México, una estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la UNAM denunció ser víctima de un intento de feminicidio por parte de Gabriel, su expareja sentimental. Aquí toda la historia. Lo que vas a escuchar ahora mismo no es la historia de una mujer muerta y esa es justamente la parte que más debería incomodarte porque Verónica está viva, respira, estudia, camina por los pasillos de la Facultad de Estudios Superiores, Aragón con una carpeta de investigación abierta a su nombre y un agresor que hasta la grabación de este
video sigue libre. estudiante de derecho, futura abogada, la mujer que se supone va a defender a otros frente a la ley, es hoy la que no consigue que la ley la defienda a ella. Estudia los códigos, conoce los artículos, sabe leer una carpeta de investigación mejor que la mayoría y aún así ese conocimiento no le ha servido para nada cuando lo que está en juego es su propia seguridad.
este presidente es mentir contra madero de las llevadas hacia la existencia y gorrea.
Y eso es lo más perverso de todo. A las mujeres se les mepite una frase como si fuera la solución. Denuncia. Denuncia, te dicen. Si te pasa algo, denuncia. Como si la denuncia fuera una puerta mágica que se abre y te pone a salvo. Verónica denunció. Denunció con todo y la puerta no se abrió.
Lo que descubrió, lo que descubren tantas, es que la denuncia es apenas el primer escalón de una escalera larguísima y que en cada escalón hay alguien que puede decidir no hacer nada. Espera porque para entender por qué esto no importa, hay que volver al principio. Abril de 2024. Ahí empieza todo. Dos estudiantes de la misma facultad, la misma carrera, los mismos pasillos.
Una relación que, según su denuncia, no tardó en mostrar otra cara. La cara que no se ve en las fotos de pareja, la cara que aparece cuando la puerta se cierra. Y aquí conviene entender algo del lugar donde sucede, porque la FES Aragón no es un campus cualquiera, es una de las facultades más grandes de la UNAM en el oriente del Valle de México.
Miles de estudiantes que llegan cada mañana desde Nesajualcoyot, desde Ecatepec, desde toda la zona conurbada. Un lugar de paso constante, de aulas llenas, de gente que entra y sale, un lugar donde en teoría nadie está solo. Y sin embargo, fue ahí donde, según su relato, Verónica empezó a quedarse cada vez más sola.
Verónica describe meses de violencia física, psicológica, verbal. Tres formas distintas de desgastar a una persona repartidas a lo largo de una relación que terminó en 2025 el año pasado en sus propias palabras. Pero terminar la relación no terminó nada, porque hay agresores para quienes el final de una relación no es un cierre, es un detonante.
Y conviene detenerse en esas tres palabras porque cada una pesa distinto. La violencia física deja marcas que se pueden fotografiar. La verbal se puede grabar, se puede capturar en un audio, pero la psicológica es la más difícil de probar y muchas veces la más destructiva. Es la que te hace dudar de ti misma, la que te convence de que exageras, la que te aísla de tu familia y de tus amigos hasta que el agresor es lo único que queda.
Según el testimonio de Verónica, ella vivió las tres y aún así encontró la fuerza para hacer lo que muchas no logran, salir y después denunciar. Y aquí es donde [música] el testimonio de Verónica deja de parecer un caso aislado y empieza a sonar como un patrón que miles de mujeres en este país reconocerían de inmediato. Según su denuncia, las amenazas no fueron veladas, fueron explícitas frases dichas de frente, una de ellas textual en su relato, “Voy a hacer un plan para matarte.
” No una pelea acalorada, no un insulto soltado en caliente. Un plan. La palabra plan dicha por un estudiante de derecho que sabe perfectamente lo que esa palabra significa frente a un juez. Ojo a esto porque lo que sigue es lo que convierte una denuncia en una alerta. En su testimonio, Verónica relata que su agresor le mostró un cuchillo largo.
No lo describió, se lo enseñó y junto al cuchillo, según su denuncia, llegaron las amenazas más brutales. Sacarle los ojos, atropellar a su madre, tocar no solo a ella, sino a la mujer que la trajo al mundo. Detente un segundo en ese detalle, porque es el que más dice. Cuando un agresor amenaza a la madre de la víctima, ya no está hablando de una pelea de pareja.
