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El Puma: por una NIÑA de 14 ABANDONÓ a sus 3 HIJOS (Uno Murió SOLO)

El Puma: por una NIÑA de 14 ABANDONÓ a sus 3 HIJOS (Uno Murió SOLO)

Carolina Pérez tenía 14 años cuando José Luis Rodríguez la hizo suya. Él tenía 43 y todavía estaba casado con la mujer que llevaba 20 años cantando a su lado. Pero esa noche, en algún lugar de Cuba, el puma tomó una decisión que iba a terminar destruyendo a su propia familia. Hoy vas a entender qué hizo el puma con aquella niña cubana en los meses siguientes, qué pacto silencioso terminó firmando con ella en 1987 y por qué sus dos hijas mayores, Liliana y Lilibet, llevan más de tres décadas negándose a llamarlo padre frente a una

cámara. Y todo lo que vas a escuchar a continuación está respaldado por las propias declaraciones públicas que las dos hijas mayores del Puma fueron soltando año tras año sin que nadie las conectara hasta hoy. Si te quedas, vas a saber exactamente qué decisión tomó el Puma en 1986 dentro de aquella casa de Caracas.

 Y por qué esa decisión le terminó costando dos hijas, un hijo no reconocido y casi la vida en un quirófano de Miami. América Latina lo amó durante 50 años como el galán perfecto del romance, el dueño de nada, el pavo real. Pero la mujer que durante 20 años cantó a su lado, la verdadera, guardaba un secreto sobre él que acaba de salir a la luz por la boca de su propia hija mayor.

 Pero antes de saber qué le dijo el puma a Carolina Pérez aquella noche en la Habana, hay que entender qué tipo de hombre estaba dejando atrás y qué mujer estaba en aquella casa de Caracas esperando a un esposo que llevaba semanas sin volver. Esa mujer se llamaba Lila Morillo y la historia que llevaba dentro tenía 21 años de construcción silenciosa.

 José Luis Rodríguez González nació el 14 de enero del año 1943 en una colonia obrera de Caracas, Venezuela. Hijo menor de un mecánico y una ama de casa. Y desde muy joven entendió una sola cosa con claridad absoluta. La única forma de salir de aquella vida estrecha era subirse a un escenario. Cantaba en bares pequeños de Caracas desde los 16 años.

 A los 20 ya aparecía en la televisión venezolana y a los 23, una tarde cualquiera en los pasillos de Radio Caracas Televisión cruzó miradas con la mujer que iba a cambiarle la vida. Lila Morillo no era una desconocida en aquel pasillo. Era la reina del cocotero, cantante y actriz, hija de pescadores humildes del estado Sucre, ya famosa en todo el continente por una canción que ella misma había popularizado años antes.

 Tenía voz grande y carácter más grande todavía y tenía exactamente la misma hambre que él, comerse al mundo. Lo que ocurrió en ese pasillo lo contaría la propia Lila décadas después en una entrevista venezolana. José Luis se le acercó, le pidió el número de teléfono y le dijo dos palabras que ella nunca pudo sacarse de la cabeza. “Te llamo mañana.

” La llamó. En menos de un año estaban casados. Y aquí, en aquel pasillo de Radio Caracas Televisión, en el año 1965, empezó el matrimonio que 50 años más tarde iba a terminar dentro de un quirófano de Miami con dos hijas negándose a visitar a su padre. Se casaron en 1966 en una boda que la prensa venezolana cubrió como si fuera de la realeza.

 José Luis tenía 23 años, Lila tenía 22. Y desde aquella mañana, durante los siguientes 20 años, fueron oficialmente la pareja perfecta de la música romántica latinoamericana. Grababan juntos, cantaban juntos, salían en cada portada de revista y empezaron a tener hijas. Liliana Morillo nació 3 años después de la boda.

 Era una niña tranquila, según se ha dicho por personas cercanas al entorno familiar venezolano, con los mismos rasgos suaves de su madre y la misma voz dulce que iba a heredar de la familia Murillo. empezó a cantar antes de aprender a leer, sentada al piano de la casa de Caracas, mientras su madre le mostraba los acordes básicos del bolero romántico latinoamericano.

Lilibeth llegó pocos años después y según se ha dicho, fue la hija que se parecía más físicamente al propio José Luis Rodríguez. Tenía los mismos ojos oscuros, la misma frente alta y la misma sonrisa nerviosa que aparecía en las portadas de revista del padre. Pero a diferencia de Liliana, Lilibet desde muy chica, mostró un carácter explosivo que iba a marcar el resto de su vida adulta dentro del medio del espectáculo venezolano.

 Dos niñas que iban a crecer dentro de la misma casa de Caracas, donde su madre se quedaba sola durante meses esperando llamadas de aeropuertos lejanos, donde las paredes guardaban un secreto que ninguna de las dos podía nombrar todavía, y donde el padre cada vez que volvía de gira llegaba un poco más tarde de lo prometido.

 Porque José Luis Rodríguez, según versiones recogidas por periodistas latinoamericanos durante décadas posteriores, jamás supo cómo ser fiel a una sola mujer. Y la primera persona en darse cuenta de eso mucho antes que las hijas fue la propia Lila. Existe una grabación, según testimonios cercanos al entorno de Lila Morillo durante los años posteriores al divorcio.

 Una cinta de audio que circuló durante años entre periodistas venezolanos antes de ser archivada por la propia familia. Una cinta donde Lila, ya divorciada habla por primera vez de lo que vivió dentro de aquella casa de Caracas. Y según se ha dicho, lo que se escucha en esa cinta cambia por completo la versión oficial que el Puma vendió durante toda su carrera.

 Vamos a regresar a esa cinta más adelante. Mientras tanto, el apodo. El puma se lo puso un periodista venezolano por la forma en que se movía sobre el escenario. Felino y agresivo, casi hipnótico, y el apodo se quedó pegado al nombre para siempre. La carrera explotó en los años 70. Caracas, Miami, México, Buenos Aires, Madrid.

 Pavo real, dueño de nada y voy a perder la cabeza por tu amor. Son a toda hora en cada radio del continente. Cada disco vendía millones, cada concierto llenaba estadios y las portadas reforzaban la imagen del galán perfecto del bolero latino. Y los rumores empezaron a llegar a Caracas casi al mismo ritmo que los premios. Porque mientras millones de mujeres latinoamericanas se enamoraban de aquella voz dentro de la casa de Caracas, las dos niñas empezaban a aprender que su padre podía pasar tres meses sin llamarlas y que cuando llamaba

llamaba para anunciar otra gira. Lila lo aguantaba por las hijas y por su propia carrera, por la versión pública que vendían los dos en cada entrevista, pero según ella misma contaría años después. Había noches enteras en las que se sentaba sola en la cocina, sin saber dónde estaba dormido el hombre con quien se había casado.

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