Así Fue La Vida de Jacobo Zabludovsky y Su Mansión | Los Secretos, los Escándalos y Más
Hay una dirección en la Ciudad de México que ningún libro de periodismo menciona, pero que cualquier mexicano mayor de 40 años debería conocer. No es un edificio de Televisa, no es una sala de redacción ni un estudio de grabación, es una casa. Una casa que existió en el mismo periodo en que una voz llegaba a cada rincón del país todas las noches para decirle a México que había pasado ese día, que era importante, que debía saber y que no.
Una voz que durante 27 años consecutivos fue el sonido con el que millones de familias mexicanas terminaban su día antes de apagar la televisión y dormir. Esta voz se llamaba Jacobo Sabrudowski y la casa donde vivió, donde construyó la vida privada que muy poca gente conoce, donde recibió a presidentes y a periodistas y donde finalmente murió a los 87 años en la madrugada del 2 de julio de 2015 es el punto de partida de una historia que México no ha contado completa porque detrás del hombre de la corbata negra, detrás del conductor impecable de 24
horas, detrás del periodista que entrevistó al Cheeguevara y a Salvador Dalí y a Fidel Castro y a María Félix, Hay una historia que empieza en una vecindad del barrio de la Mercedes polacos que escaparon del holocausto. Hay un padre que vendía retazos de tela en el mercado y que eligió México por un folleto que encontró en un barco.
Hay un adolescente de 13 años que olió la tinta de un periódico y decidió que quería hacer eso para siempre. Hay un periodista que estuvo en La Habana el primero de enero de 1959 cuando Fidel Castro entró triunfante, el único reportero mexicano que lo presenció en vivo. Hay un hombre que la noche del 2 de octubre de 1968, mientras en Tlatelol con estudiantes, abrió su noticiero diciendo las palabras que México nunca le perdonó.
Hay un alfil político que sirvió al poder durante décadas y que cuando ya no sirvió fue descartado. Y hay una renuncia que nadie esperaba, en la que un hombre de casi 72 años sacrificó 50 años de carrera por una sola razón, su hijo. Vialostock, una ciudad industrial de Polonia con 200,000 habitantes, de los cuales más de la tercera parte eran judíos.
Ahí nacieron David Sabludowski y Raquel Kravessi. Ahí se casaron. Ahí tuvieron a sus primeros hijos. Elena y Abraham. Y ahí entendieron con la claridad de las personas que venir lo que se viene antes de que el resto del mundo lo acepte, que Europa no iba a ser un buen lugar para vivir durante mucho tiempo más. Era la primera mitad de los años 20.

El antisemitismo que había existido en formas más o menos tolerables durante siglos estaba acelerando hacia algo diferente, hacia algo que todavía no tenía nombre, pero que se podía sentir en el aire de las ciudades de Europa central. David Sabludowski decidió explorar opciones. En 1925 viajó a México para ver si encontraba trabajo y si el país podía recibir a su familia.
Era la misma decisión que miles de familias judías Asquenasim estaban tomando en esa época, salir de Europa antes de que fuera tarde. Lo que hace especialmente interesante la historia de la familia Sabludowski es el detalle de cómo eligieron México. David venía en un barco que tenía dos destinos posibles, Nueva York en Estados Unidos y Buenos Aires en Argentina.
En el barco encontró un folleto sobre México, lo leyó y eligió México. No porque hubiera investigado extensamente las opciones, no porque tuviera contactos establecidos en el país, sino porque un folleto que alguien había dejado en un barco le pareció suficientemente convincente. Ese detalle, esa elección aparentemente casual que cambió todo lo que vendría después dice algo sobre la naturaleza de las decisiones que forjan los destinos de las familias.
David Sabludowski eligió México casi por azar y esa elección Azar produjo al periodista que definiría la forma en que México se informó durante tres décadas. En 1926, David trajo a la familia. Se instalaron en la colonia Doctores de la Ciudad de México y muy pronto después en el barrio de la Merced, que en esa época era uno de los centros comerciales más importantes del país y también uno de los principales refugios de la comunidad judía inmigrante.
Ahí, entre los puestos del mercado y las vecindades llenas de familias que habían llegado de Europa buscando lo mismo, creció Jacobo. El 24 de mayo de 1928, en la colonia Doctores nació Jacobo Sabludowski Kraveski. Era el tercer hijo, el menor, el que llegaría al mundo ya con México como único país propio, sin la memoria de Vialostock, ni del barco, ni de la decisión del folleto.
Para Jacobo, la merced era el mundo entero. Era el ruido del mercado, el olor de la fruta y de la tela y del café, el idioma español mezclado con el yidis que se escuchaba en las vecindades, la ciudad de México de los años 30 que estaba construyendo su identidad postrevolucionaria a una velocidad que no daba tiempo de procesar lo que estaba cambiando.
La familia no era rica. Era de esas familias que tienen lo suficiente para vivir con dignidad, pero no un peso más, donde los hijos aprenden desde muy pequeños que el dinero se cuenta y que el trabajo no es opcional. Jacobo creció en ese ambiente y lo absorbió con la atención específica de los niños que van a necesitar ese aprendizaje para toda la vida.
Era el gerero de la merced, lo llamaban así por su pelo rubio y sus ojos azules, que no eran los rasgos que el barrio asociaba con los niños que vivían ahí. Era visiblemente diferente y esa diferencia, en lugar de aislarlo, parece haberlo empujado hacia una curiosidad sobre el mundo que lo rodeaba que nunca se le apagó.
Era apasionado de la lectura desde muy joven. Dostoyevski, Tolstoy, Gorkiy. Tres obras imprescindibles que él mismo citaría décadas después: El Quijote, la metamorfosis y crimen y castigo. Era un niño pobre del barrio de la Mercedía a los grandes autores de la literatura universal con la seriedad de alguien que entiende que los libros son la única escalera disponible cuando no tienes otros recursos.
A lo largo de su vida acumularía una biblioteca personal de 20,000 libros, todos leídos. según él mismo contaba. Y entonces llegó el momento que lo definió todo. Tenía 13 años. Su vecino en San Jerónimo 124, un hombre llamado Luis Felipe Ureña, era corrector de pruebas en el periódico El Nacional.
Los fines de semana, Ureña llevaba al joven Jacobo al periódico y ahí, en esa redacción del El Nacional, Jacobo olió la tinta, leyó los textos de los reporteros y colaboradores y tomó la decisión que definiría los siguientes 70 años de su vida. Quiso ser eso, no un vendedor de tela como su padre, no un abogado, aunque también lo sería después.
No cualquier otra cosa que un niño del barrio de la Merced México de los años 40. quiso ser periodista con la certeza específica que tienen a veces las vocaciones cuando llegan con claridad absoluta, sin duda, sin alternativas que considerar. El primer impreso de Jacobo data de 1943 cuando tenía 15 años. En 1944 entró a trabajar en El Nacional como pruebas tipográficas, el mismo trabajo que hacía su vecino Urena, el trabajo más bajo en la jerarquía de un periódico, pero el que te pone en contacto con todas las palabras que van a publicarse. En 1946,
con 18 años comenzó su carrera en el periodismo radiofónico entrando como ayudante de redactor en la cadena radio continental. En 1947 estaba ya en la XXAM como subjefe de servicios informativos. En ese mismo periodo entró a la Escuela Nacional preparatoria en San de Fonso, después a la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la UNAM.
