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María Callas: La Usó, la Dejó… y Eligió a Otra Mujer

Hubo una voz que hizo llorar a quienes ni siquiera entendían el idioma en que cantaba. Una voz que atravesaba la piel, que tocaba algo antiguo y profundo en el ser humano, algo que no tiene nombre, pero que todos reconocen cuando lo sienten. Esa voz perteneció a una sola mujer en toda la historia de la música y esa mujer murió sola en un apartamento de París con el corazón roto por un hombre que nunca la mereció.

Bienvenidos. Hoy comenzamos un viaje hacia una de las historias más apasionantes, más dolorosas y más fascinantes del siglo XX. La historia de María Calas, la soprano más grande que el mundo haya conocido y del amor que la consumió por dentro hasta no dejar nada. Antes de continuar, te invito a escribir en los comentarios una sola palabra que para ti defina el amor verdadero.

Solo una palabra. Nos encontramos todos abajo. María Ana Cecilia Sofía Calerópolus nació el 2 de diciembre de 1923 en Nueva York en el seno de una familia griega que había cruzado el Atlántico en busca de un futuro mejor. Su padre, Georgios Calollerópoulos, era farmacéutico. Su madre, Evangelia Dimitriadu, era una mujer de ambiciones desmedidas que había depositado en sus hijos el peso de todos sus sueños incumplidos.

Desde el primer momento, la relación entre María y su madre fue el primer gran campo de batalla de su vida. Evangelia no era una madre cruel en el sentido convencional de la palabra. Era algo más complicado que eso. Era una mujer que amaba a su hija de una forma posesiva, calculadora, que confundía el talento ajeno con una propiedad personal.

Cuando descubrió que María tenía una voz extraordinaria, no vio a una niña con un don, vio una inversión. Vio un billete hacia la gloria que ella misma nunca había podido alcanzar. La pequeña María cantaba desde antes de saber leer correctamente. Su oído era prodigioso, su memoria musical casi sobrehumana, pero había algo más en ella, algo que los maestros notaban de inmediato y que difícilmente podían explicar con palabras técnicas.

Había una emoción en su voz que no se enseña en ningún conservatorio del mundo. Una capacidad para transmitir sufrimiento, éxtasis, rabia y ternura en el mismo compás, en la misma frase, a veces en la misma nota sostenida hasta el límite del aire humano. Pero la infancia de María no fue feliz, muy lejos de eso.

Era una niña gordita, miope, insegura, que usaba gafas gruesas y que jamás encajó entre sus compañeras de escuela. Su hermana Jackie, mayor que ella, era la favorita visible de la familia, al menos en apariencia social. Jackie era la guapa, la sociable, la que sabía moverse en el mundo. María era la que cantaba y durante años eso fue todo lo que fue para su madre, un instrumento, una herramienta con voz de ángel.

En 1937, cuando María tenía 13 años, Evangelia tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia de la música. se llevó a sus dos hijas de regreso a Grecia, lejos del marido al que culpaba de todos sus fracasos, y las instaló en Atenas con un único objetivo, convertir a María en una estrella de ópera.

No era un sueño romántico, era un plan y Evangelia lo ejecutaría con una frialdad que dejaría cicatrices profundas en el alma de su hija durante décadas. Atenas en aquellos años era una ciudad vibrante, culturalmente rica, con una tradición operística que se remontaba a generaciones. El Conservatorio Nacional tenía maestros de enorme prestigio y Evangelia sabía exactamente a dónde quería llegar.

consiguió que María fuera admitida en el Conservatorio Nacional de Atenas bajo la tutela de la soprano española María Trivela, quien quedó impresionada desde el primer momento con aquella adolescente de mirada intensa y voz descomunal. Trivela no solo le enseñó técnica, le enseñó a amar la ópera como un lenguaje vivo, como un vehículo para la verdad humana.

María absorbió todo con una voracidad intelectual y emocional que asombraba a sus profesores. Estudiaba horas sin parar, memorizaba partituras completas en días, trabajaba su voz con una disciplina que habría agotado a estudiantes años mayores que ella. Mientras otras chicas de su edad pensaban en bailes y enamorados, María vivía encerrada en un mundo de notas, libretos y vocalizaciones.

Pero incluso entonces en aquellos años de formación ya se insinuaba en su carácter algo que la acompañaría toda su vida, una intensidad que rozaba la obsesión, una necesidad de ser perfecta que nacía no del orgullo artístico, sino del miedo, el miedo a no ser suficiente, el miedo a que si dejaba de ser extraordinaria dejaría de ser amada.

Ese miedo plantado en ella por una madre que medía el afecto en logros y aplausos sería la raíz de todas sus victorias y de todas sus tragedias. En 1939, con apenas 15 años, María pasó a estudiar con Elvira de Hidalgo, una soprano española de fama internacional que había triunfado en los escenarios más importantes del mundo y que ahora enseñaba en el conservatorio de Atenas.

El encuentro entre las dos fue inmediato y absoluto. De Hidalgo reconoció en aquella adolescente algo que en toda su larga carrera no había visto más que en contadas ocasiones. Reconoció a una artista completa, no solo una voz, una intérprete, un ser humano capaz de convertir la música en carne.

De Hidalgo se convertiría en la figura materna que Evangelia nunca fue. La trató con rigor, pero también con ternura. La formó no solo en el Velcanto, sino en la historia de la ópera, en la actuación escénica, en la comprensión profunda de los personajes que tendría que encarnar en los escenarios del mundo. Bajo su guía, María dejó de ser una estudiante brillante para convertirse en algo mucho más difícil de definir y mucho más difícil de olvidar.

Y mientras todo esto ocurría, Europa se hundía en la guerra. La ocupación nazi de Grecia comenzó en abril de 1941 y convirtió Atenas en una ciudad de hambre, miedo y silencio forzado. Las calles que antes resonaban con vida se vaciaron, los mercados escaseaban, la gente moría de inanición en las aceras. Y sin embargo, en medio de ese horror cotidiano, María Cala seguía cantando.

No era insensibilidad. era supervivencia de otro tipo. La música era el único territorio donde el mundo exterior no tenía poder sobre ella. Dentro de una partitura, dentro de un personaje, dentro de esa arquitectura invisible de notas y silencios, María encontraba algo que la realidad le negaba con brutalidad.

encontraba orden, encontraba belleza, encontraba un lugar donde existir con pleno derecho. Durante los años de ocupación, María comenzó a cantar en la ópera nacional de Atenas, una institución que los ocupantes alemanes permitieron que continuara funcionando, en parte por su propio placer cultural y en parte porque suprimir la ópera habría generado una resistencia simbólica que no convenía provocar.

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