Hacer la compra juntos puede romper más parejas que una infidelidad leve. Es una verdad universal, un dogma no escrito que debería enseñarse en los cursos prematrimoniales, justo entre “cómo repartir las tareas del hogar” y “por qué no debes opinar sobre la familia política”. Porque, seamos sinceros, el supermercado no es un lugar de abastecimiento; es un campo de minas emocional, un coliseo romano con luces de neón y ofertas de tres por dos en suavizante que nadie necesita.
Eran las once de la mañana de un sábado en un Carrefour de la periferia de Madrid. Un escenario dantesco para cualquiera que valore su salud mental. Elena y Marcos habían cometido el error de principiantes: ir juntos, con hambre y sin una lista cerrada. El aire estaba cargado con ese olor característico a pan recién horneado que en realidad es un perfume sintético diseñado para que compres tres barras de chapata que se pondrán duras como el granito a las cinco de la tarde.
Marcos empujaba el carrito. Bueno, “empujar” es un término generoso. Estaba lidiando con un vehículo que tenía una voluntad propia y una rueda delantera izquierda que parecía haber sido diseñada por un enemigo del Estado. El carrito emitía un chirrido rítmico, un clac-clac-clac metálico que se clavaba en el cerebelo de Elena con la precisión de un piolet.
—¿Puedes hacer que deje de sonar así? —preguntó Elena, mientras examinaba con un escrutinio digno de la NASA una red de aguacates que, según ella, estaban todos “o muy piedras o muy papilla”.
—Claro, Elena. Ahora mismo saco mi kit de ingeniería de carritos de la compra que siempre llevo en el bolsillo trasero —respondió Marcos, con ese sarcasmo madrileño que a veces ella adoraba y hoy, simplemente, le daban ganas de usar como arma arrojadiza—. El carrito está cojo. Es una metáfora de nuestra relación este sábado por la mañana. Avanzamos, pero hacia la izquierda y con un ruido insoportable.
Elena resopló. Llevaban apenas diez minutos en el establecimiento y la tensión ya era más espesa que el chocolate a la taza. Se detuvieron frente a la sección de lácteos, ese pasillo infinito donde parece que hay más tipos de leche que estrellas en el firmamento. Era el lugar donde la civilización occidental había decidido que la vaca ya no era suficiente. Había leche de soja, de almendras, de avellanas, de arroz, de espelta y, por supuesto, la joya de la corona de la discordia.
Marcos, con un movimiento fluido y casi furtivo, agarró un pack de seis briks de una marca de leche de avena con un diseño minimalista y elegante, de esas que parecen costar más el envase que el contenido. La depositó en el carrito con la suavidad de quien coloca un bebé en la cuna.
Elena, que en ese momento estaba comparando los precios por litro de los yogures bífidus, se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en el cartón de color crema. Ladeó la cabeza. Marcos sintió el frío antes de que ella abriera la boca.
—¿Qué es esto, Marcos? —preguntó ella, señalando el pack como si fuera una prueba judicial incriminatoria.
—Leche de avena, Elena. Pone “avena” en letras bien grandes. Y un dibujo de una espiga muy artístico.
—Ya veo que es de avena. Mi pregunta no era sobre tus capacidades de lectura, sino sobre tu criterio existencial. ¿Por qué has comprado leche de avena? Tenemos tres litros de leche entera en la despensa que compramos el martes.
—Porque me gusta —respondió él, intentando mantener un tono casual, como si no supiera que acababa de abrir la caja de Pandora entre el pasillo de los lácteos y el de la charcutería—. Me sienta mejor. La leche de vaca me hace sentir como si me hubiera tragado un balón de reglamento. Además, esta tiene calcio añadido y vitamina D. Soy un hombre que se cuida.
Elena soltó una carcajada seca, de esas que no indican alegría, sino una incredulidad absoluta.
—Te cuidas. El hombre que ayer se cenó media pizza de barbacoa fría y una bolsa de ganchitos ahora se preocupa por su tránsito intestinal y la vitamina D. Marcos, por favor.
