A pesar de la nube que oscureció su llegada, Salinas tomó posesión el 1 de diciembre de 1988 con una energía transformadora que resultaba evidente. Su discurso inaugural prometió una nueva cultura política, modernización económica, apertura al mundo. En sus primeros meses encarceló a Joaquín Hernández Galicia, La Quina, el todopoderoso líder del sindicato petrolero que durante décadas había gobernado Pemex con Pinomins un nivel de control absoluto.
También detuvo al empresario Eduardo Legorreta, mandaba un mensaje claro. Nadie era intocable. Lo que nadie sabía todavía es que esa promesa de que nadie era intocable tenía una excepción gigante. Su propia familia. Salinas tenía una habilidad que pocos políticos mexicanos han tenido. La capacidad de parecer exactamente lo que su interlocutor necesitaba que fuera.
Con los empresarios era el modernizador que abriría México al mundo. Con los pobres era el padre del programa nacional de solidaridad que llegaba con cemento, escuelas y clínicas a los rincones más olvidados del país. Con los intelectuales era el tecnócrata brillante que había estudiado en Harvard. Con los líderes internacionales era el mexicano que iba a convertir a su país en el socio estratégico de América del Norte.
Cada versión de Salinas era convincente y cada una era parcialmente verdadera, lo cual incrementaba su impacto político. Porque lo que viene a Mino de Sonasim, continuación en la historia de Carlos Salinas, ya no tiene nada que ver con tecnocracia, ni con Harvard, ni con discursos sobre modernización. Tiene que ver con poder, con decisiones controvertidas y con episodios que hasta hoy siguen generando preguntas.
Cuando Salinas llegó al poder, México estaba en crisis. Su respuesta fue clara. Abrir la economía, privatizar empresas y apostar por el libre mercado. El país cambiaría para siempre, pero no todos saldrían beneficiados. Pero la gran promesa del salinismo fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Para Salinas, el TL K era su legado histórico, la prueba de que México podía jugar en las grandes ligas de la economía mundial, firmado en 1993 y vigente desde el 1 de enero de 1994. El tratado fue presentado como la palanca que llevaría a México al primer mundo. El propio Salinas lo decía con frecuencia. México va al primer mundo.
Miles de pequeños empresarios protestaron porque sabían que no podrían competir con la industria estadounidense y canadiense. Sus protestas fueron ignoradas. Lo que no fue anticipado con precisión es que el día exacto en que el tratado entró en vigor desde las montañas de Chiapas, un grupo de hombres y mujeres con pasamontañas bajaron a San Cristóbal de las Casas y tomaron la ciudad.
El 1 de enero de 1994, el ejército zapatista de liberación nacional declaró la guerra al estado mexicano. Su comandante, el subcomandante Marcos, dijo frente a las cámaras algo que Salinas nunca quiso escuchar. El TLC era una sentencia de muerte para los pueblos indígenas. El levantamiento zapatista sacudió a México y al mundo entero.
Las imágenes de indígenas armados con rifles oxidados y palos tomando los palacios municipales de Chiapas contra el gobierno del presidente más moderno de México eran una contradicción demasiado brutal para ignorarla. La respuesta inicial del gobierno fue militar. Los bombardeos en zonas selváticas de Chiapas dejaron muertos civiles.
La presión internacional frenó la ofensiva y Salinas tuvo que negociar con los mismos a quienes su modelo económico había excluido. Ese fue el primer crack visible del sexenio. Pero no fue el último. Porque mientras el gobierno negociaba la paz en Chiapas, en el interior del sistema priista se estaba desarrollando una crisis de sucesión que iba a derivar en uno de los episodios más oscuros del sistema político mexicano.
Lo que ocurrió en 1994 ha sido objeto de múltiples investigaciones, versiones y teorías, muchas de ellas sin resolución definitiva. Carlos Salinas había elegido a Luis Donaldo Colosio como su candidato a la presidencia. Colosio era joven, carismático, popular. Pero a principios de 1994, Colosio comenzó a dar señales de independencia que incomodaron profundamente al salinismo.
En un discurso pronunciado el 6 de marzo de 1994, Colosio habló de la necesidad de separar al partido del Estado, de democratizar el poder, de romper con las inercias del sistema. Era, en efecto, un discurso que marcaba a distancia del presidente que lo había nombrado. El 23 de marzo de 1994, en un meeting en Lomas Taurinas, Tijuana, Luis Donaldo Colosio fue asesinado de un balazo en la cabeza.
