México No Podía Defenderse en 1916 — Hasta que Carranza Creó la Primera Fábrica de Armas Nacional
un ejército de 30,000 hombres, cero balas fabricadas en su propio país. En 1916, México descubrió que la soberanía no se declara, se fabrica. Y cuando 5,000 soldados estadounidenses cruzaron la frontera para cazar a un revolucionario, Penustiano Carranza entendió algo que cambiaría la historia militar de la nación.
Cada cartucho que disparaban sus tropas era un voto de confianza que otro país podía retirar en cualquier momento. Esa dependencia mortal estaba a punto de terminar, pero el camino hacia la independencia armamentística comenzaría con una de las humillaciones más grandes que México había sufrido desde la invasión francesa. Corría marzo de 1916.
El mundo entero estaba desangrándose en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Europa compraba municiones a precio de oro. Los fabricantes de armamento en Estados Unidos trabajaban día y noche para abastecer a Francia, Inglaterra, Rusia. Las fábricas operaban a triple capacidad y México, atrapado en su propia guerra civil competía por migajas en ese mercado global saturado.
Benustiano Carranza comandaba el ejército constitucionalista desde el puerto de Veracruz. Había derrotado a Victoriano Huerta en agosto de 1914. Había firmado los tratados de Teolo Yukan que disolvieron para siempre el ejército federal porfirista. Pero la victoria contra Huerta no significó paz.
México seguía partido en pedazos. Francisco Villa dominaba Chihuahua con la división del norte. Emiliano Zapata controlaba Morelos con el Ejército Libertador del Sur. Félix Díaz operaba en Veracruz con el ejército reorganizador nacional. Y en Oaxaca, grupos conservadores, conocidos como los soberanistas se habían levantado en armas.
Carranza necesitaba armas, muchas armas cada día. Sus agentes en el extranjero recibían telegramas urgentes que repetían la misma súplica desesperada. Faltan armas. Tenemos muchas gentes. ¿Cuándo será la próxima remisión? No era retórica, era supervivencia, porque cada fusil que portaban sus soldados venía de Estados Unidos.
Cada cartucho que disparaban había sido fabricado en Springfield, Massachusetts o en Hardford, Connecticut. Cada canana de cuero llegaba desde talleres europeos. México dependía completamente del mercado internacional para defender su propia revolución y ese mercado no era confiable. En las batallas del Bajío, donde se definió el destino del constitucionalismo contra las fuerzas de la convención, Carranza descubrió que todo el armamento comprado en el extranjero resultaba insuficiente.
Sus tropas peleaban con fusiles Remington obsoletos, con ametralladoras hochis que se trababan en medio del combate, con cartuchos de calibres mezclados que no siempre encajaban en las armas disponibles. Una canana costaba 30 pesos en el mercado controlado por intermediarios. 30 pesos por un cinturón de cuero con bolsillos para balas.
En el mercado internacional ese mismo artículo costaba una fracción, pero México no tenía acceso directo. Dependía de comerciantes que inflaban precios, entregaban material defectuoso y desaparecían cuando más se les necesitaba. Francisco Villa lo supo por experiencia propia. A finales de 1915, después de ser derrotado en la batalla de Agua Prieta, Villa pagó miles de dólares en efectivo por un cargamento de municiones.
El comerciante se negó a entregarlas a menos que se le pagara en oro. Villa aceptó. Cuando abrió las cajas, descubrió que las balas estaban rellenas con corcho en vez de plomo. Munición completamente inútil. munición que no servía para nada, excepto para confirmar que México era un cliente de segunda clase en el mercado global de armamento.
Ese comerciante operaba desde Columbus, Nuevo México. Su nombre era Samuel Rabel. El 9 de marzo de 1916, a las 4 de la madrugada aproximadamente 485 hombres comandados por Francisco Villa cruzaron la frontera internacional y atacaron el pueblo de Columbus. No era una operación militar estratégica, era una expedición de venganza y necesidad.
Vila buscaba tres cosas: recuperar el dinero que le habían congelado en bancos estadounidenses, ajustar cuentas con Samuel Rabel por las municiones falsificadas y conseguir armas robándolas directamente de la guarnición militar de Fort Furlong. El ataque duró menos de 2 horas. Cuando terminó, 18 personas habían muerto, 10 civiles estadounidenses y ocho soldados del ejército de Estados Unidos.
Villa perdió 73 hombres, pero regresó a México con 80 caballos, 30 mulas, armas y municiones reales. También dejó Columbus en llamas. La casa de Samuel Rabel fue arrasada, su tienda destruida, su hotel convertido en cenizas. Samuel Rabel no estaba en Columbus esa noche. Se había ido el día anterior a El Paso, Texas, porque le dolía una muela.
Pero su hermano mayor fue capturado por los villistas, llevado a Chihuahua y fusilado. La respuesta del gobierno estadounidense fue inmediata y contundente. El presidente Woodro Wilson ordenó lo que oficialmente se llamó expedición punitiva. El objetivo declarado, capturar a Francisco Villa y destruir su ejército. El objetivo no declarado, demostrar que México era incapaz de controlar su propio territorio y que Estados Unidos tenía derecho a intervenir militarmente cuando lo considerara necesario.
