Esa sensación de seguridad colectiva es justo lo que el coqueto sabía desactivar. Él controlaba el vehículo. Él decidía cuándo se detenía, cuándo bajaba el pasaje, hacia dónde se desviaba. En cuestión de minutos podía transformar un espacio público en uno completamente privado sin que la víctima entendiera lo que estaba pasando hasta que ya era tarde.
La seguridad de ir acompañada se evaporaba en cuanto él bajaba al último testigo y elegía con cuidado el momento y a la persona. No actuaba con el micro lleno. Esperaba, calculaba. Necesitaba que quedara sola mujer joven viajando sola, sin nadie que la esperara de inmediato, sin nadie que notara su ausencia en los siguientes minutos. Era paciente, como solo es paciente un depredador que ha hecho esto antes.
Dejaba pasar oportunidades hasta que las condiciones eran perfectas. Esa paciencia, esa capacidad de esperar al pasajero correcto mientras conducía con normalidad es lo que separa al criminal de ocasión del asesino serial. El coqueto no se dejaba llevar por el impulso. Cazaba con plan. Conviene además situar esto en su tiempo y su lugar.
El Estado de México de aquellos años cargaba con una crisis profunda de violencia contra las mujeres. Las desapariciones se acumulaban. El transporte público era señalado una y otra vez como uno de los puntos más peligrosos para las mujeres que se movían a diario hacia sus trabajos o sus escuelas. En ese ambiente donde la denuncia muchas veces se topaba con indiferencia y donde la violencia contra las mujeres estaba tristemente normalizada, el coqueto encontró el terreno ideal.
No tuvo que esconderse demasiado. El propio sistema, lento y desbordado, le regalaba el tiempo que necesitaba. Pero la trampa, por más fría que fuera, no es lo más perturbador de este caso. Lo más perturbador es lo que hacía con lo que dejaban sus víctimas y eso conecta directamente con su otra vida. Porque el coqueto no era un fantasma sin rostro.
Tenía una vida perfectamente armada. Vivía en el municipio de Tultitlán. Estaba casado. Tenía dos hijos. Era para sus vecinos, para su familia, un hombre común, un trabajador, un chóer que salía temprano y volvía con su sueldo, un padre, un esposo. Y aquí está el detalle que prometí, el que revuelve el estómago. Cuando mataba a una mujer, el coqueto se llevaba sus pertenencias, sus cosas, y se las daba de regalo a su esposa.
Léelo despacio. Las joyas, los objetos, las pequeñas posesiones de las mujeres que asesinaba terminaban en las manos de su propia mujer como obsequios. Su esposa lucía, sin saberlo, los recuerdos de los crímenes de su marido, la casa familiar de Tultitlán, donde dormían sus hijos, guardaba los trofeos de una cacería que ella ignoraba por completo.
Esa es la imagen que define a el coqueto, un hombre capaz de violar y matar a una mujer por la mañana y esa misma tarde llegar a casa, sentarse a la mesa con su familia y entregarle a su esposa lo que le quitó al cadáver. Esa doble vida sostenida con total naturalidad es lo que lo coloca en una categoría aparte. No perdía el control, no tenía un arrebato y luego se derrumbaba en remordimiento.

Mataba, se llevaba el botín, regresaba a la rutina, jugaba con sus hijos como si fueran compartimentos separados, como si la mañana y la tarde le ocurrieran a dos personas distintas, pero era el mismo hombre, el mismo, en los dos lados. Y conviene quedarse en esa casa de Tultitlán un momento, porque es ahí donde el caso se vuelve verdaderamente insoportable.
Esa casa tenía rutina, tenía desayunos, tenía tareas escolares, tenía una esposa que lo esperaba con la comida, hijos que corrían a recibirlo. Para todos ellos, César Armando era el sostén, el papá, el marido trabajador que volvía cansado de manejar la micro todo el día. Ninguno sabía que el cansancio que traía a veces no venía solo de conducir.
Ninguno imaginaba lo que había ocurrido en las horas que faltaban en su jornada. Y los regalos. Hay que volver a los regalos porque no fueron un hecho aislado, sino una costumbre. Cada vez que mataba el coqueto se quedaba con algo de la víctima y ese algo cruzaba la puerta de su hogar y terminaba en las manos de su mujer.