Está hablando de control absoluto, está diciendo, “Puedo llegar a todo lo que amas.” Y eso en el lenguaje de la violencia de género es una de las señales más peligrosas que existen. Las especialistas tienen un nombre para esto. Lo llaman escalada. Una amenaza no se queda quieta, crece, empieza con un grito, sigue con un empujón, después con un objeto en la mano y termina donde nadie quiere que termine.
Cada paso normaliza el siguiente. Y la diferencia entre una amenaza que se queda en palabra y una que se cumple muchas veces no la decide el agresor, la decide si alguien a tiempo lo detiene. En el caso de Verónica, según su denuncia, esa escalada está documentada paso por paso. el grito, la amenaza, el cuchillo y aún así nadie lo detuvo.
Pero hay una exigencia dentro de las amenazas que lo cambia todo, porque según el relato de Verónica, su agresor no solo quería hacerle daño, quería silenciarla, le exigió retirar las carpetas, le exigió dejar caerlo de la UNAM. En otras palabras, le pidió que se borrara a sí misma del expediente, que hiciera como si nada hubiera pasado, que devolviera el caso a la oscuridad de la que ella, con un valor que pocas tienen, decidió sacarlo.
Y eso en cualquier expediente tiene un nombre. Se llama intento de obstruir la justicia. Cuando el acusado presiona a la víctima para que retire la denuncia, ya no está solo el delito original, está además la prueba de que sabe que hizo algo y que quiere borrarlo. Una víctima que recibe ese tipo de presión está enfrentando dos cosas al mismo tiempo.
El miedo a lo que ya le hicieron y el miedo a lo que le harán si insiste. La mayoría ante esa presión se calla. Verónica no se cayó y ahí está el cuchillo otra vez. No, el cuchillo físico, el otro, el que corta más hondo. La amenaza de que si insistes en denunciar vas a pagarlo. Ese cuchillo no se decomiza.
Ese cuchillo sigue afilado mientras el agresor siga libre. Ahora hablemos de las pruebas. Porque este no es un caso de palabra contra palabra. Verónica no llegó a la fiscalía de la Ciudad de México con las manos vacías. Llegó con audios, llegó con capturas de pantalla. llegó con la evidencia que tantas veces se le exige a una víctima y que tantas veces cuando por fin la presenta termina archivada en un cajón.
Presentó esas pruebas ante la autoridad capitalina, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, la instancia que tiene en sus manos las dos carpetas, la instancia que decide si este caso avanza o se queda dormido. Piensa en lo que significa juntar esa evidencia. Cada audio que Verónica guardó es un momento en el que tuvo que revivir el miedo para grabarlo.

Cada captura de pantalla es un mensaje que tuvo que conservar en lugar de borrar cargando esas amenazas en su propio teléfono día tras día para que cuando llegara el momento de denunciar nadie pudiera decirle que se lo había inventado. Eso no es rencor, eso es estrategia de supervivencia. Es una mujer que en medio del terror tuvo la frialdad de construir el expediente que el sistema le iba a exigir y lo construyó.
Su teléfono se convirtió en su caja fuerte, en el Archivo de la Verdad, en el único testigo que no se intimida, que no cambia su versión, que no se retracta bajo presión mientras el agresor le exigía borrar las carpetas. Ese teléfono guardaba exactamente lo contrario, la prueba de todo lo que él quería desaparecer. Hay víctimas que pierden sus casos porque no tienen con qué sostenerlos. Verónica tenía con qué.
Y aún así, mira dónde está. Y aquí viene el dato que debería de tenerte en seco. A pesar de las pruebas, a pesar de las dos carpetas, a pesar de una clasificación tan grave como la tentativa de feminicidio, el agresor continúa en libertad. No es un tecnicismo menor. Una carpeta por tentativa de feminicidio es en teoría una de las clasificaciones más serias que puede abrir una fiscalía en un caso de violencia de género.
