones de hotel que huelen siempre a la misma clase de anonimato perfumado artificialmente, Alir comenzó a convertirse en algo que no había planeado ser, un exiliado, no el exiliado político que lucha públicamente y con determinación por el retorno, como haría su hermano Reza con los años, construyendo una plataforma y una presencia mediática y una razón de ser en la causa del Irán libre, sino el exiliado interior, el que lleva el exilio dentro como una condición permanente del alma que no grita, sino
que silencia, que no actúa, sino que comprende. En julio de 1980 en el Cairo, Mohamad rea Shapalabi murió. Tenía 60 años. murió en el exilio, en la misma ciudad donde siglos antes habían muerto otros grandes derrotados de la historia. El presidente Sadad le dio un funeral de estado con todos los honores que su posición histórica merecía, que fue el único gesto de dignidad que el mundo le concedió al final, y pagó políticamente por esa generosidad, porque el gesto le costó la enemistad de muchos países árabes que veían al Sha como el aliado
de Israel y Estados Unidos. Al Rea tenía 14 años cuando enterró a su padre. 14 años. Y sobre los hombros una carga que ningún adolescente debería cargar nunca, la de ser el heredero presunto de una dinastía sin reino, el continuador de un linaje sin país, el representante de algo que solo existía ya en los libros de historia y en la memoria de los exiliados iraníes dispersos por el mundo en oleadas sucesivas, lo que comenzó como el duelo por un padre.
terminaría convirtiéndose con los años en algo mucho más oscuro y difícil de nombrar. La familia se estableció finalmente en los Estados Unidos con la relativa permanencia que el exilio puede ofrecer. Alirra pasó por varias escuelas durante esos primeros años de desorientación geográfica y emocional. Primero en Nueva York, donde asistió al St.
David’s School, en una ciudad donde los rascacielos no huelen a jazmín ni a pino, sino a concreto y a metro subterráneo y a la energía particular de 8 millones de personas que viven demasiado cerca las unas de las otras. Luego en El Cairo durante un periodo, finalmente en Williamstown, Massachusetts, una pequeña ciudad universitaria enclavada en las colinas verdes de Berkshire, donde el Mount Greylock Regional High School se convirtió en su hogar académico de 1981.
Allí, lejos de los palacios y los uniformes y el nombre que el mundo reconocía, Ali Resa, era solo un estudiante más, con un apellido que los profesores pronunciaban con cierto cuidado y una historia que sus compañeros de clase difícilmente podían imaginar, ocupados como estaban con los problemas habituales de la adolescencia americana de principios de los 80.
Williamstown es un pueblo de menos de 8000 habitantes en el noroeste de Massachusetts, rodeado de montañas suaves y bosques de arces que en octubre se ponen de colores que parecen imposibles. Es el tipo de lugar donde la gente se conoce y donde un joven iraní con un apellido real encontraría inevitablemente la sensación de ser visible de una manera incómoda.
Res navegó esos años con la discreción que se convertiría en una marca definitoria de su carácter adulto, sin escándalos, sin declaraciones públicas, sin llamar la atención sobre sí mismo más allá de lo inevitable. Estudiaba, practicaba música, se preparaba para algo que todavía no podía definir del todo.
Pero Ali Reza tenía algo que muchos expatriados pierden en el exilio cuando el mundo que conocían desaparece. una inclinación natural, profunda y genuina hacia la vida interior. La música había sido su primer idioma emocional desde los 6 años frente al piano en el palacio Niavaran y ahora en las colinas de Massachusetts añadió otro que se convertiría con los años en el principal, las lenguas antiguas, la historia preislámica de Irán, ese territorio intelectual que pertenece a todos y a nadie y que nadie puede confiscar porque pertenece a los siglos
muertos. Si no podía pisar el suelo de Persépolis, podía al menos aprender a leer las inscripciones que los reyes Aqueménidas habían grabado en la roca hace 25 siglos. Si no podía escuchar el persa en las calles de Teerán, podía escuchar el avéstico en los textos sagrados soroástricos que datan de dos milenios antes que cualquier régimen islámico.
