Marroquín quería entender el cuerpo humano, quería saber cómo funciona, cuánto aguanta, dónde se rompe. No llegó a ser médico, pero ese interés por los límites del cuerpo no desapareció. Solo dejó de buscarlos para curar. Empezó a buscarlos para matar. Su primer delito fuera del cuartel fue robo con violencia.
Por eso pagó alrededor de 14 meses en prisión y cuando salió en 2005 salió rehabilitado, salió perfeccionado. La cárcel, que debía corregirlo, le dio tiempo para pensar. Regresó a la Ciudad de México con una idea ya formada y afilada en la cabeza. Por lo tanto, cuando llegó a la zona rosa, no llegó perdido ni improvisando. Llegó a trabajar con un plan, con un mercado de víctimas en mente y con una justificación lista para repetírsela cada vez que hiciera falta.
Su método tenía la forma de una trampa educada y por eso fue tan eficaz. No asaltaba, no forcejeaba a media calle, no llamaba la atención, se dejaba ver, dejaba que sus víctimas se acercaran a él, conversaba, sabía escuchar, generaba confianza con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Y luego, ya entrada la noche, proponía continuar en un hotel o en un departamento. Esa era la línea invisible. De un lado, un encuentro nocturno cualquiera de los miles que ocurren en una ciudad de millones, del otro el terreno de Marroquín. Y del terreno de marroquín nadie salía caminando. Para cuando la víctima entendía que algo estaba profundamente mal, ya era tarde, ya estaba dentro, ya estaba en la habitación equivocada con el hombre equivocado.

Las autoridades hallaron después, en uno de los inmuebles que usó, una cuerda colgando del techo de una de las habitaciones. Esa cuerda era el final de la línea. Ahí terminaba la confianza que tan amablemente había construido horas antes. Ese departamento, que para un vecino cualquiera era una vivienda más en un edificio más, era en realidad el último lugar que vieron varias personas.
Pero detenernos solo en él sería contar media historia, porque cada número de este expediente fue una persona con un nombre, con una familia que la esperaba y el morbo tiende a borrar esos nombres. Aquí no. Entre las víctimas identificadas estuvieron Armando Rivas Pérez y Víctor Ángel Iván Valderas, hombres con trabajos, con rutinas, con gente que los amaba.
Por Víctor Ángel, Marroquín pidió un rescate de 8300 pesos. 8300 pesos. Ese fue el precio que le puso a una vida humana y aún cobrando mataba igual. Y conviene decir algo de quiénes eran, más allá del nombre, porque el expediente las reduce a fechas y el morvo las reduce a cifras. Eran hombres que iban a un bar a hacer lo que hace cualquiera.
Pasar noche, reír, conocer a alguien, sentirse libres en una ciudad que no siempre se los permitía. Salían confiados, salían con ganas y se cruzaron con la única persona del lugar que los miraba no como compañía, sino como mercancía. Esa es la traición esencial de este crimen. Marroquín usó el espacio donde sus víctimas se sentían a salvo, donde por fin podían ser ellas mismas, como un coto de casa.
Por eso los especialistas insistieron tanto en una palabra: odio. No fue casualidad que todas las víctimas pertenecieran a la comunidad gay. No fue azar, fue selección. Marroquín no mataba a quien tenía enfrente, salía a buscar a un tipo concreto de persona, guiado por un desprecio que llevaba dentro desde mucho antes del primer crimen y eso lo coloca en una categoría aparte.
No es solo un asesino en serie, es un asesino que mata por lo que sus víctimas son, que se erige en castigador de una identidad ajena en aquel México. Además, ese odio encontró terreno fértil. Las desapariciones de hombres gay no encendían las mismas alarmas. Las familias que buscaban se topaban con indiferencia, con burla, a veces con expedientes que avanzaban despacio.
Marroquín lo sabía y lo explotó con frialdad de estratega. Eligió a las víctimas que el sistema buscaría con menos ganas. Convirtió el prejuicio de toda una sociedad en parte de su método. Cada vida que se tardaba en buscar era tiempo extra para él. Era una etapa más del crimen. La familia pagaba con la esperanza de recuperar al suyo y del otro lado de la línea ya no había a quien recuperar.
El dinero entraba a una cuenta abierta con los documentos del propio muerto. La extorsión y el asesinato no competían entre sí. Trabajaban juntos como dos engranajes de la misma máquina. Imagina por un segundo a esas familias. reúnen el dinero, lo entregan, esperan junto al teléfono, cuentan los minutos y lo que no saben es que están negociando por alguien que ya no respira, que están pagando para que un asesino abra una cuenta de banco.