Se graduaría como abogado el 21 de julio de 1967, décadas después de haber comenzado su carrera en los medios, con la seriedad de alguien que cree que un título universitario es necesario, aunque el trabajo ya no lo necesite para sobrevivir. Era un hombre que hacía las dos cosas al mismo tiempo, trabajaba en los medios y estudiaba derecho, que funcionaba en la radio y en la prensa escrita simultáneamente, que acumulaba experiencia y formación en paralelo, sin elegir entre las dos cosas porque no veía razón para tener que elegir. Y
entonces llegó 1950 y con ese año llegó algo que transformó todo. La televisión llegó a México. El 31 de agosto de 1950 comenzaron las transmisiones regulares de televisión en México. Era un medio completamente nuevo, sin precedentes locales, sin manual de instrucciones, sin nadie que supiera exactamente cómo debía hacerse un noticiero televisivo, porque ningún noticiero televisivo había existido antes en el país.
Jacobo Sabludowski tenía 22 años. Llevaba 4 años trabajando en radio y prensa y cuando la televisión llegó entendió algo que muy pocos entendieron con la misma velocidad, que ese medio nuevo iba a necesitar personas que supieran contar historias en tiempo real, que tuvieran voz, que pudieran mirar a una cámara y transmitir credibilidad sin que hubiera nadie en la sala que les dijera si lo estaban haciendo bien o no.
asumió la producción y dirección del primer noticiero profesional del país para el canal 4. Tenía 22 años y estaba inventando un formato que no existía. No había referentes locales a los que mirar. No había una manera establecida de hacer lo que estaba haciendo. Lo construyó desde cero con la intuición de alguien que lleva años absorbiendo todo lo que los medios de comunicación pueden enseñar y que ahora tiene que aplicar ese aprendizaje en un territorio completamente virgen.
Ese hecho que a los 22 años Jacobo Sabludowski haya producido y dirigido el primer noticiero profesional de la televisión mexicana. es uno de los datos menos mencionados de toda su carrera y uno de los más importantes. No llegó a la televisión cuando ya estaba establecida, cuando los formatos estaban definidos y las reglas eran claras.
Llegó el primer día y construyó las reglas. Todo lo que vendría después. Todos los noticieros que México vería durante el resto del siglo XX estaban basados en decisiones que Jacobo Sabludowski tomó cuando tenía 22 años y no tenía a nadie a quien preguntar cómo se hacía esto. En 1952 siguió ampliando su presencia en la televisión, haciendo labores de redactor y suplente de programas de noticias.
Y en 1954 ocurrió algo en su vida personal que merece contarse con el detalle que merece, porque dice mucho sobre quién era este hombre cuando apagaba las cámaras. El 22 de junio de 1954, Jacobo Sabludowski se casó con Sara Neruba y Liverman. Sara era de origen judío ruso, hija de un próspero comerciante de la Ciudad de México.
Era una mujer de la misma comunidad en la que Jacobo había crecido, con raíces en el mismo mundo de inmigrantes judíos que habían llegado a México buscando un lugar seguro. El matrimonio duraría el resto de la vida de los dos. Sara fue la única esposa de Jacobo. Tuvieron tres hijos, Abraham, Jorge y Diana.
¿Hay algo que vale la pena decir sobre ese matrimonio? que las entrevistas y los perfiles de Sabludowski casi nunca destacan con la claridad que merece. En una vida que estuvo constantemente expuesta al público, en una carrera que puso a Jacobo en contacto con prácticamente todas las figuras importantes de la política, el espectáculo y la cultura mexicana durante 50 años, su vida familiar se mantuvo notablemente separada de todo eso.
Sara no era figura pública. Los hijos, con la excepción de Abraham, que siguió los pasos de su padre en el periodismo, no eran figuras públicas. La casa era la casa, el trabajo era el trabajo y esa separación fue una decisión deliberada de un hombre que entendía que la exposición permanente tiene un precio que no siempre vale la pena pagar.
Ese mismo año de su boda, 1954, Jacobo Sabludowski fue nombrado coordinador de radio y televisión de la presidencia de la República durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortínez y después continuaría en ese cargo durante los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. era simultáneamente periodista y funcionario vinculado a la presidencia.
Las dos cosas al mismo tiempo, sin que en esa época nadie viera esa combinación como incompatible. Esa doble posición, periodista y hombre con vínculos directos con el poder ejecutivo, es la clave para entender todo lo que vendría después. Porque Sabludowski nunca fue simplemente un periodista que trabajaba para una empresa de medios.
Era también un hombre que tenía relaciones directas con el poder político, que fue nombrado por presidentes para coordinar la comunicación del gobierno, que operaba en ese espacio específico donde el periodismo y el poder se tocan y donde la imparcialidad es algo que se negocia, no algo que se garantiza. En 1959 ocurrió uno de los momentos más importantes de toda su carrera, el primero de una serie de coberturas históricas que lo pondrían en el centro de los eventos más significativos del siglo XX latinoamericano.
El primero de enero de 1959, Fidel Castro y el Ejército Rebelde entraron triunfantes a la Habana. La revolución cubana había triunfado. Era un evento de proporciones que nadie en el hemisferio occidental podía ignorar. Jacobo Sabludowski estaba ahí. Era el único reportero mexicano en Cuba ese día.
Por esa cobertura, décadas después, en 1976, recibiría el Premio Nacional de Periodismo de México. En 1969, Telesistema Mexicano, que pronto se convertiría en Televisa, estableció su Dirección General de Noticier. Y en ese contexto, Sabludowski empezó a crear espacios informativos en los canales de la empresa con un presupuesto que inicialmente era muy escaso, pero con una visión de lo que podían ser esos espacios que ningún otro periodista de la época tenía con la misma claridad.
Creó primero el Café Matutino, un programa de una hora bajo su conducción que sirvió como la antesala de lo que vendría. Era un espacio donde la noticia se mezclaba con el análisis y con la conversación, donde la información no se limitaba a la lectura de un boletín, sino que se construía en tiempo real con un conductor que entendía que la televisión no es radio con imágenes, que necesita algo diferente, algo que solo la pantalla puede dar.
Y el 7 de septiembre de 1970 en el canal de las estrellas de Televisa, Jacobo Sabludowski lanzó 24 horas. No existía nada igual en México. El formato, el ritmo, la manera de presentar la información, la presencia del conductor como figura central del noticiero en lugar de como simple lector de noticias. Todo eso lo inventó Sabludowski en ese primer programa y lo fue perfeccionando durante los 27 años siguientes.
El Chavo del Ocho lo menciona en el episodio La orquesta, cuando el Chavo dice que Kiko tocaba la danza de las 24 horas de Sabludowski. Eso es la penetración cultural de un programa de televisión, cuando los niños que lo ven creciendo lo usan como referencia para sus chistes. Durante los primeros años de la década de los 70, 24 horas se convirtió en el noticiero más visto de México.
No era solo el noticiero más visto, era el noticiero el único que importaba, el único que el México de esa época necesitaba ver para saber qué había pasado. era el tiempo real de antes del tiempo real, el único vínculo que millones de familias mexicanas tenían con lo que ocurría más allá de su colonia, de su ciudad, de su estado.
Y Jacobo Sabrudowski era la voz de todo eso todas las noches, sin excepción durante 27 años, piensa en lo que eso significa. No es una exageración periodística, es un hecho verificable, una misma voz, un mismo rostro, diciéndole a México lo que había pasado ese día. todas las noches durante más de un cuarto de siglo.
No hay precedente de eso en el periodismo mexicano y probablemente tampoco en el periodismo latinoamericano. Ningún otro periodista de ningún otro país del continente tuvo ese nivel de acceso sostenido durante tanto tiempo a tantos millones de personas. Pero con ese acceso venía algo que Sabludowski nunca pudo resolver del todo.