Si no podía estar en Irán, podía vivir en el Irán anterior a todos los ianes modernos. en el Irán de Siro el Grande y Darío y Jerges, el Irán que ninguna revolución había tocado porque llevaba demasiado tiempo en el pasado para que ninguna revolución pudiera alcanzarlo. Era una forma de amor a la patria que el mundo raramente nombra, pero que existe.
El amor del estudioso que aprende de memoria lo que no puede tocar con las manos. Fue entonces cuando algo en él tomó una dirección definitiva que ya no cambiaría. Princeton University lo aceptó como estudiante de pregrado y allí estudió música y etnomusicología con una dedicación que sus profesores recordarían años después.
No era el camino obvio para el hijo de un sha de puesto. No era el tipo de carrera que los exiliados iraníes ricos esperaban de alguien de su posición, habituados como estaban a la política, los negocios o las profesiones de alto estatus social, pero era genuinamente suyo, nacido de los dos amores que el exilio no había podido borrar, la música que había practicado desde niño y la historia de la civilización iraní que su madre le había enseñado a amar.
Era también, en retrospectiva, una declaración sobre el tipo de vida que Ali rea Palabi elegiría si el mundo le dejaba elegir. La vida del estudioso antes que la del político, la vida del que comprende antes que la del que actúa. Para el mundo exterior era la decisión sorprendente del hijo menor del Sha, que prefería los libros a los mítines de exiliados.
Para quienes lo conocían de cerca, era simplemente Ali Resa, siendo Ali Reza. En Princeton se graduó con honores, luego vino la maestría en la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, especialización en estudios iraníes antiguos. El trabajo se fue poniendo más técnico, más especializado, más exigente en términos de las lenguas que había que dominar.
el abéstico, el persa antiguo, el elita, el sumerio, en algunos contextos, los sistemas de escritura cuneiforme que los arqueólogos llevan dos siglos intentando descifrar completamente. Reza se sumergió en los manuscritos, en la arqueología textual, en ese trabajo de reconstrucción paciente y riguroso que consiste en escuchar lo que los muertos de hace 2000 años intentaron decir antes de quedarse callados para siempre.
Lo que comenzó como amor a una cultura terminaría convirtiéndose en vocación de vida. Luego el doctorado en Harvard, el trabajo más avanzado, el más exigente técnicamente en la institución quizás más prestigiosa del mundo para ese campo específico. Alir investigaba en la Wiener Library de Harvard, una de las bibliotecas más grandes y completas del hemisferio occidental, rodeado de fuentes primarias, de ediciones críticas y de la comunidad silenciosa de otros académicos que también intentaban reconstruir mundos perdidos desde las páginas de los libros. Era un ambiente
que le convenía profundamente, el silencio, la seriedad, la distancia del mundo de los vivos, que a veces duele demasiado cuando uno ha perdido demasiadas cosas en él. Sus colegas en Harvard lo describían como un investigador riguroso y original. Su metodología privilegiaba las fuentes primarias sobre las interpretaciones posteriores.
Estaba, en cierta manera, excavando arqueológicamente los fundamentos más profundos de la identidad iraní, buscando un Irán que existiera antes de la revolución que lo había expulsado. Un Irán que perteneciera a los siglos y no a los regímenes. un Irán que nadie pudiera quitarle porque llevaba demasiado tiempo muerto para que ninguna yatola pudiera pretender poseerlo.
Era también una forma de diálogo a través del tiempo con un país que le había negado el diálogo en el presente. Una vez se lo eligió como uno de los príncipes solteros más elegibles del mundo. Un título absurdo para un hombre que prefería los manuscritos aeménidas a los eventos sociales y que vivía la mayor parte de su vida entre libros.