—La pizza era un momento de debilidad. La leche de avena es un compromiso a largo plazo con mi bienestar —replicó él, tratando de enderezar el carrito, que seguía empeñado en estrellarse contra una torre de promociones de latas de atún.
—Cuesta el triple —sentenció Elena, yendo directamente al núcleo del conflicto, al centro neurálgico de cualquier discusión de pareja en España: el bolsillo—. He mirado el precio. El brik sale a dos euros con algo. La leche normal, la de marca blanca que siempre cogemos, no llega a los ochenta céntimos. Estás pagando un impuesto por beber agua con cereales triturados.
—No es agua con cereales, es una alternativa vegetal sostenible y digestiva —dijo Marcos, ya un poco a la defensiva.
—Es un capricho de moderno, Marcos. No eres celíaco, ni intolerante a la lactosa, ni vegano. Eres un tío de Cuatro Caminos que de repente se cree que vive en un loft en Malasaña. Dos euros y pico por un litro de algo que ni siquiera sale de una ubre. Es una estafa, y tú eres la víctima voluntaria.
La tensión estaba escalando. Una señora mayor que pasaba por allí con un carro lleno hasta los topes de papel higiénico les lanzó una mirada de complicidad y advertencia. El supermercado es ese lugar donde la intimidad se desvanece y tus miserias presupuestarias se exponen ante desconocidos que juzgan lo que llevas en el carro.
Parte 2: La contraofensiva de la patata gourmet
Marcos no estaba dispuesto a perder esta batalla tan pronto. Sabía que en el ecosistema del supermercado, la mejor defensa es un buen ataque, o mejor dicho, un contraataque basado en la hipocresía ajena. Mientras avanzaban por el pasillo de los snacks y aperitivos, un lugar peligroso donde las dietas van a morir, sus ojos buscaron el punto débil de Elena. Y lo encontró.
Allí, entre las bolsas de patatas fritas industriales que huelen a aceite reutilizado mil veces, destacaba una bolsa negra, mate, con letras doradas. Un producto que no se anunciaba como “patatas fritas”, sino como “Experiencia Gastronómica de Patata de Autor con Sal Rosa del Himalaya y Aroma de Trufa Blanca”.
Elena, casi por instinto, estiró el brazo y la echó al carro. El movimiento fue tan natural, tan desprovisto de culpa, que Marcos tuvo que reprimir una sonrisa de triunfo.
—Ah, muy bien —dijo él, deteniendo el carrito (lo cual requirió un esfuerzo físico considerable debido a la rueda rebelde)—. Hablemos de prioridades, Elena. Hablemos de coherencia presupuestaria.
Elena lo miró con sospecha, todavía con la mano en el asa del carrito.
—¿De qué hablas ahora?
—De esas patatas. Esas patatas que acabas de tirar al carro como si fueran una necesidad básica, como si el Gobierno las fuera a incluir en la cesta de la compra de emergencia. ¿Tú has visto lo que cuestan?
Elena se encogió de hombros, restándole importancia con una naturalidad asombrosa.
—Son necesarias, Marcos. Tenemos a los chicos mañana para el partido. No les voy a poner patatas de bolsa de plástico transparente que parecen cartón frito. Un poco de clase, por favor.
—¿Clase? Elena, cuestan cuatro euros. ¡Cuatro euros por una bolsa que está llena de aire al setenta por ciento! Si calculamos el precio por kilo de esa patata de “autor”, sale más caro que el solomillo de ternera. Es un robo a mano armada consentido por tu elitismo del aperitivo.
—No es elitismo, es calidad —replicó ella, cruzándose de brazos—. Esas patatas están cortadas a mano, o eso dice la bolsa. Tienen trufa. Trufa, Marcos. ¿Sabes lo difícil que es encontrar trufas?
—Lo que es difícil es encontrar la patata dentro de ese aroma sintético a gas que le ponen para que parezca trufa. Me recriminas mi leche de avena, que al menos me la desayuno todos los días y me aporta algo, pero defiendes gastarte un dineral en algo que va a durar diez minutos mientras insultas al árbitro.
