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Cantinflas: La Historia Oculta Detrás Del Hombre Que Hizo Reír A Millones Y Por Qué Terminó Solo

Cantinflas: La Historia Oculta Detrás Del Hombre Que Hizo Reír A Millones Y Por Qué Terminó Solo

20 de abril de 1993.  Afuera del hospital español de la Ciudad de México había miles de personas llorando. Vendedores, amas de casa, niños con sus madres, actores,  políticos, todos ahí en la calle despidiendo al hombre que les había dado algo que ningún dinero compra. La risa. Mario Moreno Reyes, Cantinflas, había fallecido a los 81 años,  pero dentro del hospital, en sus últimos días había muy poca gente.

Y esa diferencia entre lo que ocurría afuera y lo que pasaba allí es exactamente de lo que trata esta historia. Gran parte de lo que ocurrió en los años más privados de  su vida se reconstruyó décadas después a partir de testimonios y biografías. Algunas versiones coinciden en ciertos detalles,  otras difieren, pero juntas dibujan una historia que explica mucho de lo que ocurrió después.

Y esa historia comienza mucho antes de la fama, en un barrio popular de la Ciudad de México con un niño  que limpiaba zapatos en la calle para ayudar a su familia. Recuerda, suscríbete si crees que la historia de Cantinflas es mucho más compleja de lo que siempre nos contaron. Mario Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en Santa María La Redonda.

Era el sexto de 14 hijos de Pedro Moreno, Cartero y Soledad Reyes. Una familia grande y pobre de esas donde los niños aprenden a sobrevivir antes de aprender a leer. Mario fue bolero, vendedor ambulante, taxista, boxeador aficionado, torero de fin de semana. un muchacho que probó todo lo que el barrio ponía enfrente sin encontrar nada que se sintiera como un destino.

Hasta que una noche, en una carpa de espectáculos en Chalapa, el presentador no apareció. Mario salió a improvisar para entretener al público. Salió nervioso, enredando las palabras, diciendo mucho sin decir nada, contradiciendo cada frase con la siguiente. El público se rió como no se había reído  en toda la noche, no por lo que decía, sino por cómo lo decía.

Ese momento accidental fue el nacimiento de Cantinflas. El personaje conectó con algo profundo en el alma mexicana. El peladito, el pobre que le ganaba a los ricos con ingenio, el que hablaba mucho y decía lo justo, el que sobrevivía con lo que tenía. Era un espejo cómico de una sociedad que necesitaba reírse de sus propias injusticias para no llorar por ellas.

Las carpas se llenaban cuando él estaba en el cartel.  Los estudios de cine lo buscaron y Mario Moreno entendió que ese personaje era su pasaporte a otro mundo. Fue en ese mundo de carpas y espectáculos de provincia donde conoció a Valentina Ivanova Súarev.  Una bailarina rusa, hija de inmigrantes que habían llegado a México huyendo de la guerra.

Era hermosa,  discreta, inteligente, exactamente lo opuesto al caos del mundo en que Mario vivía. Se casaron en 1936  y Valentina se convirtió en el ancla de su vida. La única persona ante quien Mario Moreno no necesitaba ser cantinflas.  Pero el matrimonio cargaba una herida que ninguno de los dos había elegido.

Médicamente, Mario no podía tener hijos. Para un hombre de su generación y su cultura,  eso era un peso que se cargaba en silencio todos los días. Intentaron  distintas opciones, esperaron y en 1960 llegó a sus vidas un bebé que presentaron al público como hijo adoptado. Lo llamaron Mario Arturo. Pero las circunstancias de cómo ese niño llegó a sus brazos nunca fueron completamente claras.

Hay una historia detrás de ese bebé que Cantinflas nunca contó públicamente. Una historia que involucra a una mujer joven, a una carta y a una muerte que ocurrió en un hotel de la Ciudad de México y que prácticamente no fue cubierta por la prensa. Los rastros de esa historia aparecieron mucho después,  en investigaciones y testimonios que fueron saliendo a la luz cuando el peso de proteger ciertos secretos ya no tenía el mismo sentido.

Lo que sí es un hecho documentado es que ese bebé creció, tuvo sus propios hijos y lo que les ocurrió a él y a la generación siguiente es una de las historias más dolorosas que puede haber detrás de una figura pública en México. Una historia donde el apellido que debía ser protección se convirtió en carga, donde  la fortuna que debía llegar se evaporó sin explicación y donde los que más sufrieron no habían elegido ninguna de las decisiones que los llevaron ahí.

Pero antes de llegar a todo eso, hay que entender quién fue realmente Cantinflas en los años de su mayor grandeza. Porque lo que construyó fue genuinamente extraordinario  y entender la magnitud de lo que logró es la única manera de entender también el tamaño del contraste con lo que quedó detrás cuando las cámaras se apagaron.

En 1956 llegó la consagración internacional,  la vuelta al mundo en 80 días. junto a David Niven ganó cinco premios Óscar. Cantinflas recibió un globo de oro. Los críticos de Hollywood lo compararon con Charles Chaplin. Era el primer latinoamericano en lograr ese nivel de reconocimiento en la industria más  poderosa del entretenimiento mundial.

México enloqueció de orgullo y Cantinflas correspondía a ese amor con una imagen pública que parecía impecable, generoso, humilde, siempre dispuesto a ayudar. La filantropía de Cantinflas  fue real y documentada. Construyó viviendas para familias de bajos recursos.  Financiaba tratamientos médicos de personas que no podían pagarlos.

Esa parte de su carácter fue genuina, pero la vida privada de ese mismo hombre tenía capítulos que la prensa de su época prefirió no publicar. Y algunos de esos capítulos son los que explican años después cómo terminó una historia que desde afuera parecía perfecta. Mientras su matrimonio con Valentina era presentado al público como un ejemplo de estabilidad, había hombres de mujeres que aparecían en los márgenes de su historia de maneras que los medios de su época simplemente no publicaban.

Era una época en que la prensa mexicana tenía una relación muy distinta con las figuras del poder y la fama. Ciertos temas no se tocaban, ciertas preguntas no se hacían y Cantinflas se benefició de ese silencio como pocos. Uno de los nombres que aparece en ese periodo es el de Miroslava Stern, actriz checa radicada en México, protagonista de algunas de las películas más importantes del cine mexicano de los años 50.

trabajó con cantinflas y entre ellos hubo una relación que distintas  fuentes califican de manera diferente. Algunos la describen como cercana y con una dimensión sentimental, otros simplemente como una amistad profesional. Lo que es verificable es lo que ocurrió en 1955. Ese año, Miroslava fue encontrada sin signos vitales en su apartamento de la Ciudad de México. Tenía 29 años.

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