Venía la pregunta de para quien estaba trabajando. Emilio Azcárraga Mismo, el tigre dijo en algún momento una frase que quedó grabada en la historia del periodismo mexicano con la permanencia de las verdades que nadie planificó decir en voz alta. Somos soldados del PR. Era el dueño de Televisa describiendo la posición editorial de su empresa con una claridad que ningún documento oficial habría podido igualar.
Sabludowski era el periodista más importante de Televisa, la pieza central de la relación entre esa empresa y el poder político. El libro El tigre, escrito por Claudia Fernández y Andrew Pazman, lo describe con una frase que merece citarse porque captura algo que muchas personas sentían pero que pocos habían articulado con esa precisión.
Sabludowski resultó para Azcárraga el perfecto alfil político, un periodista sui generis que saltaba cuando olía una noticia, pero que al reportarla era incapaz de rebasar la acotada línea editorial de su empresa, el acordado respeto de las instituciones o de cuestionar alguna política priista en pos de una cobertura imparcial.
Esas palabras que resumen décadas de una relación entre el periodismo y el poder que México vivió desde las pantallas de su televisor todas las noches explican porque Jacobo Sabludowski fue simultáneamente el periodista más admirado y el más odiado de su generación, admirado por su acceso, por su habilidad, por las coberturas que nadie más podía hacer.
odiado por lo que no cubría, por lo que omitía, por la manera en que las noticias que podían incomodar al PR o al gobierno simplemente no existían en su noticiero. Y nada ilustra esa tensión con más fuerza que lo que pasó la noche del 2 de octubre de 1968. Tlatelolco, la plaza de las tres culturas. El 2 de octubre de 1968, 10 días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de México, el ejército mexicano y el grupo paramilitar, conocido como el batallón Olimpia abrieron fuego sobre una manifestación estudiantil. El número exacto de muertos
nunca fue confirmado oficialmente, pero los testimonios de quienes estuvieron ahí y las investigaciones de las décadas posteriores apuntan a cientos de estudiantes en menos de una hora. Esa noche, Jacobo Sabludowski estaba en su noticiero en Canal 4. La frase que le quedó pegada para siempre, la que nadie que vivió esa época ha podido olvidar, la que se repite en cada artículo sobre 1968 y sobre la censura mediática en México es esta: Hoy fue un día soleado.
La historia que el México de los años 70 en adelante heredó fue que Sabludowski había abierto su noticiero con esa frase inmediatamente después de la masacre, ignorando deliberadamente lo que había pasado en Trlatelolco. La verdad es más complicada y más reveladora que la leyenda. Para empezar, 24 horas no existía en octubre de 1968.
El noticiero emblemático de Sabludowski no se estrenaría hasta septiembre de 1970, casi 2 años después. Lo que existía en esa época era un noticiero más temprano en Canal 4 que conducía junto a Pedro Ferriz. Ese fue el contexto real de la frase, si es que se dijo en esos términos. La académica Celeste González de Bustamante de la Universidad de Arizona, investigó específicamente esta historia y tuvo acceso a los guiones de los noticieros que transmitió el canal 2 en octubre de 1968.
Sus conclusiones son importantes. La frase hoy fue un día soleado si aparece en noticieros de Sabludowski, pero fue dicha en múltiples ocasiones dentro de 24 horas, que era simplemente la apertura estándar del programa, no una referencia específica a Tlatelolco. Lo que si es verificable es que Sabludowski dedicó tres páginas de las siete que tenía el guion del noticiero del 2 de octubre a los hechos de Tlatelolco, pero los manejó leyendo únicamente lo que los principales diarios habían publicado, sin dar
ninguna opinión propia, sin cuestionar la versión oficial, sin hacer lo que un periodista independiente habría hecho ante una masacre de esa escala. Y el propio Sabludowski lo reconoció décadas después en una entrevista con el New York Times. Dijo que la cobertura fue muy limitada y que el gobierno del presidente Gustavo Díaz Oordaz ejerció mucha presión para evitar toda la información y añadió algo que no necesita más explicación que la que él mismo le dio.
El presidente Díaz Ordaaz se quejó de que yo había usado corbata negra. habló por teléfono para reclamar que porque yo había salido con corbata negra como de luto por lo que había pasado en Tlatelolco y le expliqué que yo usaba corbata negra desde hacía tiempo. Eso describe más que muchas otras palabras. Eso describe más que muchas otras palabras. El mismo lo dijo.
El presidente de México llamó por teléfono a un periodista para reclamarle el color de su corbata después de una masacre. Y el periodista le explicó que era su corbata de siempre. No le dijo que iba a cubrir la masacre con la profundidad que merecía. No le colgó el teléfono, le explicó la corbata. Eso es lo que era Jacobo Sabludowski en 1968.
Un hombre que sabía que el poder vigilaba hasta el color de su ropa. Un hombre que operaba dentro de esas restricciones con la habilidad de quien conoce perfectamente los límites del espacio en que se mueve. un hombre que 30 años después pudo reconocer que la cobertura fue limitada, que hubo presión, que las cosas no se hicieron como debían haberse hecho, pero que en el momento mismo, en esa noche del 2 de octubre de 1968, no hizo lo que un periodista sin esas ataduras habría hecho. Esta contradicción, ese
espacio entre lo que sabía y lo que pudo hacer, entre el periodista que era y el alfil político que también era, es el centro de todo el debate sobre Jacobo Sabrudowski y es el debate que no termina. El primero de enero de 1994, otra noche histórica, otro momento donde la relación entre Sabludowski y el poder quedó expuesta con una claridad que el público no podía ignorar.
Esa noche el ejército zapatista de liberación nacional se levantó en armas en Chiapas. Era la madrugada del primero de año, el día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América de Norte y un grupo de indígenas mayas armad tomó varias ciudades de Chiapas al mismo tiempo. Era un levantamiento que nadie en el gobierno ni en los medios había anticipado públicamente, aunque las señales habían estado ahí para quien hubiera querido verlas.
Sabludowski cubrió el levantamiento zapatista desde 24 horas y la manera en que lo cubrió reveló una vez más la misma tensión que había definido toda su carrera. Los presentadores de los noticieros de Televisa, bajo su conducción calificaron a los integrantes del EZLN como transgresores de la ley. Sabludowski dijo en su noticiero, “El Ministerio Público ejerció acción penal contra ocho de los nueve transgresores de la ley detenidos por el ejército el 2 de enero.” Transgresores de la ley.
Eso era lo que llamaba Sabludowski, a un movimiento indígena que llevaba décadas siendo sistemáticamente ignorado por el Estado mexicano y que había elegido la vía armada precisamente porque todas las otras vías habían sido bloqueadas. No rebeldes, no insurgentes, no zapatistas, transgresores de la ley.
La terminología del poder aplicada con la precisión de alguien que no estaba describiendo los hechos, sino tomando una posición. Y el contraste con lo que Sabludowski había logrado como periodista en los años anteriores hacía ese lenguaje todavía más difícil de ignorar. Era el mismo hombre que había estado en La Habana el primero de enero de 1959 cuando Castro entró triunfante, el que había entrevistado al Cheegevara, el que había ganado el Premio Nacional de Periodismo por su cobertura de la revolución cubana. Y ahora, frente a otro
movimiento de reivindicación política y social en su propio país, eligió el lenguaje del gobierno. Esa contradicción, el hombre que admiró la revolución cubana desde afuera y llamó transgresores de la ley a los zapatistas desde adentro es quizás la más reveladora de todas las contradicciones de su carrera, porque muestra que el problema no era la ideología de Sabludowski ni su posición política personal, era la estructura en la que operaba.