El autor material, Mario Aburto, fue capturado en el acto, pero desde el primer momento la pregunta que México no podía dejar de hacerse era, ¿quién ordenó el disparo? La versión oficial del asesino solitario nunca convenció a nadie. La teoría del complot apuntaba en múltiples direcciones.
Algunos señalaban al crimen organizado, otros a facciones dentro del propio PRI. Distintas teorías no comprobadas llegaron a señalar incluso al propio presidente algo que nunca fue demostrado. La fiscalía encontró evidencia de que hubo más de un tirador. El segundo tirador nunca fue capturado y el expediente del caso Colosio fue cerrado sin resolver y enviado al Archivo General de la Nación.
Carlos Salinas negó cualquier participación con una vehemencia que paradójicamente mantuvo viva la sospecha. Años después, senadores de Morena lo acusarían públicamente desde la tribuna del Congreso de ser el autor intelectual del magnicidio. Su hija Claudia Ruis Maie, que era también hija del segundo político asesinado ese año, respondió furiosa desde el mismo Senado.
La herida de 1994 nunca cerró y el nombre de Salinas permanece hasta hoy atado a una de las preguntas más perturbadoras de la historia política de México. ¿Hasta qué nivel llegaron realmente las tensiones internas del poder en ese momento? Como si el asesinato de Colosio no fuera suficiente para acabar con cualquier presidencia.
El 28 de septiembre de 1994, a solo dos meses de que terminara su sexenio, Carlos Salinas vivió otro golpe devastador. Esa mañana, José Francisco Ruiz Maieu, el secretario general del PRI, fue asesinado a tiros frente a un hotel en la Ciudad de México mientras salía de una reunión con diputados del partido. Ruiz Macio era el exmarido de Adriana Salinas, hermana de Carlos y Raúl. Era literalmente su excuñado.
Y su asesinato no solo sacudió al sistema, puso a la familia Salinas directamente en el ojo del huracán. Las investigaciones fueron un espectáculo de irregularidades que hubiera parecido increíble si no hubiera sido real. El hermano del muerto, Mario Ruiz Mas fue nombrado a cargo de la investigación, lo que en términos de imparcialidad era ya un problema mayúsculo.
Las pistas llevaban a Manuel Muñoz Rocha, un diputado del PRI que desapareció misteriosamente al día siguiente del crimen y que hasta la fecha nunca fue encontrado. Más tarde, testimonios bajo sospechas señalaron directamente a Raúl Salinas como el autor intelectual. Se habló de que en una reunión en palacio presidencial en 1993, los hermanos Salinas habían dicho que Ruis Maieux se les había salido del jacal y era un estorbo para el salinismo.
En ese contexto de crisis total, Carlos Salinas entregó el poder el 1 de diciembre de 1994 a Ernesto Cedillo. Lo que pasó después fue humillante. En diciembre, México vivió el llamado error de diciembre. El nuevo gobierno devaluó el peso de manera abrupta y mal gestionada, desatando una crisis financiera que se conoció internacionalmente como el efecto tequila y que destruyó los ahorros de millones de mexicanos.
Salinas se subió a un avión rumbo a Nueva York. le pidió el divorcio a Cecilia Oxelli en 1995. Y cuando en ese mismo año Cedillo ordenó arrestar a su hermano Raúl por el asesinato de Ruis Maie, Carlos Salinas hizo algo que nadie esperaba. Se fue a Monterrey e inició una huelga de hambre para protestar por la detención.
La huelga de hambre fue quizás el momento más extraño y revelador de toda la historia de Salinas. Un expresidente de México sentado en un cuarto de hotel en Monterrey en huelga de hambre para defender a su hermano acusado de matar a su propio excuñado. Mientras el país que había gobernado 6 años ardía en una crisis económica que muchos le atribuían.
La imagen era tan surrealista que periodistas de todo el mundo la cubrieron. Salinas duró poco. No era un hombre acostumbrado a sacrificar su cuerpo y lo que logró fue exactamente lo contrario de lo que buscaba, quedar fijado en la memoria colectiva de México, como el hombre que huyó cuando todo se derrumbó.