El 15 de marzo de 1916, 6 días después del ataque a Columbus, más de 5000 soldados estadounidenses comandados por el general John Joseph Perching cruzaron la frontera mexicana en dos columnas desde Columbus y Culberson’s Ranch. Era la invasión militar extranjera más grande que México enfrentaba desde la retirada francesa en 1867.
Pershing organizó una división provisional compuesta por cuatro regimientos de caballería, dos de infantería, artillería montada y un escuadrón aéreo con ocho aviones Curtis Sim N3. Sus tropas estaban armadas con fusiles Springfield Mil 90, ametralladoras Benet Mercier Mil 90 y pistolas semiautomáticas Colt M9AT 211.
Tecnología militar de punta para 1916. Equipo que superaba por completo lo que el ejército constitucionalista podía oponer. Persing estableció su base principal de operaciones en colonia Dublán, Chihuahua. Desde ahí, sus columnas se adentraron cientos de kilómetros hacia el sur. Ocuparon pueblos, requisaron alimentos, interrogaron a pobladores, buscaron a villa en cada ranchería, en cada cañón.
En cada sierra del norte mexicano, 11 meses, 14,000 soldados estadounidenses operando libremente en territorio mexicano y nunca encontraron a Villa. Venustiano Carranza protestó diplomáticamente. Envió notas al gobierno estadounidense exigiendo el retiro inmediato de las tropas invasoras. Propuso un tratado para permitir el paso recíproco de fuerzas militares en zonas fronterizas con límites estrictos.
No más de 1000 hombres, no internarse más de 60 km, no permanecer más de 5 días. Estados Unidos ignoró la propuesta y continuó la persecución. Carranza ordenó al general Álvaro Obregón, secretario de guerra y marina, que negociara en el paso con el general Hug Scott. Las negociaciones fracasaron. Estados Unidos se negó a establecer una fecha de retirada.
Carranza se negó a permitir que tropas extranjeras operaran indefinidamente en suelo nacional. La tensión escaló. El 21 de junio de 1916 ocurrió el combate de El Carrizal. Tropas del segundo regimiento de la brigada Canales, comandadas por el general Félix Uresti Gómez y el teniente coronel Genobebo Rivas Guillén, enfrentaron a una columna del décimo de caballería estadounidense al mando del capitán Charles Boy.
Los mexicanos habían recibido órdenes directas de Carranza. Impedir que las fuerzas de Persing avanzaran hacia el sur, este u oeste. Boid insistió en pasar. dijo que perseguía bandidos. Uresti le prohibió el paso. Ambos comandantes tenían órdenes inflexibles de sus gobiernos. A menos de 500 m de distancia, las tropas estadounidenses desmontaron y formaron líneas de tiradores.

Avanzaron hacia las posiciones mexicanas. A 200 m, alguien disparó el primer tiro. Nadie sabe quién. El combate duró 3 horas. 12 soldados estadounidenses murieron, incluido el capitán Boid. 23 resultaron heridos. 24 fueron capturados. Del lado mexicano cayeron 36 soldados, entre ellos el general Uresti y el teniente coronel Rivas.
Fue la batalla más sangrienta entre tropas estadounidenses y mexicanas desde la guerra de 1846 y estuvo a punto de convertirse en el inicio de otra guerra total. El 22 de junio de 1916, el periódico El Pueblo publicó en primera plana que se habían apostado 6,000 soldados de infantería de marina estadounidenses en Galveston, Texas, listos para tomar los campos petroleros mexicanos.
La escuela de guerra de Estados Unidos propuso la ocupación y pacificación de México con una fuerza de 250,000 hombres para mantener posiciones estratégicas en los estados del norte mientras la marina bloqueaba los puertos del sur. Carranza enfrentaba la posibilidad real de una invasión en toda regla y sabía perfectamente que si estallaba la guerra, su ejército dependería completamente de las armas que Estados Unidos le vendía.
Era una trampa perfecta. Estados Unidos podía cortar el suministro de armamento con un simple decreto presidencial. ya lo había hecho antes. En octubre de 1915, cuando Woodro Wilson reconoció oficialmente al gobierno de Carranza, simultáneamente prohibió la venta de armas a las fuerzas contrarias al constitucionalismo. Esa medida arruinó a Vila, le cortó el acceso a municiones, lo obligó a buscar proveedores clandestinos que le vendieron balas falsas.
Ahora Estados Unidos podía hacer lo mismo con Carranza, podía declarar un embargo total, podía invocar neutralidad. podía argumentar que no vendería armas a un gobierno con el cual estaba en conflicto y Carranza se quedaría con 30,000 soldados mirando cómo las tropas invasoras avanzaban sin poder disparar un solo tiro, porque no habría municiones.
Su soberanía estaba literalmente en manos de quienes fabricaban las balas. Fue en ese momento de máxima vulnerabilidad cuando Benustiano Carranza pronunció la frase que definiría la política de defensa nacional de México para el siguiente siglo. Hay que fabricar nuestras propias armas y municiones, si no queremos que nuestros asuntos internos los decidan quiénes nos las proporcionan.
No era un discurso patriótico vacío, era un diagnóstico clínico de la dependencia que estaba matando la soberanía de México. Carranza envió inmediatamente a dos hombres de su confianza a una misión urgente. Gilberto Luna y Alfredo Breseda viajaron a España y Estados Unidos para estudiar las instalaciones de fábricas de armamento. Necesitaba conocer todo.