Pulseras, aretes, pequeñas pertenencias, objetos que tenían dueña, una dueña que ya no existía. Su esposa los recibía como muestras de cariño de un marido detallista. Los usaba, los presumía quizás. Y cada uno era en realidad la prueba física de un crimen, la factura de una vida. Detente en el nivel de desconexión que eso exige.
Para regalar las cosas de una mujer asesinada a tu propia esposa, no basta con ser frío. Hay que haber convertido a la víctima en un objeto tan completamente que sus pertenencias dejan de tener historia, dejan de pesar y se vuelven simple botín que se reparte en casa. El coqueto no veía personas. veía recursos, veía cuerpos de los que tomar y cosas que llevar.
Y esa mirada, la que reduce a un ser humano a mercancía, es la misma que le permitía sentarse a cenar tan tranquilo después de lo que había hecho. Esa capacidad de separar los dos mundos, el del horror y el del hogar, sin que ninguno contaminara al otro, es para los expertos, una de las marcas más perturbadoras del asesino organizado.
No vivía atormentado, no tenía pesadillas que lo delataran, compartimentaba, guardaba cada cosa en su cajón mental y cerraba con llave. Por eso pudo sostener su doble vida tanto tiempo. Por eso nadie a su alrededor sospechó. El monstruo no se asomaba en la mesa familiar, se quedaba guardado esperando la próxima ruta.
Y esa frialdad abre una pregunta que recorre todo el caso. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse algo así? ¿Cuántas veces puede un hombre cruzar esa línea de la masacre a la cena familiar antes de que algo lo delate? La respuesta es que pudo hacerlo varias veces, demasiadas. Pero hubo un error, un error que tiene nombre y rostro y que sigue viva.
Guárdalo porque a ella volveremos y es la verdadera heroína de esta historia. Antes hay que poner los nombres sobre la mesa, porque el morvo cuenta cuántas, pero olvida quiénes y aquí no. Las víctimas mortales que la justicia le comprobó fueron mujeres de entre 17 y 34 años. Mujeres con vidas, con planes, con gente que las amaba.
Entre ellas, Siren Dayana, de 23 años, que era madre de dos niños pequeños. Blanca Elia, una abogada de 28 años con una carrera por delante, Fernanda, de apenas 20. Patricia, una joven llamada Eva Cecilia, que tenía 17 años, una niña casi, y una mujer más que durante mucho tiempo no pudo siquiera ser identificada, que llegó a las estadísticas como un cuerpo sin nombre.
Detente en esas edades, 17, 20, 23, 28. Eran hijas, eran madres, eran estudiantes y profesionistas. Subieron a una micro a hacer lo más cotidiano del mundo, ir a la escuela, al trabajo, a casa. Y no volvieron. Cada una de ellas dejó una silla vacía en una mesa, un teléfono que dejó de sonar, una madre que empezó a buscar y que no se detuvo.
Porque hay que decir esto con todas sus letras. Lo que hizo el coqueto tiene un nombre legal y ese nombre es feminicidio. No mató al azar, mató mujeres, las eligió por serlo, las atacó por serlo y se aprovechó de una realidad brutal, la de un Estado de México donde en aquellos años tomar el transporte público siendo mujer era jugarse la vida.
donde las desapariciones de mujeres jóvenes se acumulaban y las autoridades tardaban, dudaban, archivaban. El coqueto no operó en el vacío. Operó dentro de una crisis que le dio cobertura, la normalización de la violencia contra las mujeres en el transporte del Valle de México. Él fue el rostro más sanguinario de un problema mucho más grande y ese contexto explica por qué durante un tiempo pudo seguir.
Las víctimas aparecían en municipios distintos. Los casos los llevaban agencias distintas. Para el sistema eran tragedias sueltas. Hizo falta que las madres de las víctimas presionaran, exigieran, no se quedaran calladas para que las autoridades empezaran a tomarse en serio, que ahí había un patrón, que ahí había un solo asesino.
Esas madres, golpeando puertas, son parte de la razón por la que hoy el coqueto está donde está. Y ese detalle merece más que una mención de paso, porque es una de las pocas luces en toda esta historia. Mientras las autoridades archivaban y dudaban, fueron las madres de las víctimas quienes no permitieron que sus hijas se convirtieran en expedientes olvidados.