Desde el exilio, Salinas se instaló principalmente en Irlanda, aunque viajaba con frecuencia a distintos países. Daba conferencias, escribía artículos, intentaba mantener una presencia intelectual que contrastaba grotescamente con lo que pasaba en México. En 1995, la Fiscalía General de Suiza reveló que Raúl Salinas tenía cuentas bancarias con más de 100 millones de dólares en bancos suizos.

Más tarde se descubrirían 289 cuentas a nombre de Raúl y de seis nombres falsos. Las investigaciones suizas señalaron posibles vínculos con actividades ilícitas y malversación de fondos públicos. Aunque el origen exacto del dinero nunca fue establecido de forma definitiva en tribunales, el expresidente Miguel de la Madrid, su propio mentor, el hombre que lo había elegido como sucesor, dio en 2009 una entrevista a Carmen Aristegui, que sacudió lo que quedaba de la reputación pública de Salinas. Con voz cansada y
una lucidez brutal, de la Madrid dijo que Salinas fue corrupto, que su hermano Raúl contactó con narcotraficantes y que con la partida secreta de Los Pinos, Carlos y Raúl fueron acusados de actos de corrupción a gran escala. Luego, al día siguiente, Raúl Salinas visitó personalmente la casa de la Madrid y la familia del expresidente enfermo salió a decir que ya no estaba en sus cabales, que no sabía lo que decía.
El resultado fue que las declaraciones quedaron grabadas para siempre, pero nadie fue procesado. Esa secuencia, la verdad dicha en voz alta, seguida inmediatamente de la presión para negarla, es quizás el resumen más preciso de cómo funciona el poder en México. Y Carlos Salinas, más que ningún otro presidente en la historia reciente del país, fue el maestro de esa dinámica.
Sabía exactamente cuándo hablar y cuándo callar. Sabía a quién había que visitar y qué había que decir para que las palabras inconvenientes desaparecieran. Eso lo aprendió en su casa, en la política, en Harvard y en 6 años de presidencia que dejaron a México irreconocible. Pero lo que vino después del exilio fue aún más sorprendente, porque Salinas no desapareció, no se quedó callado en Irlanda viendo pasar los años, siguió moviendo hilos, siguió influyendo, siguió apareciendo en los
momentos más inesperados de la política mexicana. Y la pregunta que nadie ha podido responder todavía es, ¿desde dónde opera un hombre que oficialmente no tiene ningún cargo, que dice estar desempleado, que lleva décadas fuera del poder y al que, sin embargo, los presidentes siguen llamando? Para entender el salinismo hay que entender a Raúl.
Porque Carlos y Raúl Salinas de Gortari no eran dos hermanos que coincidieron en el poder por accidente. Eran dos piezas de un sistema diseñado para funcionar juntas. Mientras Carlos era el rostro público, el tecnócrata brillante que negociaba con Wall Street y con los presidentes de las potencias mundiales, Raúl era la sombra que operaba en los territorios donde la legalidad se volvía borrosa.
Era el hermano que hacía los negocios que el presidente no podía hacer abiertamente, el hermano que recibía las llamadas que no podían llegar a Los Pinos. Raúl Salinas acumuló una fortuna difícil de justificar para un funcionario público. Investigaciones en México y el extranjero lo vincularon con corrupción y posibles redes criminales.
Nada de eso terminó en una condena definitiva. A mediados de los 90, investigaciones en Suiza revelaron que Raúl Salinas tenía decenas de cuentas con millones de dólares en el extranjero. El origen del dinero nunca quedó completamente claro. Parte fue devuelto, parte se perdió en procesos legales y en México el caso nunca terminó de resolverse.
Mientras el país procesaba esos golpes, Salinas seguía gobernando con una combinación de carisma y coersión que mantuvo al sistema funcionando. Su programa nacional de solidaridad, conocido como Pronasol, fue la cara social de su gobierno. Con ese programa construyó caminos, escuelas y centros de salud en comunidades que nunca habían visto un funcionario federal.
Pero los analistas señalaron desde el principio que solidaridad no era política social, sino política electoral. Los recursos llegaban específicamente a municipios donde el PRI necesitaba votos y los comités de solidaridad eran en la práctica una estructura paralela de control político que dependía directamente de la presidencia.
También fue en ese sexenio donde Carlos Salinas rehizo las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica. Durante décadas, las relaciones entre el gobierno mexicano y el Vaticano habían sido frías o francamente hostiles por herencia del anticlericalismo de la revolución.