Es probable que encontrara ese título tan ajeno a su naturaleza como cualquier otro título heredado que no había podido elegir. Era un hombre cuya complejidad resistía a las categorías simples que el mundo necesita para hablar de los demás. En 2001, antes de la muerte de su hermana Leila, Ali Resa había estado comprometido con Sara Tabatabay, una joven de la comunidad iraní en el exilio. La relación terminó.
Los detalles permanecen en la privacidad que merecen, porque no todos los finales de relación necesitan ser explicados públicamente para que sean reales y para que duelan. Lo que sí sabemos es que en 2007 comenzó una relación seria con Raja Devar, con quien tendría su única hija, Iriana Leila Pajlavi, cuyo nombre llevaría el nombre de la hermana que ya se había ido para siempre en el verano de 2001.
Pero el año 2001 no fue solo el año del 11 el 11 de septiembre y del inicio de las guerras que reconfiguraron el mundo. Para Ali Resa, Pajlavi el año 2001 fue el año en que su mundo se rompió por segunda vez. El 10 de junio de 2001, la princesa Leila Palabi fue encontrada muerta en su habitación de Leonard Hotel de Londres.
una de esas instituciones hoteleras de la capital inglesa que acumulan en sus paredes décadas de historias de lujo y melancolía. Tenía 31 años. El forense londinense que realizó la investigación determinó que la causa de la muerte fue una sobredosis de barbitúricos de prescripción médica, específicamente seconal, un sedante utilizado para el tratamiento del insomnio grave que ella llevaba años padeciendo.
Había también cocaína en su sistema. La muerte fue clasificada como probable suicidio. La princesa Leila había luchado durante años contra una depresión severa y difícil de tratar, trastornos alimentarios debilitantes que incluían tanto anorexia como bulimia y una insomnia crónica que la dejaba despierta durante enteras en habitaciones de hotel, de ciudades distintas, sola con sus pensamientos y con el ruido sordo de un mundo que seguía girando sin ella.
Leila Palabi no era una figura pública en el sentido político, no daba discursos ni encabezaba organizaciones. Aparecía ocasionalmente en eventos sociales del mundo de los exiliados iraníes ricos. A veces era fotografiada en eventos de moda en París. Hablaba persa, inglés y francés con fluidez. Había intentado estudiar en Brown University antes de que su salud se lo impidiera.
Era, por encima de todo la hermana menor de Ali Resa, su compañera de exilio, la persona que había vivido la misma pérdida desde el mismo ángulo y que la entendía sin necesidad de que él la explicara. Leila no era solo la hermana menor de Alira. era su persona más cercana en el mundo, no solo en edad, sino en temperamento y en la naturaleza particular de su sufrimiento compartido.
Los dos compartían algo que los hacía distintos de sus hermanos, una sensibilidad extrema, una incapacidad para blindar el corazón contra lo que el mundo les hacía, una tendencia a llevar las pérdidas hacia adentro en lugar de procesarlas en la arena pública. Los dos habían encontrado en el arte y en la cultura refugios contra el exilio que no pasaban por la lucha política activa.
Leila amaba la moda y el arte contemporáneo. Ali Resa amaba la música y los idiomas muertos. Los dos compartían el mismo dolor raíz que lo envenenaba todo desde adentro. La pérdida de una patria que solo existía en los recuerdos de la infancia. esa infancia que se había cortado con navaja en enero de 1979, cuando el avión del exilio despegó de Teerán.
Cuando Leila murió, algo en alirreza se rompió de una manera que los que lo conocían dijeron que nunca volvió a soldarse completamente. Nadie imaginaba entonces que esa ruptura sería el principio del final. Fardia Pars, amigo cercano de la familia Pajlavi que vivía en París, dijo después de la muerte de Ali Resa, algo que tiene la precisión brutal de quien conoció a alguien por dentro durante años.