Una de ellas, Amparo Vargas, madre de Eva Cecilia, la joven de 17 años, dijo después que este caso despertó el interés de muchas mujeres del Estado de México por organizarse, por denunciar juntas, por exigir que las irregularidades del sistema de justicia no las dejaran solas. De su dolor nació una forma de resistencia, porque ese es el trasfondo que no se puede separar del caso de El Coqueto.
Él operó en un momento y un lugar donde matar mujeres salía demasiado barato, donde una desaparición tardaba en investigarse, donde la palabra feminicidio todavía peleaba por ser reconocida. Las familias de sus víctimas no solo enfrentaron la pérdida, enfrentaron a un sistema que demasiadas veces las hizo sentir que su tragedia no era prioridad.
Y aún así pelearon. Y aún así lograron que un juez dictara 301 años. Por eso esa condena no es solo el castigo de un hombre, es una victoria arrancada a pulso por madres que se negaron a callar. Cada uno de esos 40 años por víctima lleva debajo las horas de mujeres que recorrieron oficinas, que cargaron fotos de sus hijas, que exigieron justicia cuando lo más fácil habría sido rendirse.
El coqueto está en esa silla de ruedas, en parte porque ellas no se cansaron, pero la pieza que finalmente lo derribó no fue un análisis policial brillante, fue algo más humano y más valiente. Fue una mujer que sobrevivió. Su carrera criminal había empezado tiempo atrás. Una de sus primeras víctimas, una mujer de 25 años, fue atacada dentro del microbús.
El coqueto la dejó por muerta. Creyó que la había matado igual que a las demás, pero ella no murió. Sobrevivió y al sobrevivir hizo lo más difícil y lo más decisivo. Habló, dio datos, describió al hombre la unidad, el método. Su testimonio fue la pieza fundamental. que permitió a los policías ministeriales identificarlo y seguirle el rastro.
Piensa en lo que significó eso. Un hombre que basaba todo su sistema en no dejar testigos, en asegurarse de que ninguna víctima pudiera señalarlo, fue traicionado por la única que se le escapó con vida. La frialdad de su método tenía un punto ciego. Dependía de que todas murieran y una no lo hizo. Esa mujer, con su valentía, le puso rostro al monstruo de la ruta dos.
Sin ella, el coqueto quizás habría seguido. Le debemos a su coraje el final de esta historia y vale la pena dimensionar lo que hizo, porque es fácil pasarlo por alto en una frase. Sobrevivir a un ataque así ya es en sí mismo casi un milagro. Pero sobrevivir y luego encontrar la fuerza para denunciar, para revivir el horror frente a las autoridades, para describir cada detalle de quien intentó matarla, es un acto de coraje que pocos podrían sostener.
Muchas víctimas de violencia callan por miedo, por vergüenza, por desconfianza hacia un sistema que tantas veces las falla. Ella no cayó y su voz hizo lo que meses de cuerpos sin nombre no habían logrado, convertir una serie de tragedias dispersas en un solo culpable identificable. Con su testimonio, los investigadores tuvieron por fin un punto de partida real, un perfil, una descripción del hombre y de su unidad.
A partir de ahí pudieron empezar a cruzar lo que antes parecía inconexo, la matrícula, la ruta, el método repetido de la falsa descompostura, los puntos donde aparecían los cuerpos. Lo que había sido un rompecabezas regado por varios municipios empezó a tener una sola imagen y esa imagen tenía volante, ruta fija y una palabra pintada en el parabrisas.
Por eso, cuando finalmente lo detuvieron, no fue gracias a la casualidad, fue gracias a la combinación de dos cosas que el sistema suele ignorar, la presión incansable de las madres que no dejaron morir el caso, y el coraje de una sobreviviente que se negó a ser una víctima silenciosa más. Entre las dos fuerzas acorralaron a un hombre que se creía intocable.
Por lo tanto, el 26 de febrero de 2012 lo detuvieron. Tenía alrededor de 30 años. Vivía su doble vida con aparente tranquilidad y cuando cayó, el horror completo empezó a salir a la luz. Los crímenes, el método del microbús, las pertenencias regaladas a su esposa, el número de víctimas. La sociedad mexicana reaccionó con indignación y estupor.
Por fin tenía rostro el asesino que había aterrorizado a las mujeres del Valle de México. Y ese rostro, cuando se hizo público, desconcertó a muchos justamente por lo común que era. No tenía la pinta del villano de película. Era un chóer cualquiera, un hombre de barrio, de los que se cruzan a diario sin que nadie repare en ellos.