Salinas las normalizó, estableció relaciones diplomáticas con el Vaticano y recibió en México al Papa Juan Pablo II. Fue una movida que generó apoyos en sectores conservadores de la población y que le dio una dimensión de estadista que buscaba para contrarrestar las sombras. El problema es que esa normalización llegó justo cuando un cardenal mexicano fue asesinado en el aeropuerto de Guadalajara.
En el plano personal, durante el sexenio, el matrimonio de Carlos y Cecilia Occhelli comenzó a mostrar fisuras que el entorno oficial mantenía cuidadosamente fuera de los reflectores. Las fuentes cercanas a Los Pinos hablaban de tensiones crecientes. La vida en la residencia oficial es una prueba de fuego para cualquier pareja.
No hay privacidad. Cada movimiento es observado y registrado. Y el poder que habita en esos muros corrópelas. relaciones tanto como corrompe las instituciones. Cecilia Ochelli mantuvo durante 6 años una sonrisa pública impecable, pero las grietas existían y lo que vendría a revelarlas era el nombre de una actriz de telenovelas.
Adela Noriega era en los años 90 probablemente la actriz más famosa de México. Había protagonizado telenovelas que se veían en toda América Latina. Era bellísima, discreta. y mantenía un perfil privado inusual para alguien de su nivel de fama. A principios de la década comenzaron los rumores, primero en las revistas de chismes, después en los pasillos políticos y finalmente en libros periodísticos.
El presidente Salinas y la actriz Adela Noriega habrían sostenido una relación. En 1993, Adela Noriega dio una entrevista en la que, sin mencionar nombres, admitió haber tenido una relación con un político al que describió como un mero mero petatero. Años después, en 1999, negó públicamente cualquier vínculo cuando las sospechas comenzaron a apuntar directamente hacia Carlos Salinas.
Con el tiempo se retiró por completo de la vida pública sin dar explicaciones. En 2021, un audio de Cecilia Oxelli volvió a alimentar las versiones y desde entonces la pregunta nunca ha desaparecido del todo. Hay una operación económica del sexenio de Salinas que resume mejor que ninguna otra la manera en que el poder se convirtió en riqueza privada para un grupo pequeño de mexicanos.
La privatización de los bancos mexicanos. En 1982, el presidente López Portillo había nacionalizado la banca en un gesto que muchos consideraron excesivo y que fue el origen de años de desconfianza entre el Estado y el sector empresarial. Carlos Salinas los regresó al sector privado entre 1991 y 1992. Y la manera en que se hizo ese proceso es una historia de manual.
sobre cómo un gobierno puede hacer ricos a sus amigos con dinero de todos. Pero el enriquecimiento durante el salinismo no se limitó a los empresarios cercanos al régimen. La familia del presidente también participó activamente. Los documentos judiciales del caso de Raúl Salinas revelan que su hermano utilizó la partida secreta de Los Pinos, un fondo que existía en todos los exenios, pero que nunca había sido usado con esa intensidad como una caja personal.
El propio expresidente de la Madrid confirmó en su entrevista con Aristegiui que la partida secreta durante el sexenio de Salinas fue usada de manera que él calificó de abusiva. 100 veces más grande que la que él manejó. Dijo, “La cifra exacta nunca fue auditada. Los recursos desviados nunca fueron recuperados.
La fortuna que acumuló la familia Salinas durante esos 6 años sigue siendo un misterio contable. Lo que se conoce a través de los procesos judiciales en México, Suiza, Francia y Estados Unidos es solo la parte que afloró. Los investigadores suizos encontraron más de 289 cuentas bancarias asociadas a Raúl y a sus identidades falsas.
Moretzelina, Francia, se abrió un proceso por depósitos de origen sospechoso. Cada investigación chocó eventualmente con el mismo muro, la falta de colaboración de la justicia mexicana que bajo distintos presidentes eligió proteger el secreto. También es verdad que Carlos Salinas hizo algo que ningún presidente priiststa había hecho antes con la misma velocidad.
rompió los pactos históricos con los sectores corporativos del PRI. Los líderes sindicales que habían sido intocables durante décadas cayeron como la quina. Las estructuras agrarias del partido fueron sometidas o desmanteladas. Los gobernadores que no se adaptaban eran removidos. Salinas concentró el poder presidencial de una manera que ni siquiera los presidentes más fuertes del sistema había logrado hacer.