Era Televisa, era el Tigre, era la relación entre la empresa y el PR que hacía que ciertas coberturas fueran posibles y ciertas otras no lo fueran nunca, independientemente de lo que el periodista pensara en privado. Pero antes de llegar a la caída, hay que hablar de la cima, porque hay una dimensión de Jacobo Sabludowski que las críticas sobre su relación con el poder tienden a opacar y que es igualmente real igualmente importante para entender quién fue este hombre.
era un periodista extraordinario cuando podía hacerlo y había momentos, circunstancias, contextos en que podía hacerlo completamente. El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 de la mañana la Ciudad de México fue sacudida por un terremoto de 8.1 GR que destruyó miles de edificios y mató a entre 6,000 y 40,000 personas según las distintas estimaciones de las décadas posteriores.
Fue la mayor catástrofe natural en la historia moderna de México. Sabludowski estaba ahí. Salió a las calles inmediatamente con un teléfono puesto en su automóvil. Narró la destrucción en tiempo real desde las calles de la ciudad. Fue el único periodista en reportar desde el terreno en los primeros minutos después del desastre.
Las imágenes y las palabras que transmitió esa mañana son parte de la memoria colectiva de un país que perdió a miles de personas en cuestión de minutos y que necesitaba una voz que le dijera que estaba pasando. Ese es Sabludowski, el que corría a donde estaba la noticia antes de que nadie más llegara. El que tenía la intuición noticiosa de saber exactamente que era importante y cómo narrarlo.
Era completamente real. No era una construcción. era el periodista que había aprendido desde los 13 años en la redacción del Nacional que las noticias no esperan y que los periodistas tampoco pueden esperar. El 8 de diciembre de 1980, la transmisión de un partido de la NFL fue interrumpida para que Sabludowski informara que John Lennon había sido ases a balos en Nueva York.
Era la capacidad de romper el ritmo de la televisión cuando la noticia lo requería, de entender que hay momentos en que lo que está pasando en el mundo es más importante que cualquier cosa que estuviera programada para ese horario. Cubrió la llegada del hombre a la Luna en 1969 con una emoción que sus colaboradores recuerdan como genuina, sin ninguna de las reservas que ponía cuando la noticia involucraba al gobierno mexicano o al PR y sus entrevistas.
Las entrevistas de Sabludowski son otro capítulo completamente aparte, un capítulo que tiene momentos de brillantes y momentos que son exactamente lo contrario. Entre los brillantes está la entrevista a Cantinflas de 1967, que fue tan buena que décadas después un fragmento fue utilizado en la película biográfica sobre Mario Moreno de 2014, seleccionada entre todas las entrevistas que le hicieron al cómico como la más representativa de lo que Cantin Flas era.
era la capacidad de Sabludowski para crear el espacio en que las personas mostraban algo de sí mismas que en otras circunstancias no mostrarían. Están las entrevistas a Fidel Castro, con quien construyó una relación de acceso que pocos periodistas mexicanos pudieron igualar. Están las entrevistas a García Márquez, a María Félix, a El Santo, el luchador que era tanto ídolo popular como símbolo cultural, a quien Sabludowski entrevistó con la misma naturalidad con que entrevistó a jefes de estado.
Y luego está la entrevista a Salvador Dalí, que es una historia completamente diferente. En 1971, Jacobo Sabludowski viajó a Porjigat, España, para entrevistar a Salvador Dali. era el único periodista mexicano que lo lograría en toda la historia y la entrevista que resultó de ese encuentro es estudiada hasta hoy en escuelas de periodismo de toda América Latina como ejemplo de exactamente lo que no se debe hacer en una entrevista.
No porque fuera mala en el sentido de que Sabludowski no hubiera hecho su trabajo. Fue mala porque Dali era Dali y porque la combinación de un entrevistador que quería respuestas ordenadas con un surrealista que vivía activamente fuera de cualquier orden produjo uno de los encuentros más disparatados que la televisión mexicana ha registrado.
Desde la prueba de sonido, antes de que la entrevista formal comenzara, Dali empezó a hablar en lo que Sabludowski confundió con Francés. Dali lo corrigió con una sequedad que estableció el tono de todo lo que vendría. Era catalán, no francés. El periodista había llegado a la casa del artista más importante del surrealismo en el siglo XX y no sabía que el hombre hablaba catalán.
A lo largo de la entrevista, Sabludowski le preguntó a Dali que necesitaba para hacer una obra maestra y si necesitaba algún tipo de LSD o cualquier cosa de esas. Era 1971. El LSD era la droga de los movimientos contraculturales. Dali era asociado con visiones y con experiencias que parecían inducidas por susas pregunta tenía una lógica, aunque torpemente formulada.
Dalila la rechazó citando a Timothy Liri, el promotor de la droga, en un contexto que Sabludowski claramente no siguió del todo. El momento más recordado de toda la entrevista llegó cuando Sabludowski le preguntó en que se realizaba mejor su genio. Dali saltó de la silla, se acercó a centímetros de la cara del periodista y le gritó que en la cosmogonía.
Sabludowski, visiblemente desconcertado, le preguntó que era la cosmogonía. Yalí, con la paciencia de quien no tiene ninguna, le dijo imperativamente que lo aprendiera. El periodista que había estado en la Habana con Castro y en el campo con el Cheegevara estaba siendo mandado a estudiar por Salvador Dalí frente a las cámaras.
La entrevista se convirtió en una pieza de la historia de los medios mexicanos, no por su calidad, sino por su singularidad, por la manera en que capturó algo sobre los límites de un periodismo construido sobre el acceso y no sobre la preparación profunda. Sabludowski había conseguido lo que ningún otro periodista mexicano consiguió, sentarse con Dali, pero no había estudiado suficientemente al hombre para poder aprovechar ese acceso.
años después, cuando le preguntaban sobre esa entrevista, Sabludowski decía que era de la que más orgulloso estaba en toda su carrera y que Dali también había quedado muy contento. Era la versión de un hombre que había decidido con el paso de los años que la entrevista había sido un éxito precisamente por su rareza. Era también quizás la versión de alguien que había hecho las paces con uno de los momentos más incómodos de su vida profesional, convirtiéndolo en anécdota.

Para entender la relación entre Sabludowski y el poder, hay que entender a Emilio Azcárraga mismo, porque sin el tigre no hay Jacobo, al menos no el Jacobo que México conoció. Azcárraga mismo construyó Televisa como un monopolio de comunicaciones sin precedente en la historia latinoamericana.
era el dueño de la televisión en español más grande del mundo y operaba con la convicción de que su empresa tenía una función que iba más allá del entretenimiento y la información. Era el vehículo a través del cual el méxico oficial llegaba a todos los rincones del país. La relación entre Sabludowski y Azcárraga era más que laboral.
Era una amistad de décadas, una relación construida sobre la base de que los dos entendían exactamente qué era lo que estaban haciendo y para qué. Azcárraga necesitaba un periodista que tuviera credibilidad real, que no fuera simplemente un lector de boletines, que pudiera darle a la línea editorial de Televisa la apariencia de periodismo legítimo.
Sabludowski necesitaba el alcance, los recursos y la protección que solo Televisa podía darle en el México de esa época. Era una relación simbiótica que beneficiaba a los dos y que ninguno de los dos habría podido construir por separado. El acceso que Sabludowski tenía a los presidentes mexicanos no era solo resultado de su talento como periodista, era también resultado de su posición dentro de un sistema en que Televisa era el intermediario indispensable entre el poder político y la población.
Los presidentes necesitaban a Televisa para llegar a la gente. Televisa necesitaba a los presidentes para mantener su posición. Isabludowski era el punto de contacto entre los dos. Fue coordinador de radio y televisión y consejero de la Dirección de Difusión y Relaciones Públicas de la Presidencia de la República durante los gobiernos de López Mateos y Díaz Ordaaz.