Esa normalidad fue lo que más miedo dio, porque significaba que el depredador no había estado escondido en las sombras, sino circulando entre la gente, cobrando pasajes, saludando, mezclado con la rutina de miles de personas. Durante meses, mujeres que hoy están vivas viajaron en su unidad, sin saber que el hombre al volante decidía, con la mirada en el retrovisor, si esa sería su última tarde.
Al salir todo a la luz, la magnitud del caso golpeó a la opinión pública. No era un asesinato, eran varios, encadenados con un método repetido, cometidos por un servidor del transporte público en el que millones confían cada día. La idea de que algo tan cotidiano como tomar la micro pudiera convertirse en una sentencia de muerte, sacudió a una sociedad que ya vivía con miedo.
El coqueto se volvió de un día para otro, el símbolo de un peligro que muchas mujeres conocían de cerca, pero que pocas veces tenía cara. Ahora la tenía y era la de un hombre que parecía igual a cualquier otro. Pero aquí la historia da un giro que casi nadie recuerda y que dice mucho sobre la fragilidad del sistema que lo atrapó, porque tenerlo detenido no fue lo mismo que tenerlo seguro.

Estando ya bajo custodia, el coqueto escapó, se fugó. Tres policías que estaban a cargo de custodiarlo permitieron, por negligencia o por algo peor, que el feminicida más buscado del momento se les fuera de las manos. Imagina el terror de las familias al saber que el hombre que había matado a sus hijas andaba de nuevo suelto, libre después de haber sido capturado.
Imagina a esas madres que tanto habían peleado por la detención, viendo como todo se desmoronaba. La fuga no duró para siempre. El coqueto fue recapturado pocos días después, a principios de marzo de 2012, y los tres agentes que lo custodiaban fueron consignados, acusados de negligencia y de haber escapado ellos mismos para tratar de evitar ser señalados como cómplices de la fuga.
Ese episodio dejó una mancha que acompaña al caso. El asesino estuvo por un momento a punto de escurrirse entre las grietas de la justicia que lo perseguía. Piensa en lo que esa fuga revela. No habla solo de la astucia del coqueto. Habla de un sistema tan frágil que el feminicida más buscado del momento pudo, estando ya capturado, volver a quedar libre por la negligencia de quienes debían vigilarlo.
Para las familias fue revivir la pesadilla desde cero. Habían luchado por la detención. Habían celebrado que por fin lo tenían y de pronto la noticia se escapó. El hombre que mató a sus hijas estaba otra vez en la calle, en algún lugar, libre de hacer lo que ya había demostrado que sabía hacer.
Esos días de incertidumbre, hasta su recaptura a principios de marzo, fueron una tortura añadida para quienes ya lo habían perdido todo y dejaron una lección incómoda. Atrapar a un asesino es solo la mitad del trabajo. La otra mitad es no dejarlo ir. Tres policías estuvieron a punto de arruinarlo todo. Si el coqueto hubiera logrado desaparecer de verdad, la historia que hoy termina en una silla de ruedas podría haber terminado de una forma mucho más oscura, pero esta vez no hubo escapatoria y empezó el proceso que lo enterraría en
vida. Y en ese proceso, el coqueto montó una actuación que enfureció a las familias de sus víctimas, porque durante varias de las audiencias apareció en condiciones que parecían diseñadas para dar lástima. Llegó en camilla, llegó en silla de ruedas con faja, con collarín, la imagen de un hombre vulnerable, lesionado, sufriendo, incapaz de valerse por sí mismo.
Un asesino convertido ante las cámaras en víctima de su propia salud. Pero algo no cuadraba, porque en una de las diligencias clave, tras meses de aparecer disminuido, el coqueto llegó al juzgado caminando, sin silla de ruedas, sin faja, sin collarín, y su aspecto físico había cambiado de manera notable.
Ya no se veía delgado y débil, sino robusto, recuperado. Para las familias de las víctimas, ese cambio fue una bofetada. lo interpretaron como la prueba de lo que sospechaban, que la vulnerabilidad había sido, al menos en parte, una representación, una estrategia para generar una lástima que no merecía, un último intento de manipular, de controlar la narrativa, igual que había controlado a sus víctimas.