Y esa concentración de poder fue exactamente lo que hizo que su caída fuera tan espectacular. Cuando el centro se cayó, todo lo que dependía de ese centro se derrumbó con él. En el plano internacional Salinas fue recibido como una estrella. Los presidentes del G7 lo llamaban por teléfono. El Financial Times lo perfilaba como el modernizador que México necesitaba.
El gobierno de Bill Clinton lo apoyó abiertamente. Era la época en que el consenso de Washington, la receta neoliberal de privatización, apertura y reducción del Estado, era el evangelio económico del mundo occidental. Y Salinas era su mejor alumno latinoamericano. Esa aprobación internacional fue durante 6 años un escudo que lo protegió de las consecuencias de todo lo que estaba haciendo en casa.
El mundo veía al Salinas de Harvard. Esa imagen, el hijo del poder usando los recursos del Estado para la vida privada. No era una anomalía en el sistema priista. Era una práctica tan normalizada que nadie dentro del sistema la cuestionaba. Pero para los millones de mexicanos que en 1988 habían votado contra Salinas, que sabían que su llegada al poder sido fraudulenta y que veían como la modernización económica que él prometía no llegaba a sus comunidades.
Esa imagen de la quinceañera en Los Pinos con Luis Miguel era una provocación perfecta, un resumen en imagen de para quién gobernaba realmente Carlos Salinas de Gortari. A pesar de todo, Salinas terminó su sexenio con índices de aprobación relativamente altos en algunas encuestas. La gente que se había beneficiado de solidaridad lo valoraba.
Los empresarios que se habían enriquecido en las privatizaciones lo adoraban. Los intelectuales liberales que creían en la apertura económica lo defendían. Fue solo cuando la economía se derrumbó en diciembre de 1994, ya con cedillo en el poder, que el consenso se rompió de manera irreversible.

Los mexicanos lo culparon y hasta hoy una parte de la opinión pública sigue señalándolo. Y lo más desconcertante es que mientras el país lo culpaba, él estaba en el exilio perfectamente protegido por las mismas redes de poder que había construido durante años. Hay una imagen de Salinas que circuló en redes en años recientes y que causó una mezcla de risa y indignación.
En un video publicado en sus redes sociales, el expresidente que gobernó México cuando el país gastaba cientos de millones en aparatos estatales, que usó el avión presidencial antes de ser presidente, que vivió 6 años en la residencia oficial más costosa del país, se presentaba como un desempleado. Decía que no tenía pensión porque alguien se la había quitado y que por lo tanto estaba sin ingresos.
El tono era el de un ciudadano común quejándose de la burocracia, la clase de actuación que solo puede hacer alguien que está muy seguro de que nadie va a poder demostrar lo contrario. Y aquí llegamos al punto que más incomoda a los que estudian el salinismo con profundidad. No es solo lo que Carlos Salinas hizo, es lo que la sociedad mexicana hizo con eso, porque Salinas no operó en el vacío.
Operó con la complicidad, el silencio y la conveniencia de un sistema que nunca quiso mirarse a sí mismo. Uno de los momentos más reveladores ocurrió el 28 de febrero de 1995. Cedillo acababa de ordenar el arresto de Raúl. El país estaba en crisis económica. El peso se había devaluado. Miles de familias habían perdido sus ahorros y Carlos Salinas, el expresidente que llevaba apenas 3 meses fuera de Los Pinos, se fue a un cuarto de hotel en Monterrey y anunció que iniciaba una huelga de hambre.
El gesto era absurdo en su escala. El hombre que había gobernado a 90 millones de personas protestaba como un ciudadano desesperado que no tenía otra herramienta. Pero la huelga de hambre no era una señal de debilidad, era una advertencia. Salinas estaba mandando un mensaje a Cedillo, al sistema, a todos los que lo miraban.
Si me van a hundir, yo no me voy a hundir solo. Tengo información, tengo documentos, tengo el historial de todo lo que ocurrió en esos 6 años y ese historial no me involucra solo a mí. La huelga duró menos de 40 y 8 horas. Cedillo no se dio en el caso de Raúl, pero el mensaje había llegado y nadie en el sistema mexicano fue a tocar a Carlos Salinas después de eso.
Raúl Salinas fue procesado y condenado en 1999 a 50 años de prisión por ser autor intelectual del asesinato de Ruis Massieu. El juicio fue un espectáculo lleno de irregularidades que su defensa explotó con maestría. Una vidente apodada la paca entregó pruebas falsas. Testimonios pagados aparecieron y desaparecieron.