Eso no es un detalle menor. Eso significa que mientras conducía noticieros, mientras se presentaba como periodista independiente que informaba a México sobre lo que pasaba en el mundo, también tenía un cargo oficial dentro de la estructura de comunicación del gobierno federal. Las dos cosas al mismo tiempo, periodista y funcionario, informador y parte del aparato de comunicación del estado.
En el México del PR de los años 60, esa combinación era posible, era común y era aceptada sin que nadie la cuestionara públicamente. Era simplemente como funcionaban las cosas. Y eso hizo que cuando el sistema comenzó a cambiar, cuando el México de finales de los años 90 empezó a ser un México diferente al que Sabludowski había aprendido a navegar, el periodista que había sido insustituible durante décadas empezara a aparecer a muchos ojos como parte del problema en lugar de parte de la solución.
En 1987, 24 horas regresó al aire después de un periodo fuera por razones que tenían que ver con los ajustes internos de Televisa. Y durante los siguientes años, algo que había sido el noticiero dominante de México empezó a perder terreno de una manera que nadie dentro de Televisa quería reconocer, pero que las cifras de audiencia hacían imposible ignorar.
La competencia llegó de donde menos se esperaba. TV Azteca, la nueva cadena que en 1993 había sido creada con la privatización del sistema Inevisión, lanzó su propio noticiero Hechos y Hechos empezó a comerse la audiencia de 24 horas con una velocidad que revelaba algo sobre lo que el público mexicano estaba queriendo ver que 24 horas ya no podía darle porque el México de los años 90 no era el México de 1970, era un México en que el PR había ganado elecciones en 1988 en circunstancias que nadie con acceso a información podía describir como limpias. Era un México en
que el levantamiento zapatista de 1994 había demostrado que las versiones oficiales de la realidad eran con frecuencia incompletas. Era un México en que el asesinato de Luis Donaldo Colosio en marzo de 1994 que Sabludowski cubrió en vivo como uno de los primeros comunicadores en dar la noticia había sacudido la certeza de que el sistema político era estable y predecible.
Sabludowski cubrió el asesinato de Colosio. Lo cubrió el 23 de marzo de 1994 cuando el candidato presidencial del PRado en Lomas Taurinas, Tijuana. Y 6 meses después cubrió también el asesinato de José Francisco Ruiz Macieo, cuñado del presidente Salinas, el 28 de septiembre de 1994. era el periodista que estaba cuando los grandes eventos ocurrían, pero ya no era el periodista que el público confiaba que le iba a decir la verdad completa sobre esos eventos.
La percepción había cambiado y las percepciones en el periodismo son tan reales como los hechos, porque son lo que determina si el público te escucha o cambia de canal. Los últimos años de 24 horas fueron difíciles, los índices de audiencia caían. La credibilidad que Sabludowski había construido durante dos décadas se estaba erosionando, no porque hubiera cambiado lo que hacía, sino porque lo que hacía ya no encajaba con lo que el público necesitaba.
Era el mismo periodismo de siempre, pero el México de siempre ya no existía. El 19 de enero de 1998, 24 horas salió del aire después de 27 años. Lo que terminó no fue solo un programa, fue una era. Fue la era en que la televisión mexicana y el periodismo televisivo habían funcionado bajo las reglas que Sabludowski y Azcárraga habían construido juntos.
Azcárraga mismo, el tigre, murió el 16 de abril de 1997 antes de ver el final del noticiero que había apoyado durante tres décadas. Su hijo Emilio Azcaragayán asumió la presidencia de Televisa y tomó una decisión que definiría los últimos años de la relación entre Sabludowski y la empresa renovar, cambiar, deshacerse de todo lo que se asociara con la vieja Televisa y construir algo que pareciera diferente, que pudiera competir en el nuevo México que estaba llegando.
Sabludowski siguió trabajando en Televisa después de la salida de 24 horas. No tenía el noticiero estelar, pero tenía presencia, tenía proyectos. tenía la inercia de 50 años de relación con la empresa. Y entonces, el 30 de marzo de 2000 ocurrió algo que nadie esperaba, algo que mostró una dimensión de Jacobo Sabludowski que sus críticos más duros no siempre incluyen en el retrato que hacen de él.
El periodista Guillermo Ortega Ruiz, que había reemplazado a Sabludowski en el noticiero estelar nocturno de Televisa, salió de la empresa. Había un puesto vacante. Abraham Sabludowski, el hijo de Jacobo, también periodista, se postuló para el cargo. Se consideraba una buena opción, no solo por su experiencia, sino porque había un sentido de continuidad natural en que el Hijo del Hombre, que había construido el periodismo televisivo mexicano tomara el noticiero estelar.
Emilio Azcárragayán eligió a Joaquín López Dóriga. El anuncio se hizo el 30 de marzo de 2000. Jacobo Sabludowski fue la primera persona en felicitar a López Dóriga. Lo dijo en público, sin gestos de amargura, con la elegancia de alguien que sabe distinguir entre sus sentimientos personales y lo que debe decirse. Pero entonces sonó el teléfono. Era Abraham.
Le decía a su padre que se había postulado para el cargo, que no se lo habían dado y que su decisión de renunciar era irrevocable. Le pedía que no hiciera nada al respecto. Jacobo Sabludowski escuchó a su hijo y ese mismo día, a las 5 de la tarde entró a la oficina de Emilio Azcarraga y presentó su renuncia irrevocable.
Le dijo que se iba como acto de solidaridad con su hijo. Ascarragán lloró. No era una figura de estilo. Las fuentes que estuvieron cerca de ese momento lo describen como un llanto genuino, el de un hombre joven que acababa de ver irse a alguien que representaba una historia que él mismo no había vivido completamente, pero que conocía desde que era niño.
Jacobo Sabludowski llevaba 50 años trabajando para Televisa. 50 años. Desde 1950, cuando la televisión mexicana no existía todavía hasta el año 2000 y los dejó en una tarde en una reunión de quizás 20 minutos porque su hijo había sido ignorado para un puesto que merecía. Esa decisión dice algo sobre Jacobo Sabludowski que toda la historia de la corbata negra y de los transgresores de la ley no dice.
Dice que había algo que era más importante para el que Televisa, que había algo que era más importante para el que el poder y el acceso y la posición que había construido durante medio siglo. Y ese algo era su hijo. Después de Televisa, Jacobo Sabludowski hizo algo que sorprendió a mucha gente porque no encajaba con la imagen del periodista televisivo todopoderoso.
volvió a la radio. El primero de septiembre de 2001, apenas un año y medio después de dejar Televisa, lanzó de una a tres en la 69 del grupo Radio Centro. Era un noticiero radiofónico que rápidamente se convirtió en el programa de noticias con mayor audiencia de la radio mexicana. Lo que sorprendió a quienes lo escucharon fue que Sabludowski en la radio era diferente al Sabludowski de la televisión.
Sin la cámara, sin la presión de la imagen, sin la estructura del noticiero televisivo que él mismo había construido y que con el tiempo se había vuelto una camisa de fuerza, era más libre, era más el mismo. Contaba historias, recordaba anécdotas, hablaba de la merced con el afecto de alguien que nunca dejó de ser el niño que creció ahí.
tenía su memoria extraordinaria, su conocimiento del centro histórico de la Ciudad de México, su capacidad de conectar el presente con el pasado de una manera que hacía que escucharlo fuera educativo sin sentirse como educación. era el periodista más viejo de la radio mexicana y el más escuchado al mismo tiempo. Fue en ese programa de radio donde Sabludowski mostró la dimensión que la televisión siempre había ocultado un poco.