Esa crueldad, la de seguir extorsionando a quien ya perdió a su hijo o a su hermano, dice más de marroquín que cualquier diagnóstico psiquiátrico. Y ahí, precisamente en el dinero, estaba la grieta. Porque un asesino que solo mata puede esconderse en el silencio. Pero un asesino que cobra deja rastro, deja cuentas, deja transferencias, deja números de teléfono, deja a una familia que denuncia un secuestro con cifra exacta, con fecha, con detalles.
El dinero que lo alimentaba era también el hilo del que tarde o temprano alguien iba a tirar. El plan parecía perfecto, pero los planes perfectos tienen un defecto. Dependen de que nadie del otro lado sea tan paciente como tú. Y alguien empezó a tirar del hilo del dinero. Eso lo cambió todo.
Aunque para llegar ahí todavía faltaba que apareciera la pieza que de verdad lo hundió. Mantén esa idea porque vamos a volver a ella. Antes hay que hablar de la sombra que estuvo al lado de Marroquín todo este tiempo. Y de esa sombra casi nadie habla. Marroquín no actuó solo, tuvo un cómplice, un hombre llamado Juan Enrique Madrid Manuel.
El propio marroquín lo reconoció ante las autoridades. Y aquí aparece uno de los huecos más inquietantes de toda la historia. No hay un registro claro de que ese cómplice haya sido capturado y haya pagado como pagó él. Se desconoce con exactitud qué hacía Madrid Manuel durante las sesiones de tortura y los asesinatos, pero estuvo ahí.
Marroquín lo señaló. Y luego el rastro se enfría. piénsalo despacio. Es posible que un hombre que participó en estos crímenes, que estuvo en esa habitación, que vio lo que vio, haya seguido su vida mientras Marroquín cargaba con casi tres siglos de condena, ese nombre, Madrid Manuel, va a quedar flotando hasta el final de esta historia sin respuesta, como una puerta que nunca se cerró del todo.
Y esa puerta abierta tiene un peso que crece cuanto más lo piensas. Porque si Marroquín, el cerebro, el planificador, el que diseñó el sistema de las identidades y las cuentas, terminó con casi tres siglos de condena, ¿qué pasó con quien estuvo a su lado mientras ocurría lo peor? Un cómplice en crímenes así no es un espectador.
Vio, participó, conoció el método de primera mano y si nunca rindió cuentas, entonces hay en algún punto de esta historia una deuda que la justicia no cobró, una factura que quedó en el aire. No es un detalle menor para tranquilizar la conciencia, es exactamente lo contrario. Significa que el caso del sádico, por más cerrado que parezca con su protagonista sepultado en vida, conserva un cabo suelto incómodo.
Significa que el sistema atrapó a la cara visible del horror y dejó en la sombra a quien la acompañó. Guárdalo porque dice algo sobre cómo funciona la justicia. A veces se conforma con el nombre que llena el titular y deja ir al que nadie reclama. Y esa puerta abierta cambia la forma en la que miras todo lo demás.
Porque si hubo dos, ¿quién hacía qué? ¿Quién convencía y quién ejecutaba? La frialdad la ponían los dos o uno arrastraba al otro. El expediente le pone nombre y cara a Marroquín, pero deja en la sombra a alguien que quizás todavía hoy duerme tranquilo. Guárdalo. Volveremos. Ahora sí, volvamos al hilo del dinero, porque ahí es donde el cazador se convirtió en presa.
La investigación se aceleró cuando se denunció el secuestro de un empleado de una televisora. Por él, el sádico exigía 120,000 pesos. Esa cifra, mucho más alta que los rescates anteriores, movió a la entonces Agencia Federal de Investigación y por primera vez alguien con recursos, con tecnología, con paciencia institucional siguió el rastro completo, las llamadas de extorsión, las cuentas a donde pedía el dinero, los movimientos, los horarios.
Por lo tanto, lo que durante meses había sido una serie de desapariciones sueltas, sin conexión aparente, atendidas por distintas agencias, sin que nadie las uniera, empezó a tener una forma, una sola mano detrás, un solo método, un solo hombre que se acercaba en los bares, que prometía una noche, que pedía rescate y mataba igual, que abandonaba maletas cerca del mismo metro.