Se convirtió en una persona diferente. No explicó más. No hacía falta. Naszi Efteari, colaboradora del hermano mayor reza y amiga íntima de la familia que trabajaba en Washington, fue más precisa cuando los periodistas le preguntaron, “La depresión de Ali Resa había ido creciendo con los años de manera acumulativa, como la nieve que se va acumulando en un tejado sin que nadie lo note hasta que el peso supera la resistencia y el tejado cede de golpe.
Primero, la salida de Irán a los 12 años con todo lo que eso contenía de pérdida de identidad, de patria, de futuro previsto. Luego la muerte del padre a los 14 en un Cairo que no era su casa. Luego los años del exilio y la pregunta constante, sin respuesta satisfactoria, de qué significa ser el heredero de algo que no existe y luego en 2001 la muerte de Leila.
La última persona con quien podía hablar del dolor compartido en el idioma exacto y sin traducción en que ese dolor vivía. La verdad era mucho más oscura de lo que los comunicados de prensa podían capturar, mucho más oscura y mucho más humana. Magnas Afkami, la exministra de asuntos de la mujer del gobierno del Sha, que también vivía en el exilio en los Estados Unidos, dijo algo en una entrevista con el servicio mundial de la BBC, que ilumina lo que los documentos oficiales no podían decir con esa clase de precisión particular que tienen las personas que conocen las
historias desde adentro. Solo podía imaginarse el trauma de alguien que había vivido a un nivel de adoración casi universal de quienes lo rodeaban, que había visto la grandeza con la que era tratado su padre, que jefes de estado del mundo entero habían cortejado y adulado durante décadas y luego, de repente, sin transición posible ni gradual, quedó dislocado, separado de sus padres.
Y cuando estaba con ellos, fue testigo de cómo ese padre, a quien casi todos los poderosos habían adulado, se convertía en un paria al que nadie quería recibir. No había lugar para él. No había lugar para nadie de esa familia en el mapa del mundo que la historia había dibujado después de enero de 1979. No había lugar para él.
Esa frase, esa frase contiene todo. Alguna vez han tenido que levantarse por la mañana sabiendo que el peso que llevan es más pesado que el día que empieza y haberlo hecho de todas maneras no por valentía, sino porque no saben hacer otra cosa. Esa no es debilidad, eso es una forma de resistencia que el mundo raramente nombra porque no tiene la espectacularidad que exigen los titulares.
Rea lo hizo durante 10 años después de la muerte de Leila. 10 años en que continuó investigando, formándose, publicando trabajos académicos sobre civilizaciones que habían durado 1000 años más que cualquier desgracia personal. 10 años en que se mantuvo vivo en el único sentido que podía controlar, el intelectual.
A medida que pasaban esos 10 años, la depresión de Ali Resa no remitía, sino que se hacía más densa, más difícil de sostener, más pesada en una proporción que quizás solo él podía sentir desde adentro. No era una depresión que tuviera un desencadenante específico en el presente que pudiera señalarse con el dedo y atacarse con una terapia o un medicamento específico.

era algo más antiguo y más profundo, algo que había empezado a gestarse en 1979, cuando el avión del exilio despegó de Teerán y que cada nueva pérdida iba alimentando con una constancia que los tratamientos podían atenuar, pero no curar, porque la fuente del dolor seguía allí intacta, en forma de un país al que no podía volver.
Para el mundo exterior, Ali Reza Palabi era una figura discreta y relativamente invisible. No aparecía en conferencias políticas, no daba entrevistas sobre el futuro de Irán, no encabezaba manifestaciones ni firmaba declaraciones públicas sobre el régimen islámico. era el heredero presunto de la casa Palabi desde la muerte de su padre en 1980, pero ejercía esa posición con una invisibilidad que contrastaba radicalmente con la actividad pública y el activismo constante de su hermano Resa, que tenía una web y un equipo y
aparecía en los medios internacionales hablando de democracia y derechos humanos en Irán, lejos de las cámaras En los sótanos de la Weidener Library de Harvard, Ali Rea trabajaba en su disertación doctoral sobre filología y lenguas del mundo irá antiguo. Su trabajo tenía una metodología que sus colegas describían como rigurosa y pionera.