Era un hombre profundamente curioso, profundamente enamorado de la Ciudad de México, especialmente del centro histórico donde había crecido. Participó en el Patronato para el rescate del centro histórico. Encabezó junto con otros periodistas el fidei comiso para la restauración del cine ópera.
escribió sobre la ciudad con el amor de quien sabe que ese amor es recíproco, porque la ciudad también lo formó a él. La biblioteca de 20,000 libros, todos leídos, las tres obras imprescindibles, El Quijote, La Metamorfosis, Crimen y Castigo. El hombre que leía a Dostoyevski de niño en las vecindades de la Merced y que a los 80 años seguía leyendo con la misma voracidad.
Esa es también una parte de la historia de Jacobo Sabludowski que raramente aparece en los artículos sobre la corbata negra y los transgresores de la ley. Recibió el doctorado Honoris causa de la Universidad de Baryland de Israel y de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Era el reconocimiento de las instituciones académicas más importantes del mundo judío a un hombre que había salido del barrio de la merced con los hijos de inmigrantes polacos que escaparon del holocausto y que había llegado a ser la voz más escuchada de México durante casi tres décadas. En
2007 comenzó a escribir la columna Bucarelli en el Universal. aparecía los lunes, solo los lunes, pero todos los lunes. Era su eslogan y también su compromiso. La columna se publicó cada lunes hasta su muerte en 2015. 8 años de lunes sin falta, sin excusa, sin cancelaciones. El periodista que había conducido un noticiero todas las noches durante 27 años escribiendo su columna todas las semanas hasta la semana antes de morir.
En 2009, su voz apareció en app La película de Disney Pixar. El personaje que hablaba en español en la versión latinoamericana de la película tenía la voz de Jacobo Sabrudowski. Era el tipo de aparición que no encaja fácilmente en el retrato serio del periodista poderoso y polémico, pero es también real y dice algo sobre la capacidad de un hombre de 80 años para seguir siendo reconocible y relevante en contextos que no habría podido imaginar cuando empezó su carrera.
En 2012, ESPN lo contrató para la cobertura de los Juegos Olímpicos de Londres. En 2013 cubrió la Copa Confederaciones de la FIFA. Era un hombre de 84 años cubriendo los Juegos Olímpicos. La capacidad de seguir siendo útil, de seguir siendo convocado, de seguir teniendo algo que ofrecer a los 84 años es uno de los datos que más dicen sobre el tipo de periodista que era Sabrudowski cuando no había presiones políticas ni líneas editoriales que lo limitaran.
Y entonces llegó el episodio de Univisión, que es quizás el más revelador de todos sobre como el mundo del periodismo latinoamericano veía a Jacobo Sabludowski en los años posteriores a su salida de Televisa. La revista Gatopardo publicó en 2010 la historia completa. Una mañana, Univisión anunció que su nuevo director de noticias iba a ser Jacobo Sabludowski.
El legendario conductor de 24 horas iba a dirigir la división de noticias de la cadena hispana más importante de Estados Unidos. La reacción fue inmediata y devastadora. El grupo de periodistas cubanos y latinoamericanos que trabajaban en el noticiero nocturno de Univisión rechazó el nombramiento colectivamente.
Para ellos, Sabludowski y Televisa habían tenido un papel fundamental en la censura que durante décadas había impuesto el sistema político mexicano. Su llegada a la dirección de noticias era inaceptable. El conflicto escaló. No fue una queja, no fue una carta, fue una renuncia masiva. Casi todos los periodistas y productores de la redacción de noticias de Univisión presentaron sus renuncias.
El rechazo era tan total que la cadena no tuvo más opción que retirar el nombramiento. Sabludowski nunca llegó a Univisión. Eso era lo que su nombre significaba en 2010 para una redacción de periodistas latinoamericanos. No el hombre que había estado en La Habana en 1959. No, el que había narrado el terremoto de 1985 desde su automóvil en las calles destruidas.
Era el símbolo de décadas de periodismo al servicio del poder, de coberturas que protegían al PR y silenciaban lo que el poder quería silenciar. El rechazo de Univisión fue el momento en que quedó más claro cuál era la deuda que Sabludowski tenía con su historia. no podía salir de Televisa y de 24 horas simplemente renunciando y pasando a otra cosa.
Llevaba consigo la historia de lo que había hecho durante esos 27 años y esa historia lo seguiría a donde fuera. Hubo personas que lo defendieron, colaboradores cercanos que señalaban que el México de la época de 24 horas era un país completamente diferente, que la libertad de expresión que existe hoy no existía entonces, que Televisa era de Azcárraga Milmo, quien había dicho abiertamente que eran soldados del PR y que en ese contexto las opciones de cualquier periodista dentro de esa empresa eran limitadas, que Sabludowski
había hecho lo que podía dentro de los límites que el sistema le imponía era un argumento válido. Era también insuficiente para las personas que habían visto a sus compañeros desaparecer durante la guerra sucia sin que 24 horas los mencionara. para las familias de los estudiantes de Tlatelolco, para los zapatistas que habían sido llamados transgresores de la ley en su noticiero.
Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo. Era un periodista extraordinariamente talentoso que operó dentro de un sistema que lo limitaba y era también alguien cuyas omisiones habían tenido consecuencias reales para personas reales. Las dos cosas al mismo tiempo, sin que una cancele a la otra. El 2 de junio de 2015, exactamente un mes antes de su muerte, Jacobo Sabludowski cubrió el partido histórico entre las elecciones nacionales de Cuba y México.
Era un partido que tenía un peso que iba más allá del fútbol, el primer partido internacional de Cuba en México en décadas, una señal de la apertura que estaba ocurriendo entre los dos países. Sabludowski lo cubrió para ese pene. Tenía 86 años. Estaba haciendo periodismo deportivo para una cadena internacional un mes antes de morir.
Era el mismo hombre que había estado en La Habana cuando Castro entró en 1959, cerrando un círculo de más de 50 años entre México y Cuba, entre el periodismo y la historia, entre la carrera que había construido y los eventos que la habían definido. Esa imagen, la del periodista de 86 años cubriendo un partido de fútbol con Cuba un mes antes de morir, es quizás la más honesta de toda su historia.
No la del conductor todopoderoso de 24 horas, no la del alfil político de Azcárraga y el P, la del hombre que no podía dejar de hacer periodismo porque era lo único que sabía hacer desde los 13 años cuando olió la tinta del periódico de su vecino en San Jerónimo 124. Poco después de ese partido, Sabludowski fue hospitalizado.
La causa inicial era una deshidratación, según informó su jefe de información, Arturo Corona. La familia pensaba que iba a recuperarse. Las primeras horas después del ingreso al hospital parecían confirmar que era algo manejable, una complicación de salud que un médico y unos días de reposo podían resolver. Pero entonces, en la madrugada del 2 de julio de 2015, alrededor de las 2 de la mañana, Jacobo Sabludowski sufrió un derrame cerebral.
Murió en la Ciudad de México, en el hospital, a los 87 años. La noticia llegó a las redes sociales antes de que los medios tradicionales pudieran procesarla. Era la ironía perfecta para un hombre que había construido su carrera en la era anterior a internet, que había sido la voz que llegaba a los hogares mexicanos a través de una pantalla de televisión, en lugar de a través de un teléfono que había definido durante décadas lo que era la noticia en tiempo real antes de que el tiempo real fuera lo que es hoy. El presidente
Enrique Peña Nieto fue uno de los primeros en expresar condolencias públicas. Después vinieron los políticos, los periodistas, los intelectuales. Enrique Kraus escribió que lamentaba el fallecimiento de Sabludowski, cuyo profesionalismo y espíritu de innovación hicieron historia y crearon escuela.