Esa capacidad de fingir, de ponerse y quitarse la fragilidad como un disfraz dice tanto de él como sus crímenes. El coqueto no solo era un asesino, era un manipulador frío capaz de actuar el papel que más le conviniera en cada momento. el chóer amable que recogía pasajeros, el esposo cariñoso que llevaba regalos a casa y ante el juez, el enfermo indefenso que pedía compasión con la mirada, tres papeles, un solo hombre, calculando siempre, y los peritajes que se hicieron sobre él ayudan a entender de qué estaba hecho ese cálculo. Los expertos describieron a
un hombre con un profundo resentimiento hacia las mujeres, alimentado, según los estudios criminológicos del caso, por experiencias de rechazo que arrastraba desde su adolescencia. Ese rencor que muchos hombres sienten y procesan sin hacerle daño a nadie en él se transformó en una sed de control absoluto.
No buscaba solo matar, buscaba dominar, tener poder total sobre una mujer, decidir sobre su vida. hacer con ella lo que quisiera sin que pudiera oponerse. El asesinato era el punto final de un ejercicio de control que empezaba en el momento en que bajaba al último pasajero. Esa es la diferencia entre el crimen pasional y el feminicidio serial.
El coqueto no perdía la cabeza, la tenía perfectamente fría. Su violencia no era un estallido, era una expresión de desprecio sostenido, planificado, repetido. Eligió un trabajo que le daba acceso constante a mujeres jóvenes en situación de vulnerabilidad y lo usó exactamente para eso. Su oficio de chóer no era el telón de fondo de sus crímenes, era la herramienta.
La micro no fue donde casualmente ocurrieron los hechos. Fue el instrumento que eligió, mantuvo y perfeccionó para cometerlos. Y el rasgo que lo cruza todo de principio a fin es la manipulación. Manipulaba a sus pasajeros con la falsa avería. Manipulaba a su familia con la imagen del buen marido.
Manipuló al juzgado con la silla de ruedas y el collarín. Para el coqueto, todo era una actuación al servicio de su conveniencia. Mentía con el cuerpo, con la cara, con la voz. Y lo hacía también que durante meses nadie, ni siquiera quienes dormían bajo su mismo techo, vio lo que tenían enfrente. Esa es quizás la cualidad más escalofriante de todas, no la fuerza, sino la facilidad con la que engañaba.
Y mientras él actuaba, las familias hacían algo más valioso. Sostenían, aguantaban, exigían que la condena estuviera a la altura del horror y la justicia. Esta vezió, “El 4 de diciembre de 2012 el coqueto recibió una primera sentencia, 61 años de prisión, al ser hallado culpable de violación y de tentativa de homicidio, este último por la víctima que sobrevivió, la misma cuyo testimonio lo había hundido.
” Pero eso era solo el principio. Días después, el 12 de diciembre de 2012, un juez dictó la sentencia que selló su destino. Por los feminicidios de seis mujeres, le impuso 40 años de prisión por cada una, 40 años multiplicados por seis vidas arrebatadas, 240 años. Sumados a los 61 anteriores, la condena total de César Armando Librado Legorreta ascendió a 301 años de prisión. 301 años.
Detente en ese número. Es una cifra que ningún ser humano puede cumplir y ese es justamente el mensaje. No se diseñó para que la termine, se diseñó para que jamás vuelva a ver la calle, para que la palabra libertad desaparezca por completo de su vocabulario. Cada uno de esos 40 años por víctima fue la forma en que el sistema dijo con frialdad numérica que cada una de esas mujeres importaba.
que ninguna era una cifra, que por cada una este hombre debía cuatro décadas que no tiene. Y ahora la parte que de verdad cierra el círculo, porque la historia del coqueto tiene un final con una ironía tan exacta que parece escrita por una mano vengadora. ¿Recuerdas la silla de ruedas? aquella que usó en las audiencias para dar lástima y que luego abandonó para llegar caminando robusto al juzgado.
Aquella silla de ruedas que las familias consideraron una farsa, una manipulación, pues hoy esa silla de ruedas es real. César Armando Librado Legorreta cumple su condena en el penal de Barrientos en Tlalnepantla y permanece postrado en una silla de ruedas debido a problemas de salud. Ya no es una actuación. Ya no es un disfraz que se pone y se quita para conmover a un juez.