¿Qué maquinaria utilizaban? ¿Qué procesos técnicos aplicaban? cuánto personal requerían? ¿Qué materias primas consumían? ¿Cuánto costaba montar una línea completa de producción nacional de municiones y armamento? No era un proyecto para el futuro, era una urgencia existencial, porque lo que estaba a punto de ocurrir no fue un triunfo inmediato ni una solución mágica.
Fue el inicio de una batalla tecnológica, industrial y política contra la dependencia extranjera, que tardaría años en dar frutos, pero que marcaría el camino hacia algo que ningún gobierno mexicano había logrado desde la independencia, la capacidad real defender el territorio nacional con armas fabricadas en territorio nacional.
El 16 de octubre de 1916, Benustiano Carranza firmó el decreto que creó el Departamento de Establecimientos Fabriles y Aprovisionamientos Militares, dependiente de la Secretaría de Guerra y Marina. Por primera vez en la historia moderna de México, el Estado mexicano decidía fabricar sus propias armas. El decreto del 16 de octubre de 1916 creó el Departamento de establecimientos fabriles y aprovisionamientos militares, pero un decreto no fabrica balas.
Carranza sabía perfectamente que entre la firma de un documento oficial y la primera munición producida en suelo mexicano, había un abismo técnico, financiero y político que parecía imposible de cruzar. México no tenía maquinaria para fabricar armas. No tenía técnicos especializados en balística. No tenía ingenieros con experiencia en fundición de artillería moderna.
No tenía fórmulas químicas para pólvoras sin humo. No tenía talleres equipados contornos de precisión para mecanizar cartuchos. Lo que sí tenía era una revolución que aún no terminaba, un presupuesto nacional devastado por 7 años de guerra civil y enemigos armados en el norte y en el sur que seguían disparando contra sus tropas. cada día.
Pero también tenía algo más, la urgencia absoluta de quién sabe que depender del extranjero para defenderse es entregarle la soberanía a quien controla la pólvora. Así que Carranza decidió construir lo imposible con lo que había. En marzo de 1917, mientras la recién promulgada Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos aún tenía la tinta fresca, Carranza inauguró los establecimientos fabriles de Tacubaya en un antiguo convento que había sido convertido en cuartel militar.
El 18 de marzo de 1917, las puertas del exconvento de San Diego en Tacubaya se abrieron para recibir a los primeros trabajadores de lo que sería la primera instalación Fabril del nuevo sistema de producción militar nacional. No era una fábrica de armas, era una fábrica de ropa y calzado, porque antes de disparar un fusil, un soldado necesita botas que no se deshagan en la primera marcha.
Necesita uniformes que resistan el clima del desierto de Chihuahua y las montañas de Morelos. Necesita cananas de cuero que no revienten después de 3 días de uso. Los establecimientos fabriles de Tacubaya fueron diseñados para confeccionar uniformes y calzado con el propósito específico de abastecer al ejército nacional sin depender de proveedores privados que inflaban precios o entregaban material defectuoso.
Además, en esas instalaciones se instaló un taller de ojalatería para dar servicio de mantenimiento a todos los vehículos militares que el constitucionalismo había capturado, comprado o improvisado durante la guerra. Eran los primeros pasos, modestos, prácticos, pero deliberados, porque Carranza entendía algo fundamental.
La independencia armamentística no se construye comenzando por lo más complejo, se construye comenzando por lo esencial y avanzando sistemáticamente hacia lo estratégico. Mientras los talleres de Tacubaya cosían uniformes, Carranza preparaba el siguiente movimiento. En 1917 ordenó la modernización completa de la antigua fábrica de pólvora de Santa Fe.
Esa fábrica tenía historia. Había sido construida en 1782 por orden del virrey Antonio María de Bucarelli y bajo la supervisión del ingeniero Miguel Constanzó. Durante más de un siglo había producido pólvora para uso minero, para pirotecnia festiva y para fines bélicos. Fue bastión realista durante la independencia.
Fue reconstruida por Maximiliano durante el Segundo Imperio. Fue ampliada porfirio Díaz en 1910. cuando inauguró la llamada fábrica de pólvoras sin humo con maquinaria moderna importada de Alemania. Pero en 1917 esa maquinaria alemana ya no podía ser reemplazada. Alemania estaba en guerra. Estados Unidos había entrado a la Primera Guerra Mundial del lado de los aliados.
El comercio internacional de tecnología militar estaba completamente cerrado para México. Carranza trabajó con lo que tenía, modernizó las instalaciones existentes, reactivó los hornos, contrató a los antiguos trabajadores que conocían el proceso químico de fabricación de pólvora y puso la fábrica a operar al máximo de su capacidad para abastecer las necesidades inmediatas del ejército constitucionalista.

Pero la pólvora sola no gana batallas. Necesitaba cañones, necesitaba cartuchos, necesitaba granadas y para eso inauguró la fundición nacional de Artillería de Chapultepec. La ubicación era simbólica y estratégica a la vez. Chapultepec había sido el sitio donde probablemente surgió la primera fundición de cañones de gran calibre de México a principios del siglo X.
Durante el virreinato, bajo la supervisión de Cristóbal Gudiel y a cargo del fundidor genobés Francesco Roso, se fabricaron cañones de bronce con una aleación de cobre proveniente de las minas de Inuarán, Michoacán y esteaño. Esos cañones fundidos en Chapultepec fueron trasladados al fuerte de San Juan de Ulua para defender las costas de Veracruz y a Acapulco para embarcarse en el galeón de Manila.
