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El Doble R: El Sicario del CJNG que se Volvió Intocable

Dos iniciales. RR, un hombre sin rostro, pero con poder absoluto. México no puede atraparlo. Estados Unidos lo sanciona. El crimen organizado lo obedece. Mientras Jalisco ardía en llamas, alguien escapaba entre las cenizas. Este es el hombre que paralizó dos estados con una llamada, el jefe militar del cártel más violento de América.

Son las 9 de la noche del 9 de agosto de 2022. En Zapopan, Jalisco, un convoy de vehículos encapuchados detiene el tráfico sobre la carretera a Saltillo. Los sicarios bajan con rifles de asalto, no disparan, ordenan. Los conductores abandonan sus autos. Segundos después, las llamas consumen el metal. El humo negro se eleva hacia el cielo mientras las sirenas comienzan a sonar a lo lejos.

Al mismo tiempo, en Irapuato, Guanajuato, hombres armados irrumpen en 11 tiendas Oxo. Rocían gasolina sobre los mostradores, prenden fuego. Los empleados corren hacia las calles. Nadie resulta herido. No es el objetivo. El objetivo es el mensaje. En Celaya, farmacias y gasolineras arden simultáneamente. Las llamadas de emergencia colapsan las líneas telefónicas.

La ciudad entra en pánico. 39 bloqueos simultáneos en 25 municipios. Jalisco y Guanajuato no están bajo ataque, están bajo control. 26 rutas de transporte público cortadas, 12 puntos carreteros cerrados, 11 sucursales bancarias amenazadas, 36 vehículos incendiados, cinco gasolineras. La operación no es caótica, es quirúrgica.

¿Qué desató el infierno? Una reunión interrumpida. Horas antes, en la comunidad de Xlahuacán del Río, elementos del ejército mexicano realizaban un patrullaje de rutina cuando detectaron movimiento sospechoso. Más de 20 vehículos con personas armadas circulando en convoy. Los militares no sabían a quién perseguían, solo actuaron.

El enfrentamiento fue breve, pero intenso. Cuando el polvo se asentó, habían asegurado 12 vehículos, uno blindado artesanalmente, 34 armas de fuego, 10 granadas, tres motos y un dron con explosivos. Seis miembros del cártel fueron arrestados, uno murió en el tiroteo, pero dos hombres desaparecieron antes de ser identificados.

Uno era Gerardo González Ramírez, alias Elapá, jefe de plaza del CJNG. El otro era Ricardo Ruiz Velasco, el WR, el RR, el jefe militar del cártel Jalisco, Nueva Generación. La respuesta del cártel fue inmediata. No intentaron negociar, no esperaron instrucciones, activaron un protocolo diseñado para una sola cosa.

Demostrar que tocar a su liderazgo tiene un precio que México no puede pagar. Durante 6 horas, el Estado perdió el control de dos entidades completas. Universidades suspendieron clases, comercios cerraron. La población se refugió en sus casas mientras las llamas pintaban el horizonte de naranja. Cuando el humo se disipó, el RR había desaparecido. Otra vez.

No fue capturado, no fue identificado oficialmente, simplemente se esfumó mientras el país ardía y el gobierno intentó minimizar lo ocurrido. “Coincidencia”, dijeron. Un encuentro fortuito, pero las coincidencias no explican la reacción coordinada de células criminales en cuatro estados. Las coincidencias no incendian ciudades enteras con precisión militar.

3 años después, en junio de 2025, la Oficina de Control de activos extranjeros de Estados Unidos lo sancionó bajo autoridades contratroristas. La orden ejecutiva 1394 utilizada normalmente contra grupos como Alcaeda o Jesbolá. El nombre de Ricardo Ruiz Velasco entró en la lista negra del departamento del tesoro.

Lo vincularon con el asesinato de Valeria Márquez, influencer asesinada en transmisión en vivo en mayo de 2025. Lo acusaron de ser responsable de homicidios de alto perfil durante más de una década, de traficar toneladas de cocaína y metanfetamina hacia Estados Unidos, de operar células transnacionales con alcance continental.

Washington ofrece recompensas. Washington emite sanciones. Washington congela activos. Pero el RDR sigue libre en territorio mexicano, sigue dirigiendo operaciones, sigue apareciendo en videos de propaganda del CJ, sigue coordinando ataques desde los ranchos de Jalisco. Aquí está la contradicción que define esta historia.

Un hombre tan buscado por Washington, tan señalado por las agencias internacionales, tan evidenciado por sus propios videos donde aparece rodeado de sicarios armados, permanece intocable en su propio país. El RR no es un fantasma. No opera desde búnkeres subterráneos ni cambia de ubicación cada noche. Tiene propiedades conocidas.

tiene patrones de movimiento. Las autoridades saben dónde buscarlo y, sin embargo, no lo encuentran o más precisamente no lo capturan porque el RR ha sido detenido no una vez, ocho veces, por delitos contra la salud, robo, portación ilegal de armas. Ocho veces las autoridades lo tuvieron en custodia. ocho veces fue liberado, a veces en horas, a veces en días, pero siempre regresa a las calles.

El RR no es un criminal excepcional por su astucia. Es un criminal excepcional porque el sistema que debería neutralizarlo ha decidido por acción u omisión dejarlo operar. Su libertad no es accidente, es síntoma. Síoma de un estado infiltrado, de instituciones corrompidas. de una estructura donde el crimen organizado no solo desafía al gobierno, sino que lo reemplaza en amplias zonas del país.

La pregunta no es quién es el RR. Esa respuesta está en los expedientes, en los videos, en los corridos que celebran su nombre. La pregunta es, ¿por qué México no puede atraparlo? Y la respuesta a esa pregunta revela algo mucho más oscuro que la historia de un sicario que escaló hasta convertirse en jefe militar del cártel más violento del continente.

Ricardo Ruiz Velasco nació el 13 de septiembre de 1984 en Jalisco, Guadalajara, segunda ciudad más importante de México, cuna de mariachis y tequila, pero también territorio en disputa. Creció en el barrio del Retiro, zona centro, un laberinto de calles estrechas donde las fronteras entre lo legal y lo criminal nunca fueron claras.

La pobreza no era extrema. La violencia tampoco era omnipresente, pero la presencia del crimen organizado era constante, normalizada, integrada al tejido social. A los 15 años, el RR ya no iba a la escuela. formaba parte de una pandilla de sicarios que operaba para el cártel, que entonces controlaba la región.

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