El diputado Manuel Muñoz Rocha, el presunto intermediario del crimen, siguió desaparecido. En 2005, un tribunal revirtió la condena y absolvió a Raúl tanto del asesinato de Ruis Mair como de los cargos de enriquecimiento ilícito. Salió de la cárcel después de 10 años preso. El caso quedó oficialmente cerrado y extraoficialmente irresuelto.
Lo que hizo Raúl Salinas después de salir de la cárcel fue, en términos de cinismo político, casi un arte. Publicó memorias, dio entrevistas, demandó al Estado mexicano por daño moral, exigió que le devolvieran los bienes que le habían confiscado y en varias ocasiones pidió públicamente que se limpiara su nombre.
La misma persona que había tenido cuentas con identidades falsas en bancos suizos, que había sido identificada por múltiples investigaciones internacionales como vinculada al crimen organizado, pedía una reparación de imagen y en el México, de la impunidad perfectamente establecida, esa petición no era tan descabellada. Carlos, mientras tanto, seguía en el exilio, pero cada vez más activo.
En los años 2000, con Fox en el poder, comenzó a aparecer en foros internacionales. Daba conferencias sobre economía global, sobre América Latina, sobre el futuro de las democracias emergentes. Tenía una fundación, escribía artículos en revistas académicas. La distancia del poder formal permitía construir una imagen de estadista reflexivo que contrastaba con la memoria de lo que había sido su presidencia.
Era la segunda vida de Carlos Salinas, no como el poderoso que había sido, sino como el sabio que había sobrevivido a todo. El asesinato del cardenal Posadas en 1993 sigue siendo uno de los episodios más perturbadores de ese periodo. La versión oficial que hablaba de un fuego cruzado entre sicarios que lo confundieron con un capo del narcotráfico.
Fue cuestionada desde el principio por el Vaticano y por investigadores independientes. Con el paso del tiempo surgieron versiones que apuntaban a algo mucho más incómodo, que el cardenal había reunido información sensible relacionada con presuntos vínculos entre actores del poder y redes criminales señalados en diversas investigaciones.
Ninguna investigación independiente tuvo acceso completo a los archivos y hasta hoy la verdad oficial sigue siendo la del accidente. Esa impunidad no es accidental, es el resultado de una arquitectura del poder que Salinas contribuyó a construir y que se perpetuó después de él. México tiene un sistema en el que los expresidentes son intocables, no porque la ley los proteja explícitamente, sino porque el sistema de interdependencias que rodea al poder hace que cualquier intento de procesar a uno de ellos genere consecuencias que
los que tienen que tomar esa decisión prefieren evitar. Es el equilibrio del terror aplicado a la política. Todos saben demasiado sobre todos y ese conocimiento mutuo es la garantía de la impunidad colectiva. Carlos Salinas entendió eso mejor que nadie y lo usó con una maestría que objetivamente hay que reconocer.
Porque gestionar ese nivel de exposición con un hermano condenado a 50 años de cárcel, con investigaciones abiertas en cuatro países, con el expresidente que te eligió diciéndote ladrón en entrevistas de radio y seguir libre, seguir influyendo, seguir siendo un factor de poder real en la política de tu país. Eso no es suerte.
Es una capacidad para manejar el poder, incluso desde el exilio que muy pocas personas en la historia política de México han demostrado. En su vida personal, después del divorcio de Cecilia Oxelli en 1995, Carlos Salinas se casó con Ana Paula Gerard Rivero, quien había sido su secretaria técnica del gabinete económico durante el sexenio.
Tuvieron tres hijos, Ana Emilia en 1996, Patricio en 1998 y Mateo en 2006. Ana Emilia nació en Cuba, en el Centro de Investigaciones Médico-quirúrgicas de La Habana. Un detalle que en su momento generó especulaciones sobre la relación del expresidente con el régimen castrista. La familia vive en el más absoluto hermetismo.
Prácticamente no hay información pública sobre su vida cotidiana. Salinas aprendió de Amado Carrillo. El anonimato es protección. Lo que sí es seguro es que Carlos Salinas de Gortari, hoy con 77 años sigue vivo, sigue viajando, sigue publicando en redes sociales, sigue haciendo declaraciones ocasionales sobre política y sigue siendo el nombre que más activa las emociones de los mexicanos cuando aparece en los titulares.