Significa que la autoridad reconoció que hubo un intento de quitarle la vida. Y aún reconociéndolo, el hombre señalado camina libre por las mismas calles que ella. Que quede claro lo que esa palabra significa. Feminicidio no es un homicidio cualquiera. Es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer. Una figura que la ley mexicana reconoce precisamente porque hubo que reconocerla, porque las cifras eran demasiado altas para seguir llamándolo de otra forma.
Y tentativa quiere decir que estuvo cerca, que la autoridad al clasificarlo así está diciendo en su propio lenguaje que la vida de Verónica estuvo en riesgo real. No es la víctima la que lo dramatiza, es la propia fiscalía la que con esa clasificación lo admite. Y ese es el corazón de la contradicción. La misma institución que reconoce el riesgo es la que no actúa para neutralizarlo.
Comparte este video con alguien que todavía crea que denunciar es suficiente, porque la historia de Verónica demuestra [música] exactamente lo contrario. Denunciar fue el principio. Denunciar en este país no garantiza nada. Y hay algo más que esta denuncia pone sobre la mesa, según el propio relato de Verónica, el incumplimiento de las medidas de protección.
Porque cuando una mujer denuncia, el Estado puede ordenar que el agresor se mantenga lejos. Una orden de restricción, un límite, una línea que no debe cruzarse. Pero una orden de protección es solo papel si nadie la hace cumplir. Y de nada sirve la línea, cuando el que debe respetarla sabe que cruzarla no tiene consecuencias.
Piensa en lo que es vivir así. Te dan un papel que dice que esa persona no se puede acercar y tú sales a la calle con ese papel en la mochila sabiendo que el papel no detiene a nadie, que si el agresor decide acercarse, el papel no se interpone, que la única protección real sería que alguien estuviera vigilando, que la orden se cumpla y que nadie está.
La medida de protección cuando no se hace cumplir, no protege. Solo le recuerda a la víctima cada día que el Estado sabe que está en peligro y que aún así la dejó sola. Según la denuncia de Verónica, esa orden existió y según su denuncia se incumplió. Aquí viene lo que nadie quiere mirar de frente. El caso de Verónica no es un accidente del sistema.
Es el sistema funcionando como suele funcionar para las mujeres que se atreven a hablar. Lo que sigue no es teoría, es contexto y conviene que lo escuches completo. La fe Aragón no es ajena a esto. En 2024 y 2025, la facultad vivió paros estudiantiles por denuncias de violencia de género y acoso, estudiantes que dejaron las aulas para exigir lo que las instancias no les daban, soluciones, respuestas, que los casos no quedaran impunes.
Verónica no es la primera voz que se levanta en esos pasillos y si nada cambia no será la última. Imagina lo que significa eso. Estudiantes que en lugar de entrar a clase se quedan afuera con cartulinas exigiendo que la institución que debería protegerlas haga algo, no una vez, de forma repetida durante dos años.
Eso no pasa cuando el sistema funciona, eso pasa cuando las denuncias se acumulan y las respuestas no llegan. Cuando una facultad entera entiende que la única forma de que la escuchen es parar todo. Ese es el ambiente en el que la historia de Verónica ocurre. No es una excepción dentro de un sistema sano.
Es un caso más dentro de un patrón que las propias estudiantes llevan años denunciando a gritos. Y el problema no [música] se detiene en la puerta de la facultad. En mayo de 2026, víctimas de violencia vicaria en la Ciudad de México señalaron públicamente a la Fiscalía capitalina y a jueces de proteger a los agresores en lugar de a las víctimas.
No es una opinión suelta, es una acusación pública sostenida por mujeres que viven, que están en la lucha, que conocen de primera mano lo que significa pelear contra una institución que debería estar de su lado. Y fíjate en la coincidencia, porque no es casualidad. La misma fiscalía señalada por esas mujeres en mayo es la misma fiscalía que tiene las dos carpetas de Verónica en junio.
La misma instancia acusada de proteger agresores es la que hoy decide si el agresor de Verónica enfrenta o no a la justicia. No estamos hablando de oficinas distintas. Estamos hablando del mismo escritorio, de la misma autoridad capitalina, del mismo cuello de botella por el que pasan los expedientes de tantas mujeres y donde tantos se quedan atorados.
