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LUCHA VILLA: Lo Que Vivió Antes del Quirófano Nadie se Atrevió a Contarlo

En 1964, Roberto Gabaldón dirigió El Gallo de Oro, basada en un relato de Juan Rulfo con guion adaptado por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más importantes de América Latina de esa generación, trabajando juntos en un proyecto de cine mexicano, Lucha interpretó a Bernarda, la caponera, una cantante de feria que vive de su voz y de la suerte hasta que el mundo que la rodea la destruye lentamente.

Era el papel más parecido a ella misma que había tenido. Primera diosa de plata, pero lo que ocurrió fuera del rodaje fue igual de importante que el Ariel. Lucha Villa empezó a cantar en los palenques de las ferias mexicanas y en los palenques hizo algo que ninguna mujer había hecho antes. Bajó del balcón.

La costumbre dictaba que las cantantes actuaran desde arriba, desde el balcón elevado, separadas del redondel donde se peleaban [música] los gallos, seguras, distantes en su lugar. En el lugar que la tradición y los hombres que manejaban la industria [música] habían decidido que era el lugar correcto para ellas. Lucha bajó al redondel.

Cantó entre los toros, entre la tierra, entre el ruido y el calor, y el olor particular de las ferias mexicanas que mezcla tierra y animal, y música y apuestas y todo lo que es el México rural, que la historia oficial prefiere no ver demasiado de cerca. Y el público, ese público norteño, que había visto miles de corridas y cientos de actuaciones, la pedía ahí abajo, la pedía cerca, la pedía entre ellos.

fue la primera reina de los palenques, no porque alguien le diera ese título en una ceremonia, sino porque el público le impuso ese espacio y ella lo aceptó sin dudar. Igual que había subido al escenario sin que nadie la invitara, bajó al redondel sin que nadie le dijera que podía. Los palenques de las ferias mexicanas no son solo un espectáculo, son un mundo con sus propias reglas, sus propias jerarquías, su propia economía.

Las apuestas mueven cantidades que no se documentan porque no se pueden documentar y el ambiente, la tierra, el humo, el ruido, la adrenalina de las peleas [música] mezclada con la música que viene del escenario es algo que quien lo ha vivido no olvida. Lucha Villa era la reina de ese mundo, no de manera decorativa, de manera literal.

Cuando Lucha actuaba, el palenque se llenaba de una manera diferente. La gente que iba a ver los gallos se quedaba a escucharla y la que iba a escucharla se quedaba a ver los gallos. Eran la misma gente, el mismo público. Y ese público, los hombres de negocios del norte y del occidente de México, los ganaderos, los empresarios, la gente con dinero que no siempre venía del lugar más limpio del mundo, la conocía, la frecuentaba, la aplaudía.

40 años cantando en ese mundo, 40 años siendo la voz de ese mundo. Lo que ese mundo fue haciéndose en los años 80 es algo que los testimonios del libro de Hernández describen sin ambigüedades y que Lucha Villa nunca describió. En 1971 llegó Mecánica Nacional de Luis Alcoriza entre las 100 mejores películas de la historia del cine mexicano.

Según los críticos especializados, Lucha interpretó a Isabel, la madre abnegada casada con un machista y redento. Una actuación tan alejada de su imagen pública la cantante Bravía, la voz grave, la que bajaba al redondel que el jurado del Ariel tardó un momento en procesar que era la misma persona.

Ganó el premio Ariel, la mejor actriz. En 1978, [música] Elímes de Arturo Ribstein, entre las 10 mejores películas de la historia del cine mexicano estudiada hoy en universidades de todo el mundo, Lucha interpretó a la japonesa, una matrona que regenta un burdel en un pueblo en decadencia, una mujer con poder en un mundo que no le reconoce ese poder.

un personaje construido sobre capas de ambigüedad moral que exigían una actriz capaz de sostener la contradicción sin parpadear. Ripstein quería a Katy Jurado para ese papel. Katy Jurado no pudo hacerlo. Los personajes eligen a sus actores, diría el director después. y la japonesa eligió a Lucha Villa.

Segundo Ariel, el papel más recordado de su carrera, el que los críticos de cine mexicano siguen mencionando décadas después como una de las grandes actuaciones del cine nacional. Pero mientras eso ocurría en los escenarios y en las pantallas, en su vida algo se rompía una y otra vez. Pero en su vida las cosas seguían rompiéndose.

Cinco matrimonios, cinco veces que el precio lo pagó ella. Y cada vez Lucha Villa volvió a empezar. Lucha Villa se casó cinco veces. Eso es lo que México sabe, el número. Como si el número lo dijera todo. No lo dice todo. Lo que dice es que Lucha Villa fue una mujer que siguió buscando algo en el amor que el amor nunca le terminó de dar y que cada vez que no lo encontró fue capaz de salir y volver a empezar.

En una época en que las mujeres que se divorciaban pagaban un precio social que los hombres que las dejaban o que simplemente no funcionaban nunca pagaban. Mario Miller, el primero, el promotor de 35 años que la desposó cuando ella tenía 15, 7 años de matrimonio, La Habana, dos hijos Rosa Elena en 1953 y Carlos Alberto en 1954.

Un divorcio en 1958 del que Lucha nunca habló en detalle. Lo que se sabe es lo que quedó. Dos hijos y ninguna red de seguridad, excepto su propia voz. Alejandro Camacho, el segundo. Poco tiempo juntos. Lucha centrada en una carrera que empezaba a despegar y que le dejaba poco espacio para construir nada demasiado sólido fuera de los escenarios.

Arturo Durazo, el tercero, guitarrista de los apson, [música] la banda de rock, que en los años 60 era uno de los nombres más conocidos de la música joven mexicana, una de las primeras en tocar rock and roll en México, con covers de canciones estadounidenses que la juventud del país necesitaba escuchar en vivo. La boda se celebró en Agua Prieta, Sonora, ciudad de origen de la banda.

Uno de los testigos de esa boda fue José Alfredo Jiménez. Piensa en lo que eso significa. El hombre del que Lucha estaba enamorada o del que México supondría décadas después que estaba enamorada, con razones que veremos en un momento estuvo presente en la boda con otro, firmó como testigo. Sonrió en las fotos, dio un discurso quizás y no dijo nada de lo que quizás había dentro.

El matrimonio con Durazo duró 3 meses. Justiniano Renguifo, el cuarto empresario salvadoreño de Zacatecol. Con él, Lucha vivió una temporada en El Salvador, donde conoció al compositor nicaragüense Carlos Mejía Godoy y grabó canciones centroamericanas que se convertirían en éxitos. Tuvo a su hija menor, María José en 1974. Este matrimonio duró más que los anteriores. Francisco Muela.

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