Es su realidad todos los días, sin público que lo aplauda y sin nadie a quien engañar. Piensa en la justicia poética de eso. El hombre que fingió no poder caminar para manipular al sistema terminó de verdad sin poder caminar. La debilidad que actuó se volvió su condición permanente y lo más demoledor. Ahora que de verdad está disminuido, ahora que de verdad sufre, no hay nadie a quien le importe.
No hay cámaras, no hay audiencia conmovida, no hay esposa con regalos robados, no hay visitas. Está solo en una silla que ya no puede dejar, en un penal del que no saldrá nunca, pagando día con día. una deuda imposible de saldar. El que se la pasó manejando, dueño de su ruta, dueño de su micro, dueño del destino de las mujeres que subían a su unidad, hoy no puede ni moverse por sí mismo.
El que controlaba todo, no controla ya ni su propio cuerpo. La vida que tarda, pero no olvida, le cobró el movimiento que les quitó a sus víctimas. Las dejó inmóviles para siempre y para siempre. Ahora se quedó él y conviene imaginar con detalle qué significa esa condena día tras día, porque el número de 31 años es abstracto hasta que lo aterrizas en una rutina.
Barrientos no es un lugar de tormentos espectaculares. Es algo más gris y por eso más definitivo. La repetición infinita de lo mismo, vivida desde una silla de la que ya no puede levantarse. El mismo techo cada mañana, las mismas paredes, el mismo recorrido limitado que sus ruedas le permiten.
Para un hombre cuya vida entera giró alrededor del movimiento el volante, la ruta, el ir y venir por la ciudad, quedar clavado en un solo cuerpo que ya no responde, es un castigo que ninguna sentencia escrita podría haber diseñado con tanta precisión. Y está lo de las visitas, o más bien la ausencia de ellas. El hombre que tenía una esposa, dos hijos, una casa llena, hoy no recibe a nadie.
La familia que durante años no supo nada, que vivió engañada bajo el mismo techo que el asesino, quedó del otro lado de un muro que ya no se cruza. Imagina el peso de eso. Descubrir que el padre, el esposo, el proveedor, era el feminicida de la ruta 2, que los regalos que entraban a casa eran despojos de mujeres muertas.
No hay vínculo familiar que sobreviva a una revelación así. Y por eso el coqueto envejece solo, sin nadie que se siente frente a él los días de visita en el más absoluto de los olvidos. Ese olvido es quizás la parte más exacta de su castigo, porque el coqueto fue a su manera un hombre que necesitaba sentirse en control, admirado incluso no por nada pintaba.
El coqueto en su parabrisas presumía coqueteaba con la idea de ser alguien. Hoy no es nadie, es un número de interno en un penal del Estado de México, en una silla de ruedas, sin público, sin admiración, sin poder. El que decidía quién subía y quién bajaba de su micro, no decide ya ni a qué hora se mueve. La vida lo redujo exactamente a lo que él redujo a sus víctimas, un cuerpo sin voluntad, a merced de los demás.
Y el tiempo que para sus víctimas se detuvo de golpe, para él se estira sin piedad. Entró con alrededor de 30 años, hoy ronda los 44. Le quedan en teoría casi tres siglos de condena que su cuerpo nunca alcanzará a cumplir. Cada día idéntico al anterior, cada año igual al que pasó, sin una fecha de salida que esperar, porque no la hay.
Solo la silla, las paredes y el lento avance de una enfermedad que ya lo dejó inmóvil y que terminará lo que la cárcel empezó. y en su rostro, según quienes lo han visto en las diligencias, nunca se reflejó arrepentimiento ni culpa, ni en el peor momento del juicio, cuando se leían los nombres de sus víctimas, cuando las madres lloraban a unos metros de él, se le vio quebrarse.
Nada. La misma frialdad con la que regalaba a su esposa las cosas de las muertas es la frialdad con la que escuchó su condena de 301 años. un hombre sin grietas, un hombre vacío. Y esa ausencia total de remordimiento es, en cierto modo, lo que vuelve su caso tan difícil de cerrar emocionalmente. Porque cuando alguien comete un crimen y luego se quiebra, llora, pide perdón, al menos confirma que hay algo humano debajo, algo que reconoce el horror de lo que hizo.
