La ciudad de Barranquilla, conocida mundialmente como la Puerta de Oro de Colombia y famosa por su vibrante carnaval, la alegría incombustible de su gente y su pujante desarrollo comercial, esconde bajo su cálido sol caribeño una de las guerras urbanas más oscuras, cruentas y despiadadas de las últimas décadas. Más allá de la música y las fiestas, las calles de los barrios periféricos se han convertido en el tablero de ajedrez de una mortal disputa territorial. Hoy, la capital del Atlántico enfrenta una crisis de seguridad sin precedentes, ocupando el amargo puesto de ser la segunda ciudad más extorsionada de todo el país, donde el sonido de las balas y el miedo paralizante compiten a diario con el bullicio cotidiano.
En el centro de este huracán de violencia y zozobra se encuentra un nombre que infunde tanto terror como respeto entre los habitantes de los barrios más vulnerables: Digno José Palomino, también conocido en el bajo mundo como alias ‘Sebastián’. Palomino es señalado por las autoridades como el máximo líder de “Los Pepes”, una temida estructura armada ilegal que, según los informes de inteligencia, controla con mano de hierro al menos la mitad del territorio y de las rentas ilícitas de la metrópoli. Sin embargo, su historia no es la típica biografía de un gánster de película. Desde la fría y asfixiante reclusión de la cárcel de máxima seguridad de La Picaleña, ubicada en la ciudad de Ibagué, Palomino rompe su silencio. En una llamada telefónica exclusiva con el equipo de Testigo Directo, el hombre más buscado del Atlántico ofrece su propia y controvertida versión de los hechos, destapando una caja de Pandora
que salpica a las autoridades y revela las grietas de una guerra fraticida.
El origen del capo: De los pinceles a los fusiles
Para entender el fenómeno de Digno Palomino, es estrictamente necesario adentrarse en las entrañas del barrio Barlovento, ubicado en el nororiente de Barranquilla. Es un sector humilde, golpeado por la desidia estatal y donde las oportunidades escasean tanto como el agua potable. Allí, las calles de arena y las casas a medio terminar son el escenario donde se forjó la vida de un joven que, en apariencia, no estaba destinado al crimen. Ana Cecilia Palomino, una reconocida y respetada líder social de Barlovento y, además, hermana mayor de Digno, relata con una mezcla de orgullo y profunda tristeza los orígenes de su hermano menor.
Nacido en el año 1986, Digno creció rodeado de las severas limitaciones que impone la pobreza extrema, pero forjado con valores de humildad y trabajo duro. Lejos de ser el monstruo calculador que describen los expedientes judiciales, su hermana lo recuerda como un joven talentoso y carismático. Digno no solo poseía un don innato para la pintura, creando maravillas visuales con poco material, sino que también se convirtió en el barbero más popular de Barlovento. “Él fue el primer peluquero aquí que enseñó a hacer maravillas y dibujos en la cabeza de las personas”, cuenta Ana Cecilia. Su talento era tal que, irónicamente, entre sus clientes habituales se encontraban varios agentes de la policía del sector.
Pero, ¿cómo un peluquero talentoso termina convirtiéndose en el líder de una letal organización criminal? Según el desgarrador relato de su familia, la caída de Digno hacia el abismo de la ilegalidad no fue producto de la ambición desmedida, sino de un acto de justicia por mano propia que terminó desencadenando una cacería de brujas. El punto de quiebre ocurrió cuando un exagente de policía pensionado, que operaba como prestamista informal (gota a gota) en el barrio, comenzó a amenazar violentamente a una viuda vecina de los Palomino y a su pequeño hijo. Digno, movido por un instinto protector, enfrentó al exuniformado, exigiéndole respeto hacia la indefensa mujer.
Lo que debió ser un acto de valentía comunitaria, se transformó en su peor pesadilla. El prestamista, haciendo uso de sus influencias en la fuerza pública, desató una feroz persecución policial en contra del joven peluquero. Acorralado, sin garantías legales y temiendo por su vida y la de su familia, Digno tomó una decisión que marcaría su destino para siempre: tocó las puertas de una banda criminal emergente conocida como “Los Costeños” buscando protección. Fue así como el joven pintor fue devorado por el oscuro y despiadado bajo mundo.

La guerra de capos y el negocio de la extorsión
Hoy, Digno Palomino libra una guerra a muerte con quien en el pasado fue su hermano de sangre y armas: Jorge Díaz, temido en el mundo criminal bajo el alias de ‘Castor’. En sus inicios, Digno y ‘Castor’ operaban como una sola fuerza, consolidando el poder de Los Costeños. Sin embargo, las traiciones, las ambiciones territoriales y las disputas internas fracturaron la organización. Digno fundó “Los Pepes”, y desde entonces, Barranquilla se ha convertido en un campo de batalla donde los ajustes de cuentas, los sicariatos a plena luz del día y el cobro de vacunas son el pan de cada día.
