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El imperio de nepotismo, corrupción y los palacios del saqueo que marcaron el sexenio de José López Portillo

El 1 de septiembre de 1982, las pantallas de televisión de todo México transmitieron una de las escenas más surrealistas, dramáticas e indignantes de la política contemporánea. En el Palacio Legislativo de San Lázaro, el presidente José López Portillo ofreciía su último informe de gobierno. Con la voz quebrada, los ojos húmedos y un sonoro golpe sobre el atril, el mandatario lloraba ante los diputados y la nación entera, pidiendo perdón a los desposeídos y a los marginados a quienes no había alcanzado a rescatar de la pobreza. Sin embargo, aquellas lágrimas no brotaron en una barriada humilde ni en una fila de desempleados; emanaron desde la cúspide del poder político, un sistema que durante seis años operó bajo la lógica del botín familiar, el exceso arquitectónico y la impunidad descarada. La posteridad no absorbió ese llanto como un acto de noble contrición, sino como la máxima expresión de la hipocresía gubernamental.

López Portillo había asumido la presidencia en 1976 cobijado por la imponente y casi indestructible maquinaria del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El país salía de un sexenio convulso y desgastado por la desconfianza, y la llegada de este abogado de retórica culta e impecable presencia prometía orden y estabilidad. La fortuna pareció sonreírle de inmediato: en las costas de Campeche se descubrió Cantarell, uno de los yacimientos petroleros más grandes del planeta. De la noche a la mañana, la admin

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