Andrés Manuel López Obrador, que en ese momento era el líder opositor más importante del país y que había tenido con Sabludowski una relación que no siempre fue amistosa dada la cobertura que 24 horas había dado a sus movimientos políticos, escribió que lamentaba el fallecimiento, que siempre lo había entrevistado con profesionalismo.
Un abrazo a su esposa Sarita y a toda la familia. Esa frase de López Obrador tiene un peso específico que vale la pena notar. siempre me entrevistó con profesionalismo. No dijo que Sabludowski había sido justo con él. No dijo que la cobertura de 24 horas había sido imparcial. Dijo que en las entrevistas directas, en el contacto cara a cara, el periodista había sido profesional.
era el reconocimiento más honesto posible de alguien que había sido uno de los objetivos de la línea editorial de Televisa durante décadas y que aún así podía separar al hombre de la institución en que había operado. El funeral fue ese mismo jueves 2 de julio y hay algo en como fue el funeral de Jacobo Sabludowski que dice mucho sobre la ambigüedad de su legado, sobre ese espacio imposible entre la admiración y la crítica donde vivió toda su carrera pública.
fue enterrado en el panteón israelita al poniente de la ciudad de México bajo la lluvia de un julio de 2015 que parecía diseñado para la melancolía. Personalidades del mundo empresarial, de la comunicación, de la política y del arte se dieron cita para darle el último adiós. Era el México que él había cubierto durante 50 años despidiéndolo con la formalidad y el respeto que se le da a alguien que fue importante, aunque la naturaleza exacta de esa importancia no fuera fácil de definir en una sola frase.
Su hijo Abraham, el mismo que había desencadenado la renuncia de su padre a Televisa 15 años antes con una decisión irrevocable, habló ante la prensa. Dijo que la muerte de su padre era un vacío irreparable para su familia y una tristeza inmensa en el corazón. Y luego dijo algo que quedó como la frase más honesta del día.
Le había preguntado a su padre algún tiempo antes, “Cada cuando piensas en tu papá.” Y la respuesta de Jacobo había sido, todos los días. Todos los días pensaba en el hombre que vendía retazos de tela en la Merced México por un folleto en un barco. Todos los días pensaba en los padres que habían salido de Vialostock antes de que Vialostock se convirtiera en uno de los miles de lugares de Polonia, donde el holocausto liquidó comunidades enteras.
Todos los días el periodista más famoso de México pensaba en el origen de todo lo que era. Eso también es Jacobo Sabludowski. Hay un aspecto de su historia que casi nunca aparece en los perfiles biográficos. y que sin embargo es fundamental para entender la dimensión completa de este hombre, su relación con el centro histórico de la Ciudad de México, con la Merced específicamente, con el barrio donde había crecido y del que dijo en múltiples ocasiones que nunca se fue porque nunca se había ido.
En la última ponencia pública importante que dio antes de su muerte, el 9 de junio de 2015, apenas 3 semanas antes de morir, habló en la sinagoga histórica Justo Sierra 71 ante más de 250 personas. La plática se llamó la Merced Mi Barrio, y en ella lloró el periodista que había narrado con voz firme el terremoto de 1985, que había estado impasible frente a Castro y Aleguevara y a Dalí, lloró hablando de su barrio.
contó la historia de sus padres de Vialostock, del folleto en el barco, de las vecindades de la merced, de la escuela pública donde frecuentaba poco los medios judíos, de la prima que lo llevó al club sionista en la calle de Donces, de los fines de semana con Luis Felipe Ureña en el periódico El Nacional de la tinta. era un hombre de 87 años llorando por un barrio que existía de una manera completamente diferente en la ciudad de México de 2015 de lo que había existido cuando él creció ahí.
La Mercedía siendo mercado, pero ya no era el refugio de la comunidad judía inmigrante. Esas familias habían prosperado y se habían mudado a otras colonias. La comunidad que había formado a Jacobo Sabludowski se había dispersado décadas atrás, pero él seguía siendo de ahí. Seguía siendo el gerero de la merced. Participó en el Patronato para el rescate del centro histórico.
Contribuyó con el fideicomiso para la restauración del cine ópera. No era filantropía abstracta. Era alguien devolviéndole algo al lugar que lo había formado, haciendo lo que podía para que la merced no desapareciera del todo bajo las capas de tiempo y cambio urbano que cubren los barrios que envejecen.
Esa ponencia del 9 de junio fue su despedida del barrio. No lo sabía, pero lo fue. Hay otra dimensión de Sabludowski que la historia del periodismo mexicano no siempre valora suficientemente. Fue maestro. fue el formador de una generación de periodistas mexicanos que hoy son las figuras más importantes de la televisión y la radio del país.
Lolita Ayada, que fue su compañera en 24 horas durante años y que es una de las periodistas más respetadas de México, aprendió su oficio al lado de Sabludowski. Varios de los conductores y reporteros que definieron el periodismo televisivo mexicano de los años 80 y 90 pasaron por su escuela. era un periodista que entendía que parte de su función era transmitir lo que sabía a las personas que venían después.
Esa capacidad de enseñar, de dar espacio a los que llegaban, de construir algo que sobreviviera más allá de su propia presencia en pantalla es uno de los legados menos visibles, pero más duraderos de toda su carrera. El periodismo mexicano de hoy lleva sus huellas, aunque no siempre lo sepa. También fue profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
El periodista que había construido su carrera en la radio y la televisión enseñando periodismo en la universidad más importante del país. Era la misma UNAM donde había estudiado derecho, cerrando otro círculo entre la institución que lo formó y la institución a la que devolvió su conocimiento décadas después. Hay que hablar de la mansión porque el título de este video lo dice y la historia de la casa donde vivió Sabrudowski dice algo que las coberturas de su carrera no siempre dicen.
A diferencia de figuras como Cantinflas, que construyó una mansión de más de 4000 m² en una de las colonias más exclusivas de la Ciudad de México o de Jorge Negrete, que regaló collares de esmeraldas que no podía pagar. La vida privada de Jacobo Sabludowski fue notablemente discreta para alguien de su nivel de fama y de poder.
No hay registros de una mansión espectacular que haya sido objeto de artículos o de curiosidad pública durante su vida. No hay historias de excesos, de propiedades que revelaran una desconexión entre la imagen pública del periodista serio y la realidad de su vida privada. Lo que hay es la imagen consistente de un hombre que vivió con Sara, que tuvo tres hijos, que leía 20,000 libros y que pensaba todos los días en su padre.
Su hermano Abraham Sabludowski, con quien compartía el apellido, pero no la profesión, era arquitecto y uno de los más importantes del México del siglo XX. La casa que Abraham diseñó y habitó en Lomas de Chapultepec, en Palacio de Versalles 235, es hoy una casa museo que abrió sus puertas al público en 2023.
Una obra de arquitectura que se convirtió en patrimonio cultural décadas después de ser construida. Jacobo y Abraham Sabludowski, el periodista y el arquitecto, los dos hijos de David, el vendedor de retazos de tela de la Merced, los dos hijos de la familia que eligió México por un folleto en un barco, los dos que llegaron a ser figuras definitorias en sus respectivos campos, el uno en la arquitectura, el otro en el periodismo, los dos salidos del mismo barrio, de las mismas vecindades, de la misma escuela pública,
donde aprendieron que México era el lugar que les había dado todo y al que debían todo. todo lo que eran esa historia familiar, la historia de los dos hermanos Sabludowski que salieron de la Merced y llegaron a definir aspectos centrales de la cultura y la comunicación mexicana del siglo XX. es una de las historias de inmigración y de movilidad social más extraordinarias que México produjo en ese siglo.