Más de 200 años después, Carranza decidió recuperar esa tradición metalúrgica. La Fundición Nacional de Artillería fue establecida en los terrenos de Chapultepec, donde actualmente se encuentra la residencia oficial de Los Pinos. En 1917, Carranza expropió los terrenos del rancho El Chivatito y las haciendas de la Hormiga y de Molino del rey para concentrar las instalaciones militares en esa zona.
Ahí comenzaron a producirse cañones. cartuchos y granadas. No eran muchos, no eran suficientes, pero eran mexicanos. Por primera vez la independencia, México producía artillería en su propio territorio con sus propios recursos y para sus propias fuerzas armadas. El proyecto era ambicioso hasta la temeridad. Carranza había ordenado la compra de maquinaria especializada a Estados Unidos, Japón y Alemania.
Pero el mundo no veía con buenos ojos la iniciativa. Estados Unidos no quería que México desarrollara capacidad armamentística independiente. Japón estaba ocupado abasteciendo a sus propias fuerzas y a los aliados en la Primera Guerra Mundial. Alemania estaba bloqueada económicamente. Gran parte de esa maquinaria nunca llegó.
Algunos embarques fueron retenidos en aduanas estadounidenses sin explicación oficial. Otros simplemente desaparecieron en alta mar. Otros más fueron vendidos, pero jamás despachados, porque los fabricantes decidieron que era más rentable vender a otros clientes. Carranza improvisó, puso a trabajar a los herreros más experimentados del país.
Contrató a los pocos ingenieros mexicanos que habían estudiado metalurgia en el extranjero. Recuperó maquinaria antigua que había sido abandonada durante la revolución y la reparó con piezas fabricadas. Artesanalmente, en el área donde se encontraba la primera fábrica nacional de cartuchos, también existió una fundición, una fábrica de pólvora y pequeños almacenes llamados troges para guardar la producción y distribuirla al resto del país.
No era producción industrial a gran escala, era producción artesanal elevada a nivel nacional, pero funcionaba para garantizar la continuidad de la producción y la distribución del material de guerra. El 26 de febrero de 1918, Carranza nombró director de los establecimientos fabriles al general Ignacio C. En Henríquez.
La elección no fue casual. Enríquez era originario de Chihuahua. Había combatido bajo las órdenes de Álvaro Obregón en Sonora. Había organizado en Orizaba, Veracruz, a los batallones rojos formados por trabajadores de la Casa del Obrero Mundial. Había participado en la batalla de Trinidad contra las fuerzas de la división del norte de Villa.
Había sido gobernador provisional de Chihuahua, designado por el propio Carranza en diciembre de 1915 y conocía perfectamente lo que significaba pelear sin municiones. Durante su gubernatura en Chihuahua, Enríquez había participado junto con el secretario de guerra, general Álvaro Obregón, en las conferencias celebradas en El Paso, Texas, con el general Hug Scott para buscar un arreglo a las dificultades surgidas por la invasión de Villa a Columbus y por la expedición punitiva.
Sabía de primera mano lo que era negociar con Estados Unidos desde una posición de debilidad. sabía lo que significaba depender del abastecimiento extranjero mientras tropas invasoras operaban en territorio nacional. Por eso Carranza lo puso a cargo de la industria militar. Enrquez asumió el cargo con una misión clara, consolidar la producción nacional de material de guerra y garantizar que las fuerzas armadas mexicanas nunca más dependieran completamente del exterior para defenderse.
Bajo su dirección, los establecimientos fabriles comenzaron a operar de manera coordinada. Tacubaya producía uniformes y calzado. Santa Fe producía pólvora. Chapultepec producía cañones, cartuchos y granadas. Y entre las tres instalaciones existía un sistema logístico rudimentario, pero funcional que permitía distribuir el material producido a las unidades militares desplegadas en todo el territorio nacional.
La capacidad de producción era limitada. En 1918, México producía una fracción minúscula de lo que necesitaba. La mayoría del armamento y las municiones seguían llegando del extranjero, pero por primera vez había una alternativa nacional. Por primera vez existía la infraestructura básica para fabricar material de guerra sin pedir permiso a nadie.
Y eso cambió la ecuación estratégica. Porque cuando un país puede fabricar aunque sea una parte de sus propias municiones, deja de ser completamente vulnerable a embargos externos. Cuando puede reparar su propio armamento en talleres nacionales, deja de depender de técnicos extranjeros. Cuando puede producir pólvora en su propio territorio, deja de estar a merced de proveedores que pueden cortar el suministro en cualquier momento.
Carranza lo sabía. Por eso, en 1919, mientras la expedición punitiva ya había salido de México y Pancho Villa seguía operando en las montañas de Chihuahua, las fábricas de Carranza habían alcanzado una capacidad de producción de 1 millón de municiones al día. Un millón. No era suficiente para abastecer completamente al ejército, pero era suficiente para demostrar que México podía sostenerse militarmente sin depender exclusivamente del exterior.
Y eso preocupó a Estados Unidos. Porque un México capaz de fabricar sus propias armas era un México más difícil de controlar. Era un México que podía decir que no. Era un México que podía defender sus intereses sin temer que le cortaran el suministro de balas. La diplomacia estadounidense se dio cuenta de que si Carranza no era dependiente de las compras en la frontera, su independencia terminaría por causar una situación seria más allá de lo manejable.