Eso en sí mismo es una forma de poder. la capacidad de seguir generando reacciones, de seguir siendo un factor emocional en la política de un país décadas después de haber dejado el cargo. Eso no lo logra cualquiera. Y lo más desconcertante es que todavía no hemos llegado al último capítulo de esta historia.
En marzo de 1994, dos semanas después del asesinato de Colosio, Carlos Salinas nombró a Ernesto Cedillo como el nuevo candidato del PRI a la presidencia. Era una elección que nadie esperaba. Cedillo era un tecnócrata opaco, sin carisma, sin red política propia. Exactamente por eso Salinas lo eligió.
un sucesor débil que dependería del apoyo y la guía del expresidente. Lo que Salinas no calculó fue que Cedillo resultaría mucho menos obediente de lo que parecía y que la primera decisión de política económica del nuevo gobierno iba a desatar una crisis que destruiría lo poco de reputación que le quedaba a Salinas. La devaluación de diciembre de 1994, el llamado error de diciembre sigue siendo uno de los episodios más debatidos de la historia económica de México.
La responsabilidad exacta entre Cedillo y Salinas por la debacle financiera nunca quedó completamente establecida. Salinas argumentaba que la crisis fue culpa de Cedillo por haber devaluado de manera abrupta. Cedillo y sus colaboradores argumentaban que Salinas había heredado una economía con desequilibrios profundos que hacían la crisis inevitable.
Lo que no está en debate es el resultado. El peso cayó a la mitad de su valor. Las tasas de interés llegaron al 110%. Millones de familias perdieron sus casas y sus negocios. El Fobaproa fue la respuesta del gobierno de Cedillo a la crisis bancaria que se desató en 1995. Los bancos que habían sido privatizados durante el sexenio de Salinas quebraban uno tras otro.
El gobierno los rescató convirtiendo sus deudas privadas en deuda pública en un mecanismo que efectivamente socializó las pérdidas del sector financiero y las cargó sobre los ciudadanos. Ese rescate costó varios puntos del PIB. Y los mexicanos pagaron con impuestos y con inflación los errores y fraudes que habían cometido los banqueros favorecidos por las privatizaciones salinistas.
Décadas después, el Fobaproa sigue siendo sinónimo de la injusticia más perfecta del sistema. Los ricos se quedan con las ganancias. El pueblo paga las pérdidas. La crisis de 1995 fue también el momento en que la imagen internacional de Carlos Salinas se derrumbó definitivamente. Los mismos medios que lo habían celebrado como el modernizador que llevaría a México al primer mundo.
Ahora publicaban análisis sobre cómo su gobierno había ocultado los desequilibrios económicos que hicieron inevitable el colapso. El Financial Times, The Economist, el Wall Street Journal. Todos escribieron sobre cómo la brillantez técnica del salinismo había sido una ilusión construida sobre cifras manipuladas y reservas internacionales que se estaban agotando mientras el gobierno presentaba el país como un caso de éxito.
En el exilio, Salinas escribió su propia versión de la historia. No fue una disculpa, fue una defensa, una forma de fijar su verdad antes de que otros la contaran por él. Quedó una serie de eventos que nunca terminaron de explicarse, decisiones que marcaron a un país entero y un personaje que siempre estuvo en el centro, pero nunca completamente expuesto.
Pero la historia tiene una manera de resistirse a los que intentan controlarla. Los archivos de inteligencia desclasificados, las entrevistas de Aristeg y con de la Madrid, los expedientes judiciales de Suiza, los testimonios de cooperantes en juicios en Estados Unidos, los audios filtrados de Cecilia Oxelli, los libros de periodistas como Loret de Mola, Ricardo Rabelo y decenas de otros que pasaron años rastreando lo que realmente ocurrió en el México, de 1988 a 1990.
Cada uno de esos documentos es un ladrillo en una pared que Salinas no puede derribar completamente, por más que lo intente. La historia también recuerda que mientras Salinas gobernaba, México tenía una prensa cautiva, un poder judicial subordinado, un Congreso mayoritariamente priista que no cuestionaba al ejecutivo y una sociedad civil que apenas comenzaba a organizarse.