Privilegiaba las fuentes primarias sobre las interpretaciones posteriores. Trataba los textos aeménidas y avésticos con la misma seriedad arqueológica. con que se trata una inscripción recién descubierta. Era un trabajo que requería años y una paciencia que solo tienen los que encuentran en el conocimiento algo más que un medio para otro fin.
Nadie imaginaba que ese trabajo también era al mismo tiempo la última línea de defensa. Entonces sucedió lo que nadie esperaba que pudiera suceder. En enero deven, Iriana Leila Pajlavi nació la hija de Ali Resa y Raja Dide Debar. Ese nombre, Leila en la pequeña. Un homenaje a la hermana muerta 10 años antes.
Una manera de mantener vivo en el mundo algo de lo que se había ido. Para quienes rodean a un hombre que lucha contra la depresión, la llegada de un hijo suele verse como una razón adicional para continuar un ancla nueva al presente que puede cambiar la perspectiva de todo. Y quizás lo fue al menos por un momento.
Quizás hubo en esas primeras semanas de enero algo que se parecía a una razón concreta para imaginar el futuro con otros ojos, pero el peso de lo que Ali Reza llevaba acumulado desde 1979 era mayor que cualquier nueva razón para quedarse. La noche del 3d al 4th de enero de 2011 fue una noche de invierno ordinaria en Boston.
El frío habitual de Nueva Inglaterra a principios de enero. Ese frío que llega desde el Atlántico y huele a sal y a nieve y a calefacción encendida, que hace que las calles queden vacías a medianoche y que las pocas personas que caminan por ellas lo hagan rápido con la cabeza inclinada contra el viento. El South End de Boston es uno de los barrios históricos de la ciudad con sus casas de ladrillo rojo victoriano bien conservadas.
sus calles estrechas y sus árboles que en enero están desnudos y oscuros contra el cielo gris. Era un barrio que mezclaba la historia arquitectónica con la vida contemporánea de una ciudad universitaria con estudiantes y académicos y restaurantes y la sensación de que el conocimiento y la cultura están en el aire, aunque el aire en enero esté muy frío.
El apartamento de Alira en el número 141 de West Newton Street era el hogar de un hombre que había cruzado el Atlántico múltiples veces buscando un lugar al que pertenecer, que había pasado de un campus universitario al siguiente, de una biblioteca a otra, construyendo pacientemente un conocimiento enorme sobre la civilización de un país al que nunca había podido.
volver a las 2:30 de la madrugada del fur de enero de 2011, la familia Pahlavi recibió la noticia que ninguna familia quiere recibir en ningún idioma. La policía de Boston respondió a una llamada de emergencia al 911 y encontró a Ali Resa Pajlavi, muerto en su hogar del South End. Tenía 44 años. La causa de la muerte fue una herida de bala autoinfligida.
El portavoz de la Fiscalía del Condado de Suffolk, Jake Wark, confirmó a los medios de comunicación en las horas siguientes que el disparo parecía ser autoinducido. La policía dijo que los agentes que respondieron a la llamada encontraron al hombre muerto en el interior poco después de las 2 de la madrugada.
En ese preciso momento, en algún lugar entre la madrugada fría de Boston y el amanecer que aún no llegaba, la historia de Ali Resa Palabi terminó 44 años, 3 meses y 7 días después de haber nacido en un palacio de Teerán. Fardia Pars dijo algo sobre la forma en que Ali Resa eligió irse, que ilumina algo sobre su carácter, que fue directa, decidida, sin ambigüedad.
Como un comandante del ejército se disparó. No hubo titubeo, no hubo duda, era coherente, en ese sentido, terrible, con el carácter de un hombre que había aprendido a tomar decisiones con claridad y que cuando decidía algo lo llevaba hasta el final. Era también, en cierta manera, la última decisión que podía tomar completamente solo, sin que nadie pudiera intervenir, sin que nadie pudiera decirle que esperara.