Pero ya era tarde. La industria militar mexicana existía. Modesta, incompleta, limitada, pero real. Y su existencia cambió para siempre la relación de poder entre México y quienes habían controlado su capacidad de defenderse, porque Benustiano Carranza había entendido algo que sus predecesores no. La soberanía no se declara en documentos, se fabrica en talleres, se funde en hornos, se mecaniza en tornos, se carga en cartuchos y se dispara cuando es necesario.
La madrugada del 21 de mayo de 1920, en una choa de Tlxcaltongo en la sierra norte de Puebla, terminó la vida de Venustiano Carranza. Rodolfo Herrero y sus hombres dispararon sobre el presidente mientras dormía. Tres balazos, pierna, estómago, pecho. Carranza había huído de la Ciudad de México intentando llegar a Veracruz para reorganizar su gobierno.
El plan de agua Prieta, proclamado el 23 de abril por Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, había desatado una rebelión militar masiva. La mayoría del ejército lo había abandonado. Sus generales más leales desertaron uno tras otro. Lo que comenzó como una disputa por la sucesión presidencial terminó con un presidente constitucional asesinado en la oscuridad de una montaña.
Adolfo de la Huerta asumió la presidencia interina el primero de junio de 1920. Álvaro Obregón ganó las elecciones y tomó el cargo el primero de diciembre de 1920. Y con la muerte de Carranza, muchos creyeron que también moriría su proyecto de industria militar nacional. Pero se equivocaban porque lo que Carranza había construido no era simplemente un conjunto de talleres y fábricas, era una idea que ya había echado raíces en la estructura del Estado mexicano.
Era la certeza de que un país sin capacidad de fabricar sus propias armas es un país que gobierna prestado. Los gobiernos posteriores lo entendieron. Obregón, el mismo hombre que lideró la rebelión que derrocó a Carranza, mantuvo las fábricas operando. Calles las consolidó. Los gobiernos que siguieron las ampliaron porque ninguno de ellos quería volver a depender completamente del exterior para defender el territorio nacional.
El primero de enero de 1936, el Departamento de Establecimientos Fabriles cambió su nombre a dirección de materiales de guerra. El primero de enero de 1946 cambió nuevamente a dirección de la industria militar. Los nombres cambiaban, las estructuras administrativas se reorganizaban, pero la función esencial permanecía intacta.
Fabricar en México el material de guerra que México necesitaba. Durante décadas, la industria militar mexicana operó con capacidad limitada, producía municiones, fabricaba uniformes, reparaba armamento, mantenía la maquinaria funcionando con piezas improvisadas cuando las importaciones no llegaban. No era autosuficiencia total, nunca lo fue.
La mayoría del armamento pesado, los vehículos blindados, las aeronaves y el equipo tecnológico avanzado seguían llegando de Estados Unidos, Europa o Israel. Pero existía una base industrial nacional que permitía al ejército mexicano operar aunque los proveedores extranjeros decidieran cortar el suministro.
Y eso por sí solo cambiaba la ecuación de poder hasta que en 2005 ocurrió algo histórico. La Dirección General de Industria Militar inició el diseño y desarrollo de un fusil de asalto completamente nacional. El proyecto fue liderado por el general brigadier ingeniero industrial José Antonio Isti Galanderos con la colaboración de más de 64 ingenieros militares.
Le llamaron FX05 Shukoatle, serpiente de fuego en lengua nawatle. La designación FXI05 viene de F de fusil, X de Shu Coat y 05 del año 2005 cuando se creó. El desarrollo tomó 16 meses. El 16 de septiembre de 2006 fue presentado oficialmente durante el desfile militar del 196 aniversario de la independencia. Causó sorpresa internacional porque nadie esperaba que México fuera capaz de diseñar y producir un fusil de asalto moderno con tecnología completamente nacional.
Durante años circularon rumores de que era un plagio del Heckler Hancock G36 alemán, que México simplemente había copiado el diseño, que no era verdaderamente nacional, pero eran falsos. El FXO5 fue diseñado desde cero por ingenieros mexicanos en el Centro de Investigación Aplicada y Desarrollo Tecnológico de la Industria Militar.
Cada una de sus 112 piezas fue diseñada considerando la estatura promedio del soldado mexicano, el largo de sus brazos, las condiciones climáticas del territorio nacional, algo que raramente se considera en el diseño de armas extranjeras. El fusil utiliza cartuchos calibre 5.56 por 45 mm OTAN producidos localmente.
Tiene una cadencia de fuego de 760 a 900 disparos por minuto. Pesa 3,5 k descargado. Alcance efectivo de 800 m. Está fabricado con polímero reforzado con fibra de carbono y un andamiaje interno de titanio. Culata plegable y ajustable. Selector de cadencia ambidiestro. Rieles Picatini para miras ópticas, linternas, láseres y cuesta una fracción de lo que cuesta un fusil importado.
En 2006 se produjeron 10,000 fusiles a un costo de 84,000000 pesos. El precio de 30,000 fusiles FX05 rondaba los 100 millones de pesos comparado con los 900 millones de pesos que costaba el mismo número de fusiles Heckler Coch que 36. Para 2011 la producción había alcanzado 54,000 piezas. Para 2019 se habían producido 155,000 fusiles y carabinas.