—Es una inversión social —afirmó Elena, muy digna—. Es por la convivencia. La leche de avena es una crisis de identidad.
—¡Claro! —exclamó Marcos, elevando un poco el tono, lo que hizo que un reponedor de aceitunas los mirara con curiosidad—. Tus caprichos son inversión y los míos son crisis. Tus patatas de cuatro euros son “necesarias para el bienestar social” y mi leche es un “despilfarro de moderno”. Es la doble vara de medir de siempre.
—No es la misma vara, Marcos. La leche de avena es un gasto recurrente. Si te acostumbras a esa tontería, son diez euros más a la semana. Cuarenta euros al mes. Casi quinientos euros al año en agua de avena. Con eso nos vamos un fin de semana a una casa rural. Mis patatas son un evento puntual, una alegría para el paladar.
—Un fin de semana a una casa rural… —Marcos se rió—. No nos vamos a una casa rural por la leche de avena, Elena. No nos vamos porque te compras cremas de noche que llevan partículas de oro o algo así, que cuestan como un neumático de repuesto.
—¡Eso es tratamiento! ¡Es salud dérmica! —protestó ella, indignada—. No mezcles las churras con las merinas. Estamos hablando de comida. De la lista de la compra.
—Estamos hablando de que en este carro hay dos categorías: lo que tú consideras imprescindible (que suele ser caro y sofisticado) y lo que yo considero necesario (que tú tildas de capricho ridículo).
Marcos reinició la marcha con el carrito chirriante. Ahora avanzaba con más determinación, esquivando a una familia que discutía sobre qué tipo de pizza congelada llevar. La tensión entre ellos no se había disipado; al contrario, se estaba condensando, convirtiéndose en una masa crítica que amenazaba con explotar en la sección de frutería o, peor aún, en la cola de las cajas.
—¿Sabes qué pasa? —continuó Marcos, mientras esquivaba un expositor de huevos de Pascua fuera de temporada—. Que ir a la compra contigo es un ejercicio de micro-humillación constante. Siento que tengo que pedir permiso para cada cosa que no sea arroz, pasta o pechuga de pollo.
—Y yo siento que si no te controlo, acabaríamos con un carro lleno de gadgets de cocina, cervezas artesanales de nombres impronunciables y, ahora, leches vegetales de diseño. Alguien tiene que ser el adulto en esta relación, Marcos.
—Ah, genial. Ahora soy el niño de la casa porque quiero que mi café no sepa a vaca. Pues que sepas que las patatas de autor me las voy a comer yo también, pero con resentimiento.
—Cómetelas como quieras, pero no me digas que mi inversión en el aperitivo de mañana es comparable a tu capricho matutino.
Se detuvieron ante el mostrador de la carnicería. Había que pedir número. La máquina de los números amarillos era el siguiente campo de batalla.
Parte 3: El veredicto de la carnicería y el efecto “potingue”
El sistema de turnos de la carnicería es, probablemente, el lugar donde más paciencia se pierde en toda España. Había siete personas delante de ellos. Marcos cogió el papelito: el número 84. En el panel luminoso brillaba un 77 cansado. Eso significaba al menos quince minutos de espera observando cómo el carnicero cortaba filetes de lomo con una parsimonia zen.
—Quince minutos —suspiró Marcos—. Tiempo suficiente para repasar el resto de tus “inversiones” que tenemos en el carro.
Elena miró hacia el interior del vehículo metálico. Había una bandeja de sushi preparado, un bote de aceitunas rellenas de anchoa de una marca premium y una botella de vino que no era precisamente el de la casa.
—El sushi estaba de oferta —se defendió ella antes de que él pudiera abrir la boca.
—La oferta era “compra uno y el segundo te sale a precio de oro” —dijo él—. Y las aceitunas… Elena, hay aceitunas de marca blanca que saben exactamente igual. Pero no, tú necesitas que la anchoa sea “del Cantábrico” y que el envase tenga un acabado mate.
—Es que se nota en la textura, Marcos. ¿Tú quieres vivir una vida de texturas pobres? Porque yo no. Si vamos a trabajar cuarenta horas a la semana para luego comer cosas que saben a corcho, ¿para qué lo hacemos?