El coqueto no ofreció ni siquiera eso. Frente a las pruebas, frente a los nombres de seis mujeres muertas, frente a las madres que lo miraban desde las bancas del juzgado, su rostro permaneció igual. No bajó la cabeza, no tembló. La misma indiferencia con la que eligió a sus víctimas, la misma con la que repartió sus pertenencias en casa, fue la que mostró al escuchar que pasaría el resto de su existencia tras las rejas.
Para las familias, esa frialdad fue una segunda herida. Buscaban, quizás, sin admitirlo, alguna señal de que el hombre que les arrebató a sus hijas sentía algo, lo que fuera, no la encontraron y tuvieron que aprender a vivir con eso, con la certeza de que el asesino de sus hijas no perdió un solo minuto de sueño por ellas, que para él todo aquello había sido simplemente lo que hacía, una rutina más, como manejar la ruta o cobrar el pasaje.
Por eso, cuando la condena cayó, no hubo en él ni alivio ni desesperación, solo el mismo vacío de siempre, 301 años pronunciados ante un hombre que parecía no entender o no querer entender el peso de lo que había hecho. Y tal vez ahí esté la explicación última de su monstruosidad, no en lo que sentía, sino en lo que era incapaz de sentir.
Pero antes de cerrar, quedan dos cosas que esta historia deja flotando y que deberían incomodarnos más que el propio asesino. La primera tiene que ver con los números. La justicia le comprobó seis feminicidios y varias violaciones, pero algunas fuentes que documentaron el caso hablan de más ataques, de más mujeres, de cuerpos que tardaron en ser vinculados a él o que nunca pudieron identificarse del todo.
Eso significa que la cifra oficial, por brutal que sea, podría no ser la cifra completa que detrás de los nombres que conocemos puede haber otros que el sistema nunca alcanzó a sumar. Y mientras eso siga así, hay familias que quizás aún no saben que su pérdida tiene este nombre. Es un pensamiento que pesa. En algún lugar del Valle de México puede haber una madre que sigue preguntándose qué le pasó a su hija, sin imaginar que la respuesta lleva años encerrada en una silla de ruedas en barrientos.
La condena de 301 años cerró seis expedientes con nombre, pero los casos de asesinos como el coqueto rara vez se cierran del todo, porque la cifra de los confirmados casi nunca coincide con la cifra real. Y cada número que falta es una familia que todavía espera. La segunda puerta es la más incómoda y es la que de verdad importa porque no se cierra con una condena.
El coqueto no fue un monstruo escondido en la oscuridad. Fue un chóer de transporte público con licencia, con ruta, con una palabra pintada en el parabrisas. Pasó desapercibido, no a pesar de estar a la vista, sino precisamente por estarlo. Nadie sospecha del hombre que te cobra el pasaje. Nadie mira dos veces al chóer de siempre.
Y esa confianza ciega, esa rutina que millones repiten cada día, fue exactamente lo que él explotó. Por eso su caso no termina con su silla de ruedas, termina con una pregunta que sigue abierta cada mañana, en cada parada, en cada micro que arranca con una mujer joven viajando sola. La pregunta de cuánto confiamos, sin pensarlo, en las manos que llevan el volante, el coqueto está encerrado para siempre.
Pero la trampa que inventó, la del depredador disfrazado de cotidianidad, sigue siendo posible. Y esa es la parte que ninguna sentencia de 301 años logra encerrar, porque a el coqueto la justicia lo detuvo, lo juzgó y lo enterró en vida en una silla de ruedas, pero no detuvo la idea que lo hizo posible, la de que basta un disfraz de normalidad, un oficio común y la confianza ciega de la gente para cazar a plena luz del día.
Esa idea sigue circulando en cada ruta, en cada turno, en cada volante. Y por eso su caso, aunque cerrado en los tribunales, sigue abierto como advertencia. La de que el rostro del horror demasiadas veces no se esconde en ningún callejón oscuro. Es el rostro más familiar, más cercano y menos sospechoso de todos.
Si quieres entender hasta dónde llega esa frialdad, la del asesino que vive una vida perfectamente normal mientras caza, hay otro expediente en este canal que la lleva al extremo, el de un hombre que coleccionaba a sus víctimas como trofeos y que al ser atrapado dijo sin temblar que lo volvería a hacer. Búscalo y descubre por qué a veces el rostro del horror es el más común de todos. M.