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ISRAEL VAZQUEZ : LA RAZÓN POR LA CUAL TERMINÓ ASÍ

Y ese lo tenía otro hombre, Óscar Larios. El 10 de septiembre de 2005, Vázquez frente a Larios, el campeón del CMB, un peleador duro con el cinturón de su lado con la confianza del hombre que defiende lo que ya ganó. Round uno, Larios midiendo, Vázquez estudiando. Round 2, el campeón buscando distancia.

Vázquez encontrando los ángulos. Round 3. Una combinación limpia de Vázquez. Larios retrocedió. Vázquez no esperó, fue encima. Otra combinación. Larios en la lona. El árbitro contó. Larios no se levantó. Knockout técnico. Tres rounds. El hombre de Azcapotzalco tenía el cinturón más importante del mundo en su categoría.

En el vestidor, alguien del equipo le puso el cinturón en las manos. Vázquez lo sostuvo un momento. Lo miró. Nadie dijo nada. No hacía falta porque todos en ese vestidor sabían lo que habían costado esos 16 años de trabajo invisible. Los guantes prestados, el gimnasio de concreto, las peleas que no salían en los periódicos.

Ese cinturón era el recibo de todo eso. En 2006 lo defendió dos veces, Iván Hernández, Johnny González. Los paró a los dos y llegó al final de ese año en la cima. campeón mundial, invicto en el CMB. Pero el negocio del boxeo tiene un problema con los campeones que siempre ganan. El problema es que los campeones que siempre ganan generan respeto y el respeto no llena estadios.

Lo que llena estadios es la duda. El negocio necesitaba a Mos y alguien que pusiera en duda al magnífico y ese alguien tenía el apellido más caro del boxeo mexicano de esa generación. Rafael Márquez, el hermano del dinamita, de la misma sangre que el hombre que peleó cuatro veces contra Paquiao. Campeón mundial gallo con una velocidad de manos que muy pocos en el mundo tenían.

Pero había algo más que hacía de esa pelea, el producto perfecto para el negocio. Márquez no era un extranjero, no era un americano ni un sudamericano. Era de la Ciudad de México, del mismo barrio casi. Dos hombres que crecieron a kilómetros de distancia, que aprendieron el boxeo en la misma ciudad, con la misma cultura, con el mismo código de lo que significa pelear bien, que probablemente habían visto las mismas peleas en televisión cuando eran niños, que conocían el mismo vocabulario del ring y que por eso mismo cuando se pelearan

iban a entenderse en el ring de una manera que ningún mexicano contra extranjero puede entenderse. iban a comunicarse en el único idioma que dos boxeadores de la misma ciudad comparten. El golpe exacto, la combinación que el otro reconoce y que por eso mismo duele más. El negocio vio eso y lo vendió perfectamente.

Dos capitalinos, dos mexicanos del mismo barrio, el producto perfecto y los dos hombres eran reales. Eso es lo más peligroso de todo, cuando el producto perfecto está hecho de carne y hueso. El 3 de marzo de 2007, Vázquez entró al ring como favorito. Claro. era el campeón, era el que no caía, era el magnífico.

Márquez era el retador, el que tenía que demostrar. En la conferencia de prensa de los días anteriores, un periodista le preguntó a Vázquez qué esperaba de Márquez. Vázquez fue breve, que pelee bien y si no, entonces terminará antes del décimo. Esa confianza no era actuación, era real. Era la confianza del campeón que lleva dos defensas exitosas y que no ve en ese hombre frente al micrófono la amenaza que va a destruir su carrera.

Pero el boxeo tiene una crueldad que ningún cálculo puede eliminar. La pelea no la gana el favorito, la gana el que conecta el golpe correcto en el momento correcto. Los primeros rounds fueron de Vázquez, el campeón controlando, el retador buscando, el patrón de siempre. El favorito avanzando. Séptimo round.

Márquez conectó. No fue un knockout dramático, fue algo más silencioso y más definitivo. Un golpe que rompió la nariz de Vázquez. La sangre, la incapacidad de respirar. Vázquez en las cuerdas intentando recuperarse. El árbitro acercándose. El médico subiendo al ring. La revisión. La señal.

Knockout técnico en el séptimo round. El magnífico había caído. El negocio que había apostado por ese producto recibió algo que no esperaba, algo mejor que una victoria del favorito, una sorpresa, una historia incompleta, un campeón derrotado que tenía que volver a demostrar. Pelea del año, la primera. En el camerino después, alguien del equipo entró y lo encontró solo, sentado con los guantes todavía puestos.

¿Cómo estás? Vázquez tardó en responder. Bien. El del equipo lo miró. Seguro. Vázquez asintió. Ya sé lo que hizo. Ya sé cómo detenerlo. No lo dijo como consuelo. Lo dijo como quien acaba de resolver un problema técnico. Como si el knockout en el séptimo round fuera información útil y no una derrota. Esa es la mente del hombre que aguanta.

No procesa el dolor como derrota, lo procesa como dato. Y ese dato le decía una sola cosa, revancha. Pero hay algo que ese dato no le decía, lo que cuesta cargar una derrota pública cuando eres el campeón que no caía. En Azcapozalco todos lo sabían. En México entero todos lo sabían. Israel Vázquez, el magnífico, el que aguantaba lo que nadie aguantaba, había caído en el séptimo round.

No fue una derrota técnica que se puede explicar con estadísticas. Fue una nariz rota. Fue el árbitro parando la pelea. Fue el público viendo al hombre que era invencible dejar de serlo. Eso no se borra en el entrenamiento. Eso lo cargas en cada sesión. Lo cargas cuando corres a las 6 de la mañana y todavía no amanece.

Lo cargas en el saco cuando imaginas el séptimo round otra vez. Lo cargas en el espejo antes de dormir. Vázquez lo cargó 5co meses y lo convirtió en algo, en la rabia específica del hombre que sabe exactamente lo que falló y que no va a dejar que falle de nuevo. Esa rabia no la genera la victoria, solo la genera la derrota.

Y el negocio del boxeo, que había visto ese proceso antes con otros campeones sabía exactamente lo que iba a producir. Un Vázquez más peligroso, un Vázquez con una deuda que cobrar, el producto perfecto para la revancha. 5 meses. Eso fue lo que espero. 5 meses para que la nariz sanara, para que el cuerpo procesara, para que el entrenamiento reconstruyera.

5 meses es poco tiempo. Para cualquier otro boxeador, preparar una revancha de campeonato mundial en 5 meses sería insuficiente. Pero el negocio quería la revancha rápido, el público quería la revancha rápido y Vázquez también. Cuando las tres partes quieren lo mismo, nadie pregunta si el cuerpo está listo. En esos 5 meses, Vázquez entrenó diferente, no con más intensidad.

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