Pero unir esas piezas no fue automático y vale la pena entender por qué, porque ahí se ve la verdadera maquinaria del caso. Las maletas aparecían en puntos distintos. Las denuncias entraban por agencias distintas. Una desaparición en una colonia, un cuerpo en otra, un rescate negociado por una familia que no hablaba con la familia del de al lado.
Para cualquier investigador eran sucesos aislados. Hizo falta que alguien se sentara a cruzar los datos. La misma forma de abordar a la víctima. el mismo perfil de las personas, la misma zona de abandono de los cuerpos cerca del metro chabacano y la colonia Asturias, el mismo guion en las llamadas de extorsión.
Cuando los investigadores finalmente pusieron todo sobre la misma mesa, el patrón saltó a la vista con una nitidez espeluznante. No eran varios casos, era uno solo, repetido, una plantilla. Marroquín no improvisaba cada crimen. Ejecutaba el mismo procedimiento una y otra vez con la regularidad de una rutina laboral. Seducir, ganar confianza, trasladar al terreno propio, extorsionar, matar, abandonar.
Cobrar con identidad robada. Paso uno, paso dos, paso tres. Un hombre que mataba como quien sigue un manual. Y esa repetición que durante meses lo protegió porque hacía que cada caso pareciera independiente, fue al final lo que lo condenó. Porque un patrón tan rígido, una vez detectado, es una firma, cada crimen llevaba su sello.
Solo había que leerlo. Y aquí conviene detenerse en algo incómodo. ¿Por qué tardaron tanto? Porque las víctimas eran quienes eran. Porque una desaparición de un hombre gay en aquel México pesaba menos en la balanza de las prioridades. Hizo falta que secuestrara a alguien por una cifra grande ligada a una empresa con peso para que la maquinaria se activara de verdad.
Esa es una verdad fea, pero es parte del expediente. Marroquín explotó conscientemente la indiferencia del sistema hacia sus víctimas. Eligió a quienes sabía que nadie buscaría con prisa y casi le funciona. El 23 de enero de 2006 lo detuvieron. Tenía 25 años. 25. La edad a la que mucha gente todavía está decidiendo qué hacer con su vida.
Él ya lo había decidido hacía rato y lo había estado haciendo con método. Y cuando lo revisaron encontraron lo que terminó de helar a los investigadores, lo que llevaba encima. No drogas. No un arma exótica, algo mucho más perturbador. Las credenciales de elector de sus víctimas las cargaba a todos lados como recuerdos, como trofeos.
El propio titular de la Agencia Federal de Investigación de Entonces las describió con una palabra que se quedó grabada, las llamó preseas, premios. Esa es la cosa que no pudo soltar. ¿Recuerdas que al principio dije que no lo atraparon por torpe, sino por algo que llevaba encima? Eran ellas.
Los documentos de los muertos, guardados como un cazador guarda en la pared la cornamenta del animal que mató. No los necesitaba para nada práctico una vez cobrado el dinero. Los conservaba porque le daban placer, porque cada credencial era la prueba física de un poder que tuvo sobre otra persona, porque podía sacarlas, mirarlas, recordar.
Y hay un detalle del momento de la captura que resume al personaje entero. Cuando los agentes lo aseguraron y empezaron a revisar lo que tenía, no encontraron a un hombre desesperado tratando de deshacerse de pruebas. Encontraron a alguien que había convivido con esas credenciales durante meses, que las había cargado en el bolsillo junto a sus propios documentos como si fueran parte de él.
Para Marroquín. Esos carnets no eran evidencia incriminatoria que debía destruir. Eran patrimonio, eran su colección. La sola idea de tirarlos no le cabía en la cabeza porque equivalía a renunciar a sus victorias. Esa desconexión total entre lo que cualquier persona haría destruir la prueba y lo que él hizo conservarla con cariño es el retrato más exacto de su mente.
No pensaba como un criminal que teme a la ley. Pensaba como un coleccionista orgulloso de su vitrina. Y un coleccionista no quema su colección, la exhibe, aunque sea solo para sí mismo. Y aquí hay una lección sobre este tipo de criminal que vale para mucho más que este caso. El asesino metódico casi nunca cae por el crimen en sí. El crimen lo planea con cuidado.