Entre 2018 y 2024 se entregaron 45,000 unidades a la Guardia Nacional. En 2023 se fabricaron 21,000 fusiles y no se detuvo ahí. Sobre la base del FX05 se desarrollaron variantes especializadas. La carabina CX05 con cañón más corto para fuerzas aeromóviles y motorizadas, un lanzagranadas de 40 mm que se acopla a la parte inferior del fusil.
Una ametralladora ligera calibre 7.62, una subametralladora SAX2, una pistola semiautomática PMX calibre 9 mm, un fusil de precisión antimaterial FPX calibre 50, toda una familia de armas diseñadas y fabricadas en México, exactamente lo que Venustiano Carranza había imaginado un siglo atrás. En febrero de 2022 se inauguraron las nuevas instalaciones de la industria militar en Oriental, Puebla.
El campo militar número 25e, Venustiano Carranza de la Garza. Una inversión superior a los 10,000 millones de pesos realizada de manera paulatina durante años. El complejo integra 14 fábricas de producción, una ensambladora de vehículos con dos pistas de pruebas, 20 polvorines, un taller de fundición, un campo de pruebas, áreas de desarrollo e investigación tecnológica, cuatro almacenes generales, todo reunido en un solo campo militar.
Ya no existen las instalaciones dispersas de Tacubaya, Santa Fe y Chapultepec que Carranza inauguró en 1917. Las fábricas modernas están equipadas con maquinaria de última generación. Los procesos de producción cumplen con estándares internacionales de calidad y seguridad, pero el principio sigue siendo exactamente el mismo que pronunció Carranza en 1916.
Hay que fabricar nuestras propias armas y municiones, si no queremos que nuestros asuntos internos los resuelvan aquellos que nos las proporcionan. Esa frase no era retórica. Era estrategia geopolítica porque Carranza entendió algo que muchos líderes no comprenden. La soberanía no es un documento firmado en un tratado.
La soberanía es la capacidad material de defender tus decisiones cuando alguien intenta impedírtelo. Y esa capacidad se mide en toneladas de acero, fórmulas químicas para pólvora, tornos de precisión para mecanizar cartuchos, hornos para fundir artillería. Se mide en ingenieros que saben diseñar fusiles, en técnicos que saben reparar maquinaria, en trabajadores que saben operar líneas de producción.
Se mide en la diferencia entre llamar por teléfono a un proveedor extranjero para pedir permiso de comprar municiones y abrir la puerta de tu propia fábrica para producirlas. México nunca logró autosuficiencia armamentística completa. Nunca la logrará. Ningún país mediano lo logra. Los sistemas de armas modernos son demasiado complejos, demasiado costosos, demasiado especializados para que un solo país los produzca todos.
Pero México construyó algo más valioso que autosuficiencia total. construyó autonomía estratégica, la capacidad de decir que no cuando es necesario, la capacidad de sostener operaciones militares aunque los proveedores extranjeros cierren el grifo, la capacidad de negociar desde una posición que no sea de dependencia absoluta.
Y todo comenzó en 1916 cuando Carranza firmó un decreto creando el Departamento de establecimientos fabriles y aprovisionamientos militares. No fue el primer intento. México había tenido fábricas de pólvora desde el siglo XVII. Había fundido cañones en Chapultepec durante la colonia. Había producido municiones durante la independencia y la reforma.
Pero todos esos esfuerzos habían sido esporádicos. desorganizados, dependientes de circunstancias específicas. Lo que Carranza hizo fue diferente. Creó una estructura institucional permanente, un organismo del Estado con presupuesto propio, personal especializado, instalaciones dedicadas exclusivamente a la producción de material de guerra, una industria militar nacional.
Y esa estructura sobrevivió a su creador, sobrevivió a las rebeliones que derrocaron su gobierno, sobrevivió a las crisis económicas que devastaron al país en el siglo XX, sobrevivió a los cambios de régimen político, sobrevivió a las presiones internacionales porque se había convertido en parte esencial del aparato estatal mexicano.
Hoy, más de un siglo después de aquel decreto de octubre de 1916, la Dirección General de Industria Militar es el único organismo público en México dedicado a la fabricación de material de defensa. Produce armamento, municiones, granadas, vehículos blindados ligeros. Fabrica los fusiles que llevan los soldados mexicanos.
produce los cartuchos que disparan, desarrolla tecnología militar adaptada a las necesidades específicas de las fuerzas armadas nacionales. No todo, pero lo suficiente. Lo suficiente para que cuando Estados Unidos cerró sus exportaciones de armas a México en 2020 por preocupaciones sobre violaciones de derechos humanos, el ejército mexicano pudiera seguir operando.
suficiente para que cuando Europa impuso restricciones a la venta de tecnología militar en 2018, México tuviera alternativas nacionales, lo suficiente para que ningún gobierno extranjero pueda chantajear a México amenazando con cortar el suministro de municiones. Eso es lo que Venustiano Carranza dejó como legado.
