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HARFUCH CATEA la Casa de JAVIER SOLÍS en Las Águilas… Y Encuentra la PARED FALSA del Estudio

HARFUCH CATEA la Casa de JAVIER SOLÍS en Las Águilas… Y Encuentra la PARED FALSA del Estudio

Lo mataron despacio. Javier Solís, 34 años, una cirugía de vesícula que no tenía que durar ni una hora, 3 horas dentro de aquel quirófano. 4 días de agonía en su propia recámara. El rey del bolero ranchero. Y el expediente médico completo desapareció 6 meses después por orden de alguien que no era de la familia.

 Le abrieron tres veces en un solo día. Tres veces. 19 de abril de 1966. Las Águilas, Ciudad de México. La voz más cotizada del país, se apagó esa madrugada y dos compañías discográficas se peleaban su catálogo antes de que el cuerpo terminara de enfriarse. Antonio Aguilar lloró sobre su féretro. Vicente Fernández, que apenas empezaba en el medio, guardó silencio una semana entera.

 Su esposa, Blanca Estela Saó con dos niños chicos, con una casa enorme, con un cuadro al óleo en la sala y con una pregunta que la persiguió hasta el final de sus días. ¿Por qué le abrieron tres veces? ¿Por qué un hombre joven y fuerte de 34 años no aguantó una operación que era de manual? Si esto sale mal”, le dijo él a un amigo músico tres días antes de internarse, “que sepa Blanca que no era necesario.

” A las 4:10 de la madrugada del miércoles, una camioneta blindada negra se detiene frente a una casa de dos plantas en la calle Sierra a Vertientes, en la colonia Las Águilas. al poniente de la ciudad de México. Hace 12 grados. El viento que baja del cerro empuja contra las ventanas como si la casa todavía respirara.

 Hay una neblina baja, gris, que se enreda en las bugambilias secas que cubren la barda de piedra. La casa lleva cerrada desde 2015. 11 años de polvo, 11 años de cortinas corridas, 11 años en que nadie subió las escaleras del segundo piso, excepto una mujer mayor una vez al mes para regar las macetas del patio interior y volver a cerrar.

 Omar García Harfuch baja primero de la camioneta. Lo acompañan ocho personas, dos peritos forenses con sus maletas de aluminio brillante, una notaria con el folder de la orden judicial firmada 11 horas antes, tres uniformados del equipo táctico, una doctora especialista en medicina legal, vestida de civil, con un estetoscopio asomando del bolsillo de la chamarra azul marino y un hombre callado de saco oscuro con un maretín pequeño.

que no abre la boca durante toda la madrugada. Nadie pronuncia una sola palabra. La luz amarilla de un poste a media calle apenas alcanza la fachada. Harf seña con la cabeza y un cerrajero se adelanta a la puerta principal. La puerta es de madera labrada con escudos de mezquite tallados a mano. Tiene casi 3 m de alto.

 La cerradura es antigua, alemana. de las que ya no se fabrican desde los años 50. El cerrajero la trabaja durante 6 minutos en silencio. Cuando cede, lo primero que sale por la rendija es solor. Antes que la luz, antes que la imagen, lo que entra por la nariz son 50 años de encierro, olor a encierro de medio siglo, a muebles viejos, a papel guardado en cajones cerrados, a flores secas que alguien puso en un florero hace una década y olvidó tirar.

A medicina vieja, a 30 años de quietud, apilada sobre quietud, Harfuch enciende la linterna. La luz blanca corre primero por el piso de mosaicos hexagonales, después sube por la escalera de madera oscura, después se detiene en el primer objeto que llama su atención. Una guitarra colgada de la pared del recibidor.

Una guadalupana modelo de 1962 con una cuerda rota colgando como un hilo de luto. Avanzan despacio. La sala tiene los muebles cubiertos por sábanas blancas que ya son grises. Una mesa de centro con una taza de café petrificada en el fondo, un periódico doblado sobre la taza, fechado 15 de julio de 2015. La fecha en que Blanca Estela Science salió de esa casa y nunca volvió a dormir adentro.

 En la pared un cuadro grande al óleo del propio Javier Solís, vestido de charro con el sombrero en la mano izquierda y una sonrisa que no llega a los ojos. El cuadro tiene un dedo de polvo asentado en el marco superior. La doctora forense lo mira durante varios segundos antes de seguir caminando. La notaria abre el folder, anota la hora, anota la temperatura, anota el nombre completo de la propiedad inscrita en el registro público desde 1963.

Casa habitación, dos plantas, 846 m² de terreno. A nombre de Gabriel Siria Levario, alias Javier Solís, y de su esposa. Suben al segundo piso. Las escaleras crujen bajo las botas. En el descanso hay una vitrina con discos de oro. 12 discos. Una pared completa de la historia de la música mexicana en 12 piezas de metal dorado.

 Los uniformados se detienen un instante porque uno de ellos, el más joven, reconoce el nombre escrito en el primero. Sombras, 22 millones de copias vendidas. El bolero más vendido en lengua española hasta esa fecha. Harf sigue caminando sin mirar la vitrina. tiene los ojos puestos en el final del pasillo, en una puerta que da al estudio donde Javier Solís grababa demos antes de ir a la disquera.

 Una puerta que está cerrada con candado por fuera. Un candado que no parece de 1966, es de los años 80. Alguien lo puso después. El cerrajero abre el candado en menos de un minuto. La puerta da a un cuarto pequeño sin ventanas, con dos paredes cubiertas de madera oscura y una pared del fondo pintada de blanco hueso.

Hay un escritorio, hay una grabadora de carrete de los años 60 todavía con el carrete adentro. Hay un florero vacío con el cuero agrietado, hay un florero vacío con polvo gris en el fondo y hay algo más. En la pared blanca, a la altura del hombro derecho, una de las molduras de madera no encaja con la línea del resto, está como un dedo más adelantada.

Arfuch se acerca, pasa la palma sobre la moldura, la empuja, la pared se mueve. Es una pared falsa. Lo que hay detrás detiene a los tres peritos al mismo tiempo. Una cavidad rectangular de 30 cm de profundidad recubierta de cuero rojo gastado. Adentro, ordenado con cuidado de alguien que pensaba volver pronto, hay un fajo grueso de billetes de dólar.

Siete fajos. Cada fajo amarrado con una liga seca que se rompe al primer contacto. La doctora forense empieza a contar. $000 billetes de 100. Año de impresión 1964. Sin manchas, sin marcas, sin doblar. Como si alguien hubiera ido al banco, pedido el cambio en billetes nuevos y los hubiera guardado ahí 42 días antes de morir. Detente un segundo.

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