El hermano mayor reza Palabi publicó en su página web las palabras que la familia había preparado para comunicar la tragedia al mundo iraní en el exilio. Con inmenso dolor queremos informar a nuestros compatriotas del fallecimiento del príncipe Aliesa Pajlavi. escribió a su hermano como alguien que, como millones de jóvenes iraníes, estaba profundamente perturbado por todos los males caídos sobre su amada patria, así como por el peso de perder a un padre y a una hermana en su joven vida.
Luchó durante años para superar su dolor. Y luego la frase final que contiene toda la tragedia. Aunque luchó durante años para superar su dolor, finalmente sucumbió. Y durante la noche del for de enero de 2011, en su residencia en Boston, se quitó la vida, sumiendo a su familia y amigos en una profunda tristeza. En Teerán, la muerte de Ali Reza Palabi pasó casi desapercibida.
La agencia estatal Preste IMPE publicó una nota breve y glacialmente fría titulada El hijo del exdictador de Irán se suicida, que describía el evento como el segundo miembro de la familia Pajlavi en quitarse la vida. Era un recordatorio cruel, pero esperable de que las historias de los vencidos no generan compasión entre quienes los vencieron.
Para el régimen que había expulsado a esta familia en 1979, la muerte de Ali Reza era, cuando mucho, una nota al margen en la historia que ellos controlaban. La comunidad iraní en el exilio, sin embargo, respondió de una manera diferente. El dolor que brotó a través de las redes sociales, de los foros de discusión en línea, de los periódicos de la diáspora iraní revelaba algo que quizás no todos habían sabido nombrar antes de ese momento.
El amor que muchos iraníes dispersos por el mundo sentían por la figura de Ali Resa, no era tanto el amor dinástico al heredero presunto de la casa Palabi, como el amor de reconocimiento, el dolor de verse reflejado en alguien que también había perdido Irán a una edad joven y nunca había podido recuperarlo.
y rea no era para ellos el príncipe, era el compatriota, el que también lloraba a un país que solo existía en los recuerdos de la infancia y que era, en algún sentido profundo, el dolor más universal de los exiliados iraníes de su generación. Iriana Leila Pajlavi no conocería a su padre.
llevaría en su nombre el nombre de la tía que su padre nunca superó perder, una conexión de dolor y amor que atraviesa dos generaciones. Raja Debar, su madre, no habló públicamente de lo que vivió en las horas que siguieron a esa noche de enero. Hay silencios que respetamos porque no tenemos ningún derecho sobre ellos. Fara Palabi, la emperatriz que en esos años ya vivía entre París y Washington, que había perdido a su marido en 1980, a su hija Leila en 2001 y ahora a su hijo Ali Resa en 2011, continuó siendo una figura pública de una dignidad que solo puede
nacer de haber sobrevivido lo inimaginable. siguió escribiendo, dando entrevistas ocasionales, apoyando la cultura iraní en el exilio. Siguió siendo para muchos iraníes de la diáspora el símbolo de una continuidad que el régimen islámico no había podido borrar completamente. No es posible imaginar el peso de esos años sin sentir una especie de admiración involuntaria por la capacidad humana de continuar, incluso cuando todo parece diseñado para hacer imposible la continuación.
Reza Palabi, el hermano mayor, continuó su activismo político por un Irán libre con la misma determinación que había mostrado durante décadas. Faranas Plavi, la hermana mayor de Ali Resa, mantuvo la vida extremadamente privada que siempre había elegido. La familia siguió. Las familias siguen, aunque el mundo que conocían haya terminado.
En honor a la memoria de su hijo, la emperatriz Farra estableció la Alir Pahlavi Fellowship in Ancient Iranian Studies en la Universidad de Harvard. La beca financia investigación en filología, arqueología y cultura del Irán preislámico, exactamente el campo al que Ali Reza había dedicado su vida académica durante más de 20 años.