Cae por la vanidad, por la necesidad de conservar una prueba, de revivir el momento, de tener algo que tocar. Marroquín diseñó un sistema casi impecable. víctimas que nadie buscaba, identidades robadas, cuentas a nombre de muertos y lo arruinó cargando en su bolsillo los carnets de las personas que asesinó.
La misma soberbia que lo hacía sentir intocable fue la que lo entregó. Pero si crees que al verse atrapado se quebró, te equivocas. Y aquí empieza la parte que de verdad distingue a este caso de casi cualquier otro que hayas escuchado. Lo interrogaron. Y en lugar de negar, en lugar de llorar, en lugar de inventar una cuartada, Marroquín explicó con calma, como quien describe un oficio que domina, dijo que elegía a hombres de la comunidad gay porque eran, en sus palabras, más fáciles de enganchar, aclaró, con un cinismo que aún hoy cuesta leer en voz alta, que él
no era homosexual, y luego soltó la frase que lo definió ante todo un país. dijo que de cierta manera hasta le hacía un bien a la sociedad. Llegó a afirmar que una de sus víctimas era portadora de un virus y que al matarla había evitado que se propagara. Detengámonos aquí un segundo, porque esto importa más que cualquier dato del expediente.
Lo que estás escuchando no es una opinión incómoda, es la coartada moral de un asesino. Es el discurso que un hombre se cuenta a sí mismo para poder dormir después de matar. Marroquín no mató por dinero, aunque cobrara. No mató por pasión, mató por odio, por un desprecio absoluto hacia un grupo de personas al que decidió él solito, sentado en el trono que se inventó dentro de su cabeza, que tenía derecho a exterminar.
Los expertos lo llamaron por su nombre técnico, un crimen de odio, y tenían toda la razón. Estos no fueron asesinatos al azar, fueron asesinatos selectivos dirigidos contra personas por lo que eran. Marroquín se nombró a sí mismo juez, jurado y verdugo de una comunidad entera y se sintió bien haciéndolo.
Esa es la parte que no se puede maquillar. Años después, ya en prisión, Marroquín matizó algo de aquello. Le dijo a una criminóloga que cuando declaró lo del virus lo hizo porque estaba enojado y quería que la gente lo creyera fuerte. alguien a quien temer. Es decir, incluso su justificación más repugnante era, en parte una pose, una actuación para la galería.
Necesitaba ser temido tanto como necesitaba matar. La ferocidad era también un disfraz. Y fíjate en lo perverso del cálculo. El hombre que decía limpiar la sociedad era el mismo que en privado admitía que exageraba su monstruosidad para impresionar. Las dos cosas son ciertas a la vez. mató por odio real y encima posó de monstruo para sentirse importante.
Hay capas de horror aquí y cada una es más vacía que la anterior, pero esa confesión llega más adelante en la celda. Antes había que sentarlo frente a un juez y antes del juez los peritos lo estudiaron. Lo que escribieron sobre él es, en cierto modo, más aterrador que los propios crímenes, porque los crímenes los puedes atribuir si te aferras a la esperanza, a un momento de locura. El diagnóstico, no.
El diagnóstico habla de algo permanente. Los peritajes psicológicos describieron a un hombre carente de culpa, con rasgos psicopáticos y narcisistas, incapaz de sentir empatía por sus víctimas o por las familias que destrozó. un hombre que justificaba sus actos como necesarios, incluso como beneficiosos.
Los criminólogos lo encuadraron en una figura con nombre propio dentro de su campo, el ángel exterminador, el asesino que no mata por placer físico ni por dinero, sino porque cree con una soberbia que no tiene fondo, que está limpiando el mundo, que tiene una misión, que el resto de la humanidad debería agradecérselo.
Vale la pena entender qué significa esa etiqueta. El ángel exterminador, porque no es un adorno literario, es un retrato clínico. A diferencia del asesino impulsivo que mata en un arrebato y luego se derrumba. El ángel exterminador planifica en frío y se siente justificado. No huye de la culpa porque sencillamente no la tiene.
Cree que su violencia es un servicio, que el mundo está mejor con cada víctima que él elimina. Es la forma más peligrosa de asesino porque combina dos cosas que rara vez van juntas: el método de un profesional y la convicción de un fanático. Razona como un técnico y mata como un cruzado. Y encima estaba el narcisismo, que es la pieza que lo explica todo lo demás.
El narcisista necesita sentirse superior, único, por encima del rebaño. Marroquí encontró en el asesinato la forma definitiva de sentirlo. ¿Qué poder es mayor que decidir quién vive y quién muere? Cada víctima era una confirmación de que él estaba por encima, de que él podía, de que las reglas que atan a los demás a él no lo tocaban.
