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El Hijo Desobediente: El Corrido del Padre que Vio Perderse a Su Hijo

Muerto a los 22  años, antes de que saliera el sol en el camino del río, solo. Y su padre lo sabía, no porque alguien se lo dijera, sino porque él mismo lo había dicho la noche anterior, con las manos temblando y la voz de quien ya no tiene nada más que decir. Antes de que raye el sol, la vida te han de quitar.

Rodrigo lo miró, montó el caballo y se fue. Un padre que dice eso no está maldiciendo a su hijo, está despidiéndose. ¿Tú te imaginas lo que es ver irse a tu hijo sabiendo que no va a volver y no poder hacer nada? El corrido lo cantó después, allá por 1938. Y cuando Antonio Aguilar lo hizo sonar, ya no paró.

Pero el corrido arranca en el momento del desafío. Cuando el hijo ya le dice al padre que se quite, que está más bravo que un león. El corrido dice también, el hijo fue muy ingrato. Le falló a su propio padre. Lo que nunca cantó es como un muchacho que quería su padre. llegó a fallarle así. Eso nunca se cantó y eso es lo que vamos a contar hoy.

¿Quién era Rodrigo antes de ese domingo? ¿Y qué cargó ese padre todos los días que le quedaron? Si estas historias te mueven algo, dale al botón de suscribir. Aquí se cuentan las que el corrido dejó pendientes. Vamos adentro. Jalisco, años 20. México acababa de salir de la revolución y en los ranchos de por allá nadie sabía bien si lo que venía iba a ser mejor o peor.

Don Macario tenía un rancho chico en las afueras de Tepatitlán. Tierra dura, trabajo sin descanso y un hijo. Rodrigo, la primera vez que agarró el arado, tenía 9 años. Don Macario estaba a un lado, los brazos cruzados, sin moverse. El muchacho lo agarró, empujó. El arado se fue de lado, lo enderezó, siguió, cruzó el surco entero sin soltar. Cuando llegó al otro lado, se volteó a buscar los ojos de su padre.

Don Macario, asintió una vez. Rodrigo entendió y ese gesto le alcanzó para el resto de la semana. Lo que muy poca gente sabía es que ese muchacho llevaba 4 años sin madre. La tifoidea se la llevó cuando Rodrigo tenía cinco. En 15 días, sin avisar, don Macario se quedó solo con el rancho y con ese niño que de noche dormía con los ojos abiertos.

No lo mandó con nadie, lo cargó él. cómo cargaba todo. Así fueron creciendo los dos, sin decirse mucho, pero sabiéndolo igual. Don Macario le enseñó a sembrar mirando el cielo, a leer el color del horizonte antes de que lloviera, a dar la palabra y no moverla, a callar cuando importaba callar. Había tardes que los dos trabajaban sin hablar, sembrando, arreglando cercos, cargando agua.

Don Macario lo miraba a trabajar y pensaba que ese muchacho iba a poder, que iba a cargar el rancho cuando él ya no pudiera. Lo pensaba, no lo decía y Rodrigo lo sabía igual. Don Macario tenía una lámpara de aceite vieja. La había traído su propio padre de cuando trabajó en las minas del norte, negra, con el vidrio rajado de un lado, pero que prendía igual.

Todas las noches la colgaba en el portal para que Rodrigo siempre tuviera luz al llegar. Rodrigo nunca preguntó por qué, pero la conocía. Era lo primero que veía al entrar al rancho. Esa luz amarilla en el portal y su padre adentro. Eso era su casa. Hay padres que pierden a sus hijos antes de enterrarlos.

Don Macario iba a ser uno de ellos y todavía no lo sabía. Fue un martes por la tarde. Estaban los dos en la asequia. Rodrigo limpiando el caño con el asadón. Don Macario lo estuvo mirando un rato y le dijo que le cambiara el ángulo al corte, que así el agua iba a correr mejor. Rodrigo no levantó la vista, siguió a su modo, Rodrigo, que le cambies el ángulo.

El muchacho clavó el asadón en la tierra, se limpió las manos en el pantalón y habló sin alzar la vista. Así también corre. Don Macario no contestó, agarró su herramienta, la dejó caer contra la piedra y se fue sin decir más. Esa noche Rodrigo no cenó en la mesa. Don Macario comió solo con el patio oscuro enfrente, con el plato lleno del otro lado.

¿En qué momento se empieza a perder de verdad a un hijo cuando ya no hace lo que le dices o cuando ya no te mira mientras te lo dice? Rodrigo salió del rancho esa misma tarde con el asadón todavía en la mano, con la rabia encima. dejó la herramienta en el portal y agarró el camino al pueblo. A mitad del camino se lo encontró un hombre sentado en una piedra al lado del camino fumando sin apuro.

Se llamaba el macho Soria. Había andado con tropas en Michoacán. Dicen que llegó a ser cabo. Dicen muchas cosas. El macho Soria lo vio llegar. lo miró de arriba a abajo y habló sin moverse de la piedra. Se le nota que viene de trabajar. Rodrigo se detuvo y el macho Soria tiró el cigarro, lo aplastó con el pie y lo miró directo.

Y que a veces uno trabaja duro y ni así le alcanza, porque el que manda siempre va a encontrar como decirle que lo está haciendo mal. Rodrigo no contestó, pero no siguió caminando. El macho Soria se levantó de la piedra. Los que se quedan quietos siempre van a trabajar para los que se mueven. Eso no lo cambió ni la revolución. Se puso el sombrero y antes de irse lo miró una vez más.

Usted tiene cara de los que van a llegar siempre y cuando no se deje frenar. por los que llevan más tiempo sin llegar. Y se fue sin esperar respuesta. Rodrigo se quedó solo en el camino con las palabras todavía en el aire, con la rabia de la asequia todavía encima. Hay frases que caen en tierra seca y no prenden, pero esta cayó en tierra herida y eso es otra cosa.

Desde esa tarde, Rodrigo empezó a buscar al macho Soria en la plaza, en la cantina, donde estuviera, a escucharlo hablar, a quedarse cuando los demás se iban. Un día llegó al rancho y pasó directo al cuarto sin buscar a su padre. Don Macario estaba arreglando una cerca. Lo vio cruzar el patio sin voltear, sin decir nada.

Antes Rodrigo siempre pasaba. Le preguntaba qué había que hacer mañana. Le decía qué había visto en el campo. Ese día no. Y don Macario lo sintió. ¿Cómo se siente cuando algo se mueve bajo el suelo? Sin ruido, pero lo sientes igual. Fue al cuarto esa noche. Tocó la puerta. Rodrigo estaba en el catre con los codos en las rodillas mirando el suelo.

¿Estás bien? Sí, papá.  Cansado no más. Don Macario lo miró un momento y se fue. El cansancio no se sienta así. Pero no preguntó más. Todavía no. Don Macario supo el nombre tres semanas después. Fue en misa un domingo. Entró al templo y buscó su lugar de siempre. Cuando alzó la vista, vio a Rodrigo al fondo, de pie junto a un pilar.

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