No fábricas, soberanía, no maquinaria, autonomía, no simplemente la capacidad de fabricar balas. la capacidad de decidir cuándo disparar, contra quién disparar y bajo qué circunstancias dejar de disparar sin pedirle permiso a nadie. Porque en 1916, mientras el país sangraba en una revolución que parecía interminable, mientras las tropas estadounidenses operaban libremente en territorio nacional buscando a Pancho Villa, mientras los proveedores extranjeros vendían armas a quien les pagara más sin importar las consecuencias para México,
Carranza entendió algo fundamental. Un ejército de 30,000 hombres sin balas fabricadas en su propio país, no es un ejército. Es una milicia alquilada que combate hasta que el arrendador decida cortar el suministro. Y un país que no puede fabricar sus propias armas no es soberano. Es un protectorado que gobierna hasta que el protector decida que ya no le conviene.
Por eso construyó las fábricas, por eso creó la industria militar. Por eso insistió en fabricar en México, aunque fuera más caro, aunque fuera más lento, aunque fuera tecnológicamente inferior a lo que se producía en el extranjero, porque sabía que la soberanía no se compra, se fabrica un cartucho a la vez. El 12 de septiembre de 2017, en un predio llamado La Célula en Oriental, Puebla, se colocó la primera piedra de lo que sería la transformación más ambiciosa de la industria militar mexicana en su historia. 600 haectáreas, dos predios,
14 fábricas, instalaciones diseñadas con tecnología de última generación. El proyecto se llamó transformación y modernización de la industria militar y cumplía exactamente con la visión que Benustiano Carranza había expresado 101 años atrás. Hay que fabricar nuestras propias armas y municiones si no queremos que nuestros asuntos internos los resuelvan aquellos que nos las proporcionan.
En febrero de 2022 se inauguraron oficialmente las nuevas instalaciones. El campo militar número 25E, Benustiano Carranza de la Garza. Una inversión superior a los 10,000 millones de pesos realizada de manera gradual durante ocho etapas constructivas. No se trató simplemente de trasladar fábricas de un lugar a otro.
Se trató de modernizar completamente la infraestructura de manufactura mexicana. Adquirir maquinaria y equipo industrial de última generación. Implementar nuevos procesos productivos. Integrar laboratorios de investigación y desarrollo. Construir campos de prueba, instalar plantas de tratamiento de fluentes industriales.
Todo reunido en un solo complejo militar. Las fábricas que durante décadas estuvieron dispersas entre Tecamachalco, Santa Fe y Chapultepec ahora operan de manera coordinada en un solo espacio diseñado específicamente para maximizar la eficiencia productiva y minimizar riesgos de seguridad para la población civil.
Porque fabricar pólvora, cartuchos, granadas y explosivos en medio de zonas urbanas densamente pobladas representaba un riesgo inaceptable en el siglo XXI. El traslado a Oriental eliminó ese riesgo y de paso convirtió al complejo industrial en un polo de desarrollo económico regional que genera empleos directos e indirectos, incrementa niveles de seguridad en la zona y contribuye al bienestar social de las comunidades cercanas.
Pero la modernización no fue solo física, fue conceptual. La Dirección General de Industria Militar se reestructuró en seis direcciones especializadas: administrativa, comercialización de armamento y municiones, mantenimiento, producción, ingeniería, investigación y desarrollo y aseguramiento de la calidad, cada una con funciones específicas, cada una con objetivos medibles, cada una integrada en un sistema de gestión industrial que cumple con estándares internacionales.
Las 14 fábricas actuales se distribuyen estratégicamente. Fábricas de producto terminado, armas, serigrafía, pinturas, centro de tecnología óptica, cartuchos, organización y carga de proyectiles. Granadas de 40 mm, proyectiles y morteros, fábricas de mantenimiento, ensambladora militar, centro de tecnología en sistemas virtuales para adiestramiento, quinto escalón de mantenimiento de armamento, fábricas de apoyo, fábrica central de herramientas, planta de tratamientos térmicos, plásticos y seis batallones de materiales de guerra. y la producción no
se detuvo. En 2023 se fabricaron 21,000 fusiles FX05. Entre 2018 y 2024 se entregaron 45,000 unidades a la Guardia Nacional. A las fuerzas de seguridad estatales se distribuyeron 4747 fusiles. Al ejército se suministraron 22,000 fusiles y 3,253 carabinas CX05. Para 2025 ya se habían producido 155,000 armas de la familia FX05 entre fusiles y carabinas y el desarrollo no se detuvo ahí.
La Dirección General de Industria Militar tiene actualmente en fase de desarrollo cinco nuevas configuraciones de armamento. Un fusil de precisión calibre 50, una ametralladora calibre 5.56 por 64. Una ametralladora giratoria calibre 5.56 para vehículos terrestres, una ametralladora ligera calibre 7.62 y una pistola semiautomática calibre 9 mm.
Además está en producción el vehículo táctico blindado DN con capacidad de fabricar 200 unidades anuales. La ensambladora militar fue presentada como una de las más importantes de su tipo en América Latina. En enero de 2025 se autorizó presupuesto para la adquisición de bienes diversos del sector automotriz para la fabricación de 20 vehículos tácticos blindados de prueba con un monto de 125 millones de pesos.
México no fabrica tanques de guerra, no fabrica casas supersónicos, no fabrica submarinos nucleares como Brasil, no fabrica sistemas de misiles balísticos, no fabrica portaaviones. Eso sería absurdo para un país con el presupuesto de defensa y las necesidades estratégicas de México. Pero México fabrica lo que necesita para sus operaciones militares específicas.