—Para poder pagar el alquiler y que no nos corten la luz, por ejemplo —respondió él, apoyándose en el manillar del carrito—. Pero me hace gracia que mi leche de avena sea el problema sistémico de nuestra economía doméstica. Es simbólico. Tú usas el ahorro como un arma arrojadiza cuando te conviene, pero cuando se trata de tus “pequeños placeres”, el presupuesto es un concepto abstracto y maleable.
Elena guardó silencio un momento, mirando cómo el carnicero pesaba unas costillas.
—¿Sabes qué es lo que me molesta de verdad, Marcos? No es el dinero. Es que no me lo consultaras. Comprar cosas que son “solo para ti” dentro de una compra que es “para los dos”. La leche de avena es individualista. Las patatas las vamos a compartir. El vino lo vamos a beber juntos. El sushi es nuestra cena de hoy. Pero tu leche… tu leche es un muro. Es “esto es mío y no me importa lo que cueste el presupuesto común”.
Marcos se quedó pensativo. Esa era una perspectiva que no había considerado. Para él, era simplemente una elección dietética. Para ella, era una declaración de independencia fiscal dentro de un proyecto común.
—Pero Elena, si yo comprara leche normal, también la bebería yo solo porque a ti te da asco el café con leche por las mañanas, tú solo tomas té verde. Así que, técnicamente, cualquier leche es “solo para mí”.
—No es lo mismo. La leche normal es un ingrediente de cocina. Se usa para hacer bechamel, para los postres, para el puré. Es un bien común. La leche de avena es un objeto de culto personal. Es como si yo me comprara un champú de veinte euros y lo pagáramos a medias.
—¡Pero si lo haces! —saltó Marcos—. El bote de ese acondicionador que huele a selva tropical cuesta un riñón y yo uso el mismo gel de ducha para el cuerpo, la cara y el pelo. Y no digo nada. Lo pagamos con la tarjeta común y me callo porque sé que te hace ilusión tener el pelo como una princesa de Disney.
—¡Eso es higiene y cuidado personal! —gritó ella un poco más fuerte de lo debido. Un par de señoras se giraron.
—¡Y mi leche de avena es cuidado digestivo! —respondió él al mismo volumen.
El carnicero gritó: “¡Número ochenta y dos!”. Estaban cerca. La tensión era máxima. Habían pasado de la economía a la filosofía de pareja y de ahí al reproche estético. El carrito, como si sintiera la energía negativa, dio un pequeño giro por su cuenta y chocó suavemente contra la pierna de Marcos.
—¿Ves? Hasta el carrito está en mi contra —dijo Marcos, suspirando—. Mira, Elena, hagamos una cosa. Vamos a la caja, pagamos todo esto y cuando lleguemos a casa, nos sentamos y decidimos si somos una pareja que lo comparte todo o si somos dos compañeros de piso que comparten una tarjeta de crédito para las cosas aburridas y se pagan sus propios vicios.
—Me parece bien —dijo ella, aunque su tono indicaba que no le parecía tan bien—. Pero que sepas que si vamos a ese modelo, te vas a arruinar. Mis vicios son caros, pero los tuyos son constantes.
—”Ochenta y cuatro” —anunció el carnicero.
—Nos toca —dijo Elena—. Pide medio kilo de carne picada, pero que no sea la que ya viene en bandeja, que esa lleva más sulfitos que carne. Que nos la pique ahora.
—Claro —murmuró Marcos—. Porque la carne picada al momento es otra de nuestras “inversiones” necesarias, ¿verdad?
Elena le lanzó una mirada que habría congelado el infierno. Marcos pidió la carne con la sumisión de quien sabe que ya ha estirado demasiado la cuerda.
Parte 4: La zona de cajas y el juicio final del tique
El camino hacia las cajas es el tramo final de la maratón. Es donde se producen los arrepentimientos de última hora. Donde la gente abandona botes de mayonesa entre las revistas y las pilas porque se da cuenta de que se ha pasado del presupuesto.