La ciudadanía y los comerciantes barranquilleros están asfixiados por la extorsión. No hay tendero, conductor de bus o pequeño empresario que no viva bajo la sombra del miedo. Sin embargo, desde su celda en Ibagué, Digno Palomino es enfático y contundente al negar su participación en este flagelo indiscriminado que azota a la clase trabajadora. Según sus propias palabras, él no es el responsable del caos actual. El líder de Los Pepes asegura que existen “personas que pescan en río revuelto”, delincuentes comunes que cometen atrocidades y extorsionan en nombre de su organización sin siquiera conocerlo.
Durante la entrevista telefónica, Palomino lanza dardos envenenados y señala a otros culpables de la ola de violencia. Asegura que la verdadera responsabilidad recae sobre unos “20 tunantes” que actúan bajo la sombra del temido Clan del Golfo, la estructura narcoparamilitar más grande del país. Además, se defiende férreamente de las acusaciones de liderar un gigantesco cartel de narcotráfico. Con evidente indignación, argumenta que si él fuera un poderoso capo de la droga, su madre no seguiría viviendo en la modesta y humilde casa de siempre en Barlovento. “¿Usted cree que si yo estuviera en el narcotráfico la casa todavía estuviera ahí? Hubiera cinco camionetas blindadas cuidando a mi mamá… nosotros vivimos en la humildad, aquí narcotráfico no hay”, sentencia con vehemencia.
El contexto estructural y el laberinto político hacia la paz

Más allá de las versiones encontradas, los investigadores del conflicto urbano en el Caribe colombiano tienen una lectura mucho más profunda sobre el fenómeno que representa Digno Palomino. Expertos en seguridad señalan que figuras como la de él no nacen por generación espontánea; son el resultado ineludible de décadas de violencias urbanas en los barrios periféricos, donde el Estado solo hace presencia a través del ESMAD o de la fuerza pública, pero nunca a través de la educación y el progreso. Además, destacan que estos jóvenes criminales fueron instrumentalizados y tuvieron una peligrosa “curva de aprendizaje” bajo la tutela de los reductos del Frente José Pablo Díaz, perteneciente al sanguinario Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Pero el drama de Barranquilla no se limita a la acción de los fusiles; también está fuertemente enquistado en la burocracia y la voluntad política. Mientras la ciudad se desangra, la hermana de Digno, Ana Cecilia, eleva una queja que resuena con fuerza en los pasillos comunitarios. Denuncia una alarmante desconexión entre el gobierno nacional y las autoridades locales. Según ella, mientras el Gobierno del Presidente Gustavo Petro ha abierto la puerta y mostrado voluntad política para dialogar con líderes de bandas criminales —llámese Digno Palomino, alias ‘Castor’ o cualquier otro— en el marco de su política de “Paz Total”, la administración distrital de Barranquilla y la Gobernación del Atlántico han cerrado las puertas de golpe a estas iniciativas de pacificación. Para la familia Palomino y para cientos de habitantes de las zonas marginales, esta negativa institucional es un error fatal que les está robando el derecho constitucional a buscar la tranquilidad y poner fin a un derramamiento de sangre innecesario.
El reportaje culmina en las cálidas pero angustiantes calles de Barlovento, con la imagen que resume el verdadero costo humano de esta guerra: el llanto desconsolado de una madre. La madre de Digno José Palomino, con el rostro surcado por los años y el dolor, no ve en él a un temido jefe mafioso, sino a “un hijo muy querido, un buen padre, un buen esposo y un buen hermano”. Ella, al igual que los miles de barranquilleros que a diario rezan por no ser alcanzados por una bala perdida o arruinados por una extorsión, solo implora que este infierno termine y que la paz, tantas veces prometida y tantas veces rota, vuelva a reinar en su comunidad.
El futuro de Digno Palomino y el destino de Barranquilla penden de un hilo muy fino. Atrapado entre las implacables rejas de La Picaleña, el peso abrumador de la justicia que lo juzga por un largo prontuario criminal, y la incesante petición de su familia para que las administraciones locales escuchen el clamor de diálogo, Digno sigue siendo una pieza fundamental en el rompecabezas de la seguridad del Caribe. Mientras las autoridades se ponen de acuerdo y deciden si optar por la vía del sometimiento judicial férreo o la mesa de diálogo social, las calles de Barranquilla seguirán siendo testigos mudos de una guerra de capos que parece no tener un final a la vista.