Las credenciales que coleccionaba eran exactamente eso, medallas de su propia grandeza imaginaria. recordatorios físicos de las veces que se sintió un dios. Por eso su pasado militar encaja con tanta precisión perversa. El ejército le dio un molde, jerarquía, control, ejecución sin titubeos, la idea de una misión por encima del individuo.
Marroquín tomó ese molde y lo llenó con su propio veneno. Donde el soldado obedece a una causa externa, él se inventó una causa propia y se nombró su único general. La disciplina seguía intacta. Lo que se pudrió fue aquello a lo que servía. Tomó las herramientas que se le dieron para defender a la sociedad y las volvió contra los más vulnerables de esa misma sociedad.
Hay algo más y es quizás lo más inquietante para quien estudia estos casos. Marroquín no encaja en el perfil del marginado, del fracasado social, del que no tuvo oportunidades. Tuvo formación, tuvo grado militar, tuvo capacidad. Pudo haber sido cualquier cosa. Eligió esto y lo eligió con plena lucidez, sin un brote psicótico que le nublara el juicio, sin voces en la cabeza, sin una ruptura con la realidad.
Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que estaba mal a ojos de la ley. Simplemente decidió que la ley y la vida de los demás no aplicaban para alguien como él. Y por si quedaba alguna duda sobre lo lúcido de su elección, declaró algo que debería quitarle el sueño a cualquiera, que de no haber sido detenido, habría continuado.
No lo dijo con miedo ni con vergüenza. Lo dijo como un hecho, como quien informa de que un trabajo quedó a medias. Por lo tanto, la pregunta del juez nunca fue si era culpable. La culpa estaba probada y encima confesada. La pregunta fue otra. ¿Cuánto tiempo había que mantener a este hombre lejos del resto de nosotros? Y la respuesta fue brutal.
El 4 de septiembre de 2008 lo sentenciaron a él y a su cómplice señalado. La primera condena rondó los 128 años, pero el proceso siguió sumando. Por cada secuestro, por cada homicidio, por cada vida que cortó, los años se acumulaban. La cifra fue creciendo hasta acercarse a los tres siglos. Hoy se habla de una condena total que ronda los 288 años de prisión.
288 años. Detente en ese número. Es tres veces más que cualquier vida humana. Es una pena que ningún cuerpo puede cumplir y ese es justamente el punto. No se diseñó para que la termine. Se diseñó para borrar cualquier esperanza, cualquier cálculo, cualquier puerta de salida para que el número mismo, su tamaño absurdo, sea una forma de castigo.
Para decirle con la frialdad del sistema, tú quisiste jugar a ser dueño de la vida de otros. Aquí tienes más años de los que existirás. Y para las familias de las víctimas, ese número significó otra cosa, algo que el morbo suele olvidar. Significó que nadie las llamaría mentirosas, que el horror que habían denunciado entre la indiferencia, el de un hijo o un hermano que salió una noche y volvió en una maleta, quedaba escrito en un papel oficial con sello con firma de juez.
Para quien busca a un desaparecido durante meses golpeando puertas que no se abren, la sentencia no devuelve nada, no resucita a nadie, pero pone por fin el peso de la verdad del lado correcto. Dice en voz alta lo que ellas siempre supieron, que sus muertos importaban, que no eran cifras, que merecían justicia.
Por eso, cuando se mira este caso, no basta con contar a Marroquín. Hay que recordar que del otro lado de cada uno de esos crímenes hubo una mesa con un plato de menos, una llamada que nunca volvió a entrar, un cuarto que quedó intacto. La condena de 288 años no es solo el castigo de un hombre, es el reconocimiento tardío pero firme de todas esas ausencias.
Pero un número no significa nada hasta que ves cómo se vive por dentro. Y aquí es donde la historia deja de ser un caso policial. y se convierte en algo más incómodo de mirar, porque ahora hay que entrar a la celda. Marroquín cumple su condena en la penitenciaría de la Ciudad de México, en el complejo de Santa Marta a Catitla, a donde fue trasladado desde 2010.
Ya no es el hombre de 25 años que cazaba en la zona rosa, esbelto, seguro, dueño de la noche. Hoy ronda los 45. Lleva dentro de esos muros más años de los que vivió en libertad como adulto. Y aquí está la primera ironía de su castigo, una que conviene saborear despacio. El depredador que necesitaba la calle, la noche, los bares, el contacto humano, la cacería.
