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Sasha Montenegro Guardó El SECRETO Más grande Del PRESIDENTE Durante Años

 activa la campana, que esta historia  no te la puedes perder. Sasa Montenegro nació el 11 de septiembre  de 1948 en Belgrado, en la que entonces era Yugoslavia. Se llamaba Natasha Genenobeva Suput, un nombre que el mundo del espectáculo mexicano  eventualmente convertiría en algo más pronunciable, aunque menos suyo.

 Llegó a México de niña  con su familia en ese flujo de europeos. que durante los años de posguerra encontraron en América Latina un lugar  donde empezar de nuevo. Creció en Ciudad de México absorbiendo un idioma y una cultura que no eran los suyos de nacimiento, pero que con el tiempo se volvieron los que más reconocía como propios.

 Era bella de una manera que en el México de los años 60 resultaba ligeramente exótica.  los rasgos centroeuropeos, la altura, algo en la manera de moverse que sugería que venía de otro lado, aunque hablara español sin acento. Esa combinación la puso en el radar de la industria  del cine mexicano cuando era todavía muy joven.

 Y la industria del cine mexicano de esa época  tenía muy pocas contemplaciones con las jóvenes que entraban en su órbita. Su carrera empezó con películas de bajo presupuesto, el tipo de producciones que en ese periodo abundaban en el cine mexicano. Historias simples, producción ajustada, mucho trabajo, con poco dinero y con la expectativa de que la cara de quien apareciera en pantalla  compensaría lo que no alcanzaba el guion.

 Sasha tenía la cara y tenía algo más que la cara, una presencia que hacía que la cámara se quedara en ella, aunque el guion le pidiera que se moviera. Con el tiempo, los proyectos mejoraron y Sasa Montenegro fue construyendo una carrera que la ubicó  en el espacio específico donde el cine de entretenimiento mexicano coloca a ciertas  actrices.

 reconocida, trabajadora, con una base de público  leal, pero siempre un escalón por debajo del nivel de las grandes estrellas del sistema Televisa y del cine de autor, que en esa época convivía con el cine comercial. Eso cambió en  1976. cambió porque conoció a José López Portillo.

 Pero antes de llegar ahí hay que entender el  mundo en el que Sasa Montenegro existía en ese momento. El cine mexicano de los años 70 estaba en un periodo de transición que a veces se describe con cierta nostalgia y que en realidad era mucho más complicado de lo que la nostalgia permite  ver. La época de oro había terminado.

Los grandes estudios seguían funcionando, pero con una energía diferente, con una industria que buscaba su lugar en un mercado que estaba cambiando y que ya no podía depender de las fórmulas que habían funcionado 20 años antes. Las actrices  de ese periodo vivían esa transición de maneras muy concretas.

 Los proyectos disponibles  no siempre eran los que habrían elegido. Los contratos tenían condiciones que no siempre era posible negociar de  igual a igual. Y la línea entre ser una figura establecida y ser alguien que el sistema podía ignorar en cualquier momento era mucho más fina de lo que el glamur de las fotos de alfombra roja hacía parecer.

 Sasha Montenegro navegó ese mundo con una inteligencia práctica que las personas que trabajaron con ella describen como uno de sus rasgos más característicos. Sabía qué proyectos le convenían y cuáles solo le convenían en apariencia. Sabía con quién valía la pena tener una relación profesional duradera y con quién bastaba con hacer el trabajo y seguir adelante.

 Y sabía,  sobre todo, que su posición dentro de la industria dependía de su capacidad de seguir siendo relevante en un medio que tenía la memoria muy corta. Esa conciencia es la que hace que lo que ocurrió después sea tan interesante de analizar, porque Sasha Montenegro, cuando entró en la órbita de José López Portillo, entró con los ojos abiertos de alguien que lleva años leyendo las reglas del poder en una industria donde el poder también tiene sus propias formas de ejercerse.

  López Portillo había tomado posesión como presidente de México el primero de diciembre de 1976 después de una campaña en la que fue el único candidato, cosa que en ese México de partido único era lo habitual. Venía de ser secretario de Hacienda en el gobierno de Luis Echeverría. Tenía 55 años.

 Estaba casado con Carmen Romano, tenía hijos y tenía esa seguridad en sí mismo que en la política mexicana de la época era parte del perfil esperado de quien llegaba a la silla más importante del país. era también alguien que sabía que el poder cambia las posibilidades  de una vida de maneras que resultan difíciles de resistir y que pocas cosas ilustran  mejor el alcance de ese poder que el hecho de que un hombre casado, presidente  en funciones, hiciera lo que hizo sin que nadie dentro de su entorno se atreviera a decirle que quizás  era una

mala idea. El encuentro con Sasha Montenegro ocurrió en algún momento de ese primer periodo de la presidencia. Los detalles exactos varían dependiendo de quién los cuente. Hay versiones que hablan de una fiesta, hay versiones que hablan de una cena oficial, hay versiones que dicen que la presentación fue a través de un intermediario que sabía perfectamente lo que estaba haciendo cuando los puso en la misma habitación.

 Lo que sí está documentado es que la relación empezó a construirse con rapidez y que muy pronto dejó de ser algo que las personas del entorno más cercano al presidente pudieran ignorar. México de finales de los 70 era un país donde el presidente tenía una esfera de privacidad que los medios respetaban de maneras que hoy resultarían incomprensibles.

 Los grandes periódicos y las televisoras operaban bajo una relación con el gobierno que incluía, entre otras cosas, el acuerdo tácito de no publicar ciertos tipos de información sobre las figuras del poder. La vida personal del presidente era uno de esos espacios protegidos. Lo que López Portillo hacía fuera del ámbito oficial era, en teoría, invisible para la opinión pública.

 En teoría, porque dentro del círculo más cercano al poder, dentro de los ministerios y  las oficinas y los corredores donde se toman las decisiones reales, todo el mundo sabía. Los funcionarios sabían, los asistentes personales  sabían, las esposas de los funcionarios sabían que es quizás  la parte que más pesó con el tiempo.

 Y Sasa Montenegro, que había entrado en ese círculo desde afuera, aprendió muy rápido las reglas de ese mundo, lo que se puede  decir, lo que no se puede decir y la diferencia entre los dos. La relación entre Sasha y el presidente duró prácticamente todo el sexenio. 6 años. 6 años es mucho tiempo para estar en la sombra de la figura más poderosa de un país.

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