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Así Vive Raúl Osiel “El Sádico” en la Cárcel: De Cazar Hombres en la Zona Rosa a Suplicar Libertad

 

Hay un hombre encerrado en este momento en una celda de la Ciudad de México que no puede salir a buscar a nadie. No puede acercarse a un desconocido en un bar. No puede invitar a nadie a subir a un coche. No puede elegir a su próxima víctima. Ese mismo hombre hace 20 años cazaba personas en las calles más concurridas de la capital y las metía en una maleta.

 Se llama Raúl Osiel Marroquín. El país lo bautizó como el sádico. Y lo que vas a escuchar no es lo más perturbador de su historia. Lo más perturbador llega al final cuando una criminóloga se sentó frente a él dentro del penal y le preguntó si se arrepentía. La respuesta que dio explica por qué este hombre nunca jamás va a volver a pisar la calle.

 Pero para entender esa respuesta, primero hay que entender cómo un sargento del ejército mexicano terminó colgando seres humanos del techo de un departamento alquilado. Pasé semanas revisando la carpeta de investigación de la entonces Procuraduría capitalina, la sentencia firmada el 4 de septiembre de 2008 y los peritajes psicológicos que los expertos elaboraron sobre él.

 Y lo que encontré desarma una idea cómoda. A todos nos gusta pensar que un monstruo así se delata, que tiene la mirada perdida, que algo en él avisa. Marroquín era lo contrario, era ordenado, era metódico, tenía estudios, llevaba una cuenta como un comerciante. Por lo tanto, no lo atraparon porque fuera torpe. Lo atraparon por una sola cosa que no pudo soltar.

 Y esa cosa la llevaba encima el día de su captura. Empecemos por donde duele menos. porque lo peor lo guardo para el final. A finales de 2005, en los bares de la zona rosa y de la calle de Cuba, en pleno centro histórico, empezaron a desaparecer hombres, no cualquiera, hombres de la comunidad gay. Salían de noche y no volvían. Sus familias denunciaban, pero en aquel México una desaparición así rara vez encendía una alarma.

 Eran, en el lenguaje frío de los expedientes, víctimas de oportunidad, personas que el sistema tardaba en buscar, si es que las buscaba. Y aquí está el primer detalle que hiela. Los cuerpos no desaparecían del todo, aparecían. Marroquín los metía en maletas y los dejaba en la vía pública, en las inmediaciones del metro chabacano y de la colonia Asturias.

 Es decir, no escondía su obra, la exhibía, la dejaba donde la ciudad pasara por encima cada mañana. sin saber qué cargaba esa maleta abandonada en la banqueta. Lo que nadie sabía todavía es que detrás de varias de esas ausencias había un solo hombre, un hombre que no improvisaba, que estudiaba a su presa, que sabía exactamente a quién acercarse y cómo, porque Marroquín tenía una regla y esa regla revela el nivel de cálculo con el que operaba.

 Buscaba víctimas que se parecieran físicamente a él. ¿Por qué? La respuesta es escalofriante por lo práctica. Al día siguiente secuestrar a alguien, planeaba ir al banco a abrir una cuenta a nombre de esa persona, usando sus documentos para que los pagos de la extorsión cayeran ahí sin levantar sospechas.

 Necesitaba parecerse a la credencial. Necesitaba poder pararse frente a un cajero y pasar por su propia víctima. Léelo otra vez en tu cabeza. No solo los mataba, planeaba seguir siendo ellos después de muertos el tiempo suficiente para cobrar. Esa frialdad no es un detalle de color, es la llave de todo el personaje, porque te dice algo que el resto de la historia confirmará una y otra vez.

 Para Marroquín, la víctima no terminaba al morir. Seguía siendo útil. Su cara servía, sus papeles servían, su nombre servía, convertía a una persona en una herramienta y la exprimía hasta el último peso. Y vale la pena quedarse un momento en lo monstruoso de ese mecanismo, porque no tiene precedentes fáciles. Pensemos en lo que implicaba.

Marroquín no solo apagaba una vida, después se ponía esa vida como un guante. Iba al banco con los papeles del muerto, se sentaba frente a un empleado, firmaba con un nombre que ya no le pertenecía a nadie. Habría una cuenta que respiraría en cierto sentido, en lugar de la persona que él había hecho desaparecer.

 Y a esa cuenta llegaba el dinero de una familia que todavía rezo. Hay una crueldad de capas en eso. La primera capa es el asesinato. La segunda es la extorsión a la familia. La tercera, la más fría, es la usurpación. Usar el nombre, la cara, la identidad de la víctima para que el crimen se pague solo. Sin dejar rastro. Marroquín no robaba carteras, robaba personas enteras y las seguía usando después de muertas.

Por eso necesitaba parecerse a ellas. Por eso elegía cuerpos similares al suyo. No era casualidad ni capricho estético, era logística del horror. Y ese mismo refinamiento, esa misma inteligencia aplicada al mal es lo que vuelve su caso tan difícil de digerir. No estamos ante un bruto, estamos ante un planificador, ante alguien que pensó en cada paso, que anticipó el rastro del dinero y trató de borrarlo de antemano, que convirtió a sus víctimas en cómplices involuntarios de su propia desaparición. Si hubiera puesto esa

cabeza al servicio de cualquier otra cosa, habría llegado lejos. La puso al servicio de esto. Pero ese detalle tan revelador abre una pregunta más grande. ¿De dónde sale alguien capaz de pensar así? ¿Qué tiene que romperse dentro de una persona para que la muerte de otro ser humano se convierta en un trámite de banco? Para eso hay que retroceder.

 Pero solo un momento, porque su pasado no es una excusa, es la mecha que explica el incendio. Raúl Ociel Marroquín Reyes nació en 1980 en Tampico, Tamaulipas. No creció en la miseria absoluta ni en el abandono total que a veces se usa con pereza para explicar a los asesinos. Creció con una obsesión, la [carraspeo] disciplina.

Ingresó al ejército mexicano. Llegó al grado de sargento. Quería estudiar medicina militar, aprender el cuerpo humano por dentro, sus límites, su mecánica, pero el dinero no alcanzó para esa carrera y desertó. Y aquí está el primer giro oscuro. La disciplina que el ejército le dio no se evaporó cuando colgó el uniforme, se quedó.

 Solo cambió de objetivo. El mismo método, el mismo orden, la misma capacidad de ejecutar un plan paso a paso sin que le tiemble el pulso, dejaron de servir a un soldado y empezaron a servir a un depredador. La formación que debía protegernos se volvió en nuestra contra. Fíjate en el detalle de la medicina militar, porque no es menor.

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