Elena y Marcos se pusieron en la cola de la Caja 4. Delante de ellos, un hombre intentaba pasar una televisión de cincuenta pulgadas y tres packs de cerveza.
—Al menos no somos ese —susurró Marcos, señalando al hombre de la tele.
—No, nosotros somos los de la leche de avena y las patatas de trufa. Somos la versión cool del desastre financiero —respondió Elena, ya un poco más relajada, pero aún con ese brillo de batalla en los ojos.
Llegó su turno. La cajera, una mujer que parecía haber visto demasiadas parejas romperse en ese mismo mostrador, empezó a pasar los productos con una velocidad mecánica. Bip. Bip. Bip.
Apareció el pack de leche de avena. Marcos sintió una punzada de orgullo y desafío. Apareció la bolsa negra de patatas de autor. Elena mantuvo la barbilla alta.
Bip. Bip.
El total subía de forma alarmante. Sesenta, setenta, ochenta euros… Para ser una “compra rápida”, la cifra era inquietante.
—¿Quieres bolsa? —preguntó la cajera sin mirarles.
—No, traemos las nuestras —dijo Elena, sacando tres bolsas de tela reutilizables que estaban tan dobladas que parecían papiroflexia japonesa.
Mientras metían los productos en las bolsas, se produjo el silencio del tique. Ese momento en el que el papel térmico empieza a salir de la máquina, largo y detallado, como una confesión. Marcos lo cogió.
—Noventa y dos euros con cuarenta y cinco céntimos —leyó en voz alta—. Casi cien euros, Elena. Y no llevamos ni detergente, ni aceite, ni nada de lo realmente caro.
—Bueno, es lo que hay —dijo ella, empezando a caminar hacia la salida—. La vida está cara.
—La vida está cara, sí. Pero nuestra vida es especialmente cara por estas pequeñas guerras de guerrillas que tenemos en cada pasillo. Al final, ¿qué hemos decidido? ¿Se compra todo común o cada uno sus caprichos?
Se detuvieron en la salida, junto a las máquinas de bolas para niños. Elena miró la bolsa donde asomaba el cuello de la botella de vino y el brik de leche de avena.
—Mira, Marcos —dijo ella, suavizando el tono—. La verdad es que me da igual la leche de avena. Lo que me fastidia es esa sensación de que cada uno va a lo suyo. Pero supongo que en una pareja también tiene que haber espacio para que cada uno sea el “raro” a su manera. Si tú necesitas tu leche de avena para ser feliz por las mañanas, pues adelante. Yo necesito mis patatas de trufa para no odiar al mundo los domingos por la tarde.
—Entonces… ¿paz? —preguntó él, tendiéndole la mano.
—Paz. Pero la próxima vez, la lista la hago yo y tú solo empujas el carrito. Y por favor, busca uno que no suene como una peli de terror.
—Trato hecho. Pero que sepas que me voy a beber la leche de avena mirándote fijamente a los ojos cada mañana, disfrutando de cada céntimo de esos dos euros.
—Y yo me comeré las patatas sin darte ni una sola —rio ella.
Salieron al parking. El sol de mediodía les dio en la cara. Metieron las bolsas en el maletero del coche y Marcos devolvió el carrito, recuperando su moneda de un euro con una satisfacción casi infantil. Mientras subían al coche, Marcos se quedó pensativo un segundo.
—Oye, Elena…
—¿Qué?
—¿Mañana para el partido no querías también ese queso que viene con ceniza por fuera?
—Ni lo intentes, Marcos. No estires el chicle. Con la leche de avena ya hemos cubierto el cupo de excentricidades del mes.
El motor arrancó y abandonaron el supermercado. La gran pregunta seguía flotando en el aire: ¿En pareja se compra todo común o cada uno sus caprichos? Quizás la respuesta no estaba en el tique de la compra, sino en la capacidad de aceptar que el otro tiene derecho a gastarse el dinero común en tonterías, siempre y cuando esas tonterías nos hagan la convivencia un poco más soportable. O al menos, un poco más sabrosa.
¿En pareja se compra todo común o cada uno sus caprichos?