La iniciativa apoyada por la Aliesa Palavi Foundation promueve el estudio de textos avésticos, influencias elitas y migraciones indoiraníes como fundamentos de la civilización iraní. Es en cierta manera, el monumento más honesto y adecuado que podría haberse construido para un hombre cuya forma de amor a su patria fue aprenderla de memoria.
La Ali Resa Palabi Fellowship existe hoy en Harvard. Investigadores de todo el mundo reciben apoyo para estudiar el pasado iraní gracias a un fondo creado en memoria de un príncipe que nunca pudo volver a casa, pero que pasó su vida adulta intentando que el pasado de esa casa sobreviviera en el registro académico del mundo.
Hay en esa circularidad algo que duele y al mismo tiempo consuela de una manera que es difícil de articular sin convertirlo en sentimentalismo. El hombre que estudió el Irán antiguo porque era la única forma disponible de estar en Irán, ha hecho posible que otros sigan haciendo lo mismo. Es un tipo de inmortalidad que no habría elegido probablemente, pero que le habría parecido apropiada.
Es curioso cómo funciona el tiempo cuando uno mira atrás sobre una historia como esta, lo que parece mientras sucede, una acumulación de tragedias aisladas y sin relación entre sí comienza a revelar desde la distancia que da el paso de los años. Una lógica interior que quizás siempre estuvo ahí, pero que era imposible ver mientras los eventos ocurrían demasiado cerca.
Ali reza Palabi no fue un hombre que se rindió de golpe. Fue un hombre que resistió durante 32 años después de que el avión del exilio despegara de Teerán en enero de 1979. Resistió de maneras que el mundo raramente reconoce porque no son espectaculares, estudiando, investigando, siguiendo vivo en el único sentido que podía controlar plenamente.
Eso no es una derrota pequeña que superar. Eso es una resistencia enorme que durante décadas no tuvo nombre público. Nunca sabremos con certeza que habría cambiado las cosas para Ali Reza Palabi. más apoyo en los momentos críticos, un tratamiento diferente o más efectivo para la depresión que lo consumía, la posibilidad que nunca tuvo de volver a Irán y pisar el suelo de Persépolis y leer con sus propios ojos en el lugar mismo donde estaban grabadas las inscripciones que estudiaba desde bibliotecas de Nueva Inglaterra.
Probablemente la verdad, si es que existe una sola verdad en estas historias, está en algún punto intermedio entre todos esos factores y probablemente nunca la conoceremos del todo. La depresión no es simple ni tiene una sola causa. Las historias de vida tampoco. Lo que sí sabemos es que Ali Resapalabi murió el 4 de enero de 2011 en Boston, Massachusetts.
a los 44 años de edad, que fue encontrado en su apartamento del South End por la policía que respondió a una llamada de emergencia que dejó atrás a su madre Fara, a su hermano Resa, a su hermana Faranas, a su pareja Raja Dide de Debar y a su hija recién nacida Iriana Leila, quien lleva en su nombre el nombre de la tía que su padre nunca superó perder, que fue enterrado lejos de Irán como lo fue su padre en Egipto y como lo fue su hermana Leila en el cementerio de Pasí en París.
Que el país que amó de la única manera disponible para él a través de los libros y los manuscritos y los idiomas de los muertos sigue existiendo al otro lado de una frontera que él nunca cruzó. Hoy, si visitas el South End Boston, encontrarás una calle tranquila con casas victorianas de ladrillo rojo bien conservadas, cafeterías que abren temprano y tiendas pequeñas y vecinos que pasean perros en la nieve de enero.