Fabrica fusiles adaptados a la fisionomía del soldado mexicano. Fabrica municiones compatibles con estándares OTAN producidas completamente en territorio nacional. Fabrica vehículos blindados ligeros diseñados para operaciones en zonas urbanas y rurales. Fabrica granadas, morteros, proyectiles de artillería y lo más importante, fabrica autonomía estratégica.
En el contexto latinoamericano, México ocupa el puesto 31 en el ranking Global Fire Power de poder militar. Brasil ocupa el puesto 12, Argentina el 28, Colombia el 43, Chile el 46. Brasil tiene la ventaja de una industria de defensa muchísimo más desarrollada. Empresas como Embraer, Avibras y ARES producen aviones de transporte militar, drones, vehículos blindados, sistemas de misiles con estándares internacionales de exportación.
Brasil destina más de 22,000 millones de dólares anuales a defensa. México destina aproximadamente 7,000 millones. Brasil tiene más de 376,000 militares activos. México tiene aproximadamente 250,000, pero la comparación no es relevante porque México no necesita competir militarmente con Brasil.
México necesita garantizar su propia soberanía en su propio territorio bajo sus propias circunstancias estratégicas y para eso la industria militar mexicana cumple su función. Cuando Estados Unidos cerró exportaciones de armas a México en 2020 por preocupaciones sobre violaciones de derechos humanos, el ejército mexicano siguió operando porque tenía capacidad de producción nacional.
Cuando Europa impuso restricciones a la venta de tecnología militar en 2018, México tenía alternativas fabricadas en Oriental, Puebla. Esa capacidad no surgió de la noche a la mañana. Surgió porque en 1916 Benustiano Carranza tomó una decisión estratégica que sus sucesores mantuvieron durante más de un siglo. La decisión de que México debía fabricar sus propias armas aunque fuera más caro, aunque fuera tecnológicamente inferior, aunque fuera logísticamente complicado, porque la soberanía no se negocia, se fabrica. Hoy cuando un soldado mexicano
carga su fusil FX05 Shu Coat, fabricado en el campo militar venustiano Carranza de la Garza, está cargando la materialización de una idea que nació hace 109 años en medio de una revolución que parecía interminable. La idea de que un país sin capacidad de fabricar sus propias armas no es soberano, es un protectorado.
Venustiano Carranza lo entendió en 1916 cuando las tropas estadounidenses operaban libremente en territorio nacional persiguiendo a Pancho Villa. Lo entendió cuando los proveedores extranjeros vendían municiones defectuosas que explotaban en las manos de los soldados mexicanos. lo entendió cuando tuvo que negociar la compra de fusiles mientras enfrentaba una invasión militar y por eso construyó las fábricas, no porque quisiera competir con la industria armamentística europea o estadounidense, porque quería que México pudiera decir que no cuando fuera necesario. Ese
legado permanece en cada cartucho fabricado en oriental, en cada fusil ensamblado en la célula, en cada ingeniero militar que diseña variantes del Shu Coatel, en cada trabajador que opera los tornos de precisión, en cada técnico que realiza pruebas de calidad, todos ellos son herederos de aquella decisión de octubre de 1916 y todos ellos fabrican cada día un pedazo de soberanía nacional Porque Venustiano Carranza entendió algo que muchos líderes olvidan.
La independencia no se declara en documentos, se forja en acero, se mecaniza en tornos, se funde en hornos, se carga en cartuchos y se dispara cuando la soberanía nacional lo requiere, sin pedirle permiso a nadie. Hoy México no es autosuficiente en armamento, nunca lo será completamente. Ningún país mediano puede serlo en el siglo XXI.
Pero México tiene algo más valioso que autosuficiencia total. Tiene autonomía estratégica, la capacidad de tomar decisiones militares basadas en intereses nacionales y no en la disponibilidad de proveedores extranjeros. la capacidad de sostener operaciones, aunque los aliados decidan cortar el suministro, la capacidad de negociar desde una posición que no sea de dependencia absoluta.
Y esa capacidad existe porque hace 109 años un presidente llamado Benustiano Carranza firmó un decreto creando el departamento de establecimientos fabriles y aprovisionamientos militares. No fue el primer intento de México de fabricar sus propias armas, pero fue el primero que sobrevivió. sobrevivió a la muerte de su creador.
Sobrevivió a revoluciones, golpes de estado, crisis económicas, guerras mundiales, embargos internacionales, cambios de régimen. Sobrevivió porque se había convertido en parte esencial de la estructura del Estado mexicano. Y hoy, más de un siglo después, sigue cumpliendo exactamente la función para la que fue creada. Fabricar en México el material de guerra que México necesita para defender su soberanía.
Porque como dijo Venustiano Carranza en 1916, hay que fabricar nuestras propias armas y municiones, si no queremos que nuestros asuntos internos los resuelvan aquellos que nos las proporcionan. Esa frase no era retórica, era geopolítica aplicada y sigue siendo verdad hoy, porque la soberanía no se compra, se fabrica un cartucho a la vez en oriental, Puebla, en el campo militar número 25E, Venustiano Carranza de la Garza, donde 109 años después de aquel decreto fundacional, ingenieros mexicanos siguen diseñando, técnicos
mexicanos siguen produciend Endo, trabajadores mexicanos siguen ensamblando las armas que defienden la soberanía de México, fabricadas en México por mexicanos, para mexicanos.