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Así Vive Cesar Armando “El Coqueto” en la Cárcel: De Matar Mujeres a Orinarse en su Celda

 

Hay un hombre en una prisión del Estado de México que ya no puede caminar. Pasa sus días en una silla de ruedas dentro del penal de barrientos y no recibe visitas. Nadie llega a verlo. Ese mismo hombre hace 14 años manejaba un microbús lleno de gente por las calles del Valle de México y convirtió esa ruta, la que tomaban las mismas personas todos los días para ir a trabajar en una trampa mortal.

 Se llama César Armando Librado Legorreta. La prensa lo bautizó como el coqueto. Y lo más perturbador de su historia no es cómo mataba, es lo que hacía después. Porque después de cada crimen, el coqueto regresaba a su casa en Tultitlán con su esposa y sus dos hijos y hacía algo que todavía hoy revuelve el estómago. Lo vas a escuchar. Pero para entender el tamaño de su doble vida, primero hay que entender como un chóer de microbús, un hombre que parecía igual a cualquier otro, se transformó en uno de los depredadores de mujeres más sanguinarios de la historia reciente del

país. Pasé días revisando la carpeta de investigación de la entonces Procuraduría del Estado de México, las dos sentencias que se dictaron en su contra en diciembre de 2012 y los registros del penal donde hoy cumple su condena. Y lo que encontré rompe una idea que nos da tranquilidad. Queremos creer que el peligro viene de afuera, de un desconocido en un callejón oscuro.

 El coqueto demuestra lo contrario. El peligro iba al volante. Tenía licencia. tenía ruta, tenía un horario fijo y durante meses decenas de mujeres se subieron a su unidad sin saber que el chóer que las llevaba a su destino había decidido que algunas de ellas no llegarían. Piensa en esa estadística invisible un momento. Por cada víctima que la justicia le comprobó, hubo cientos, miles de mujeres que viajaron en su micro y bajaron sanas y salvas, sin sospechar jamás lo cerca que estuvieron.

 Llegaron a casa, contaron su día, siguieron con su vida. Nunca supieron que el hombre del volante era un asesino, ni que el único motivo por el que ellas no fueron elegidas fue que ese día las condiciones no eran las que él buscaba. El coqueto convivió con la normalidad absoluta, se camufló dentro de ella y esa es la idea que de verdad debería el arte.

 El monstruo no estaba en otra parte, estaba al frente de la micro cobrando el pasaje, dando los buenos días, porque lo que distingue a este caso de tantos otros es justamente eso, la ausencia total de señales. No había una mirada perturbadora que delatara nada. No había un comportamiento extraño que pusiera en alerta.

 Había un chóer común con familia, con ruta, con una palabra coqueta pintada en el cristal y detrás de esa fachada perfectamente ordinaria se escondía uno de los depredadores de mujeres más fríos que ha conocido el país. La lección es incómoda, pero hay que decirla. El peligro no siempre tiene cara de peligro, a veces tiene cara de rutina.

 Empecemos por entender la trampa, porque su simpleza es justo lo que la hacía tan terrible. César Armando Librado conducía un microbús de la ruta 2, una línea de transporte público que corría del metro Chapultepec en la Ciudad de México hasta Valle Dorado, en el estado de México. Su unidad tenía una matrícula que quedó en los expedientes 712 TL066 y en el parabrisas llevaba escrita una sola palabra, una de esas leyendas que los chóeres pintan en sus micros para presumir. Esa palabra era el coqueto.

 De ahí salió el apodo con el que el país lo conocería. El nombre de su trampa estaba a la vista de todos, escrito en el cristal, y nadie sospechó nunca lo que significaba. Su método era de una frialdad escalofriante por lo sencillo. Recogía a sus pasajeros como cualquier chóer. La micro se llenaba, la gente subía, pagaba, se acomodaba.

 Y en algún punto del recorrido, cuando entre el pasaje quedaba una mujer joven que viajaba sola, el coqueto actuaba. fingía una descompostura del vehículo, detenía la unidad y con cualquier pretexto bajaba a todos los pasajeros, a todos, menos a una. Con esa mujer a bordo cambiaba de ruta, se desviaba del camino conocido y la unidad, que segundos antes era un transporte público lleno de rostros se convertía en un espacio cerrado, aislado, en el que él tenía todo el control.

 Ahí cometía sus crímenes. La violaba y la asesinaba dentro del propio microbús para asegurarse de que no quedara nadie que pudiera denunciarlo y después abandonaba el cuerpo. en el canal de Tlalnepantla, en Naucalpan, en Cuautitlan, Cali, en distintos puntos del Estado de México y de la capital. Esa dispersión geográfica no era descuido, era estrategia.

 Al dejar a sus víctimas en municipios distintos, lejos unos de otros, el coqueto lograba que cada hallazgo pareciera un caso independiente, sin relación con los demás. Una mujer encontrada en un canal de Tlalnepantla y otra en Cuautitlán, Izcali, para las autoridades de aquel entonces, no necesariamente eran obra del mismo hombre.

 Cruzar esa información en un estado de México saturado de violencia y con investigaciones fragmentadas entre agencias, llevaba tiempo y el tiempo era justo lo que él necesitaba para seguir. Su selección de víctimas seguía un patrón frío y deliberado. Buscaba jóvenes que viajaran solas en horarios y tramos donde la micro quedaba poco a poco vacía. No improvisaba.

leía a su pasaje, evaluaba quién quedaba, calculaba el momento. Era el mismo instinto del cazador que estudia a la manada y elige a la presa más aislada, la que tiene menos posibilidades de ser defendida o echada de menos a tiempo. Esa capacidad de esperar, de dejar pasar viaje tras viaje, hasta que las condiciones eran exactas, demuestra que no estaba ante un hombre dominado por un impulso incontrolable.

 Estaba ante un planificador que disfrazaba su casería de jornada laboral y la repetición del método La falsa avería, el descenso del pasaje, el desvío de ruta, terminó siendo paradójicamente lo que lo delató, porque un crimen repetido con la misma firma deja de ser un misterio y se convierte en un patrón. Una vez que los investigadores tuvieron la descripción de la sobreviviente y empezaron a buscar coincidencias, el sello de El coqueto apareció en caso tras caso, lo que durante meses lo había protegido, la frialdad metódica, fue lo que al final

lo dibujó con nitidez ante la justicia. Quiero que te detengas en la perversidad de ese diseño. La micro era pública, iba llena, decenas de personas la usaban cada día y precisamente esa normalidad era el escudo. ¿Quién sospecha del chóer de su ruta? ¿Quién se fija en el hombre que te cobra y arranca? El coqueto se escondía a plena luz del día, en el lugar más visible posible, rodeado de testigos que subían y bajaban sin imaginar nada.

 convirtió el transporte cotidiano, ese que millones de mujeres se ven obligadas a tomar cada mañana en su coto de caza privado. Y hay que entender por qué ese escenario era tan eficaz para él, porque no fue casualidad. Una mujer que sube a un microbús lleno está en teoría en un lugar seguro. Hay gente, hay testigos, hay un destino conocido.

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