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El Puma: por una NIÑA de 14 ABANDONÓ a sus 3 HIJOS (Uno Murió SOLO)

Lilibeth llegó pocos años después y según se ha dicho, fue la hija que se parecía más físicamente al propio José Luis Rodríguez. Tenía los mismos ojos oscuros, la misma frente alta y la misma sonrisa nerviosa que aparecía en las portadas de revista del padre. Pero a diferencia de Liliana, Lilibet desde muy chica, mostró un carácter explosivo que iba a marcar el resto de su vida adulta dentro del medio del espectáculo venezolano.

Dos niñas que iban a crecer dentro de la misma casa de Caracas, donde su madre se quedaba sola durante meses esperando llamadas de aeropuertos lejanos, donde las paredes guardaban un secreto que ninguna de las dos podía nombrar todavía, y donde el padre cada vez que volvía de gira llegaba un poco más tarde de lo prometido.

Porque José Luis Rodríguez, según versiones recogidas por periodistas latinoamericanos durante décadas posteriores, jamás supo cómo ser fiel a una sola mujer. Y la primera persona en darse cuenta de eso mucho antes que las hijas fue la propia Lila. Existe una grabación, según testimonios cercanos al entorno de Lila Morillo durante los años posteriores al divorcio.

Una cinta de audio que circuló durante años entre periodistas venezolanos antes de ser archivada por la propia familia. Una cinta donde Lila, ya divorciada habla por primera vez de lo que vivió dentro de aquella casa de Caracas. Y según se ha dicho, lo que se escucha en esa cinta cambia por completo la versión oficial que el Puma vendió durante toda su carrera.

Vamos a regresar a esa cinta más adelante. Mientras tanto, el apodo. El puma se lo puso un periodista venezolano por la forma en que se movía sobre el escenario. Felino y agresivo, casi hipnótico, y el apodo se quedó pegado al nombre para siempre. La carrera explotó en los años 70. Caracas, Miami, México, Buenos Aires, Madrid.

Pavo real, dueño de nada y voy a perder la cabeza por tu amor. Son a toda hora en cada radio del continente. Cada disco vendía millones, cada concierto llenaba estadios y las portadas reforzaban la imagen del galán perfecto del bolero latino. Y los rumores empezaron a llegar a Caracas casi al mismo ritmo que los premios. Porque mientras millones de mujeres latinoamericanas se enamoraban de aquella voz dentro de la casa de Caracas, las dos niñas empezaban a aprender que su padre podía pasar tres meses sin llamarlas y que cuando llamaba

llamaba para anunciar otra gira. Lila lo aguantaba por las hijas y por su propia carrera, por la versión pública que vendían los dos en cada entrevista, pero según ella misma contaría años después. Había noches enteras en las que se sentaba sola en la cocina, sin saber dónde estaba dormido el hombre con quien se había casado.

Hubo una mujer antes de Carolina Pérez y otra antes de esa. Y según testimonios recogidos por periodistas venezolanos y mexicanos durante los años posteriores al divorcio, José Luis Rodríguez tenía un patrón muy específico con las mujeres jóvenes que conocía durante sus giras. Un patrón que durante años nadie se atrevió a contar en voz alta.

Pero ese patrón, según se ha sabido con los años, tenía un detalle muy concreto que ningún biógrafo oficial del cantante venezolano se ha atrevido a publicar todavía. Un detalle que conecta directamente con lo que ocurrió en Cuba en 1985. Llegó 1985. Lila Morillo seguía siendo oficialmente la esposa. Liliana tenía 16 años.

Lilibet tenía 14. Y dentro de aquella casa de Caracas, según se ha dicho por personas cercanas a la familia, las hijas empezaban a notar cosas que su madre todavía no quería nombrar en voz alta. Llegaba ropa con olores que no eran del aeropuerto y aparecían cartas a la dirección equivocada. Fotos extrañas circulaban en revistas argentinas mientras los silencios largos en la mesa empezaban a durar más que las conversaciones.

Y entonces, en algún punto del segundo semestre de 1985, el puma viajó a Cuba para una gira oficial y en esa gira, durante una recepción organizada en algún hotel de La Habana, vio entrar por la puerta a una muchacha que tenía 14 años. Su nombre era Carolina Pérez. era cubana, modelo, todavía no había terminado la secundaria y según las versiones recogidas durante los años posteriores, esa misma noche el puma decidió que esa muchacha iba a ser suya, 14 años, la misma edad exacta que tenía Lilibet Morillo, [música] su propia hija

menor, en aquella casa de Caracas, donde Lila lo estaba esperando. noche. Según se ha dicho por testimonios cercanos al entorno cubano del cantante en aquellos años. El puma le dijo a Carolina Pérez tres palabras delante de testigos que iban a marcar el resto de la vida de dos familias enteras. “Vas conmigo, niña?” Esas fueron las tres palabras que el puma le dijo a Carolina Pérez aquella noche en La Habana delante de un grupo de meseros, productores y músicos que se quedaron mudos en una sala de hotel. Y en aquella sala con la

música de fondo y las copas servidas sobre las mesas, según se ha dicho por testimonios cercanos al entorno cubano del cantante en aquellos años, Carolina sonrió. Lo que ocurrió a partir de esa noche fue rápido. Durante los siguientes 8 meses, el Puma viajó a Cuba más veces de las que le contó a Lila Morillo en Caracas.

Cada viaje con alguna excusa profesional verosímil y cada regreso a casa, según se ha dicho, con la mirada un poco más perdida que el regreso anterior. Carolina iba creciendo dentro de aquella relación que oficialmente nadie llamaba relación y Lila Murillo en Caracas empezaba a sospechar. La llamada que terminó de romper 21 años de matrimonio ocurrió un martes por la noche.

Duró exactamente 42 minutos y no ocurrió cara a cara. Ocurrió por teléfono entre un hotel de La Habana y una casa silenciosa de Caracas. Lila había escuchado los rumores esa misma semana. Una corista venezolana que trabajaba en una de las giras de El Puma [música] le había llamado a casa según se ha dicho para advertirle que en La Habana había una muchacha apareciendo demasiado en el camerino del cantante.

Una muchacha demasiado joven. Lila escuchó, colgó y esa misma noche levantó el teléfono y llamó al hotel donde su esposo estaba alojado. Lo que se dijo en esos 42 minutos jamás se publicó por completo. Pero según testimonios cercanos al entorno familiar, en algún punto de la conversación, el puma le dijo a Lila tres palabras que terminaron de derribar todo lo que ambos llevaban 20 años construyendo. No es nada.

Lila colgó el teléfono y al día siguiente, según se ha sabido, empezó a buscar abogado. El divorcio se firmó en Caracas durante los primeros meses del año 1986. Lila no pidió mucho, según se ha dicho por personas cercanas a la familia Murillo. Pidió la custodia de las dos hijas y conservar el apellido artístico Murillo y agregó una cláusula más, que Liliana y Lilibet nunca fueran obligadas a aparecer en eventos públicos al lado de la nueva pareja de su padre, fuera quien fuera.

El Puma firmó sin discutir y a las dos semanas ya tenía a Carolina Pérez instalada en una casa de Miami. Carolina tenía 15 años, el Puma tenía 44. [música] Y dentro de aquella casa de Miami, según se ha dicho, durante los siguientes 6 meses, ningún medio del continente se atrevió a publicar lo que el entorno cercano al cantante ya sabía.

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