Y raramente se cuenta completa porque uno de los dos hermanos genera tanto debate que la dimensión más amplia de su historia familiar se pierde en las discusiones sobre la corbata negra y los transgresores de la ley. ¿Cómo se mide el legado de Jacobo Sabludowski? Es una pregunta que no tiene una respuesta limpia y que cualquiera que pretenda tenerla está simplificando algo que no se puede simplificar.
Por un lado está el legado técnico, el que es indiscutible. Inventó el formato del noticiero televisivo en México. Definió durante 27 años que era una noticia y cómo se presentaba. Formó a una generación de periodistas. Cubrió eventos históricos con una presencia y una consistencia que ningún otro periodista mexicano del siglo XX igualó.
Estuvo en La Habana con Castro. Narró el terremoto de 1985. transmitió el asesinato de Colosio. Cubrió los Juegos Olímpicos de Londres a los 84 años. Escribió su columna en el Universal todos los lunes durante 8 años sin faltar una sola semana. Por otro lado está el legado político, el que es profundamente complicado.
Fue el alfil político de Televisa y del PR durante las décadas en que esa relación tuvo consecuencias reales para la vida de personas reales. Sus omisiones en Tlatelolco, en la guerra sucia, en la cobertura de movimientos sociales que el gobierno quería silenciar no fueron accidentes ni fallas individuales. Fueron decisiones tomadas dentro de un sistema que las hacía posibles y que las recompensaba, pero decisiones al fin.
Las dos cosas son verdad. El periodista extraordinario y el alfil político. El hombre que lloró en la sinagoga histórica hablando de la merced y el hombre que llamó transgresores de la ley a los zapatistas, el que renunció a 50 años de carrera por su hijo y el que explicó la corbata negra a un presidente que acababa de ordenar una masacre.
Hay personas que lo condenan completamente y hay personas que lo defienden completamente. Y ambas posiciones pierden algo esencial de lo que fue este hombre al elegir solo una parte de la historia. Lo que sí puede decirse con certeza es que el periodismo mexicano existe de la manera en que existe porque Jacobo Sabludowski tomó ciertas decisiones en ciertos momentos.
Algunas de esas decisiones construyeron algo que todavía está ahí, otras dejaron huecos que todavía duelen. Las dos cosas al mismo tiempo, sin posibilidad de separarlas, sin la comodidad de un veredicto limpio. Hay un dato de la vida de Sabludowski que casi nadie conoce y que es uno de los más reveladores de todos los que hemos mencionado en este video.
En los últimos años de su vida, ya en la radio con de una a tres, ya escribiendo su columna en El Universal, ya habiendo dejado atrás el poder que había tenido durante décadas en Televisa, Sabludowski hablaba de la Mercedencia y con una emoción que sus oyentes notaban, pero que raramente comentaban en público. No hablaba de 24 horas con esa emoción, no hablaba de Ascarra Gamilmo con esa emoción, no hablaba de los presidentes que había entrevistado ni de las grandes coberturas que había hecho.
hablaba de la merced, de las vecindades, de los olores del mercado, del ruido de la ciudad que había conocido de niño, de los libros que había leído en ese barrio antes de saber que iba a ser periodista, de la tinta del periódico de su vecino. Era el hombre más famoso del periodismo mexicano, siendo más completamente el mismo en los años en que ya no tenía el poder que lo había hecho famoso.
Era como si la distancia del poder le hubiera devuelto algo que el poder le había quitado. La capacidad de ser simplemente el herero de la merced, el hijo del hombre que vendía retazos de tela, el niño que olió la tinta y decidió que quería ser periodista. Esa figura, el viejo que recuerda su barrio con lágrimas en los ojos tres semanas antes de morir, es la que se queda cuando se apaga el ruido del debate sobre su legado.
Es la más humana de todas las figuras de Jacobo Sabludowski y quizás la más honesta. El panteón israelita al poniente de la ciudad de México guarda a muchos de los inmigrantes judíos que eligieron México en las primeras décadas del siglo 20 y a sus descendientes. Es el lugar donde las familias que vinieron de Vialostock y de Varsovia y de tantos otros lugares de Europa central y oriental que ya no existen de la manera en que existían entonces encontraron su lugar final en el país que los recibió.
David Sabludowski, el hombre que eligió México por un folleto en un barco, está ahí. Raquel Kraveski, la mujer que había dejado Vialostock con sus dos hijos y había cruzado el Atlántico para reunirse con su marido, está ahí. Y ahora también está Jacobo, el niño que creció en las vecindades de la Merced, el adolescente que olió la tinta, el joven que inventó el noticiero televisivo mexicano a los 22 años, el periodista que estuvo en La Habana el primero de enero de 1959, el conductor de 24 horas durante 27 años, el hombre de la corbata negra, el
alfil político de Televisa y el PR, el que narró el terremoto de 1985 desde su automóvil. El que entrevistó a Dalí y fue mandado a estudiar cosmogonía, el que renunció a 50 años de carrera por su hijo en una tarde. El que lloraba hablando de la merced, el que cubrió los Juegos Olímpicos a los 84 años, el que escribió su columna todos los lunes hasta que no pudo más.
Todo eso es Jacobo Sabrudowski, enterrado bajo la lluvia de julio de 2015 en el panteón donde están sus padres, el hombre que construyó la televisión mexicana y el hombre que no pudo salir de la Merceda, que en realidad nunca quiso, que hasta el final de su vida decía que nunca se había ido porque nunca se había ido.
La voz se apagó el 2 de julio de 2015, pero hay algo que no se apaga. Hay una manera de hacer periodismo que lleva su huella, aunque no siempre lleve su nombre. Hay una generación de periodistas mexicanos que aprendió frente a sus cámaras lo que es pararse frente a una noticia y contarla.
Hay un noticiero que ya no existe, pero cuyo formato definió como México se informó durante décadas. Hay un barrio en el centro de la Ciudad de México que todavía guarda la memoria de las familias que llegaron de Europa huyendo del horror y que encontraron aquí algo que el folleto en el barco prometía y que el país cumplió. Y hay una pregunta que México todavía no ha terminado de hacerse sobre Jacobo Sabludowski.
No, la pregunta de si fue buen periodista o mal periodista, que es demasiado simple para la complejidad de su historia. La pregunta más difícil, la de si era posible ser el periodista que fue en el México que fue y si la respuesta a esa pregunta dice algo sobre el específicamente o sobre el sistema en el que todos vivían.
Esa pregunta no tiene respuesta fácil. probablemente no tiene respuesta en absoluto, solo tiene la historia completa de un hombre que nació en un barrio de inmigrantes. Olió la tinta de un periódico a los 13 años y no paró de trabajar hasta que el cuerpo no le dio más. El gerero de la merced, el hombre noticia, el conductor de 24 horas, el alfil político, el padre que renunció todo por su hijo, el viejo que lloraba por su barrio.
Todo eso junto, sin poder separar las partes que resultan cómodas de las que no lo son, sin el privilegio de un veredicto limpio sobre una vida que no fue limpia, sino verdadera, que es algo completamente diferente y mucho más difícil de sostener durante 87 años. Así fue Jacobo Sabludowski, así terminó y así sigue siendo recordado por un país que todavía no sabe bien cómo hablar de él, porque para hablar de él con honestidad hay que hablar también de sí mismo, del México que lo hizo posible, del sistema que lo necesitaba y
que él necesitaba, de los silencios que los dos eligieron juntos durante décadas y de las voces que esos silencios acallaron. Esa es la historia completa o tan completa como puede ser la historia de alguien que se llevó consigo en la madrugada del 2 de julio de 2015 todo lo que no alcanzó a decir. If