Las condiciones para que alguien como Salinas hiciera lo que hizo existían. Él no las creó, las heredó de décadas de sistema priista. Lo que sí hizo fue perfeccionarlas, llevarlas a un extremo que ningún presidente antes o después igualó. Y al hacerlo agotó el sistema, lo llevó a un punto de ruptura que terminó siendo la grieta por la que entró la democracia electoral en México en el año 2000.
Hay una ironía brutal en eso. Carlos Salinas, el hombre que llegó al poder robando una elección, contribuyó inadvertidamente a la construcción de las condiciones para que esa misma democracia que había defraudado terminara siendo posible. El IE, el Instituto Federal Electoral creado en 1990 precisamente como respuesta a la desconfianza que generó el fraude de 1988.
fue la institución que garantizó la transición democrática del año 2000. Lo construyó el gobierno de Salinas no por vocación democrática, sino como un gesto de imagen y terminó siendo la herramienta que derrumbó el partido que le había dado el poder. La historia tiene ese tipo de ironías. Hoy Carlos Salinas de Gortari tiene 77 años.
Vive entre México y otros países. Tiene seis hijos reconocidos. y posiblemente uno más cuya existencia nunca ha confirmado ni negado de manera definitiva. Tiene una segunda esposa, Ana Paula Gerard, con quien lleva tres décadas. tiene el expediente judicial más voluminoso de cualquier expresidente mexicano vivo y tiene la extraña condición del hombre que sabe demasiado para ser tocado y demasiado para ser olvidado.
La pregunta que miles de mexicanos siguen haciéndose es simple, pero imposible de responder con certeza qué es lo que realmente sabe Carlos Salinas. ¿Cuánto de lo que ocurrió en esos 6 años tiene documentado, guardado, disponible para ser revelado si alguien decide presionarlo demasiado? Esa pregunta es la que ha garantizado su impunidad durante décadas mejor que cualquier abogado.
Porque en el México de la clase política, donde todos tienen archivos sobre todos, el hombre que más sabe es el que más poder tiene. Y Carlos Salinas ha sabido más que muchos desde muy joven, formado en un entorno donde el poder no solo se heredaba, sino que se ejercía. El problema con Carlos Salinas no es decidir si fue brillante o corrupto.
El problema es que fue ambas cosas al mismo tiempo. Fue el presidente que firmó el Telecan y abrió a México al mundo. Fue también el presidente cuyo sexenio terminó con dos magnicidios sin resolver. una crisis económica devastadora, un hermano condenado por asesinato y cuentas bancarias secretas en cuatro países.
Fue el tecnócrata más brillante que el sistema priista produjo. Fue también el hombre que usó ese talento para construir un sistema de enriquecimiento y control que dejó cicatrices en México que todavía no han cerrado. Ambas cosas son verdad y la tensión entre esas dos verdades es exactamente lo que hace de su historia una de las más fascinantes y perturbadoras de la historia política de América Latina.
Al día de hoy, Carlos Salinas de Gortari sigue libre. El caso Colosio sigue sin cerrarse definitivamente. El caso Ruis Mao sigue sin un culpable confirmado cumpliendo condena. Los dineros de Suiza nunca fueron rastreados completamente. Las redes que construyó en 6 años de gobierno siguen activas en alguna forma. Y en los corredores del poder mexicano, su nombre todavía se pronuncia con una mezcla de respeto y temor que ningún otro político de su generación logra provocar.
Esa persistencia, ese peso específico que su figura mantiene décadas después de haber dejado el cargo es en sí misma la evidencia más clara de que algo extraordinario y extraordinariamente oscuro ocurrió en México entre 1988 y 1994. Lo que permanece es una sensación difícil de ignorar, que la historia nunca se cerró del todo.
La historia de Carlos Salinas sigue abierta. Cuéntame en los comentarios qué piensas tú. ¿Es Carlos Salinas el presidente más corrupto de la historia de México o hay algo que lo redime? ¿Crees que algún día habrá justicia o ya es demasiado tarde? ¿Y si ese hijo del que nadie habla realmente existe, ¿qué piensas que debería pasar? Muchas de estas preguntas siguen abiertas y forman parte del debate histórico más que de una verdad judicial definitiva.
Si llegaste hasta aquí es porque te importa entender lo que realmente pasó en México y eso merece que te suscribas para que los próximos videos te lleguen directo. Activa la campana, comparte este video con alguien a quien le importe la historia de su país y nos vemos en el próximo donde vamos a continuar desenterrando las historias que el poder mexicano preferiría que nadie contara.
M.