Ese es el telón de fondo de la historia de Verónica, una fiscalía señalada una y otra vez por lo mismo. Carpetas que avanzan lento, agresores que no se tocan y víctimas que mientras tanto tienen que organizar su propia vida alrededor del miedo. Atención, porque aquí está la diferencia que define todo este caso. Verónica está viva.
No es una cifra en una estadística de feminicidios. No es un nombre en una marcha del 8 de marzo. Es una mujer que sigue de pie, que sigue estudiando, que sigue exigiendo justicia con la carpeta en la mano. Y precisamente por eso su historia es más incómoda, porque todavía estamos a tiempo. Porque lo que pase con su caso no está escrito.
Porque la diferencia entre que Verónica siga siendo una sobreviviente y se convierta en otra cosa la tiene hoy. Una fiscalía que decide si actúa o si vuelve a mirar para otro lado. Piensa en la secuencia completa. Una relación que empezó en abril de 2024, una violencia que escaló durante meses, una ruptura en 2025 que lejos de cerrar el ciclo lo encendió.
Amenazas de muerte directas. Un cuchillo mostrado como advertencia. La amenaza de atacar a su madre. La exigencia de retirar las denuncias. pruebas presentadas, dos carpetas abiertas, una clasificación de tentativa de feminicio y al final de toda esa cadena un resultado que cabe en una sola frase: “El agresor sigue libre”.
Cada uno de esos pasos es un punto en el que el sistema pudo haber actuado. Cada uno es una oportunidad que, según el relato de Verónica, se dejó pasar. Lo que ella pide no es venganza, es algo mucho más simple y mucho más difícil de conseguir en este país. Pide que su caso no quede impune.
Pide que las dos carpetas que llevan su testimonio no se queden dormidas en un escritorio. Pide que la palabra plan dicha por el hombre que la amenazó tenga la consecuencia que la ley promete y rara vez entrega. Y mientras esa consecuencia no llega, Verónica vive con algo que ninguna estudiante debería cargar.
La conciencia de que el hombre que según su denuncia dijo que iba a hacer un plan para matarla, despierta cada mañana sin una sola restricción que de verdad no detenga. El agresor sigue libre. Esa es la frase con la que arranca este caso y hasta hoy también la frase con la que termina, “No cambió, no se movió.” Sigue ahí suspendida esperando a que alguien con autoridad decida que ya es suficiente.
Y cada día que pasa sin que alguien decida, esa frase pesa más. Porque el tiempo en estos casos no juega del lado de la víctima. El tiempo enfría las carpetas, diluye la urgencia, convierte una alerta en un trámite y mientras la carpeta se enfría, la persona que vive con miedo no tiene la opción de enfriarse.
Verónica no puede archivar su miedo. Tiene que cargarlo a clase, a la calle, a su casa, cada día, mientras el papeleo avanza a la velocidad que le da la gana. Pero esta noche, mientras ves este video desde la seguridad de tu casa, quiero que pienses en algo. Verónica hizo todo bien, denunció, guardó las pruebas, pidió protección y aún así, el hombre al que acusa sigue caminando libre por la misma ciudad en la que tú vives.
Y si a ella con dos carpetas abiertas, con una clasificación de tentativa de feminicidio, con audios y capturas en la mano, con la formación de una estudiante de derecho, el sistema la dejó esperando. Hazte la pregunta incómoda. ¿Qué tan sólida es la línea que te separa a ti o a alguien que amas de estar en su lugar? Así que la pregunta no es sobre ella, es sobre el sistema que la dejó sola.
¿Cuántas Verónicas hay ahora mismo en tu ciudad con una carpeta abierta, pruebas en la mano y un agresor que duerme tranquilo porque sabe que la justicia llega tarde o no llega? ¿Y cuántas de ellas siguen vivas para contarlo? Hasta el momento de la grabación de este video, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México no ha emitido un comunicado oficial que informe sobre la detención del agresor ni sobre el avance de las dos carpetas de investigación abiertas en el caso de Verónica.
La información de este reporte proviene del testimonio de la propia víctima difundido a través del periodista Carlos Jiménez y retomado después por medios nacionales. La identidad del acusado permanece reservada y mientras no exista una sentencia conserva la presunción de inocencia que la ley garantiza. El caso sigue abierto.
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