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Rania de Jordania: la mujer más poderosa del mundo árabe y el rostro moderno de la realeza

A finales de 1992, Rania Al Yasin fue invitada a una cena con amigos. una cena informal como tantas otras. No había protocolo ni etiqueta, solo conversación, comida y personas que no sabían que estaban a punto de ser testigos del inicio de una historia que los libros de historia jordanos registrarían décadas después.

En esa cena había un hombre con una sonrisa grande, según sus propias palabras, y una energía contagiosa. Su nombre era Abdalá. era príncipe de Jordania, pero en aquella mesa nadie parecía tener prisa por recordarlo. Abdallah ibn al Hussein no era en ese momento el heredero al trono. Ese detalle es fundamental para entender lo que vino después.

El rey Jusseín, su padre, era uno de los monarcas más longevos y respetados del mundo árabe. Había sobrevivido a atentados, guerras regionales y décadas de presión internacional. Pero la sucesión en la familia real Hashchemí era un asunto complicado, teñido de intrigas dinásticas que se remontaban a décadas atrás.

Por entonces, el príncipe heredero designado era Hassán, hermano del rey Jusín y tío de Abdalá. Abdalá era hijo del rey, sí, pero no era el elegido para el trono. Esto significaba que cuando Rania conoció al hombre de la gran sonrisa en aquella cena de Amán, no estaba conociendo al futuro rey de Jordania, estaba conociendo a un príncipe militar formado en Sandhurst, la Academia Militar Británica, y en West Point, la norteamericana.

Un hombre cuya vocación parecía ser más la de comandante que la de monarca. Y ese dato cambiaría por completo el carácter de lo que empezaba a crecer entre los dos. Porque cuando dos personas se enamoran sin saber que el futuro les tiene preparada una corona, el amor que nace es diferente. No está condicionado por el protocolo ni por la conveniencia política.

No hay cálculo dinástico detrás de cada mirada. Solo hay dos personas que se gustan y que deciden explorar eso. Ran y Abdalá comenzaron a verse. La relación fue intensa desde el principio. Dos meses después de aquella cena, el palacio anunciaba oficialmente su compromiso. El mundo apenas prestó atención porque la boda de un príncipe que no era heredero no era noticia de primera página.

Se casaron el 10 de junio de 1993 en Amán. Ella tenía 22 años, él 31. El vestido de novia que Ran eligió fue confeccionado por Bruce Olfield, el mismo diseñador que vestía la princesa Diana y que luego vestiría a Camila de Cornoes en su coronación. Un detalle aparentemente estético que en realidad decía mucho sobre el tipo de reina que esta mujer estaba destinada a ser.

Aunque todavía no lo supiera, los primeros años del matrimonio transcurrieron en una relativa normalidad para los estándares de la realeza. Abdalá cumplía sus funciones militares. Rania asumía el papel de esposa de un príncipe de rango secundario, participando en actos oficiales, pero sin el peso de una responsabilidad institucional de primer orden.

En junio de 1994 nació Hussein, su primer hijo, bautizado con el nombre del abuelo paterno. En septiembre de 1996 llegó Imán, la primera hija. La familia crecía en los márgenes visibles de la corte Jordana, sin protagonismo excesivo, sin la presión que acompaña a quienes están destinados al centro del poder.

Pero el centro del poder en Jordania estaba a punto de moverse. El rey Jusin enfermaba. El cáncer linfático que había comenzado a corrober cuerpo avanzaba con una crueldad silenciosa que los médicos ya no podían contener. Jordani observaba con angustia el deterioro de su monarca más longevo, el hombre que había dado al reino árabe una estabilidad inusual en una región convulsa.

Y dentro del palacio los cálculos sobre la sucesión se intensificaban con cada semana que pasaba. Lo que ocurrió después fue un giro que nadie dentro ni fuera del palacio había previsto con certeza. En enero de 1999, tan solo 13 días antes de su muerte, el rey Jusín tomó una decisión que sacudió los pilares de la casa real Hashemí.

Firmó una carta en la que revocaba el título de príncipe heredero a su hermano Hassán y lo transfería a su hijo Abdalá. Las razones nunca quedaron del todo claras para el público. Hubo quienes hablaron de diferencias irreconciliables entre los dos hermanos en los últimos meses de la vida del rey. Otros apuntaban a una preferencia personal, a una visión sobre el futuro de Jordania que solo Abdalá podía representar.

Sea cual fuera la razón verdadera, el resultado fue inmediato e irreversible. El 7 de febrero de 1999, el rey Jusín moría en Amán y aquella misma semana Abdalá era proclamado rey de Jordania. Irrania Aasín, la joven de origen palestino que había huido de Cubai con su familia, que había estudiado en el Cairo y trabajado en Apple, se convertía en reina.

El trono no se heredó, se recibió como un impacto. Hay una diferencia entre las personas que pasan toda su vida preparándose para reinar y las que reciben esa responsabilidad de improviso. Las primeras aprenden el arte del poder como se aprende un idioma desde la cuna. Las segundas tienen que absorberlo todo al mismo tiempo en que lo están ejecutando.

Rania pertenecía a esta segunda categoría y eso paradójicamente resultó ser su mayor fortaleza. Mientras los círculos más conservadores de la corte jordana evaluaban con reserva a esta nueva reina, joven y origen no jordano, sin linaje real, Raña comenzó a construir su propio lenguaje del poder. No lo hizo a través de decretos ni de gestos grandilocuentes.

lo hizo a través de la presencia, de aparecer, de hablar, de visitar escuelas en los barrios más pobres de Amán, cuando nadie esperaba que una reina lo hiciera. De sentarse en el suelo junto a niños en aldeas rurales y escucharlos. Jordania era y sigue siendo un país con enormes desafíos sociales. La tasa de analfabetismo entre mujeres en zonas rurales era elevada.

El trabajo infantil era una realidad cotidiana que se normalizaba en silencio. El matrimonio precoz femenino seguía siendo una práctica extendida en comunidades tradicionales. Irrania decidió que si iba a usar la corona para algo sería para cambiar exactamente eso, no a través de discursos vacíos, sino con presencia física y compromisos sostenidos.

En el año 2000, un año después de su ascenso al trono, Raño fundó el fondo Hachemií para el Desarrollo Humano, conocido como Johut, por sus siglas en inglés. una organización dedicada a mejorar la calidad de vida de las comunidades más vulnerables de Jordania a través de programas de educación, salud, generación de ingresos y empoderamiento femenino.

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