La vida ordinaria y hermosa de una ciudad que no guarda señales visibles de lo que ocurrió en el número 1141 de West Newton Street. Una madrugada de hace más de una década. Los vecinos nuevos no conocen el nombre que vivió allí. La ciudad no levantó ninguna placa. El tiempo, como siempre hace con una democracia completamente imparcial, cubrió las grietas con la nieve que cae uniformemente sobre todo.
Pero en los archivos de Harvard, en los textos que estudian los becarios de la Ali Resa Palabi Fellowship, en las páginas de investigaciones sobre el avéstico y el persa antiguo y la civilización de loseménidas que se escriben gracias a ese fondo, Ali reza Pajlavi sigue presente de la manera en que él quería estar presente, no como el heredero de un trono que no existe, sino como el estudioso de una civilización.
que ha existido siempre y que existirá mucho más allá de cualquier régimen que pretenda definir lo que Irán es o no es. Ali rea Pajlavi se ha convertido en un símbolo de algo que es difícil de nombrar con precisión, pero imposible de ignorar. El costo humano invisible del exilio, el precio que pagan los hijos cuando la historia decide reescribirse usando sus familias como material de construcción.
No fue el Shah, no fue el heredero político que lucha en los escenarios internacionales. Fue el músico que encontró en los idiomas muertos su música más honda, el hermano que amó demasiado para sobrevivir la pérdida de quien amaba. El padre que nombró a su hija con el nombre de la hermana ausente. El hombre que intentó construir una patria en los libros porque la patria real estaba detrás de una frontera que nunca cruzó y que acaso no cruzó nunca.
¿Qué nos enseña esta historia? Quizás que el exilio no es solo una condición geográfica, sino una herida interior que puede heredarse de generación en generación y que el tiempo no cura automáticamente, sino que transforma en algo diferente, cuya naturaleza exacta no siempre podemos predecir. Que la grandeza que rodea una infancia no protege a los niños que crecen dentro de ella, sino que a veces amplifica el dolor cuando esa grandeza desaparece.
Porque la caída es más larga cuando el punto de partida estaba más alto. Que la depresión no distingue entre los que tienen títulos y los que no los tienen, entre los que estudiaron en Princeton y Harvard y los que no pudieron ir a la universidad. Entre los que tienen el dinero suficiente para no preocuparse nunca por el alquiler y los que cuentan cada centavo al final del mes.
El abismo no pregunta por el apellido antes de abrirse. Y quizás también esto, que es lo más difícil y lo más importante y lo que más cuesta decir. Hay personas que caminan a nuestro lado cargando un peso que es invisible desde afuera, que la discreción y el refugio en el trabajo intelectual y la vida privada cuidadosamente guardada pueden ser tanto señales de fortaleza como maneras de sobrevivir algo que eventualmente pesa más que la fuerza disponible.
que podemos mirar a alguien y ver una vida académica distinguida y no ver el abismo. Que la diferencia entre los que terminan como Ali reza Palabi y los que terminan de otra manera, no siempre es visible desde afuera y quizás esa invisibilidad es parte del problema. Gracias por acompañarnos en este viaje a través de la historia de Alirra Palabi, el príncipe sin reino, el académico que amó su patria desde la distancia, el hermano que nunca se recuperó completamente de una pérdida que quizás nadie puede recuperarse del todo. La
historia de Ali Resa nos deja con una pregunta final que hace pensar, una pregunta que no tiene respuesta fácil ni quizás respuesta ninguna. Cuántas personas caminan a nuestro lado cargando un dolor invisible que nunca nombramos porque no tenemos las palabras o el tiempo o la atención necesaria para verlo? Dejen en los comentarios qué piensan sobre el peso del exilio y la identidad perdida.
o sobre si creen que hay cargas que el tiempo puede aliviar o si solo las transforma en algo diferente. Sus perspectivas siempre me hacen reflexionar de maneras que no esperaba. Hasta la próxima historia, donde seguiremos explorando las vidas de aquellos que vivieron entre la grandeza y el abismo, entre lo que pudo ser y lo que finalmente fue hasta entonces. M.