Lleva casi dos décadas sin nada de eso. Para alguien cuya identidad entera se construía sobre salir a buscar, el encierro no es solo una pena, es una amputación. Le quitaron lo único que sabía hacer. Lo único que lo hacía sentir vivo. Un cazador en una jaula no es nada, es solo un animal mirando la pared. Y conviene imaginar con detalle qué significa eso día tras día.
Santa Marta no es una mazmorra de película, es algo más gris y por eso más demoledor. La repetición infinita de lo mismo, el mismo conteo a la misma hora, la misma fila para la misma comida, las mismas paredes que ya se sabe de memoria, el mismo patio, los mismos rostros. Un calendario que no avanza hacia nada porque adelante no hay una fecha de salida.
Hay 288 años, es decir, no hay nada. Para un hombre que vivía de la novedad de la cacería, de la adrenalina, de elegir y acechar. Esa monotonía es una tortura diseñada a su medida, sin que nadie la diseñara. El tiempo que para sus víctimas se detuvo de golpe, para él se estira sin piedad. Cada día es idéntico al anterior y los días se vuelven meses y los meses, casi dos décadas.
Entró con 25 años, delgado, seguro de sí mismo. Hoy ronda los 45. El cuerpo cambia, el pelo encanece, la novedad se acaba y lo único que no cambia es la condena, que sigue ahí, intacta, imposible de cumplir, recordándole cada amanecer que afuera ya no existe para él. Ese es el castigo que no aparece escrito en ninguna sentencia, pero que pesa más que el número.
El aburrimiento eterno de un depredador al que le quitaron la presa. La irrelevancia absoluta de quien necesitaba sentirse importante. Marroquín no fue condenado solo a perder la libertad, fue condenado a la insignificancia, a envejecer sin público, a mirar una pared hasta que el cuerpo se rinda. Una criminóloga, Mónica Ramírez, lo entrevistó dentro del penal.
Lo estudió de cerca, ya no como un titular de periódico, sino como un hombre sentado en una silla a un metro de distancia durante varias sesiones. Lo que describió no es una película de terror, es peor, porque es banal. dijo que en las primeras sesiones era alguien a quien no le gustaba hablar mucho. Cerrado, con los ojos mirando hacia el suelo y hacia la pared, sin estridencias, sin la mirada demoníaca que el cine nos enseñó a buscar.
Solo un hombre callado mirando el piso, un tipo que si te lo cruzaras en una fila del banco no voltearías a ver dos veces. Y la criminóloga dijo algo que vale más que cualquier sentencia, algo que es el verdadero centro de gravedad de este caso. Dijo que ella veía el lado humano de lo que la gente considera monstruos.
Porque ese es justo el escalofrío final, que Marroquín no parece un monstruo, parece un hombre. Un hombre que un día decidió con plena conciencia que ciertas vidas valían menos que la suya y actuó en consecuencia con la frialdad de quien llena una hoja de cálculo. Esa es la lección más perturbadora que deja sentarse frente a él.
No buscas un demonio, buscas a alguien tan común que da miedo precisamente por lo común. El horror no estaba en su cara, estaba en sus decisiones. Cuando le preguntaron dentro de esos muros si se arrepentía, la respuesta fue la que prometí desde el primer minuto. Marroquín había dejado dicho desde el día mismo de su captura lo que pensaba y nunca lo desmintió de verdad.
dijo que no se arrepentía de lo que hizo, que de tener la oportunidad lo volvería a hacer, solo que sería más cuidadoso para no cometer los errores que lo llevaron a la cárcel y que de lo único que se arrepentía era de lo que su propia familia estaba pasando por su culpa. Vuelve a escuchar eso despacio, porque cabe en una sola frase el alma entera de este hombre.
No se arrepiente de los muertos, se arrepiente de que lo atraparan. Le duele su familia, no [carraspeo] las familias que él dejó vacías. Toda su jerarquía moral está ahí. Él en el centro absoluto, su comodidad como única medida de lo bueno y lo malo. El resto del mundo, incluidas las personas que asesinó, reducido a obstáculos o a herramientas, las víctimas no figuran en su lamento.
