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Daniel Del Fierro: El Hombre Que Sabía Que Lo Iban A Matar Y No Se Fue

El sol de junio caía a plomo sobre la brecha de las yescas cuando Aarón vio el retén. Nueve hombres uniformes de aduanes. Señal de alto. Aarón no frenó. Pisó el acelerador. En la caja iban sus dos tíos, Daniel y Ricardo del Fierro. Con la sacudida, Daniel perdió el pie. cayó al camino, intentó levantarse, no alcanzó.

Los nueve abrieron fuego al mismo tiempo. Ricardo recibió nueve balazos en la caja. No murió. Aarón, herido al volante, sacó la camioneta del alcance del fuego. Daniel se quedó atrás en la brecha. Tenía 25 años. Se llamaba Daniel del Fierro González y desde los 11 años sabía que iba a terminar así. En esa familia nadie preguntaba quién iba a ser el siguiente, solo cuánto iba a tardar.

Su hermano Ricardo habló de ese día años después con una calma que solo da haber sobrevivido lo imposible. Yo tengo nueve impactos de bala mal dados, por eso sobreviví. En Tamaulipas siempre se ha dicho, si quieres hacerte famoso, mata a un del Fierro. Ramón Ayala lleva más de 50 años cantando el corrido de ese hombre, pero el corrido empieza donde esta historia termina.

Daniel del Fierro González tenía 11 años cuando enterraron a su hermano mayor. Esa tarde contó las cruces del panteón del rancho La Piedra. Eran ocho. No preguntó cuántas más cabrían, pero lo pensó. Todos en esa familia lo pensaban. Su madre dejó de preguntar quién faltaba para comer.

Empezó a poner los platos sin contar, porque contar se había vuelto demasiado doloroso. Eso no está en el corrido. Eso nunca llega a los corridos. Para entender por qué había ocho cruces en ese panteón, cuando Daniel tenía 11 años, hay que entender lo que era el rancho La Piedra. El bisabuelo de Daniel, Eduardo del Fierro, llegó desde San Luis Potosí alrededor de 1870.

Construyó 150 haáreas en la frontera entre México y Texas. Se hizo hombre de dinero. Pasó armas para la revolución. Cruzó alcohol al otro lado del río cuando la ley seca cerró las cantinas americanas. Controlaba las rutas. Las brechas sin nombre entre Matamoros y Valle Hermoso. En esa frontera eso valía más que tener tierra y eso fue exactamente lo que los mató.

Había un hombre que trabajó para los del fierro durante años. Conocía cada paso, cada trato, cada brecha. Un día decidió que ya no quería trabajar para ellos, quería hacerlo. Hizo un trato con un general y empezaron. No de golpe, con paciencia, uno por uno, año por año. Rolando, 1930. Blanca, 1934, Héctor 1948, Eleazar 2 años después, Baldomero, en el 52, Ema 1954.

Finalmente, Procopio en 1955, ocho cruces en 25 años. La última llegó cuando Daniel tenía 11. En 41 años de exterminio nunca hubo un juicio, nunca hubo un detenido, porque en esa frontera el apellido del muerto importaba más que el crimen. Daniel contó esas ocho cruces y supo, con la certeza que solo tienen los niños que han visto demasiado, que la novena también tendría un nombre de su familia.

Lo que Daniel nunca supo, o tal vez sí supo y nunca dijo, era que el hombre que ordenó esas muertes seguía apareciendo en las fiestas del rancho. Saludaba, entraba por la misma puerta, levantaba el vaso con los mismos hombres. Eso no es una guerra, eso es una traición. creció aprendiendo a distinguir el sonido de un motor que se acercaba demasiado rápido, midiendo distancias de noche y aprendiendo que en esa familia la pregunta no era si te iba a tocar, la pregunta era a quién le tocaba.

Septiembre de 1967, Daniel del Fierro tenía 23 años. Su tía Amparo y una prima fueron atacadas a balazos en Matamoros. Daniel no llamó a la policía, fue solo, armado, directo al lugar. Se metió en el tiroteo para sacarlas. Lo detuvieron a él. estuvo preso 15 días, no por haber cometido un crimen, sino por haber hecho lo que la policía no hizo.

Esa noche volvió vivo. La novena cruz siguió vacía. Cuando salió de la cárcel, los rivales seguían en las mismas brechas y las autoridades seguían hablando de encontrarlo. Un hombre que estuvo preso con él esos 15 días lo recordó años después con una sola frase, que cuando Daniel salió no tardó mucho en que lo mataran.

Algunos salen libres de la cárcel. Daniel sintió que solo le habían movido la fecha. Daniel y Ricardo se movieron de rancho en rancho durante meses. Los periódicos de Tamaulipas los llamaban fantasmas. La policía judicial reconoció en prensa que los buscaba en tres zonas distintas al mismo tiempo. No los encontraba.

Gente que los conocía, les abría la puerta de noche sin preguntar, les daba comida en silencio. Vivir así termina cobrando. Se paga con el sueño, con no poder sentarte de espaldas a una puerta, con saber que cualquier motor que no reconoces puede ser el último que escuches. Con mirarte al espejo cada mañana y hacer la misma cuenta, ¿cuántos quedan? ¿Cuántos faltan? Daniel llevaba años pagando ese precio y lo pagó hasta el último día.

Una noche atacaron la casa de la tía Amparo con escopetas. Ella y su hija quedaron heridas. Atacar a las mujeres de una familia en esa frontera tenía un solo significado. Ya no buscaban ganar un negocio. Buscaban que no quedara nadie con ese apellido. En algún momento de esos años en Matamoros, lo balearon frente a una agencia en la calle Sexta y Pedro Coronado sobrevivió.

Las diferencias con una familia conocida como los Murillo llevaban tiempo encendidas. Ese episodio las convirtió en algo que ya no se podía apagar con palabras. Poco después, un joven de esa familia conocido como el Coloroco, apareció muerto junto a un camión estacionado en esa misma calle. Algunos apuntaron a un hombre apodado el pollo.

Otros, los que sabían más y hablaban menos, señalaron a Daniel del Fierro. Nunca hubo investigación. Así funcionaba esa frontera. Los muertos se acumulaban sin que nadie respondiera por ellos, las cuentas pendientes también. Y cada cuenta sin saldar era una razón más para que alguien esperara el momento. Para febrero de 1969, Daniel del Fierro tenía frentes abiertos en todas direcciones y del otro lado tampoco lo dejaban en paz.

Los rivales de siempre que llevaban décadas exterminando el apellido, los Murillo con su propia cuenta pendiente y el peso de haber contado ocho cruces antes de cumplir 12 años. Ese mes fue al entierro de su primo Gilberto. Le habían arrancado un brazo de un balazo en Reinosa. No lo remataron ese día. Las heridas lo alcanzaron meses después en un hospital de Galveston, Texas. Daniel fue al funeral.

Sabía que la próxima cruz llevaría su nombre. Oh, que ya faltaba poco. Y fue igual. Daniel lo sabía, Ricardo lo sabía y ninguno de los dos se fue. El rancho la piedra tenía 150 hectáreas. Podían haberlas vendido. Monterrey estaba a pocas horas, el otro lado del río, a menos, pero en ese panteón estaban Rolando, Blanca, Héctor, Eleazar, Enma, Baldomero, Procopio, su sangre, su apellido, su tierra.

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