Nunca figuraron. Por eso esos 288 años no son una exageración del sistema, son una necesidad fría y exacta, porque tienes encerrado en una celda de la Ciudad de México a un hombre que te está diciendo, sin que se lo preguntes dos veces, que si lo dejaras salir volvería a hacerlo mejor, más cuidadoso. No es una sospecha, no es un perfil psicológico, es su propia palabra.
Él mismo firmó la condena que justifica que nunca salga. Y aquí su castigo adquiere una forma casi poética, de esas que la vida cobra cuando la ley se queda corta. El hombre que necesitaba ser temido, que mataba en parte para que la gente lo creyera fuerte, que coleccionaba credenciales para recordar su poder, hoy es un número de expediente más en un penal saturado.
Nadie le teme ahí dentro. No es nadie, es uno más entre miles de internos. El ángel exterminador que se creía con una misión sobre el resto de la humanidad pasa sus días en silencio, mirando una pared sin nadie a quien impresionar. La vida le quitó con una puntería cruel, exactamente lo que más ansiaba, la importancia.
Quería ser temido. Hoy es ignorado. Quería sentirse por encima de todos. Hoy es uno más en la fila del comedor. El narcisista herido en su orgullo cumple en ese anonimato una pena que ninguna sentencia escrita podría imponerle. Y las credenciales que coleccionaba, sus preseas, su tesoro, la prueba de su poder sobre cada víctima, ya no están con él.
Hoy son evidencia en un archivo judicial. Frías, mudas, catalogadas, igual que él. El cazador y sus trofeos terminaron en el mismo lugar, guardados, etiquetados, sin futuro. Y hay una última simetría que la vida le impuso sin que ningún juez la dictara. Marroquín pasó meses eligiendo a personas que sabía que nadie buscaría, contando con que el mundo no se fijaría en ellas.
Hoy es él quien vive sin que nadie se fije, quien se volvió invisible, quien se apaga lento en un rincón de Santa Marta, exactamente igual de olvidado que como él quiso dejar a sus víctimas, se la pasó apostando a la indiferencia ajena. Al final, esa misma indiferencia se la tragó a él, pero quedan dos puertas abiertas en esta historia y conviene mirarlas de frente antes de cerrar porque son las que de verdad deberían quitarte el sueño.
La primera es Juan Enrique Madrid Manuel, el cómplice. El nombre que Marroquín pronunció y que la historia de algún modo perdió. Si participó en lo que participó Marroquín, si estuvo en esa habitación, ¿dónde está la cuenta que él pagó? Esa pregunta sigue sin respuesta limpia en el expediente. Y mientras siga así, este caso, por más que su protagonista esté enterrado en vida bajo casi tres siglos de condena, no está del todo cerrado.
Hay una silla vacía que nadie ocupó. La segunda puerta es más incómoda y es la que de verdad importa. Marroquín no fue un error obvio del sistema, no fue un loco gritando en la calle, fue un hombre con estudios, con disciplina militar, ordenado, capaz de pasar desapercibido entre la multitud nocturna durante meses.
No lo delató su aspecto, no lo delató su mirada, no lo delató su forma de hablar, lo delató su vanidad de coleccionista y el rastro del dinero. Si no hubiera cargado esas credenciales, si no hubiera subido la cifra de un rescate, ¿cuánto más habría seguido? ¿Cuántos nombres más habría que sumar a esa pantalla negra del principio? Eso nos deja con una verdad difícil de tragar.
El sádico está encerrado para siempre. Sí, la justicia tarde le cobró cada peso. Pero la pregunta que su caso planta no es cuántos crímenes cometió. Es cuántos hombres como él, ordenados, callados, educados, capaces de mirar el suelo con timidez en una entrevista, siguen pasando desapercibidos esta misma noche en alguna calle, sin que su rostro avise absolutamente nada, porque ese es el verdadero archivo que este caso deja abierto, no el de Marroquín.
el de la facilidad con la que un depredador metódico se esconde a plena vista, eligiendo justo a las víctimas que sabe que nadie va a buscar con prisa. Y hubo otro que llevó esa idea aún más lejos, otro que no necesitaba la oscuridad de un bar, otro que lo hacía a plena luz del día, a bordo de un transporte público, con decenas de personas pasando a su lado, subiéndose y bajándose, sin que ninguna sospechara que el hombre al volante era lo último que verían algunas de ellas.
Ese expediente también está en este canal. Ábrelo y entiende de una vez que a veces el terror no se esconde en la noche. va manejando con una sonrisa amable por tu misma ruta.